Revisar el mandamiento del amor

La Santa Misa me sorprende cada día. Cada vez que participo de la Eucaristía hay algo que renueva mi corazón. Consciente de que Cristo la instituyó con el mandamiento del amor —«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois discípulos míos»— me obliga todos los días a revisar cómo vivo este mandamiento que viene de Jesús en mi hogar, en mi trabajo, en mi comunidad, entre mis amigos… Me cuestiono como me comporto con las personas con las que convivo, con las personas que trabajan conmigo, con aquellos que no son santo de mi devoción, con aquellas que dificultan mi día a día… Las palabras que pronuncia el sacerdote —«reconozcamos nuestros pecados»— resuenan tanto en mi interior que me obligan a bajar la mirada para pensar profundamente si camino unido con los que me encuentro en mi caminar o si, por el contrario, los voy excluyendo de mi horizonte vital. Me cuestiono si siento a todos como hermanos; incluso me pregunto si considero a los que participan conmigo en esta celebración como hermanos en la fraternidad de Dios. Y siento en cierta manera una gran desazón porque no siempre acudo con esta actitud de fraternidad que Jesús quiere de mi para celebrar conmigo la Eucaristía. Amar al prójimo que te hace bien es sencillo. Amar al prójimo que te perjudica exige mucho desprendimiento interior. Pero para que Jesús pueda celebrar interiormente contigo su Eucaristía requiere que ames al otro como Él nos ama. Así, vivir la fraternidad es vivir el gozo del encuentro con el Señor, el gozo de alabarlo, de gozar escuchando su Palabra, el gozo de elevar las manos para pedir al Padre, el gozo de dar y recibir la paz, el gozo —sobre todo y por encima de todo— de experimentar el misterio amoroso de la consagración y el gozo sublime de recibir a Cristo en la comunión.
La Eucaristía es la corona de los sacramentos. Es el anticipo de lo que acontecerá en el cielo. Es el sacramento vivo que une a la Iglesia. Siento que si no vivo en esa unidad no me puedo acercar limpiamente a la mesa del Señor porque si sólo me comporto bien con Él pero no con los demás no hay verdad en mi corazón.
La comunión no es una obra de teatro sobre la fraternidad y el amor que cada día o cada domingo se celebra en una iglesia mientras durante la jornada o la semana prima en el corazón el rencor, el desprecio, el juicio ajeno, la discusión, el enfrentamiento, la injusticia, la falta de perdón… La Eucaristía exige continuidad entre lo que acontece en la vida cotidiana y lo que se vive durante la celebración. Y, al acudir a comulgar, debo testimoniar lo que vivo en mi hogar, en el trabajo, en el vecindario, en la comunidad eclesial… O por lo menos acompañar mis pasos hacia el altar con el sincero esfuerzo de cambiar el corazón y construir un entorno donde prime el amor y se haga realidad la unidad que exige Jesús.

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo, tu que lo inundas todo y sobrevuelas con tu presencia cada Eucaristía, ayúdame a vivir la Santa Misa como un memorial de caridad fraterna! ¡Que cada día sea para mi celebrar la comunión con los hermanos en torno a la Palabra de Dios y a la fracción del pan siendo testimonio de vida y de compromiso con los demás, de perdón y de reconciliación! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a ver en el pan y el vino a todos los que me rodean y poner mi vida en manos del Señor para vivirla, como Cristo y en Cristo, en amor servicial al prójimo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser vínculo de caridad para hacer realidad el mandamiento nuevo de Cristo de amar a los otros como Él nos ama! ¡Envíame, Espíritu de Dios, a hacer realidad este mandamiento de amor y que esta tarea refleje lo que significa la Eucaristía en mi propia vida! ¡Ayúdame a cuestionarme cada día cuál es la importancia que doy a la Eucaristía en mi vida, cual es el sentido de solidaridad que llevo a la práctica y no permitas que olvide que no puedo mostrarme insensible a las necesidades del hermano, especialmente de los que sufren y son frágiles! ¡Ayúdame a ser signo de unidad y vínculo de caridad con el prójimo! ¡Ayúdame a recibir con fe el Cuerpo de Cristo unido íntimamente a Él, y en Él, a Dios Padre, en el amor del Espíritu Santo y desde la Trinidad a los demás porque este es el auténtico fundamento de la comunión en la Iglesia! ¡Y a Ti, María, Madre de la Iglesia, ayúdame cada día a redescubrir el carácter central de la Eucaristía, para vivir en plenitud la comunión fraterna!

Nos unimos también en oración con esta hermosa canción sobre la Eucaristía:

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