Sentir el aliento del Espíritu

Ayer domingo tuve la fortuna de participar como ponente en un encuentro sobre el Espíritu Santo. Una jornada bendecida por la gracia de Dios y el aliento suave y tierno del Espíritu Santo que nos llenó los corazones de todos los asistentes. Un nuevo día en el que el Espíritu de Dios lo inundó todo como hace cuando uno se abre a su misericordia.
Sentí ayer como nacido de nuevo de la tierra, modelado por las manos de Dios que nos moldea, nos da el aliento de vida y nos hace seres vivientes creados para darle gracias y bendecirle.
En todas las civilizaciones el ser humano no se reduce a su materialidad sino que es un elemento espiritual. Tiene una naturaleza biológica pero su existir es un regalo de Dios. En el Génesis, el primer libro de la Biblia, ya se nos recuerda que el hombre es de la tierra pero que está animado por el aliento divino. Sí, la vida es un regalo de Dios, una pieza de divinidad inculcada en nuestro ser. Pensarlo no solo emociona, maravilla.
Sin embargo, este aliento de vida sigue siendo solo el de nuestra respiración. Para que el hombre pueda vivir una vida en plenitud necesita de un segundo aliento. Es el Ruach, el aliento de Dios, el Espíritu de Dios. Este aliento se le concede a los que abren el corazón para degustar las cosas de Dios. Cada creyente, cada ser que busca a Dios, recibe su parte del Espíritu, esa fuerza que nos hace más llenos, más vivos, más conscientes de todo lo que sucede en nosotros y en nuestro entorno.
El Espíritu de Dios es un aliento como de viento y fuego. No es algo fijo. Es tan devastador que puede ser capaz de destruir todo aquello que se interpone en el camino de la vida: los muros que levantamos entre nosotros e, incluso, dentro de nosotros mismos; todo lo que nos convierte en seres angustiados, sufrientes, divididos, soberbios, tenso en nuestros miedos y nuestras inseguridades. El Espíritu de Dios tiene el poder de restaurar nuestra integridad.
El Espíritu de Dios tiene, además, la extraordinaria fuerza para crear unión entre los seres humanos, entre Dios y los seres humanos, entre los humanos y el mundo: sopla en todas aquellos lugares donde las relaciones humanas emergen en su plenitud; que viven en la confianza y no a la defensiva, que están abiertos a la voluntad de Dios y no restringen su amor; que son auténticos y no viven en el engaño del demonio.
El Espíritu de Dios sopla en todas partes donde, en el momento más inesperado, se rompen las cerraduras y las cadenas, se abren los corazones, se abren las manos que buscan al hermano, los enemigos se reconcilian, los prejuicios desaparecen.
Veo en la presencia del Espíritu Santo una semejanza al del soplador de vidrio: antes de convertirse en un hermoso objeto el vidrio solo es arena y cenizas, pero cuando se calienta se suaviza y animado por el soplo del artesano va tomando forma, se vuelve puro y límpido y permite que pase la luz.
Todos necesitamos ese fuego y ese aliento divino para que la materia prima se vuelva transparente. Necesitamos el Espíritu de Dios para que la naturaleza humana se transfigure.
Ayer sentí esta experiencia. Y ahora quiero hacerla permanente en mi corazón cada día de mi vida.

orar con el corazon abierto

¡Señor, envía tu Espíritu Santo para completar en mi la gran obra del Padre, para perfeccionar mi alma y llenarla de tu gracia y de tu amor! ¡Espíritu Santo, concédeme el don de la sabiduría para aspirar siempre a las cosas eternas y dejar de lado lo mundano de esta vida! ¡Concédeme también el don de entendimiento para que ilumine siempre mis pensamientos y mi mente con el fin de ver siempre la luz de Dios en mi vida! ¡Concédeme, Espíritu de Dios, el don de consejo para escoger siempre el camino correcto y que todas mis acciones agraden siempre a Dios! ¡Mi objetivo es el cielo y allí quiero llegar con mis buenos actos! ¡Concédeme el don de fortaleza para que sepa siempre llevar mi cruz junto a Jesús con entereza y confianza y saber sobrellevar todos los problemas con capacidad de superación! ¡Concédeme, Espíritu divino, el don de conocimiento para que en mi oración tenga una mayor cercanía con el Señor, para conocerlo mejor y conocerme también a mi mismo para ir creciendo cada día en perfección! ¡Concédeme el espíritu de piedad para que, a través de mi oración, lleve a los demás ternura, amor, consuelo y paz y que mi servicio sea siempre por amor a Dios, un servicio amable y generoso! ¡Concédeme, Espíritu Santo, el don de temor de Dios para amar siempre al Padre con respeto y reverencia y sea muy consciente de cuáles son los actos que pueden molestarle! ¡Dame la alegría cristiana, Espíritu divino, para que allí donde vaya me reconozcan como un verdadero discípulo de Jesús!

Espíritu Santo, llena mi vida:

2 comentarios en “Sentir el aliento del Espíritu

  1. Mil gracias por esta reflexión de hoy. Es como si hubiera estado escrita para mí. Lo que necesitaba leer. Me quedo con
    “Para que el hombre pueda vivir una vida en plenitud necesita de un segundo aliento. Es el Ruach, el aliento de Dios, el Espíritu de Dios. Este aliento se le concede a los que abren el corazón para degustar las cosas de Dios.”
    Toca abrir el corazón.
    Gracias de nuevo

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  2. ORANDO CON EL ESPÍRITU SANTO.

    Espíritu de Amor,
    que aleteas sobre mi vida y
    alientas el pálpito de mi corazón.

    Déjame sentir la tierna caricia,
    en el acompasado ritmo
    de tu càlida presencia.

    Susúrrale a mi corazón,
    palabras de Amor fecundo,
    Esperanza de plenitud colmada.

    Pon en mi rostro sonrisas,
    en mis oídos la escucha atenta
    y en la mirada misericordia.

    Dale a mis manos la energía
    y el poder de sanación,
    que sean portadoras de Vida.

    Llena mi SER de tu VERDAD,
    poder caminar en tu LUZ,
    permanecer en tu AMOR.

    Miren josune

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