Cada día de cada mes puedo dar y ser fruto del árbol de la vida

Un amigo me envía regularmente gifts con textos de la Biblia decorados con imágenes hermosas. Ayer recibí esta del Libro del Apocalipsis: «En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones». Y esta frase me invita desde que la leí ayer a una reflexión profunda.
En la historia del Génesis leemos que el Jardín del Edén albergaba en su epicentro el árbol de la vida. El fruto que ofrecía era el de la vida eterna. Cuando Adán y Eva —arquetipos del hombre actual— transgredieron la prohibición de Dios de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal fueron expulsados ​​del Paraíso y ya no pudieron acercarse al árbol de la vida.
Esta historia dramática —porque es el nacimiento del pecado en el hombre— no describe un momento específico de nuestra historia colectiva ni traza una línea entre un comienzo idílico y un devenir lleno de conflictos y problemas sino que ilumina un aspecto fundamental de nuestra condición humana: el deseo de todo hombre de “llegar a ser como dios”, capaz de saberlo todo, de experimentarlo todo, de juzgar lo que es correcto o incorrecto, verdadero o falso y de poder actuar sin límites transgrediéndolo todo con impunidad; este deseo de omnipotencia que vive en nuestro interior pervierte la relación que podemos tener con Dios y nos lleva a considerarlo un rival, un obstáculo para nuestra ambición por tenerlo todo bajo control.
El acceso a este árbol de la vida solo será posible al final de los tiempos cuando hayamos adquirido la madurez necesaria para abrazar por completo el amor, la alegría y el gozo, la dulzura de Dios y seamos capaces de vivir relaciones auténticas, armoniosas y pacíficas entre nosotros.
El árbol de la vida representa el deseo del infinito y la eternidad del ser humano; este deseo no puede ser llenado con bienes materiales o con la satisfacción de una necesidad física. Solo puede encontrar su realización en la vida espiritual, en una relación de confianza con Dios dejándose llevar por su infinita ternura y benevolencia que, lejos de desear dominarnos desde lo alto de su cielo, está anidado en lo más profundo de nuestra vida, en lo más íntimo de nosotros mismos.
Pero si soy capaz de comer y alimentarme del árbol de la vida que es Cristo y su Palabra mediante su Santo Espíritu puedo llegar a ser como un árbol plantado, que regado por la oración, la vida de sacramentos y por mi entrega a los demás, prosperará para dar frutos y heredar la vida eterna. Si me alimento del árbol de la vida cada día de cada mes puedo dar y ser fruto. ¡Cada día de cada mes! ¡Estimulante tarea en mi camino cristiano!

orar con el corazon abierto

¡Señor, anhelo ser la raíz sana de un árbol que sea capaz de dar buenos frutos! ¡Quiero, Señor, regar mi propio árbol con Tu Palabra, con tu cuerpo eucarístico, con mi entrega total a tu persona y al prójimo! ¡Te pido, Señor, el riego del Espíritu para que me ayude a crecer en santidad y vencer mis debilidades! ¡Ayúdame, Señor, a ser un buen jardinero del árbol de la vida para que mi vida cotidiana pueda dar frutos alegres y llenos de vida! ¡Riégalo, Señor, con tu Santo Espíritu para que mi vida interior esté siempre bien abonada! ¡Señor, hazme entender que cuanto más santa sea la raíz que sustenta mi vida más santas serán también las ramas que florecen de mi corazón! ¡Te pido, Señor, que me ayudes cada día a examinar mis raíces y a comprender que el fruto que de mi vida no es obra mía sino que es consecuencia de la relación que mantengo contigo! ¡Quiero alimentarme de Ti, Señor, que eres el árbol de la vida y junto a Ti quiero alcanzar tus promesas por eso también de encomiendo a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a los miembros de mi comunidad eclesial y a toda la Iglesia entera! ¡Y te alabo, te adoro, te bendigo y te doy gracias porque te haces presente en mi vida y tu voluntad es que more contigo en la vida eterna!

La hermosa música de Vivaldi nos acompaña con este Domine ad adiuvandum:

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