Impregnar el tiempo de silencio

Las horas, los días, las semanas, los meses transcurren a una velocidad que sorprende. Con frecuencia te quedas sin tiempo para ti. Y para el Señor.
En los últimos tiempos por motivos profesionales me veo obligado a viajar con frecuencia a destinos muy alejados de mi residencia habitual. Horas interminables de avión en las que saboreo los tiempos silenciosos de Dios. Horas que te permiten, en la soledad del espacio, impregnarlo todo de silencio. Tiempos para sentir que Él viaja a mi lado, acompañándome en un encuentro de corazón a corazón. Tiempos largos de silencio para meditar un texto, impregnarlo y alimentarlo en el corazón. Grandes tiempos de gracia para un encuentro muy próximo con el Señor. Hay ocasiones que es una gran bendición ese encuentro en la alturas con el Amor.
Estos viajes de horas me han llevado a amar el silencio. En ese silencio que te lleva al encuentro con el Maestro. El silencio que te invita a mirar a Dios. El silencio que te enseña a acomodar los ojos de tu corazón al rostro misericordioso del Padre. Ese silencio que te permite valorar la grandeza de la creación pues en las alturas los reflejos de la belleza del Creador se hacen más claras. El silencio que te permite dar gracias por la grandeza de la vida. El que te permite discernir el valor las cosas obsequio del Creador, las huellas de su bondad infinita. El silencio que te ayuda a impregnarlo todo con la mirada del amor, origen y fin la historia personal de cada ser creado por Dios. El silencio que te ayuda a abrir el corazón para comprender los vacíos que hay en él, las puertas que se abren cuando todo parece no tener salida ni oportunidad. El silencio que te ayuda a vislumbrar en ti el verdadero rostro del Señor.
Él es quien te obsequia con la mirada interior de fe.
Llenarse del silencio me predispone a la oración, a reconocer la voz de Dios pues Él habla en el silencio y es necesario saberlo escuchar. Para mí los largos viajes en avión se convierten en un claustro simbólico, porque es ese espacio cerrado abierto hacia el cielo, en el que disfruto de horas de intimidad con Dios.

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¡Gracias, Señor, por esos silencios que me regalas! ¡Tus silencios son, Señor, la respuesta a muchas de mis preguntas! ¡Son silencios de paz, Señor, y te los agradezco porque aminoran el ruido que me envuelve! ¡Señor, muchas veces comprendo mejor tus silencios que otras respuestas más sonoras que me ofreces! ¡Gracias, Señor, porque en tus respuestas silenciosas hay un amor muy grande! ¡Gracias, Señor, porque aunque no lo merezco y bien lo sabes me inundas de tu luz y de tus silencios! ¡Gracias por esa luz que se origina en tu presencia y gracias por esos silencios tan sublimes que se esconden en mi corazón miedoso! ¡Perdona, Señor, cuando tantas veces interpreto tus silencios como ausencias pero es por mi orgullo y mi soberbia que me ciegan el corazón y me cierran el alma a todo regalo de tu gracia! ¡Gracias, Señor, porque en tu silencio te haces presente en mi vida en cada instante! ¡Gracias, Señor, gracias por todos tus silencios llenos de amor y de misericordia!

El sonido del silencio, canción tan adecuada a la meditación de hoy:

Constantes en la constancia

Tercer sábado de enero con María en el corazón. Se habla mucho de la humildad y la obediencia de la Virgen pero se olvida esa característica tan suya que fue la constancia.
María, mujer de oración, fue constante en su vida espiritual. En la constancia reside toda clave del éxito espiritual. Un alma timorata, amedrentada o pusilánime poco acrecienta su cercanía con el Señor. Se trata de que el propio espíritu no decaiga y que los avatares de nuestra vida no mermen nuestra paz interior y la confianza en Dios. Es la mejor manera de sentir que Dios nos acompaña y que lo hace en la alegría y en el dolor, en la salud y la enfermedad, en la serenidad y la tribulación.
Como María hay que trabajar por la gloria de Dios y la salvación de nuestros hermanos sin componendas humanas, sin preocuparse si al esfuerzo no le sobreviene el éxito que de forma habitual no va ligado con el esfuerzo porque si dependiera de él en nuestros apostolados no encontraríamos tanto desánimo. La obra de la gracia actúa en el corazón del hombre a través del camino de la constancia. El Señor nos puede colmar de dones pero si no ponemos de nuestra parte no puede obrar en nuestro corazón. Dios busca la tierra fértil para sembrar en nuestro interior, una tierra que se abra al don de la gracia. Y esa gracia hay que cultivarla, como el sembrador constante en el día a día de su vida para recoger los frutos, por medio del encuentro diario con Cristo en la oración, la meditación y la práctica sacramental. A la santidad no se llega de golpe, es preciso caminar de manera constante con mirada de eternidad.

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¡En este sábado, María, quiero seguir tu ejemplo de constancia porque Tu te me presentas como la persona que, habiendo recibido de Dios una vocación, sigues con fidelidad y constancia lo que el Padre te reclama, y en colaboración con Cristo, ofreces toda tu vida, tu corazón y tu mente, para realizar tu misión de Madre y Virgen; me enseñas que la paciencia y la constancia son los elementos que sintetizan el compromiso humano y el confiarse en Dios; y me ayudas a potenciar mi pobre tenacidad interior, esa resistencia del ánimo que me permiten no desesperar en la espera de una petición al Padre que tarda en llegar, sino de aguardarla en mi corazón con esperanzada confianza! ¡Concédeme, Señor, la paciencia necesarias para soportar las largas esperas, para asumir los desafíos de cada día, para adaptarme a los imprevistos que surgen en mi vida, para apreciar la belleza de las cosas sencillas, para soportar aquello que me provoca incomodidad y aceptar vivir con mis propios límites! ¡Totus tuus, María!

De la compositora inglesa Rebecca Clarke disfrutamos hoy de su Ave María dedicado a la Virgen:

Yo, yo, yo… [mil veces yo]

Yo, yo, yo… ¡Cuántas veces digo y repito interiormente esta palabra! ¡Qué actitud tan egocéntrica, tan soberbia, tan indolente! ¡Pero así soy yo, así somos los hombres, con el «yo» siempre por delante!
Es la soberbia la que conjuga de manera reiterada ese yo, yo, yoque nos convierte en criaturas yermas de amor, infecundas para servir con el corazón, infructuosas cuando se trata de ponerse al servicio del Señor, áridas en la oración, nulas para la caridad, ineficaces para aprovechar al máximo los frutos de nuestros dones.
Yo, yo, yo… ¿Por qué tendemos a pensar que la vida es para uno mismo? La vida es un regalo de Dios. Y como don encierra un propósito para de cada uno de nosotros. Mi vida —tu vida—, es para Dios. Y desde el amor a Dios para el bien de los demás.
Cuesta enterrar el yo para desempolvar del corazón el talento del mandamiento del amor, quitar las telarañas de nuestros propios deseos y llenar de brillo la razón de nuestra vida.
Lo difícil es vivir una vida con corazón, alma, mente y fuerza para Dios y, actuando como Él, amando a los demás. Hay que entregar lo que uno es y posee para dar los mayores frutos. ¡Pero con el yo, yo, yo como estandarte… yerma resulta cualquier tarea!

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¡Señor, Dios de bondad, deseo vivir para Ti! ¡Buscar desde Tu Palabra la verdad! ¡Espíritu Santo guía mi camino para aplicar la Palabra en mi vida y renunciar a mí mismo y desear la voluntad de Dios por encima de todo! ¡Contra el otro yo soberbio que jalona mi vida, envíame el Don de Temor de Dios, que me libre del orgullo, la vanidad y la presunción! ¡Señor, tú me invitas a perder la vida por tu causa y por el Evangelio! ¡Pero Tú sabes bien, Señor, el miedo que me produce gastar la vida, entregarla sin reservas, por ese egoísmo que me atenaza! ¡Señor, en el fondo soy un cobarde por eso me cuesta trabajar y servir a los demás, hacer un favor al que no lo va a devolver, lanzarse a fracasar, quemar las naves por el prójimo! ¡Me avergüenzo, Señor, pero así es mi vida! ¡Por eso te pido me ayudes, Señor, a distinguir entre el bien y el mal, a separar la verdad de la mentira, a diferenciar la humildad de la soberbia y el pecado de la perfección! ¡Porque, Tú eres mi ley, Señor, te pido que me ayudes a que nada ni nadie distraiga mi atención y pueda, en la medida de mis posibilidades, ser instrumento de tu amor y de tu gracia aparcando para siempre mi yo!

El que muere por mí, cantamos hoy al Señor, para morir de nuestros yos.

Como Cristo que calló, rezó y amó

Lo habitual es organizar nuestra actividad diaria sin tener en cuenta que puede acontecer un hecho imprevisto. Comprensible. Pero siempre existen circunstancias, acontecimientos o situaciones, ajenos a nuestra voluntad, que pueden surgir de manera inesperada, que trastocan nuestra vida, nos hacen perder la paz, provocan un cambio brusco en nuestro estado de ánimo e, incluso, generan ansiedad y desconcierto incontrolado. Son las contradicciones de nuestra vida. La solución es contemplar a Cristo.
Leyendo los textos evangélicos comprendemos que los imprevistos forman parte de nuestra vida, como lo fueron en la vida del Señor, algunos de ellos incluso rozando el desatino y el absurdo. En el caso de Jesús las embestidas dialécticas de los fariseos, la torpeza de sus discípulos, el agotamiento físico, la incredulidad de sus conciudadanos de Nazareth, las tentaciones del demonio, los lamentos de los que se acercaban a Él buscando curación o milagros, los reproches de tantos y la incomprensión de la mayoría.
La respuesta del Señor fue siempre la misma, actuar con serenidad, sosiego y magnanimidad. Intentando comprender… y amar. Es cierto que no siempre lo hizo de manera pausada y comedida como el día que expulsó a los comerciantes del Templo porque profanaban la casa del Padre, de su Padre o cuando algunos —muchos— acudían a él con torticera intención.
Pero Cristo nunca se quejó. Calló, rezó y amó. Examino ahora mi alma. ¿Me influyen, por ejemplo, los dimes y diretes que se dicen de mí; la opinión de la gente; los comentarios críticos a mi trabajo; las comidillas sobre mi situación profesional, personal o social; las risas cuando me caigo subiendo unas escaleras y en apariencia hago el ridículo; la forma como visto; cuando alguien se aprovecha de mi; cuando sufro una traición o un engaño de alguien cercano que no te esperas, la evidencia de que he tomado una decisión errónea y no me queda más remedido que aceptar que me he equivocado; cuando estoy de mal humor y reacciono mal con los que me rodean…?

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Esas son las contradicciones de mi vida. ¡Te las ofrezco, Señor! ¡Te ofrezco todas las contradicciones para que con Tu ayuda fortalezcas mi carácter y hagas de mi una persona que no se vea condicionada por la mundanidad de lo humano sino que sepa tener una actitud trascendente! ¡Me uno a Ti, Señor, me uno a tus sufrimientos para ir llenando lo que aún falta por cubrir de Tu Pasión! ¡Señor, que en mi amistad contigo no busque sólo la perfección, sino la veracidad, porque en nuestra relación el protagonista eres Tu y no yo! ¡Dame un corazón, Señor, para aceptar todo lo que me suceda y aceptarlo con amor!

Me tocaste, Jesús, cantamos hoy al Señor:

¡Excusas!

Observo la gran capacidad que tenemos los hombres para poner excusas. Somos expertos en crear pretextos. Desde que se inventaron las excusas, parece que nadie queda mal. Pero no es así. En realidad, si somos honestos con nosotros mismos no deberían caber las excusas para dar excusas. El valor supremo es decir la verdad y asumir con todas las consecuencias la responsabilidad que se amaga detrás de cada excusa. Los pretextos están más cerca del (auto)engaño que del argumento pues tienen más que ver con la justificación subjetiva que con la razón objetiva. Lo negativo de vivir de excusas es que acabas quedándote sin argumentos.
Pero detrás de una excusa siempre hay el temor a ser juzgado, a sentirse desaprobado o reprendido, a no ser valorado, a no reconocer qué no hemos hecho lo que sabemos que teníamos que hacer. Existen, por otro lado, grandes de dosis de soberbia y amor propio en ese muro que uno levanta a su alrededor para evitar que el otro conozca nuestras imperfecciones. Hay asimismo cierta falta de madurez y de responsabilidad ante las propias acciones. Y, en algunos casos, también grandes dosis de estrés detrás de las excusas que formulamos.
Pero cuando eres capaz de reconocer tu error, cuando lo asumes desde la humildad, cuando eres capaz de disculparte por ello y evitas la excusa una gran sensación de libertad te invade interiormente. Desde la aceptación del error, asumiendo las consecuencias y el grado de responsabilidad tu propia imagen se enaltece.
Tenemos los seres humanos gran pavor a reconocer nuestras miserias y nuestros errores, nos causa desasosiego pedir perdón y disculparnos. Cuando el corazón se abre y se experimenta la agradable sensación de reconocer la verdad dejamos aparcado en nuestra vida el conformismo y la mediocridad. ¡No hay más claridad en uno que la autenticidad!

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, a imitación tuya concédeme la gracia de ser perfecto como nuestro Padre celestial es perfecto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir siempre buscando la perfección en cada instante de mi vida! ¡No permitas que me acomode en la indolencia y concédeme la humildad para que Tu que eres el ejemplo a seguir moldees mi vida! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la fe para que mis proyectos se sustentes en tu voluntad! ¡Ayúdame, Señor, a vivir para dar frutos, para ser testimonio de verdad, para trabajar en busca del bien y de la perfección! ¡No permitas que la tibieza ni la indolencia me venzan en ningún campo de mi vida y mucho menos en el espiritual que sustenta mi vida de piedad, personal, familiar o profesional! ¡No permitas que las dificultades y la contrariedades me venzan! ¡Que mi relación personal contigo, Señor, me sirva para crecer siempre a mejor, para llenarme continuamente de Ti y poder reflejar tu gloria! ¡Tú, Señor, me revelas cada día tu preciado plan orientado a vivir en la excelencia personal! ¡Que mi búsqueda de la perfección, Señor, sea vivir la plenitud de la vida en Ti! ¡Ayúdame a ser ejemplo de excelencia en mi entorno y no acomodarme en la indolencia! ¡Ayúdame, Señor, a vivir para obrar y actuar conforme a la verdad y cada vez que me equivoque tómame de la mano para que me vuelva a levantar y no dejar de crecer!

Toma tu lugar, cantamos hoy unidos al Señor:

La santidad no es un ideal reservado a unos pocos

Desde la plaza de San Pedro que el gran Bernini concluyó a mediados del siglo XVII para unir a católicos y no católicos por expreso deseo del papa Alejandro VII la historia de la Iglesia ha conocido concilios, cónclaves, fumatas blancas, beatificaciones, intentos de asesinato de un Santo Padre, emociones intensas de fervientes católicos, conversiones espirituales…
Como católico me impresiona la belleza de esta plaza por el gran significado que tiene para mi fe. Un lugar que acoge a todas las sensibilidades humanas. Personalmente es un lugar que me reafirma profundamente en mis creencias por medio de la figura del primer Papa de la historia, ese San Pedro rudo y áspero al principio pero dócil y sencillo a la llamada de Dios.
En los grandes acontecimientos retransmitidos desde la plaza de San Pedro hay momentos en que las cámaras ofrecen un plano general de este gran escenario monumental de tan gran significado para los que nos sentimos católicos.
La plaza de San Pedro se halla repleta de estatuas de doctores de la Iglesia, de mártires, de santos, de pontífices, de teólogos. La historia de la Iglesia viene marcada por la vida de estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad y con su ejemplo se han convertido en faros para numerosas generaciones, y lo son también para quienes vivimos en esta época. En la página oficial del Vaticano he averiguado que son 140 estatuas situadas sobre las 284 columnas que conforman el conjunto arquitectónico de la plaza. Todos ellos observan la historia de la Iglesia y de la humanidad desde un mirador privilegiado. Pero en el interior de la basílica existen además decenas de santos en nichos, columnas, capillas que también contemplan la evolución de la sociedad desde una perspectiva de interioridad.
Cada uno de los santos de este gran centro de la espiritualidad católica no dejan de transmitir que el auténtico ideal del cristiano es alcanzar la santidad en medio del mundo y formar una sociedad más humana, más cristiana y más divina según los designios y el corazón de Dios. El verdadero ideal cristiano no es ser feliz, sino ser santo porque el santo es aquel que, a imitación de Cristo, vive del amor de Dios.
En la vida de estos santos Cristo se ha aferrado a su corazón y como san Pablo han podido afirmar: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Entrar en comunión con ellos es ir también unidos a Cristo para ser santos en nuestro mundo.
La santidad no es, como muchos creen, un ideal reservado a unos pocos pues Dios nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo para ser santos e intachables ante Él por el amor. Pensando en todos los representados en estas estatuas de la plaza de San Pedro comprendes que la santidad, la plenitud de la vida cristiana, no radica solo en realizar grandes empresas sino en caminar unido a Jesús tratando de vivir con autenticidad sus misterios, hacer propias sus palabras, sus gestos, sus pensamientos y sus actitudes. La santidad solo se puede medir por la estatura que Cristo toma en cada uno, por el grado en el que modelamos la vida según la suya con la fuerza arrolladora del Espíritu Santo al que hay que invocar con insistencia para que nos llene de su gracia y exhale en nosotros la vocación hacia la santidad anhelo de Dios para cada hombre.

orar con el corazon abierto

¡Quiero darte gracias, Señor, por tu Santa Iglesia Católica que tu fundaste y que me llama claramente a la santidad! ¡Te pido, Señor, que tu Santo Espíritu me llene para alcanzar la santidad porque por mis propias fuerzas no puedo! ¡Ven Espíritu Santo, ven para recorrer junto a Ti el camino de la santidad! ¡Ven Santo Espíritu de Dios para hacer fructificar cada una de mis acciones, para cumplir el deseo de Dios de que todos seamos santos! ¡Lléname de Ti, Espíritu divino, anima mi interior, transfórmame para vivir unido a Cristo, restáurame para conservar y llevar a la plenitud la vida de santidad que recibí en el momento de mi bautismo! ¡Ayúdame, Espíritu del Padre, a utilizar siempre bien la libertad que viene de Dios y concédeme la gracia de vivir siempre bajo tu acción liberadora para conformar mi voluntad con la voluntad de Dios! ¡Concédeme, Espíritu renovador, a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mi mismo! ¡Ayúdame, Espíritu de Amor, a que mi amor crezca cada día y sea sal y semilla para todos, abierto a la gracia, a la vida de sacramentos, a la oración con el corazón abierto, a la renuncia de mi mismo, a la generosidad hacia el prójimo, al servicio desinteresado, a la entrega sin esperar nada a cambio, a la caridad extrema! ¡Y a ti, Padre, te doy gracias por los santos de la Iglesia que con su verdadera sencillez, grandeza y profundidad de vida me muestran el camino de la santidad! ¡Que como ellos yo también sea capaz de vivir plenamente el amor y la caridad y seguir de verdad a Cristo en mi vida cotidiana! ¡Gracias, Padre, por mostrarme que los rostros concretos la santidad de tu Iglesia! ¡Te doy gracias también por tantas personas a mi lado que no llegaran al altar de la santidad pero son gente buena, pequeñas luces de santidad que me ayudan a crecer humana y espiritualmente, a los que quiero y hoy te pongo ante el altar de la Cruz y de la Eucaristía! ¡Gracias a su bondad, generosidad, piedad y entrega puedo palpar cada día la autenticidad de la fe, la esperanza y el amor! ¡No permitas, Padre, que nada marchite mi vocación hacia la santidad!

Aclaró, una canción para sentir el amor de Dios:

Creer antes que dudar

En un reciente viaje me ha acompañado un ingeniero cuya principal afición es la pesca de río. Tan apasionado es a este deporte que durante las comidas o en los vuelos salpicaba las conversaciones con diferentes anécdotas relacionadas con su hobby preferido. Una frase suya me invita a la reflexión: «Rodeado de un paisaje silencioso practicar la pesca también te permite encontrarse a uno mismo».
En las páginas de los Evangelios aparecen variadas historias y parábolas relacionadas con la pesca. Existe una cierta analogía entre esta actividad y la vida espiritual.
Como me comentaba este ingeniero para practicar la pesca lo mejor es estar abierto a lo inesperado: a veces pescas una gran trucha en un momento en que no se sospecharías que pudieras capturarla.
En la pesca observo un símil de mi propia vida. Cada nueva experiencia es como una presa que enriquece mi vida interior, me ayuda a crecer y madura mi fe. Aún así, debes estar preparado para deshacerte de la comodidad de tus pensamientos y hábitos de conducta, para estar atento y cuestionar lo que crees o lo que no crees; estar receptivo a la sorpresa es como esperar lo inesperado que viene de Dios.
Cuando uno siente que su vida espiritual patina los hilos de su oración no aportan nada nutritivo, puede ser que sea necesario avanzar hacia aguas más profundas. El agua profunda es lo que sucede en tu interior donde están los secretos: los miedos o los dolores más profundos, las esperanzas y los deseos más ocultos. Aquí es donde el Evangelio funciona para cada persona. ¡Acaso no le dijo Jesús a Pedro que echase las redes en aguas profundas!
Simón Pedro, el pescador, no dudó en seguir el consejo de un hombre que no era experto en la pesca. Pedro prefirió creer antes que dudar. Prefirió tal vez encogerse de hombros y arriesgarse después de una noche aciaga en cuanto a pesca se refiere y agotadora desde el punto de vista humano. Esto te permite cuestionarte ¿qué riesgo estoy dispuesto a tomar para cumplir en lo que se refiere a mi vida interior? ¿El riesgo de cambiar mi visión del mundo y de cambiar mi vida, el riesgo de luchar contra lo que me duele, de ser desafiado, despreciado o rechazado?
Vivir la fe no siempre es la parte hermosa de la pesca en un estanque tranquilo. Exige, en ocasiones, enfrentarse a lo desconocido, desafiar las tormentas que se presentan, poner a prueba tus convicciones. Pero como decía el ingeniero que me acompañaba en el viaje las mejores capturas suelen ser las costosas… ¡pero son las que más valen la pena!

orar con el corazon abierto

¡Señor, creo y te amo profundamente porque no solo eres la luz que ilumina mi camino sino que eres el amigo que me acompaña siguiendo cada uno de mis pasos y que me ayuda a escoger el camino correcto, aquel que me dirige a la vida verdadera! ¡Te pido, buen Jesús, que me ayudes a levantarme cada vez que caigo y me perdones por mis faltas! ¡Como Pedro yo también estoy muchas veces agotado y frustrado por lo que me sucede, trabajando sin obtener frutos y tu me pides que reme mar adentro en aguas profundas! ¡Tu sabes que a veces me surgen las dudas pero no quiere dejar de creer lo que implica cumplir tu voluntad! ¡Hazme comprender, Señor, por medio de tu Santo Espíritu que cualquier donación que venga de Ti y del Padre exige un esfuerzo por mi parte, que estás dispuesto a realizar un milagro pero yo también debo estar dispuesto a ir hasta las aguas profundas y estar disponible con mi esfuerzo, con mi sacrificio y mi fe vivas! ¡Ayúdame, Señor, a comprender por medio de tu Espíritu divino, lo gratificante que es recibir tu providencia y tu gracia en las aguas profundas de mi vida pues tu sabes que cuando vienen las dificultades, las crisis, la oscuridad, el sufrimiento o las experiencias dolorosas o frustrantes puede tener la tentación de abandonarlo todo! ¡Concédeme, Señor, una fe firme y una confianza ciega para que puedas obrar en mi interior el milagro que deseas y recibir más de lo que siempre espero!

En tu nombre echaré las redes, cantamos hoy:

Escucha el silencio, tiene mucho que decir

Desde el domingo pasado me encuentro por motivos profesionales en Irán. El guía que me traduce en centros oficiales del farsi al inglés es un hombre de interesante conversación, culto y leído que, en nuestras conversaciones privadas, entremezcla muchas expresiones de Rumi, el poeta místico persa por excelencia. Ayer, al despedirse de mi, su última frase fue: «No olvides escuchar en el silencio, tiene mucho que decirte».
En la soledad del avión recordé estas palabras que aparecen en san Mateo y que tienen una gran profundidad: «¡El que tenga oídos, que oiga!». ¿Cuantas veces me encuentro entre los que afirman que si pero no comprendo nada pues no soy capaz de escuchar en el silencio que proviene de Dios? ¿Que leo, analizo, profundizo… y nada cambia en mi interior? ¡Cuantas veces permanezco apegado a lo mío, protegido por mi viejo caparazón, en mi coraza de hierro, buscando la ocasión para tratar de influir en la voluntad de Dios para que cambie aquello que me hace sufrir pero no escucho en el silencio que viene de Él!
Entonces, comprendes que estás lejos del Amor de Dios. Comprendes que vives una religión a la que llamas cristiana pero es que como una especie de religión a medida, con tus propias reglas. «¡El que tenga oídos, que oiga!». Oyes, pero en realidad no escuchas. Ves, pero en realidad estás completamente ciego.
El cristianismo es una religión única, sorprendente, profundamente sublime. Es la única religión que presenta a Dios desde la vertiente del amor pero también del sufrimiento. Y es la única porque el resto de las religiones ofrecen una perspectiva amable de Dios, un Dios saludable que posee gran poder y que es perfecto en todas sus dimensiones. El nuestro también lo es pero nuestro Dios se hace presente en el mundo por medio de Jesucristo, su Hijo amado. Un Dios que sufre en silencio con el hombre, con el enfermo, con el desvalido, con el desarraigado, con el perseguido; un Dios que acompaña en silencio al ser humano en el sufrimiento porque Él mismo sufre el sufrimiento. Esta es la máxima expresión del amor de Dios. Dios vive en silencio activo lo que uno personalmente vive. Por eso es el Dios Amor, el Dios de la disponibilidad y la entrega.
Por medio de Cristo, con sus palabras, con sus hechos y con sus gestos, Dios se acerca en silencio activo a los débiles, a los pequeños, a los pobres y a los perdidos y los rescata. Jesús los enaltece. Y su amor es gratuito. Él hace que nuestro amor y compasión por ellos sea el sello impreso en nuestro corazón para alcanzar el reino de los Cielos. «¡El que tenga oídos, que oiga!».
Comprendes así que tu deber es vivir conscientemente, poniendo tu mano sobre tu corazón, con toda la intensidad espiritual de la cual eres capaz. Tu pobreza, tu debilidad, tu sufrimiento, tu enfermedad, tus problemas, los tuyos y los de tu familia, lo que te afectan y los de tus amigos, deben estar presentes durante estos momentos en comunión con Dios. De esta manera, tu alma enferma y tu corazón roto se abre de par en par al Amor de Dios con todas esas realidades que te hacen sufrir. Nuestro Dios, que es la la ternura infinita, que sufre en tu sufrimiento, lo acoge todo con amor.
Mi corazón sufriente es ese espacio vital que se convierte en el lugar favorito de Dios, ese espacio donde Dios puede realizar el gran milagro de impregnarlo todo desde el silencio de ternura y de amor. «¡Escucha en el silencio, tiene que mucho que decir». ¡Por qué entonces empeñarse en hacer oídos sordos a todo lo que viene de Dios1

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero en el silencio de la vida escucharte, encontrarte, hablarte para callar, dialogar contigo, convertir mi vida espiritual en un encuentro permanente contigo! ¡Quiero, Señor, comprender que tu eres el protagonista, que en el encuentro contigo lo importante es lo que tu me quieres decir, el haced lo que Él os diga de María, porque tú realmente sabes lo que necesito, lo que anhelo! ¡Espíritu Santo, llena mi corazón para dejarme sorprender por el silencio de Dios! ¡Señor, ayudarme a aceptar tu voluntad permitiéndote que entres en mi corazón para confiando, escuchando y caminando a tu lado sea capaz de descubrir hacia donde me quieres llevar! ¡Espíritu Santo que mis quejas se aplaquen para siempre en el silencio acepte la voluntad de Dios! ¡Señor, cuando las dudas me embarguen que mi razón esté siempre iluminada por la fe dejándome abrazar por tu misericordia, por tu amor y tu plenitud! ¡Espíritu Santo inúndame de la pedagogía silenciosa que proviene de Dios y dame mucha fe! ¡Señor, cuando la inseguridad me embargue ayudarme a abrirme a tu amistad sincera centrándome sólo en Ti con el corazón abierto! ¡Espíritu Santo que esta sea mi actitud en la oración, concédeme la gracia de escuchar en el silencio de la oración al que me da siempre seguridad, cercanía, amor y misericordia! ¡Cuando las cruces, Señor, me embarguen, que no deje de mirar en silencio tu cruz redentora! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser capaz de vivir en unión con Jesús que supo vivir el dolor en el silencio y en permanente ofrecimiento al Padre! ¡Señor, tu sabes que soy poca cosas y que todo lo que soy es gracia a ti, permíteme vivir siempre en la verdad caminando a tu lado! ¡Espíritu Santo, concédeme siempre el don de vivir en el silencio de la humildad para caminar al lado de Jesús! ¡Señor, como tu quiero vivir abandonado al Padre, que en el silencio de la vida y de la oración se hace presente para acogerme, protegerme y cuidarme! ¡Espíritu Santo, que en el silencio del abandono sea capaz de descubrir la ternura que Dios siente por mí!

El sonido del silencio, cantamos con Alex Campos:

Yo también puedo ser la cuna de Dios

Segundo sábado de enero con María en el corazón. Resuenan todavía en mi interior los ecos de la Navidad que hemos dejado atrás. Sin embargo, me siguen embargando de emoción los pequeños detalles que nos deja María. Gestos hermosos y simples que tienen su máxima expresión en el nacimiento de Jesús. Lucas lo dice en breves palabras: dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre. Las buenas nuevas son proclamadas a los pastores, los ángeles cantan la gloria de Dios y anuncian la paz en la tierra.
Uno se imagina a María sorprendida por el gran misterio de la Encarnación y, en el silencio de su corazón, cómo acogió aquel acontecimiento extraordinario hasta que dio a luz a Jesús. Uno se imagina su rostro y observa en él la ternura y el consuelo de Dios. Uno piensa en María y ve en Ella la misericordia de Dios, la esperanza que surge de Él. Uno contempla la figura de María y vivifica esa intimidad unida a su Hijo. En el misterio de la maternidad divina de María te embarga la emoción solo de pensar que Dios se hace hijo de la humanidad, sin privilegio alguno, por medio de María; que Dios asume con amor la pobreza del hombre y se entegra con humildad a través de la Virgen.
No dejo de pensar en estos días que Dios tiene una Madre. La Madre de Jesús. Mi propia Madre. La Virgen que es auxilio de los cristianos, que es el consuelo mismo del hombre, que es el pilar vivo de la catolicidad del ser humano, que es el testimonio del sí amoroso y generoso a Dios, que es la compañía incondicional que nunca falla.
Y algo que me llena de emoción profunda. Que ese misterio de amor que es María es algo íntimamente unido a mi. Yo también puedo ser cuna de Dios por medio de María donde repose el amor, el perdón, la generosidad, la paz, el consuelo, la esperanza, la misericordia, la entrega, el servicio, la humildad… Como hizo con Ella dejarle hacer a Él en mi, con la explícita colaboración del Espíritu Santo. ¡Gran misterio de amor que no quiero olvidar en este año que avanza con el aliento de Dios y el cuidado maternal de María!

Jesus Resting on a Manger

¡María, concédeme la gracia de adentrarme cada día en el Misterio de tu Hijo, asomarme a través tuyo a la verdad que encierra su presencia entre nosotros, hacerme cercano a los que me rodean, a ser ternura de Dios en el otro, a ser humilde como lo fuiste tu! ¡Por medio tuyo, María, quisiera ser partícipe de la bondad maternal de Dios, auxilio para el que sufre, consuelo para el desesperado, ayuda para el necesitado! ¡Ayúdame, María, a cultivar el amor con generosidad tal y como hiciste tu con todos los que se cruzaron en tu camino! ¡Concédeme mirar siempre al prójimo con la ternura de tu sonrisa y la esperanza de tu amor! ¡Tu que eres el gran don del amor de Dios hazte muy presente en mi vida y en la vida de todos los hombres y mujeres del mundo! ¡Vela, María, sobre todos nosotros, reina en nuestras familias junto a tu Hijo, protege a todos cuantos necesitan tu consuelo y tu auxilio, especialmente aquellos que sufren dificultades y enfermedades! ¡Ayúdame a ser también el rostro de la ternura y del consuelo de Dios en el prójimo! ¡Permíteme ser tomo tu y vivir íntimamente unido a tu Hijo Jesucristo! ¡Quiero, María, ser cuna de Dios, acogerlo cada día en mi corazón y a no dejar de sorprenderme cada día por lo que representa su nacimiento! ¡Que nunca deje de sorprenderme por la grandeza, la esperanza y las promesas que vienen de Dios! ¡Y como tu, María, durante las horas difíciles, ayúdame a guardarlo todo en el corazón y meditarlo en el silencio de la oración para aceptar con confianza y esperanza los planes que Dios tiene pensados para mí!

El Señor ha hecho en mi maravillas, un hermoso canto a Capella dedicado a la Virgen:

Cosas sencillas que le pido al nuevo año

El año 2018 apenas ha despuntado y en la agenda todavía quedan por llenar acontecimientos de los próximos 352 días. Se despereza el año y uno no sabe lo que este tiempo nuevo le deparará porque lo que ocurra está únicamente en manos de Dios. Pero en el horizonte cercano del día a día uno tiene la esperanza cierta y la confianza ciega de que se cumplirán los planes de Dios y que tienes que poner toda tu voluntad para dar lo mejor de ti mismo para dejar la impronta de tu mejor versión en la sociedad.
Al comenzar la oración doy gracias a Dios por las cosas hermosas que cada día me regala y que un año me permite observar el futuro con alegría y optimismo, con esperanza y confianza, con actitud risueña y el corazón abierto a su amor y a su misericordia.
Cierro los ojos y le digo a Dios lo que le pido para este nuevo año. Son cosas sencillas para hacer de mi vida un testimonio de verdad y de entrega a los demás.
Le pido a Dios una mirada nueva para ver el mundo como Él lo ve, para ser capaz de ver aquello que los que me rodean no aciertan a observar y que del brillo de mis ojos surja la mirada tierna, amorosa y misericordiosa de Dios.
Le pido a Dios unos oídos abiertos a la escucha y a la necesidad del otro, presto al susurro del Espíritu que habla tantas veces a través del hermano.
Le pido a Dios unas manos fuertes y abiertas que acojan la necesidad del prójimo y le acompañen en su caminar, que se ofrezcan sin esperar nada a cambio.
Le pido a Dios unos pies firmes que avancen hacia la santidad, que caminen con paso decidido hacia el cielo prometido, que no se paralicen ante las dificultades y los obstáculos, que atemperen el paso cuando acompañan al otro.
Le pido a Dios una fe cada vez más firme que mantenga la vista puesta en Jesús, una fe para que el Señor renueve mi vida y no me detenga a pesar de los problemas de la vida.
Le pido a Dios el don de perdón para llevar paz a mi alma y a mi corazón.
Le pido a Dios fortaleza y espíritu de valentía para afrontar los miedos y las incertidumbres que me paralizan y para saber enfrentarme a la hostilidad del mundo.
Le pido a Dios el don de la humildad y de la generosidad para dar lo mejor de mí a los demás y hacerlo con amor buscando siempre su bien, para resaltar sus cualidades y talentos; para que mi donación implique una profunda participación con el otro.
Le pido a Dios el don de la empatía para tener la habilidad de sentir sus emociones como si fuesen mías y abrir mi mente al otro sin prejuicios.
Le pido a Dios más tiempo de oración para no dejándome llevar por las prisas ni lo apretado de la agenda cotidiana y disfrutar de mayores momentos de intimidad con Él.
Pero, sobre todo, le pido la gracia de tener un corazón abierto a los dones y la inspiración del Espíritu Santo para avanzar en mi vida cristiana y ser testigo de Jesucristo en la familia, la parroquia, el trabajo y la sociedad.

orar con el corazon abierto

¡Que este año que comienza, Señor, recorra contigo mi camino de fe con confianza; que sepa conservar en mi corazón todo lo que reciba de Ti; que sea capaz de responder con entereza mi adhesión a Dios! ¡Permíteme, Señor, que tu rostro resplandezca cada día de este año que ayer comenzamos en cada una de las personas que amo! ¡Muéstrame tus sentimientos, tu humildad, tu sencillez, tu docilidad, tu silencio orante para que florezca en mi corazón la Palabra de Dios! ¡Espíritu Santo, haz que la fe brille en mi corazón, en mi mirada, en mis gestos, en mis palabras, en mis pensamientos… para que con ese frescor que da el seguir a Jesús pueda calentar los corazones de los que se crucen en mi camino! ¡Ayúdame a llevar al mundo la alegría y que la mía sea una vida de servicio a los demás! ¡En este año que comienza ayúdame a elevar cada día la mirada a las alturas para verte siempre y anunciar a todos los que me rodean cuán grande es Tu Amor! ¡Te entrego mi persona, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mi comunidad parroquial, a todos cuanto este año se crucen en mi camino para que nos llenes de bendiciones, de amor, de misericordia y de paz!

Año Nuevo, cantamos hoy con Marcos Vidal: