Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba

He derramado lágrimas de alegría esta mañana cuando he recordado las palabras de Jesús en el Evangelio de San Marcos. Es aquello tan breve y bellísimo del: «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba». ¡Jesús amaba a uno que había preferido lo material a seguirle a Él!
Me ha venido a la mente enseguida la imagen de un girasol. Como su propio nombre sugiere esta planta vuelca toda su figura hacia el sol; sus características flores de intenso color amarillo y su radiante corola, evocan la estrella del día. El girasol es como un símbolo de la vida del creyente que, volviéndose hacia la luz y el calor de Dios, comienza a irradiar.
¿Cómo puede uno volverse a Dios que nos convierte en seres radiantes y eliminar toda amargura de nuestros rostros? Por la experiencia de la oración y la vida sacramental. Lo que Dios nos revela en la oración, del corazón al corazón de Dios es la convicción, brillante y firme, de que Dios nos ama sin condiciones. El verdadero amor solo se puede dar gratuitamente. Si dependiera de nuestros méritos o nuestras cualidades que nos amaran llegaría un momento en el que seríamos rechazados por no estar a la altura de las circunstancias. Si deseamos esperar a ser amados de la misma manera el nuestro no es un amor verdadero sino tan solo una especie de transacción comercial. Solo un amor que no espera nos convierte en seres libres. Sólo un amor que nos aman por nosotros mismos, sin condición previa, nos puede restaurar, regenerar, sanar nuestras heridas interiores, para mí la más profunda y dolorosa de las cuales el orgullo y la soberbia.
Sin embargo, pocos amores humanos alcanzan este grado de intensidad. Es por eso que tenemos que recurrir a Dios, una y otra vez, para dejarnos ser amados en la totalidad y en la verdad, incluso hasta sentir toda la amargura, todo remordimiento, toda vergüenza. Experimentar el «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba».
A la luz de esa mirada uno puede verse de otra manera y regenerarse interiormente, volver a despertar, regresar a su auténtica naturaleza. Solo la infinita y eterna mirada amorosa del Creador puede realizar esta sutil unión en el ser de aquellos a quienes ha creado.
He derramado lágrimas de alegría porque sí, debo confesarlo, no hay nada más hermoso que reconociendo mi miseria y mi pequeñez, «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba».

orar con el corazon abierto

¡Señor, qué grande es tu amor y qué poco lo aprecio en mi vida! ¡Señor, te doy gracias porque me amas y después de mirarme, siento que me amas! ¡Ayúdame a transmitir al mundo ese amor que nos tienes, a inundar mi alma de tu espíritu y de tu amor, a brillar a través mío, a morar en mi vida para que todos los que se acerquen a mí sientan tu presencia, a que sientan que mi mirada trasluce tu mirar, mis palabras surgen te ti, mis gestos son los tuyos, mi actos son obra tuya! ¡Que sea luz que ilumine el mundo para que, después de haberme mirado, sienta tu amor y lo sientan los demás! ¡Ayúdame, Señor, a ser testigo tuyo, a irradiarme a través tuyo! ¡Quiero acudir a ti, Señor, para sentir tu amor profundo, para cambiar interiormente todo aquello que debe ser cambiado, para despertar de nuevo a la alegría, para ser uno en ti! ¡Me reconozco, Señor, pequeño pero gracias al amor que siento por ti mi corazón está henchido de alegría y de gozo! ¿Qué más puedo desear? ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia!

Yo tengo un nuevo amor:

2 comentarios en “Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba

  1. Mirada que transciende más allá de la relativa apariencia, mirada compasiva, acompañando en su tristeza y sufrimiento al que está herido y siente que ha perdido la Esperanza. Mirada que penetra hondo y alienta un soplo de vida, mirada que levanta la dignidad y logra que nos miremos a la cara, de amigo a amigo y de hermano a hermano. Mirada que ríe y canta, dibuja sonrisas, provoca lágrimas de gratitud. Mirada que aviva las brasas de nuestro corazón y nos hace sentir la presencia del Amor en nuestra vida. Miradas, en fin, llenas de Amor y Misericordia.

    Los hombres y mujeres de hoy, sentimos la imperiosa necesidad de ser MIRADOS así; entonces descubriremos que Dios-Padre nos AMA, en cada rostro y cada gesto de Amor, y sentiremos en Verdad, que estamos vivos.
    P
    Miren Josune

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