Perdonar, un acto de amor

El domingo pasado una persona que asistía a un encuentro del Espíritu Santo me comentaba que para ella el perdón era lo más difícil en su vida. Gente cercana le había provocado mucho daño y su actitud ante la vida era tan negativa que se hacía imposible ver un rayo luz para poder reconciliarse con aquellos que le habían dañado. En su fuero interno ella lo hacía todo bien. Fallaban los demás. Como en su corazón no hay amor sin ese amor perdonar es tarea imposible.
Perdonar es un acto que exige mucho amor, humildad y generosidad. Perdonar no es fácil, pero tampoco es algo imposible. Perdonar es tratar de olvidar la ofensa, como si ésta nunca hubiese existido. De esta forma perdona Dios, restituyendo a la nada todo el mal que colocamos en sus manos.
La capacidad de perdón que cada uno tiene refleja a la perfección la calidad de su vida cristiana. Si yo perdono poco, poco amo. Si he recibido mucho perdón, es que soy muy amado. Si deseo ser perdonado, también he de querer perdonar. El perdón del cristiano desconoce el rencor, las gratificaciones y los derechos, las compensaciones y las exigencias. No hemos de entender el perdón ni como un acto de solidaridad ni un mero protocolo de convivencia social y de buenas costumbres.
Y aunque el perdón sea algo difícil, hay que tratar siempre de perdonar aunque uno sepa que la razón está de su lado, aunque el otro desconozca nuestro perdón, aunque sea malinterpretado, aunque nadie lo agradezca, aunque implique incomprensión, crítica o persecución y, sobre todo, aunque implique para nosotros lo indecible. Una vez perdonado de corazón nuestro perdón se convertirá en fuente de alegría y, fundamentalmente, de libertad interior. Antes de que nosotros perdonemos ya fuimos perdonados. El mayor perdón lo recibimos, sin merecimiento alguno, sin haberlo pedido antes, en esa Cruz redentora, allí donde se gestó el mayor acto de amor de la historia de la humanidad. Así debe ser también nuestro perdón: el que es capaz de alcanzar el extremo de la cruz y del amor.

orar con el corazon abierto

¡Señor, cuánto me cuesta perdonar! ¡Por eso hoy, exclamo, Padre Nuestro, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden! ¡Señor, cambia mi corazón para que se parezca al Tuyo, rebosante de amor y de perdón! ¡Señor, te pido perdón, por todo aquello que delante de tus ojos no he hecho bien! ¡Perdón, Señor, cuando he obrado mal y he ofendido a los demás, cuando me han herido y he sido incapaz de perdonar! ¡Perdón, Señor, si he herido a alguien con mis hechos o mis palabras! ¡Enséñame, Señor, a perdonar a todo aquel me ha hecho algo con lo que yo no he estado de acuerdo! ¡Espíritu Santo, dame la fuerza para perdonar, dame la gracia de perdonar! ¡Señor, sé que el perdonar es una decisión de mi voluntad, y cuando sienta odio, venganza, ira, Espíritu Santo, dame un corazón generoso y misericordioso para perdonar! ¡En Tu Santísimo Nombre, Señor, quiero perdonar y amar! ¡Señor Jesús, aquí está mi corazón, lávame con Tu Sangre, limpia y sana todas mis heridas, cicatriza mi corazón y sálvame! ¡Señor bendice al que me hirió proque yo lo bendigo en Tu Nombre! ¡Transforma mi corazón, Jesús, pon tu corazón en el mío Señor, para que yo perdone porque así Tu lo quieres, porque es Tu voluntad!

Una canción para vivir la experiencia del perdón:

 

Un comentario en “Perdonar, un acto de amor

  1. Junto a la Cruz de Jesús hay dos hombres, los cuales, han llevado sus vidas por caminos equivocados, cargando sobre sí, errores y pecados.

    El final, tiene la apariencia de ser el mismo, más no lo es; la actitud de uno y otro, nacida de su libertad, determinará la respuesta que todo hombre y mujer dan a la Misericordia y Amor de Dios.

    El arrepentimiento y el dolor por el daño causado, son las condiciones ineludibles para pedir y obtener Misericordia y perdón. De nada nos sirve el hecho de pedir perdón, sin una verdadera contricción de nuestros pecados.

    Perdonar es un acto de Amor, que no ha de entrañar castigo y penitencias añadidas, pues sólo Dios sabe quien es digno de su Misericordia.

    Cuando reconocemos el daño causado, el Amor no sólo nos perdona, sino que nos hace el gran regalo de estar con Él en el Paraíso.

    Perdonar y sentir que somos perdonados, es la experiencia gratificante que conduce a la verdadera Reconciliación. Sin el encuentro y deseo honesto de resarcir, en la medida de lo posible todo el daño causado, el perdón se convertirá en un mero gesto de intenciones.

    Perdonar siempre, a pesar de todo cuanto hayamos podido sufrir, las acciones injustas de otros, tener la digna nobleza de corazón, de no albergar un sólo sentimiento de rencor y deseo de venganza.

    Miren Josune

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