No soy una sorpresa para Dios

Me gusta recordar con frecuencia algo que es importante en mi vida: no soy una sorpresa para Dios. Antes de formarme en el vientre materno, Él ya sabía de mi. Antes de que saliera del seno de mi madre, ya me había consagrado. Dios sabía lo qué podía esperar de mí desde el momento mismo de mi nacimiento,
Nadie ha aparecido en este mundo por casualidad. Somos su creación. Él conoce mi principio y mi final. Cada uno de los días de mi vida están escritos en mi libro de vida. Cada una de las decisiones que adopto en esta vida, acertadas o no, justas o injustas, buenas o malas, Dios las conoce con antelación. Cada palabra, cada pensamiento, cada gesto, cada actitud que tomo, Dios es consciente del sentido que le quiero dar. Como sabe de cada debilidad y cada error que cometo.
Y no por ello Dios se decepciona de mi porque una característica de Dios es tener esperanza en el hombre. Dios nos ofrece libertad y sabe que puede cambiar nuestro corazón si permanecemos unidos a Él.
Dios no me descalifica por no ser capaz de alcanzar la perfección pero por medio de su Santo Espíritu quiere trabajar en mi. Por eso, en este tiempo de transformación interior no puedo más que exclamar: ¡Gracias, Padre, por confiar en mi y ayudarme a renovar mi interior!

 

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Padre, porque soy un milagro tuyo! ¡Gracias, Padre, por tu infinito amor! ¡Gracias, porque soy una creación personal tuya, un proyecto del amor tan grande que sientes por mi! ¡Gracias, Padre, porque esto me hace un humilde heredero de tu gloria! ¡Gracias, porque ser hijo tuyo me predispone a alcanzar el cielo el lugar al que aspiro llegar para sentir todo tu amor! ¡Gracias, Padre, porque no soy una sorpresa para ti, porque tu amor me convierte en un milagro de tu creación! ¡Gracias, Padre, por el aliento de vida, de esperanza, de fortaleza, de sabiduría, de gratitud que recibo de tu Santo Espíritu, que me hace capaz de superar las dificultades y de caminar hacia Ti! ¡Gracias, Padre, porque todo lo que tengo y lo que soy es un regalo que viene de Ti! ¡Gracias, Padre, por los talentos que me ofreces que son un don que recibo gratuitamente de Ti! ¡Gracias, Padre, porque siempre estás a mi lado aunque tantas veces no lo sepa ver! ¡Gracias, Padre, porque me das la oportunidad cada día para comenzar de nuevo porque Tú no pones límites, porque eres único en misericordia! ¡Gracias, Padre, porque me envías tu Santo Espíritu para que me ayude a discernir y seguir tu voluntad con libertad! ¡Gracias, Padre, por la felicidad que me ofreces! ¡Gracias, Padre, porque pones en mi camino al Espíritu Santo para reconstruir cada día mi vida y no desperdiciarla con el pecado! ¡Gracias, Padre, porque me enseñas a amar, a ser caritativo, a darme a los demás, a ser misericordioso, a perdonar, a ser sensible al sufrimiento y el dolor de los demás, a rezar! ¡Gracias, Padre, por la gracia de la fe y de la esperanza, por la capacidad que me das para elegir la verdad y para aceptar tu amor! ¡Gracias, Padre, porque a tu lado nada tempo porque soy un milagro de tu amor! ¡Gracias, Padre, porque me das la oportunidad para responder a tu amor! ¡Gracias, Padre, porque miro mi interior y me reconozco en ti pese a mi miseria y mi pequeñez: y como milagro de tu amor en este tiempo cuaresmal te pido que me purifiques, me salves, me renueves y me transformes el corazón!

Hoy, Señor, te doy gracias, cantamos acompañando a esta meditación:

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Orar como Jesús

A Jesús no le gustaban los halagos. Ni los aplausos de la gente. Ni los golpecitos en la espalda. ¿Me sucede a mi lo mismo?
Treinta años de vida oculta y en los tres de predicación lo más hermoso y profundo que cuentan los Evangelios es el encuentro con el Padre en el silencio de la oración. Y esa unión especial al corazón de María. Cuando hace un milagro desaparece, y pocos párrafos más adelante lo encuentras orando. Cuando realiza un signo, sana enfermos, cura las heridas del alma… pide que no se lo cuenten a nadie y, pocos párrafos más adelante, se encuentra en íntima oración con el Padre. Cuando se desplaza a cualquier lugar lo hace por delante de los suyos en oración y huye de las ciudades cuando corre la noticia de su presencia y, pocos párrafos más adelante, los evangelistas narran que se había apartado a orar secretamente.
Jesús ora en el templo, en la sinagoga, en la solemnidad de las asambleas, en la soledad de la noche, en la sequedad del desierto, en la tormentosa noche del huerto de Getsemaní. Oraba en la preparación de los momentos importantes y antes de tomar decisiones relevantes.
Y cuando entra en Jerusalén al son alegre de las palmas, entre el jolgorio de los que le aclaman, es para coronarse rey en el trono de la cruz y liberar al hombre del pecado. Y, más tarde, en lo alto del madero santo llega a la muerte en oración profunda.
En la oración de Jesús uno observa espacios de apertura del corazón. Contemplas su estrecha intimidad con Dios. Observas como comparte sus secretos con el Padre. En la oración de Jesús uno comprende el valor del silencio, el valor de las palabras sencillas y humildes que surgen del corazón, el valor de pedir sin cesar y sin desanimarse, el valor de la íntima comunión con el Padre, el valor de mirar desde lo íntimo para llegar a lo externo, el valor de vivir con autenticidad lo que se dice, el valor de hacer de la vida un espacio de oración.
Jesús habla de llamar a la puerta y orar en todo tiempo, de estar atentos al susurro del Espíritu. Jesús te enseña a orar porque es el primer orante. Jesús abre su corazón y te invita a orar con el corazón abierto. Jesús vence al mal con el bien de la oración y te convida a abrirte al prójimo para llevar el bien al mundo. Jesús madura espiritualmente porque en la oración es llevado por el Espíritu y te invita a crecer en tu vida interior.
La oración de Cristo demuestra algo extraordinario en el ideario cristiano. Jesús murió igual que vivió: lleno de Dios, en profunda, confiada, humilde, vivificante y permanente unión con Él, perdonando a los que le querían mal, entregándonos lo mejor que tenía en la tierra, a su propia Madre, y dejando su presencia amorosa por medio de la Eucaristía con una invitación clara para seguirle con confianza y fidelidad.
Si Jesús testimonia el valor de la oración, ¿qué me impide a mí profundizar en mi vida de oración? ¡Señor, enséñame a orar y abrirte mi corazón!

orar con el corazon abierto

¡Señor, enséñame a orar por medio de tu Santo Espíritu! ¡No permitas que el activismo me venza sino que haga como Tu, que aunque te entregabas al servicio de los demás, aparcabas cada día la agitación de la vida y te reservabas tiempos de oración para tener unión íntima con Tu Padre! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a abrir siempre mi corazón a Dios y concédeme la gracia de tener siempre una oración humilde, sencilla, constante y fervorosa! ¡Haz que mi oración, Señor, sea fiel en la alegrías y en las dificultades! ¡Haz, Señor, que como Tu todas mis palabras, mis sentimientos, mis palabras y mis actividades estén impregnadas de la vida de oración! ¡Concédeme la gracia de que mi oración sea siempre de alabanza, de amor, de acción de gracias, de fe firme y profunda! ¡No permitas que me deje llevar por la tristeza y la desazón! ¡Permíteme, Señor, que mi oración sea un encuentro íntimo y sincero contigo! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a despojarme de mis yoes y llenarme cada día del amor de Tu Padre, que me lleva al bien y me aleja del pecado!

De El cantar de los cantares Henry Purcell compuso esta pieza bellísima: el anthem My beloved spake, Z. 28, obra que hoy disfrutamos:

¡Aquí estoy, Señor, para desprenderme de mi yo e ir contigo!

Hay pronombre personal definitorio en el camino de la vida. La pronuncia Jesús unido al concepto de la cruz y llega al corazón del hombre. Es el «conmigo». El conmigo conlleva que tu destino es seguirlo. Que tu vida no será muy diferente a la suya. Que tu verdad está unida a la verdad de Cristo. Que tus padecimientos serán semejantes a los suyos. Que tu destino como cristiano tendrá las mismas dificultades de comprensión que tuvo en su tiempo. Que si no te niegas a ti mismo, nada tienes que hacer con Él. Que la cruz es tu distintivo porque Él la llevo con la fuerza del amor.
El «conmigo» quiere decir que vives con Él, para Él y por Él. El «conmigo» es un todo en tu vida cristiana. Ese «conmigo» quiere decir que te desprendas de lo superfluo de la vida y le sigas aunque eso implique perder la propia vida.
El «conmigo» supone que nos has de tener miedo al descrédito ni a los desprecios de los que juzgan tu fe. Que has de ser valiente en tu vida cristiana. Comprometido en tu entrega y disponibilidad por el otro. Constante en tu vida de sacrificios y renuncias. Implicado siempre en hacer el bien por amor. Ser consciente de quien debe estar en el centro de tu todo. Que seguirle a Él implica asumir su mismo proyecto y su misma forma de vivir, mucha entrega y mucho abandono personal. Que a Jesús se le conoce y se le comprende no por medio de la teoría sino en el compartir su forma de ser, de pensar, de sentir y de vivir. Que es necesario aprender a aceptar el dolor porque en la vida hay resurrección.
El «conmigo» es comprender que uno marcha por la vida acompañado de aquel que lo dio todo por amor a ti. Que ese amor tiene un trono en forma de cruz.
El «conmigo» te enseña que el amor y el servicio solo tienen razón de ser en la existencia de la cruz.
«El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo». ¡Aquí estoy, Señor, para desprenderme de mi yo e ir contigo!

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero caminar contigo para que el plan de Dios se cumpla en mi vida! ¡Señor, quiero caminar contigo aunque se presenten cruces y dificultades pues tu me das la paz que mi corazón necesita! ¡Señor, quiero caminar contigo pese al rechazo de tantos que no creen por mis creencias y mi ser cristiano! ¡Señor, quiero caminar contigo porque no quiero buscarme seguridades mundanas sino la seguridad de hacerlo a tu lado! ¡Señor, quiero caminar contigo para hacerme un lugar entre los humildes y sencillos y no entre los poderosos! ¡Señor, quiero caminar contigo para trabajar por el bien y no refugiarme en el pecado! ¡Señor, quiero caminar contigo para no tener miedo a lo que se me presente! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero acogerte en mi vida no como algo pasajero sino como el huésped principal de mi corazón! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero ser tu testigo, tu discípulo, tu amigo, el instrumento que lleva la paz al hermano! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero tener tu misma mirada, tus mismos gestos, tus mismos sentimientos, tus mismas acciones, tu mismas palabras! ¡Señor, quiero caminar contigo porque no quiero dejarme llevar por mi soberbia y mi orgullo, por mis juicios al otro, por mis actitudes interesadas, por mis gestos altaneros! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero ver siempre el lado hermoso de la vida y no sacar punta a los aspectos negativos de las cosas! ¡Señor, quiero caminar contigo porque necesito de tu prudencia y tu serenidad para convertir mi corazón de nuevo, para comenzar en esta Cuaresma un vida nueva en la que Tú, por medio de mi oración y tu Palabra, me corriges para hacerme un hombre nuevo! ¡Señor, quiero caminar contigo para levantar al que sufre, al dolorido, al que está solo, al que lleva una pesada carga en las espaldas! ¡Señor, quiero caminar contigo para que la verdad reine en mi vida, para que la misericordia y el amor brillen en mi corazón de piedra, para que la bondad despunte en mi vida! ¡Señor, caminando a tu lado todo es posible por eso quiero caminar contigo!

Contigo quiero caminar, cantamos con Marcela Gandara:

Creo en Dios Padre Todopoderoso: ¿Todopoderoso?

Creo en Dios Padre Todopoderoso. ¿Todopoderoso? Lo recitamos en el Credo pero, ¿se puede afirmar la omnipotencia divina cuando en nuestro mundo hemos de enfrentamos al sufrimiento, a la tribulación o al mal que Él, Creador de todo, permite? ¿Es lógico que ante tanto sufrimiento y tanto dolor para muchos sea problemático creer en Dios, al que los católicos definimos como Padre Todopoderoso? Dios es Dios. Esta realidad tan obvia se cita en el Catecismo. Uno debe salir de sus estereotipos y de sus patrones de pensamiento tan radicalmente humanos y recordar que nuestros pensamientos no son los de Dios y nuestros caminos no son los suyos.
La omnipotencia de Dios no es, en ningún caso, una fuerza arbitraria. La omnipotencia de Dios se ilumina por una luz deslumbrante, la luz de su paternidad. Y esta omnipotencia se presenta ocupándose de nuestras necesidades y con el gran regalo de nuestra adopción filial y, sobre todo, tiene su máxima expresión en la dulzura del gran amor que siente por cada uno de nosotros, por su infinita y paciente misericordia, por el poder que demuestra con el perdón gratuito de nuestros pecados en la confesión, en la libertad que otorga a nuestra vida y con la invitación permanente a que convirtamos nuestro corazón. ¡Qué manera tan hermosa y humilde de expresar su poder!
Pero hay un poder más profundo todavía. Es el de su entrega total por medio de Cristo, su Hijo, cuya presencia para la salvación del mundo revela su omnipotencia de Padre. Dar la vida por el otro, para la redención de los pecados, venciendo al mal con el bien.
¿Se puede afirmar, entonces, la omnipotencia divina cuando en nuestro mundo hemos de enfrentamos al sufrimiento, a la tribulación o al mal que Él permite? Pues cada vez que en el Credo recito la frase «Creo en Dios Padre Todopoderoso» no hago más que expresar mi fe en el poder de inconmensurable del amor de Dios que por medio de Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, fue crucificado, muerto y sepultado y resucitó al tercer día para vencer el odio, el dolor, el sufrimiento, el mal y el pecado; y afirmo también que gracias a esta muerte en Cruz nos ha abierto las puertas de par en par a la vida eterna para, según nuestra libertad, entrar algún día en la Casa del Padre.
¡Yo creo en Dios y, sobre todo, creo en su omnipotencia!

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, creo en Ti, creo que eres Padre Todopoderoso; creo que has creado el cielo y la tierra y a los hombres por puro amor; creo en Tu Hijo, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado y resucitó para salvarnos del pecado y abrirnos las puertas del cielo! ¡Yo te glorifico, Dios mío, y te adoro porque eres un Padre amoroso, rico en gracia, magnífico en tu misericordia, generoso en el perdón y paciente con nuestras faltas! ¡Te glorifico, Padre, y te doy gracias por el regalo de Jesucristo, Tu hijo, Salvador de la humanidad, ejemplo a seguir como modelo de vida! ¡Concédeme la gracia, Padre, de fijar mi mirada siempre en Él y contemplarle con humildad y sencillez para a través suyo comprenderte y entenderte a Ti que eres la grandeza suma! ¡Te doy gracias, Padre, porque en tu omnipotencia nos amas con un amor desbordante, nos amas desde el momento mismo en que pensaste en nosotros, tu que eres justo y generoso! ¡Te doy gracias, Padre, porque eres el Dios Todopoderoso que rechaza el mal, el uso de la fuerza, la imposición y ejerces tu poder desde el amor!

Hoy, la Cantata 171 de Bach con el sugerente título de Dios, tu gloria es como tu nombre:

Avanzar con María hacia Jerusalén

Último sábado de febrero, en plena Cuaresma, con María en el corazón. En el camino de la cuaresma surge con sencillez, sobriedad y humildad la figura de la Virgen. Como todo en Ella, su discreción es fuente de inspiración.  María es la gran creyente que vivió este tiempo de preparación cuaresmal en el silencio de la oración, recorriendo interiormente el camino de su Hijo.
Uno comprende entonces que en el camino para vivir el misterio pascual del Señor hemos de caminar también al lado de la Virgen, nuestra Madre. Imitando su silencio y su actitud de interioridad, premisas fundamentales para la escucha de la Palabra, para la conversión interior, para nacer de nuevo a Cristo y encontrarse con Él, para meditar la Pasión, para despojarse de nuestros vestidos viejos y revestirnos de la vida nueva a la que nos invita Jesús.
Avanzar con María hacia Jerusalén haciendo el mismo camino de fe, comprometerse por el otro para alcanzar la plenitud de nuestra esperanza en la Resurrección, para anhelar como Ella el amor de Dios, para vivir intensamente la caridad, para imitar sus virtudes que tan bien enseñó al propio Jesús, para transformar nuestro corazón para que desborde misericordia, amor, paciencia, benignidad, esperanza, caridad con todos aquellos que nos rodean, para tener la fortaleza para vivir el camino de cruz, para dejarse guiar hacia ese Cristo que morirá por nuestra salvación y resucitará para darnos la esperanza de la vida eterna.
¡Caminar con María en la Cuaresma! ¡Que gran orgullo y cuánta alegría!

orar con el corazon abierto

¡María, Madre, quiero abrir el corazón para recibir tu amor y el amor de Dios! ¡Me presento con las manos vacías para que las tomes y abrirte mi vida! ¡En este tiempo de Cuaresma, quiero avanzar contigo como peregrino de la fe! ¡Quiero vivir como viviste Tu, siempre abierta a recibir el amor de Dios y seguir su voluntad! ¡Quiero tener tu misma confianza en Jesús! ¡Quiero tener tu misma esperanza en Dios! ¡En este tiempo de interiorización quiero abrir mi corazón para que lo lleves a Jesús! ¡Quiero recorrer contigo este camino a tu lado para hacerme servidor de Dios y de los demás, cambiar mi corazón1 ¡Enséñame a amar, Madre! ¡Ayúdame, María, a prepararme para vivir los misterios centrales de la redención: la pasión, la muerte y la Resurrección de tu Hijo! ¡Te quiero manifestar mi amor filial a Ti, Virgen María, que estuviste al pie de la Cruz y te convertiste en corredentora del género humano!

Tota pulchra es Maria, canto polifónico franciscano de 1749 de la «Cantilena del Convento di Niolo».

Sensible a la cruz del prójimo

Ayer, meditando la quinta estación del Via Crucis, mi corazón se sobresalta y siento un profundo respeto y amor por Simón de Cirene, hombre de fatigas, padre de familia, luchador tenaz… Como él yo también transito por la vida trampeando según mi voluntad. Pero, en un momento determinado, Jesús fortuitamente le reclama. Y ese encuentro, en contra de su propia voluntad, se convierte en un punto decisivo en la vida. El Cirineo toma la Cruz de Jesús y se niega a si mismo. El débil lleva la cruz del fuerte debilitado por el amor. Y, más impresionante todavía, el que es salvado lleva con entereza la cruz del Salvador. ¡Puede uno imaginarse la enorme dignidad que implica llevar la Cruz de Jesús, el regalo del gran don de participar en la obra de la redención!
¿Como entendería pasado el tiempo el Cireneo aquella oportunidad de ponerse al servicio de Jesús? ¿Cómo entiendo yo el poder ser un Cirineo de Cristo? ¿Comprendo, como entendió Simón de Cirene, que si ofrezco mi vida me convierto en grano que da frutos para mi bien y el de los demás pero que si me aferro a la mundanalidad del mundo mi vida se mustia abrasada por la falta de amor?
¡Cuanto valor tiene en esta estación el ejemplo de Jesús que ha venido a este mundo a servir y no a ser servido!
Hay que llevar la cruz y, cuando sea necesario, llevar también la cruz del hermano porque el dolor llevado con un Cireneo aligera la carga. Estar siempre atentos a la necesidad del otro. Cualquier palabra, llamada, queja o desfallecimiento del hermano es un clamor que proviene del mismo Dios.
Uno contempla en el Cirineo la necesidad de ser sensible a la cruz del prójimo. Saber llevarla con ternura y amor para radicar el egoísmo de nuestro corazón. Ser capaces de descubrir la mirada de Dios en cada necesidad y en cada pena de la persona que reclama nuestro favor.
El Cirineo te enseña a abrir el corazón al amor de Dios para dar al prójimo la felicidad que espera. Pero te recuerda también los rostros de tantos que han cargado tu propia pesada cruz en los momentos de necesidad, de sufrimiento y dificultad. Te enseña a abrirte a la humildad para dejarse siempre ayudar y ser auténticos y humildes Cirineos para aquellos que conviven a nuestro alrededor.

 

orar con el corazon abierto

¡Jesús, soy consciente de que necesitas de mis manos para ayudar al prójimo! ¡Que necesitas de mis hombros para cargar con el peso de su sufrimiento y de su dolor! ¡Necesitas de mis pies para llevarlo hacia Ti! ¡Necesitas que abra mi corazón para que lo acoja con amor! ¡Quiero ser tu Cireneo, ese Cireneo decidido, sincero, auténtico y valiente de los otros Cristos perdidos en el camino de la vida y cuyas vidas carecen de sentido! ¡Señor, como Tu, quiero ser un Cireneo de valores objetivos, absolutos, que asuma libre, valiente y conscientemente la necesidad de llevar la Cruz! ¡No quiero rechazar la Cruz, Señor, como hizo inicialmente el Cireneo sino aceptarla y abrazarla con amor; sabiendo cargarla en los momentos de fracaso, de sufrimiento, de debilidad, de tentación, de pena y de dolor pero también en esos momentos en que todas las cosas me van bien! ¡Quiero que cada día sea un encuentro fortuito como el de Simón pero que con el paso de las horas se haga más profundo! ¡Hazme, Cireneo de los demás, Señor, para llevarles tu amor y estar siempre disponible en sus necesidades! ¡Y te doy gracias, Señor, por los Cireneos que has puesto en mi vida, han sido un regalo de tu infinita misericordia; solo tu sabes lo que han supuesto para mi! ¡Y no permitas que falten en este mundo Cireneos que ayuden a tantos a llevar con esperanza las cargas de su cruz, te lo suplico Señor!

Eres mi Cireno, cantamos hoy:

Cristo se acerca a mi pobreza

La gracia de Dios es gratuita. Va más allá de las propias leyes. Lo supera todo. No depende de nuestra buenas obras porque todos somos justificados por su gracia en virtud de la redención realizada a través de Jesús. San Pablo lo recuerda perfectamente y, favorecido por esta gracia, su vida tomó un rumbo distinto. Saulo comprendió que su salvación —incluso también su felicidad porque el brillo humano de la salvación es la felicidad— era producto del gozo de la gracia.
Pero que la gracia de Dios sea gratuita no quiere decir que se venda a precio de saldo porque exige renovación constante. La gracia se gana y se pierde. Y Dios quiere que la renueve cada día, que despierte de mis modorras y parálisis cotidianas, que me baje del pedestal del orgullo y avive mi vida. Cristo se acerca a mi pobreza para espabilarla, me pide que en todo momento sea mendigo de su amor con el único fin de que su gracia misericordiosa me siga sanando, purificando y salvando.
No basta con ser bueno, no es suficiente con rezar, no vale pensar que mis buenas acciones me salvarán, no es suficiente con ir a Misa cada día, no basta con pedir el pan nuestro de cada día, no basta con pedir perdón de corazón…
Cristo quiere acercarse a mi pobreza. Quiere tomarla con sus propias manos para transformarla por completo. Y ese camino pasa por acercarse a los pies de la cruz y encontrarse con Él en mi propia cruz. Es en este encuentro entre el pobre y necesitado con el Señor de cielos y tierra donde todo se reconcilia, se transforma y se cambia.
La riqueza de Dios transita por mi pobreza personal y animada por la fuerza del Espíritu que me alienta, me sostiene y me llena de alegría. Y lo que dignifica mi pobreza es el amor de Dios que tiene su cúlmen en la lógica de la cruz, que es la lógica desbordante y maravillosa del amor de Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, hazme comprender que la pobreza que tu quieres de mi es el despojo de todo aquello que me impide llevar una vida según la voluntad del Padre! ¡Ayúdame a abajarme para ser, como lo desea Dios, uno de tantos! ¡Ayúdame a tener un corazón pobre para que únicamente Dios todo lo llene, para caminar con las manos vacías con el fin que Él me disponga de lo necesario! ¡Ayúdame a descubrir que nada se pierde en la vida si te he ganado a Ti! ¡Ayúdame a elevar cada mañana los ojos al cielo y con las manos extendidas esperarlo todo del Padre! ¡Ayúdame a acoger en lo más profundo del alma la riqueza de Dios que siendo todopoderoso se hizo pobre por medio tuyo para enriquecerme con su pobreza! ¡Ayúdame a comprender que mi fortaleza es mi debilidad y que uno no es nada si se une a Aquel que todo lo conforta! ¡Ayúdame a comprender que uno debe ir descalzo por la vida porque pisa suelo sagrado! ¡Ayúdame a gastar la vida por el otro que es como gastar la vida por ti! ¡Ayúdame a aceptar las pérdidas que la vida presenta —esos seres que amas, tu seguridad económica, la salud antes de hierro y que ahora flaquea, el honor y prestigio que tanta seguridad genera…— aceptando siempre la voluntad de tu Padre ¡Ayúdame a revestirme de tu pobreza que te permite estar atento a las necesidades del prójimo y descubrir que hay quien necesita recursos materiales, pero también compañía, amor, entrega, reconocimiento, gratitud y esperanza! ¡Ayúdame a ser simplemente como tu, pobre en cosas materiales pero rico en el espíritu, a tener tus mismos sentimientos, quien hiciste de la humildad y la pobreza tu estilo de vida y no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de mi vida porque no responden a la verdad de mi espíritu!

Hoy se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro en la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro. En este día subrayamos el singular ministerio que el Señor confió al primero de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. Tengamos en este día muy presente en nuestras oraciones el pontificado del Papa Francisco y de corazón, también, a nuestro amado Papa emérito Benedicto XVI que desde el silencio de la oración vela por el bien de la Iglesia.

Ad te levavi, de Josef Rheinberger, hermoso motete para esta tiempo de Cuaresma:

¡Con cuanta frecuencia olvido que Jesús llevó el peso inhumano de la cruz!

Me produce un dolor profundo contemplar a Cristo llevar la Cruz. Malherido, escarnecido, coronado de espinas con la sangre bañándole el rostro, ultrajado, lapidado, insultado, maltratado, despreciado por tantos a los que ama. Jesús lleva la cruz camino del calvario. Son mis dolores, mis cargas, mis miserias, mis dolores y mis faltas los que porta encima. También mis pecados, los que he logrado vencer y aquellos que todavía me esclavizan. Pero Jesús toma la cruz, avanza despacio, y piensa en mi ofreciéndole al Padre mi propia salvación. ¡Como es posible tanto amor! ¡Como es posible tanta misericordia! ¡Como es posible tanta generosidad!
Se me hace imposible huir de esta escena desgarradora y salvífica a la vez. Debería ser capaz de contemplarla cada día de mi vida. Debería formar parte de la confidencias de mis decisiones personales. ¡Pero con cuanta frecuencia olvido que Jesús llevó el peso inhumano de aquel madero por mi salvación y que yo he contribuido a que cargara con él! ¡Señor, que no deje de mirar esta estampa de tu via crucis y sea capaz de agradecerte tanto amor sabiendo llevar mi propia cruz y la cruz de los demás!

orar con el corazon abierto

¡Por medio tuyo, Señor, quiero aceptar las cruces de cada día con paciencia y amor! ¡Quiero que mis cruces cotidianas, Señor, se conviertan en un encuentro contigo, en el encuentro del amor inconmensurable de tu Padre, en la revelación del gran amor que sentís por mí y que lo reveláis a través de la Santa Cruz! ¡Y te doy gracias, Señor, porque has cargado la cruz por mí para enseñarme que en el sufrimiento, en el dolor y en la tribulación, de la que tantas veces he tratado de huir, está la verdadera salvación! ¡Te doy gracias, Señor, porque llevando la cruz me has hecho entender que aquí radica el signo más clarividente del amor sin límites, del amor fiel, del amor que es puro Amor! ¡No permitas que me esconda nunca porque soy tu seguidor! ¡No permitas, Señor, que rechace que mis cruces y concédeme la gracia de la fe para ser testigo vivo de tu Resurrección pues soy responsable también del peso de tu cruz y por eso te pido humildemente perdón! ¡Señor, no permitas que contribuya al dolor del que tengo cerca, ayúdame a hacer siempre el bien, a no cerrar los ojos ante el sufrimiento de mi prójimo, a ser cercano en su soledad, a ser luz para los demás, a perdonar por amor, a recomenzar de nuevo desde la humildad cuando me equivoque, a no juzgar ni murmurar, a no echar la culpa a los demás, a no querer siempre tener la razón, a desprenderme de mi orgullo y mi soberbia, a hacerme pequeño ante el prójimo y, sobre todo, a amar sin medida como amaste Tu! ¡Señor, tu has cargado también las cruces de las injusticias del mundo, de los que pasan hambre, de las familias que no llegan a final de mes, de los que viven en la precariedad, de los que abusan de su poder, de la corrupción, de los intereses personales de los políticos, de la explotación de tantos trabajadores… conviértete, Señor, a través de los cristianos, en puente de amor, esperanza, caridad y solidaridad para hacer un mundo mejor! ¡Protege a tu Iglesia santa, Señor, que también es perseguida como lo fuiste Tu en tantos lugares del mundo y carga herida y dolorida con su cruz! ¡Y, sobre todo, Señor, ayúdame a ser como María, nuestra Madre, que buscó siempre aligerar las cruces de los otros con una mirada llena de ternura y de amor!

A ritmo sereno meditamos la carga de Cristo con la Cruz:

 

Cuarenta días de desierto, ¿para qué?

Como a Jesús, también el Espíritu nos empuja a ir hacia el desierto durante cuarenta días. Lo hará después de treinta años de vida oculta para iniciar un camino de cruz y como preparación para el proyecto que Dios ha dispuesto para Él. Comienzan tres años de una vida marcada por las tensiones y las aclamaciones, los desprecios y los aplausos, las enseñanzas y los milagros cuyo fin es la muerte en Cruz. Tiempos de prueba que son una enseñanza para un corazón abierto a su verdad.
Y cuando contemplas como el Espíritu Santo lleva al desierto al Señor comprendes que tu propia vida tampoco resultará sencilla ni cómoda sino que estará repleta de pruebas, de tentaciones permanentes, de caídas y de incertidumbres. Buscar la verdad no es fácil, tratar de seguir el camino que lleva al reino de Dios sin desfallecer tiene sus riesgos. Lo es para uno como lo fue también para Jesús.
Sin embargo, en aquel lugar inhóspito encontró Jesús el acomodo para su purificación personal, se desprendió de todo lo innecesario para vivir con lo esencial, recurriendo a la verdad, apoyado tan solo por la fuerza interior que ofrece la oración y el aliento del Espíritu que facilita superar las pruebas y la tentación, ese elemento de hostilidad que el demonio coloca en nuestra vida para alejarnos del amor y la misericordia de Dios.
Pero Jesús no se dejará tentar por Satanás. Lo rechazará para no dejarse vencer por la soberbia y el orgullo, los principales elementos que nos apartan de Dios.
Estos cuarenta días de Cuaresma me enseñan que debo caminar con el corazón atento, mantenerme vigilante para vislumbrar el juego que el príncipe del mal quiere hacer para desviarme de mi camino de autenticidad. Vivir como Jesús alimentándose de la oración y de la vida sacramental.
Cuarenta días para llegar a la Pascua. Cuarenta días para estar atentos al susurro del Espíritu. Cuarenta días para poner la mirada fija en ese Jesús retirado en el desierto. Cuarenta días para crecer en humildad, servicio y amor. Cuarenta días, en definitiva, para ser más fiel y cercano a Jesús.

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy gracias por la vida que me has dado, por todo los sufrimientos y las alegrías! ¡Todo viene dado por Ti! ¡Ayúdame a aceptar lo que Tú me envías! ¡Si debo entrar de nuevo en el desierto de la vida dame la fuerza y la confianza que viene de tu Espíritu para aceptarlo con entereza cristiana! ¡Que se conviertan en verdadero estímulos para tener la certeza de que es la manera que quieres para moldear mi carácter! ¡Ayúdame en esta Cuaresma a buscar más tiempos de silencio y soledad para recorrer junto a tu Hijo un camino interior de conversión, de cambio y de transformación! ¡Ayúdame a vivir el sentido de la vida desde la cercanía a Jesús! ¡Ayúdame a aprender a caminar a ciegas, siguiendo la guía del Espíritu! ¡Concédeme la gracia de ser muy austero en este tiempo y estar siempre abierto a la entrega al prójimo! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón para que sea transformado por tu Santo Espíritu y ser un cristiano auténtico que entregue su vida por servir a los demás de corazón! ¡Señor, quiero adentrarme en el desierto de la Cuaresma para envolverme de tu misterio, para que nadie se interfiera entre nosotros, para sentir tu amor y tu misericordia! ¡Deseo entrar en el desierto de la Cuaresma para despojarme de mis yoes y en la aridez que me envuelva hacer que desaparezcan de mi alrededor todo aquello que es innecesario! ¡Deseo entrar en el desierto de la Cuaresma para hacerme más disponible a Ti y a los demás! ¡Deseo entrar en el desierto de la Cuaresma para, en mi desnudez interior, comprender todo desde lo íntimo, desde la intimidad contigo que da una perspectiva diferente a las cosas y a la vida! ¡Deseo entrar en el desierto de la Cuaresma para que desde la transparencia de mi oración poder ponerte mi realidad ante Ti, todos mis anhelos y mis fracasos, mis alegrías y mis desesperanzas! ¡Y a Tí María, Madre del Silencio, te pido tu compañía en este tiempo para seguir el ejemplo de tu vida oculta en Nazaret, en tus años de desierto en lo cotidiano de la vida, que te sirvieron para acoger con el corazón abierto el proyecto que Dios tenía pensado para Ti!

Nos has llamado al desierto, cantamos hoy acompañando la meditación:

¿Es Dios más importante para mí o mi yo sobresale sobre todo lo demás?

Una pregunta directa en mi camino de conversión en esta Cuaresma: ¿Es Dios más importante para mí o mi yo sobresale sobre todo lo demás?
Es a la luz de esta pregunta que debo entrar en el camino de la conversión interior. La conversión es un paso en el proceso de transformación del corazón. No se trata exclusivamente de considerar mi vida desde mi yo, desde mi mismo, sino desde la perspectiva de Dios. Convertirse es aprender a dejar que Dios ocupe en mi vida y en mi corazón el primer lugar. Convertirse implica seguir a Jesús para que su Evangelio sea el referente que guíe mi vida; significa dejar que Dios transforme mis sentimientos, mis pensamientos, mis actos, mis palabras; supone dejar de pensar que yo soy el único escultor que cincela mi existencia dándole forma según mis criterios y mis apetencias, mi egoísmo y mi cerrazón, la búsqueda de mi comodidad y mi prestigio; implica tener la humildad de reconocer que sin Dios no soy nada, que dependo enteramente de Él y que sin ser receptor de su amor mi vida no tiene sentido; y exige ir tomando todas mis decisiones a la luz de Su Palabra, fortaleciéndome en la fe.
Convertirse es no dejarse llevar por los cantos de sirena de la sociedad actual que te vende el mal como bien, no dejarse arrastrar por las pruebas de los falsos mitos que crean desasosiego e infelicidad.
Convertirse es practicar la verdad cristiana, la caridad, el amor, la generosidad, la misericordia, el perdón, la paz para dar respuesta a los deseos de Dios.
Convertirse es hacer penitencia interior, reorientar la propia vida, romper con el pecado y sentir aversión por el mal.
Convertirse es abrir el corazón de par en par a Dios para que guié nuestro caminar y dejarse iluminar por su luz vislumbrando en nosotros la maravilla de su gracia, don de amor.
En este camino de conversión, ¿Para mí es más importante Dios o mi yo sobresale sobre todo lo demás?

orar con el corazon abierto

¡Señor, imploro tu ayuda para este camino de conversión interior! ¡Me abro, Señor, a ti y confío en tu Palabra para que penetre en lo profundo de mi corazón! ¡Reconozco, Señor, con toda humildad que soy pecador y te pido perdón por cada uno de los pecados cometidos! ¡Te presento, Señor, mi pequeña vida; te presento los errores y las faltas cotidianas, todos mis fracasos y sufrimientos, todas las veces que he ignorado tus mandatos y tus enseñanzas! ¡Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, ten compasión de mí que no soy más que un pobre pecador! ¡Libérame, Señor, con la gracia de tu Santo Espíritu de todo aquello que me ata al mal! ¡Te pido, Señor, que el Espíritu Santo renueve mi vida, la purifique, que transforme mi vieja naturaleza tantas veces vendida al pecado y que todo sea crucificado en Tu Santa Cruz! ¡Con Tu Sangre, Señor, purifícame, libérame, tranfórmame! ¡Ante ti, Señor, con el corazón abierto perdono quienes me ofendieron, me hicieron mal o hablaron mal de mí y te pido perdón el mal que he hecho a los demás! ¡No permitas, Señor, que me juzgue a mi mismo como bueno porque en mi vida muchas cosas tienen que cambiar! ¡Ayúdame en mi camino de conversión para que por la gracia de tu Espíritu me convierta en lo que Tú deseas que sea! ¡Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón, con la luz de tu Verdad y de tu Amor!

Wash Me Throughly  (Lávame completamente), es este sublime salmo de cuaresma interpretado por el coro de la abadía de Westminster: