¡Con cuanta frecuencia olvido que Jesús llevó el peso inhumano de la cruz!

Me produce un dolor profundo contemplar a Cristo llevar la Cruz. Malherido, escarnecido, coronado de espinas con la sangre bañándole el rostro, ultrajado, lapidado, insultado, maltratado, despreciado por tantos a los que ama. Jesús lleva la cruz camino del calvario. Son mis dolores, mis cargas, mis miserias, mis dolores y mis faltas los que porta encima. También mis pecados, los que he logrado vencer y aquellos que todavía me esclavizan. Pero Jesús toma la cruz, avanza despacio, y piensa en mi ofreciéndole al Padre mi propia salvación. ¡Como es posible tanto amor! ¡Como es posible tanta misericordia! ¡Como es posible tanta generosidad!
Se me hace imposible huir de esta escena desgarradora y salvífica a la vez. Debería ser capaz de contemplarla cada día de mi vida. Debería formar parte de la confidencias de mis decisiones personales. ¡Pero con cuanta frecuencia olvido que Jesús llevó el peso inhumano de aquel madero por mi salvación y que yo he contribuido a que cargara con él! ¡Señor, que no deje de mirar esta estampa de tu via crucis y sea capaz de agradecerte tanto amor sabiendo llevar mi propia cruz y la cruz de los demás!

orar con el corazon abierto

¡Por medio tuyo, Señor, quiero aceptar las cruces de cada día con paciencia y amor! ¡Quiero que mis cruces cotidianas, Señor, se conviertan en un encuentro contigo, en el encuentro del amor inconmensurable de tu Padre, en la revelación del gran amor que sentís por mí y que lo reveláis a través de la Santa Cruz! ¡Y te doy gracias, Señor, porque has cargado la cruz por mí para enseñarme que en el sufrimiento, en el dolor y en la tribulación, de la que tantas veces he tratado de huir, está la verdadera salvación! ¡Te doy gracias, Señor, porque llevando la cruz me has hecho entender que aquí radica el signo más clarividente del amor sin límites, del amor fiel, del amor que es puro Amor! ¡No permitas que me esconda nunca porque soy tu seguidor! ¡No permitas, Señor, que rechace que mis cruces y concédeme la gracia de la fe para ser testigo vivo de tu Resurrección pues soy responsable también del peso de tu cruz y por eso te pido humildemente perdón! ¡Señor, no permitas que contribuya al dolor del que tengo cerca, ayúdame a hacer siempre el bien, a no cerrar los ojos ante el sufrimiento de mi prójimo, a ser cercano en su soledad, a ser luz para los demás, a perdonar por amor, a recomenzar de nuevo desde la humildad cuando me equivoque, a no juzgar ni murmurar, a no echar la culpa a los demás, a no querer siempre tener la razón, a desprenderme de mi orgullo y mi soberbia, a hacerme pequeño ante el prójimo y, sobre todo, a amar sin medida como amaste Tu! ¡Señor, tu has cargado también las cruces de las injusticias del mundo, de los que pasan hambre, de las familias que no llegan a final de mes, de los que viven en la precariedad, de los que abusan de su poder, de la corrupción, de los intereses personales de los políticos, de la explotación de tantos trabajadores… conviértete, Señor, a través de los cristianos, en puente de amor, esperanza, caridad y solidaridad para hacer un mundo mejor! ¡Protege a tu Iglesia santa, Señor, que también es perseguida como lo fuiste Tu en tantos lugares del mundo y carga herida y dolorida con su cruz! ¡Y, sobre todo, Señor, ayúdame a ser como María, nuestra Madre, que buscó siempre aligerar las cruces de los otros con una mirada llena de ternura y de amor!

A ritmo sereno meditamos la carga de Cristo con la Cruz:

 

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