¡Es alguien ocupadísimo! ¿Ocupadísimo para qué?

¡Ocupadísimo! Valoramos a las personas por lo ocupadas que están. Su tiempo está tan lleno que son difícilmente accesibles. Su vida está repleta, su agenda está repleta… su tiempo, sus actividades, sus compromisos son una sucesión demostrativa de que esa persona está ¡muy ocupada! Ese estar ¡ocupadísimo! las convierte en seres importantes a los ojos de los demás.
Hay quien piensa que si las páginas de tu agenda no están llenas y que si tienes muchos huecos por llenar cada día —en definitiva, que no estás ¡ocupadísimo!— es que eres alguien sin relevancia social.
Vivimos tiempos donde el tiempo es un valor escaso. Si uno no es capaz de transitar por el precipicio del ritmo acelerado tampoco se le valora. En este entorno, la persona ¡muy ocupada! es colocada en un pedestal.
Respeto mucho a las personas cuyo tiempo está siempre ocupado. Pero me pregunto, ¿ocupan su tiempo en lo que es necesario, en lo que verdaderamente tiene relevancia, en lo que de verdad importa o lo dedican solo a si mismos o a cosas que, en realidad, no tienen relevancia alguna?
De entre todos los asuntos relevantes de la vida, entre los muchos trabajos que surgen cada día y entre las tantas ocupaciones que nos exige la jornada, hay una superior a todas. Es la propia salvación. Para eso uno sí debe estar siempre ¡ocupadísimo!
En la obra de la salvación humana Cristo ya invita a trabajar por nuestra propia salvación con temor y temblor. La salvación es el business más relevante que el hombre puede realizar en su vida. El que mayor réditos ofrece. El más valioso. La salvación exige tiempo y dedicación porque en el camino pueden surgir —y de hecho surgen— complicaciones, obstáculos y dificultades que hay que superar si uno desea avanzar. Y hay que estar preparado para ello.
Una ocupación importante es estar alerta; vigilante ante esa confianza que nos aligera pero que es el paso previo a la caída. Es la artimaña del enemigo que nos hace creer que basta con nuestra solas fuerzas. Otra importante ocupación es esforzarse en mejorar cada día. Estar vigilante ante nuestra debilidades. O alimentar la fe que las fuerzas del mal buscan debilitar cada día. Ocuparse en vivir una vida de sacramentos, una vida de oración, una vida de penitencia, una vida de entrega a los demás, una vida profundizando en la Palabra. Cuando uno deja espacio a estos alimentos esenciales de la vida da sentido radical a sus muchas otras ocupaciones.
¡Sí vale la pena estar ocupadísimo por Dios, por los demás y por uno mismo! ¡Vale la pena si esa ocupación es por un bien superior! ¡Cuando uno se ocupa de su salvación deja todo en manos del querer y del hacer de Dios que actúa en cada uno por medio del Espíritu Santo!
La pregunta es sencilla: ¿Me considero una persona ocupadísima que centra toda su atención en lo mundano o mi ocupación tiene como objetivo mi propia salvación?o ¿soy el prototipo de persona desocupada al que le falta la sensibilidad para comprender cuál debe ser en su vida la más valiosa de las ocupaciones?

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero centrar mis ocupaciones en Ti! ¡Quiero centrar mi experiencia en Ti! ¡Quiero aceptar tu voluntad! ¡Quiero amarte más porque Tu me amas aunque tantas veces intento olvidarte! ¡Quiero amarte más aunque tantas veces olvido tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque no es posible vivir sin amar y Tu esperas siempre mi amor! ¡No permitas, Señor, que vaya tan deprisa; dame paciencia para caminar a tu lado, para que no me inquieten los vaivenes de la vida! ¡Ayúdame a valorar el tiempo, Señor, para aprender de Ti y de Tu Madre! ¡Tu, Señor, creciste en silencio durante treinta años de vida oculta, en apariencia lo perdiste todo en tres días de completo abandono, pero lo recuperaste todo para nuestra salvación, ofreciendo todo tu tiempo para la esperanza! ¡Te pido, Señor, la gracia del Espíritu para tener la paciencia del tiempo para que pacifique mi corazón! ¡Ayúdame, con la gracia de tu Santo Espíritu, para mejorar cada día, para estar vigilante ante mis debilidades! ¡Ayúdame a acrecentar mi fe, a vivir mi vida de sacramentos, a tener una vida de profunda oración, a una vida de penitencia, una vida entregada a los demás, una vida profundizando en Tu Palabra y buena nueva!

De James MacMillan escuchamos hoy su coral Data est mihi omnis potestas de su colección Motetes de Strathclyde:

Unido a María en la Eucaristía

Tercer sábado de febrero con María en el corazón. Desde que lo ví en El Gran Milagro, la maravillosa película sobre la Misa, cada vez que el sacerdote eleva la Hostia consagrada tomo conciencia viva de la presencia de la Virgen en una esquina del altar. Entonces, hago una breve advocación a la Virgen. Es un momento particularmente emocionante de la Eucaristía.
No tenemos constancia de cómo María participó en la institución del Santísimo Sacramento; desconocemos si permaneció en un segundo plano en el Cenáculo —pero como primera de los apóstoles tengo la certeza de que estuvo allí—; no sabemos siquiera si en aquella noche tan excepcional comulgó como hicieron los discípulos del Señor. Pero María está estrechamente unida a la Eucaristía. El sacramento de la Virgen María es la Eucaristía. En el resto de los sacramentos no interviene directamente, pero en el eucarístico Ella es unión con Cristo, porque Jesús es Hijo de María, carne virginal de María. La Virgen es, en definitiva, la que permitió la materia divina de este sacramento del Amor.
En el hermoso acto de elevar la Hostia para convertir el pan en cuerpo de Cristo, en ese instante maravilloso y sublime de la consagración, el sacerdote tiene en sus manos al Hijo de Dios y al Hijo de María. El sacerdote tiene el gozo inmenso y glorioso de perpetuar la obra de la Virgen. La gran labor de esta joven doncella de Nazaret consistió fundamentalmente en amar, glorificar, adorar y cuidar a su Hijo Jesucristo, regalo de Dios por obra del Espíritu Santo.
Tan grande fue el amor que profesó María a Jesús que cada vez que se produce el milagro de la Eucaristía Ella permanece en oración reclinada a los pies del altar. Orgullosa, gozosa, alegre, feliz de contemplar como su Hijo se hace alimento espiritual para los hombres.
La Eucaristía es un regalo inmenso. Es «el regalo». Nada hay comparado a él. Amando la Eucaristía uno da continuidad al amor que María sintió por Jesús en aquel «fiat» al ángel, en aquella noche de Belén, en aquella presentación en el templo, en aquella noche santa en el Cenáculo, en aquel cruce de miradas camino del Calvario, en aquel desgarrador momento a los pies de la cruz y, en aquella jornada vivida de la Resurrección gloriosa de Jesús.
Y algo muy hermoso también. En el momento de recibir el cuerpo de Cristo al ir a comulgar mi «amén» después de escuchar del sacerdote las palabras «Cuerpo de Cristo» me une al «hágase» de María en la Anunciación en una viva demostración que Cristo está real, substancial y verdaderamente presente bajo la apariencia del pan. ¡Me emociona solo de pensarlo y me hace tomar conciencia del valor impresionante de la Eucaristía con María a su lado!
¡Imitarte quiero María en el amor a la Eucaristía, en el amor a la Cruz y en el amor a Jesús!

orar con el corazon abierto

¡Imitarte quiero María en el amor a la Eucaristía, en el amor a la Cruz, en el amor a Jesús! ¡Gracias, María, por ser Madre amorosa, Madre fiel, Madre entregada, Madre nuestra, Madre del Amor Hermoso! ¡Gracias, María, porque eres Madre de la Eucaristía! ¡Gracias, porque nos haces hermano del Amor sublime, del Amor sacrificado, del Amor fiel, del Amor humilde y generoso! ¡Gracias, María, porque me ayudas a amar más la Eucaristía! ¡Ayúdame, María, a vivir siempre en gracia de Dios para estar preparado para recibir a Jesús con el corazón puro, con el corazón abierto, con el corazón limpio! ¡Ayúdame, María, a comprender el valor inmenso de la Eucaristía, a amarla, a aceptar como un misterio de amor que transforma cada día mi vida! ¡María, Madre de Jesús que estás presente en todos los sagrarios del mundo, que te haces presente en tantas Misas celebradas, que mi vida sea una permanente alabanza, adoración y bendición a Jesús! ¡Ayúdame a acompañarte a los pies de la Cruz, a los pies del altar! ¡Hazme comprender, siempre, Jesús que en la Eucaristía radica el tesoro de la Iglesia! ¡Ayúdame a amar este gran misterio de fe, a abrirme cada día a este gran misterio de Dios!

Quam pulcra es! (¡Que bella eres María!) del compositor croata Ivan Lukačić es la música que nos acompaña hoy:

Ser imagen de Dios

Tomé ayer de madrugada un avión para regresar a mi país. En las alturas uno se hace consciente de que, en la creación, Dios se manifiesta a sí mismo como Padre, ya que está en el origen mismo de la vida, y al crear, manifiesta todo su poder. Si el Padre es quien engendra y da vida, ¿por qué en el Credo tenemos que especificar que Él es el creador del cielo y la tierra?
Afirmando que Dios es el creador del cielo y la tierra reconozco que la creación no es el resultado del azar. Dios creó el mundo de la nada y llamó a todas las cosas a la existencia. Así, todo lo que existe depende de Dios y, por lo tanto, tiene la consistencia que Dios le da. Es lo que leemos en el primer versículo de la Biblia: «En el comienzo Dios creó el cielo y la tierra». Como cristiano me gusta pensar que Dios es el origen de todas las cosas y que en la belleza de la creación se desarrolla esa omnipotencia del Padre que ama.
Toda la historia de la Biblia te enseña que las personas elegidas ven en Dios el origen de todas las cosas y el creador de todos los elementos del mundo. Dios es el creador del universo en evolución. Él es el principio y el fin. Él crea este universo permanentemente y lo mantiene en su despliegue.
Confesar que Dios es creador es confesar a un Dios que actúa a lo largo de la historia de la humanidad. Y eso me lleva a profundizar en que he sido creado a imagen y semejanza de Dios. Imagen suya desde el primer momento de mi concepción. Y esta dignidad está presente en cada etapa de mi vida por lo que tengo el deber acoger esta verdad que me permite avanzar en mi camino hacia la salvación.
Ser imagen de Dios es un don gratuito y especial que Dios nos regala. No es una conquista humana ni obra fruto de nuestro esfuerzo. Por eso, le quiero corresponder a Dios reconociendo este don, agradeciéndole esta donación, haciendo crecer en mi vida los frutos que Él me da y testimoniando con compromiso y valentía en mi propio hacer de cada día, el ser imagen de este Dios que es puro amor. ¡Gracias, Dios mío, por esta oportunidad!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Dios mío, por darme la oportunidad de crecer cada día de mi vida siendo imagen y semejanza tuya! ¡Tu, Padre, quieres que manifieste en cada momento un aspecto particular de tu esplendor infinito y no te quiero defraudar! ¡Quieres, Padre, que se haga en mi el proyecto que tienes pensado para mi vida y quiero hacer tu voluntad y no la mía! ¡Quieres, Padre, que esté destinado a entrar en la eternidad alegre de la vida con mi propio itinerario vital y quiero seguir este camino vital! ¡Te doy gracias, Padre, porque habiendo sido creado a tu imagen y semejanza me permites conocerte y amarte en libertad y reconocer tu Creación! ¡Te doy gracias, Padre, porque nos has creado a los hombres amándolos y nos llamas a participar por medio del conocimiento y del amor en tu vida divina! ¡Te doy gracias, Padre, porque nos permites entrar cada día en comunión contigo y con Jesús y con las personas que nos rodean! ¡Te doy gracias, Padre, porque habiendo sido creado a tu imagen y semejanza me implicas en mi dignidad como ser humano, en mi reacción contigo, conmigo mismo y con los demás! ¡Te doy gracias, Padre, porque mi dignidad como persona se realizar por venir de Ti y quiero utilizar la inteligencia y las capacidades que me das, los talentos y la libre voluntad que me has regalado para ordenarlo todo para hacer el bien y alcanzar la felicidad eterna que nos has prometido por medio de Jesús! ¡Padre, tus nos dices en el Génesis que después de haber creado las cosas de este mundo viste que todo era una cosa buena pero que, después de haber creado al hombre, viste que cuanto habías hecho era algo muy bueno, te pido que por medio de tu Santo Espíritu me ayudes a crecer en santidad y responder a esta bondad que Tu esperas de mi!

Celebro con gozo esta idea de ser imagen y semejanza de Dios con esta maravillosa cantata de Bach: Jauchzet Gott in allen Landen (BWV 51) (Regocíjate en todas las tierras)

Tiempo de penitencia… y alegría

Oficialmente ayer, miércoles de ceniza, comenzó la Cuaresma. Tuve la ocasión de vivirla en un país musulmán y recibir la ceniza en una pequeña iglesia católica junto a una reducida comunidad de fieles. Fue emotivo. Para muchos la expresión típica de este tiempo es que el cristiano hace «cara de cuaresma» con su rostro con un halo hosco y de tristeza. No era el caso de los que ayer estábamos reunidos en ese pequeño templo. Por eso, ¡Qué pena que tantos vean este período en su aspecto más negativo porque lo consideran un tiempo pretérito y en desuso! Es cierto que es un tiempo de renuncia y sacrificio  —incluso aunque no hagamos ninguno— pero la Cuaresma tiene un valor profundo, valioso y aleccionador.
Aunque la Cuaresma es un tiempo de penitencia para mí lo es también de alegría. Es una invitación a salir de mis caminos de tristeza, de perdición, de desánimo y de desesperación y volver la mirada hacia Cristo. ¡Y qué mayor alegría el poder reconciliarse y ser renovado por la ternura del Padre! ¡Qué mayor alegría que sentir su amor misericordioso que se nos otorga gratuitamente y sin mérito por el Dios que es amor infinito!
En este segundo día de Cuaresma siento que la llamada de Dios es muy clara. Es un clamor que resuena en el corazón y exclama: «¡Ven a mí con todo tu corazón! ¡Reconcíliate conmigo!» Dios es pura misericordia. Por eso, vivir la Cuaresma es devolverle todo su lugar al Señor, que solo nos pide poder llenarnos con su amor y su alegría.
Es cierto que entre las prácticas religiosas de la Cuaresma se presentan la limosna, el ayuno y la oración. Cuando uno ayuna no es por el placer de imponer mortificaciones y sacrificios. Cuando Jesús te pide que lo dejes todo para seguirle es porque tiene mucho mejor para ofrecerte. Este bien superior que se nos propone, es Dios, es su amor y su Reino. Ese es el verdadero propósito de nuestra vida. Y es importante que nos liberemos de cualquier cosa que pueda obstaculizar nuestro viaje de seguimiento a Cristo. Si ayunamos, es para compartir con aquellos que tienen hambre con gestos de caridad y solidaridad con los que demostrar que uno es discípulo de Cristo.
Oración, limosna y ayuno son los tres pilares de la Cuaresma. Pero Cristo recomienda que no actuemos para ser vistos por otros. El objetivo no es la gloria que proviene de los hombres; no se trata de mejorar nuestra reputación. Dios es conocedor de lo que hacemos en secreto. Él nos recompensará. No debemos buscar más. La sinceridad, la discreción y la humildad nos abren a la gracia sobreabundante del Padre.
Este es el camino de conversión que el Evangelio nos muestra, no solo para esta Cuaresma sino también para toda la vida. Nos sigue llamando para que volvamos a Él y demos la bienvenida a su amor, un amor que va más allá de todo lo que podamos imaginar. Me dirijo hoy a Aquel que quiere asociarme con su victoria sobre la muerte y el pecado. Que esta promesa alimente mi esperanza y mi amor en esta Cuaresma.

orar con el corazón abierto

¡Señor, concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma íntimamente unido a Ti porque es un tiempo que tanto me concierne! ¡Ayúdame a vivirla con amor pues soy consciente del gran bien que me hará a mi vida pues este tiempo me ayuda a discernir entre el bien y el mal, entre lo que quieren mis pasiones y lo que es voluntad del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, la gracia de que sea para mi un tiempo de gracia, de vida interior, de paz y de serenidad para mi alma, para caminar unido a Ti! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a saber discernir cada día entre el bien y el mal y hazme consciente de que al mal se le vence por medio de la Cruz! ¡Concédeme, Señor, la gracia de convertir esta Cuaresma que me lleva hasta tu Pasión en un tiempo de libertad interior para que mi vida cambie y pueda ser auténtico testimonio cristiano! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de alejar de mi aquellos apegos mundanos que estorban en mi vida, del hacer mi voluntad y no la tuya, de tropezar siempre en la misma piedra, de no hacer el bien y caminar por aguas pantanosas! ¡Renuévame, Señor, por dentro, purifícame y transfórmame; cambia mi corazón! ¡Hazme, Señor, dócil a tu llamada y que acoja cada día en mi vida los signos indelebles de tu amor! ¡Gracias, Señor, por tu paciencia infinita conmigo y no permitas que en esta Cuaresma desfallezca en mi camino de conversión!

Es tiempo de cambiar, de Juanes, muy apropiada para este tiempo de Cuaresma que empezamos a transitar:

Comienza el camino de la Cuaresma

Otro día de luz en la vida del cristiano. Miércoles de ceniza. El día que al que uno se le recuerda con la señal de la cruz en la frente que «polvo eres y en polvo te convertirás». Las cenizas son los restos de lo que se ha consumido. Un signo que recuerda nuestra condición precaria y nuestro triste estancamiento en el pecado. Uno también puede mirarse en el fuego que ha producido esas cenizas. Para mí, en mi condición de cristiano, ese fuego es el amor divino… Y la Cuaresma surge, entonces, como ese fuego que arde bajo las cenizas: el amor de Dios que se me —nos— ofrece cada momento de nuestra existencia.
Comienza un tiempo de preparación y de purificación del corazón. Un camino para alcanzar la meta de estar repletos del amor de Dios.
La Cuaresma es ese recordatorio de la presencia de Dios en nuestra vida, es la constatación de que Dios, por medio de Cristo, se hace pobre para el enriquecimiento de nuestra vida por medio de su pobreza. Es la constatación viva de la generosidad amorosa de Dios hacia el hombre por Él creado. Es el signo de su donación total.
Hoy comienzan cuarenta días de preparación para la Pascua. Los quiero vivir con un corazón purificado, en ayuno de mis dependencias temporales, de mis egos personales, de aquellos hábitos que llenan mi tiempo, de esos comportamientos que lesionan al que tengo cerca, de esas palabras que hieren o esos juicios que dañan. Un tiempo para pedirle al buen Dios que me libere de esos males, los cure, los purifique y los sane.
El medio para conseguirlo y tener al mismo tiempo más cercanía con Dios y con el prójimo es la oración. La oración con el corazón abierto es la mejor preparación para la Pascua. La oración es poner a tumba abierta el yo ante la presencia del Padre, es reconocer la pequeñez de tu vida y reconocer la necesidad de Dios en tu propia existencia. La oración purifica el corazón, las propias experiencias vitales, la expectativas que uno se crea, los deseos que anhela el corazón, la actitud hacia el prójimo. La oración es la válvula que oxigena el alma. Es el encuentro con el amor incondicional que es Cristo.
Pero la Cuaresma es también el encuentro amoroso con el hermano para ofrecerle más tiempo, más corazón, más presencia, más servicio. Es tiempo para compartir, para consolar, para perdonar, para dar esperanza, para dar amor, para servir… en consonancia con la actitud de Cristo en su entrega amorosa a los demás.
Hoy, miércoles de ceniza, me levanto con la alegría de que mi corazón puede ser purificado. «Polvo eres y en polvo te convertirás». No me queda más que esforzarme a dar lo mejor de mí porque esta frase me recuerda que según los méritos de mi alma avanzaré hacia la gloria de un cuerpo espiritual.

orar con el corazon abierto

¡Gracias de nuevo por este nuevo encuentro que me ofreces en estos cuarenta días de Cuaresma caminando junto a Tu Hijo! ¡Quiero, iniciarla, Señor, con un amor desbordante, con un compromiso auténtico, con la intención de interpretar los signos de este tiempo! ¡Ayúdame, Jesús, a caminar contigo! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Espíritu, a vivir el espíritu de sacrificio! ¡Necesito, Señor, tu mirada, tus pies, tus manos, tus ojos, tu voluntad y tu memoria! ¡Lo necesito como el aire que respiro! ¡Necesito, Señor, tu amor, tu comprensión, tu corazón, tu alma, tu mente para transitar en estos cuarenta días como quiero el Padre! ¡Entra en mi corazón, Señor, y acompáñame cada uno de estos cuarenta días para sembrar amor, alegría, paz, generosidad, humildad, compromiso…! ¡El camino es largo, Señor, hasta la Pascua pero contigo a mi lado todo será más fácil y llevadero! ¡Son cuarenta días, Señor, en los que te pido que mis tristezas se conviertan en alegría, mi egoísmo en sencillez, mis falta de caridad en servicio amoroso, mi pecado en gracia, mis soledades en grata compañía, mis desánimos en esperanzas…! ¡Caminemos juntos, Señor! ¡Es lo que te pido en este día para transitar los cuarenta restantes hacia la Cruz a la luz de la gracia! ¡Gracias, Señor, porque en este tiempo de búsqueda, de discernimiento, de austeridad, de prueba y de conversión me invitas a no mostrarme indiferente y a vivir desde la pequeñez de mi vida! ¡Soy tierra, Señor, soy polvo, soy nada! ¡Pero te tengo a Ti que lo eres todo! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y misericordia!

Ad benedictionem et impositionem cinerum, bello responsorio para este miércoles de cenizo:

Entre el jardín del Edén y el desierto de la vida

Por razones laborales me encuentro desde hace un par de días en un país del Golfo Pérsico. La capital es una amalgama de rascacielos de formas caprichosas, mercados tradicionales y centros comerciales. Todo es exuberante y excesivo. En mi hotel sobresale la impresionante grandilocuencia de la decoración y las tiendas de primeras marcas y un vergel de plantas que recuerdan un jardín del edén poblando los diferentes rincones del edifico. A pocos kilómetros de la ciudad todo es un impresionante desierto que conforma un mar de dunas.
Mañana que comienza la Cuaresma este cuadro me recuerda el exuberante jardín del Génesis y el ahogante transitar por el desierto de la vida.
Esta ciudad que cuenta con todas las comodidades, propia de nuestro tiempo, es como el Jardín del Edén, todo pensado para que el hombre y la mujer puedan vivir como verdaderos hijos de Dios y gozar de su amor. Sin embargo, el hombre, deslumbrado por lo exterior, rehúsa este regalo divino. Prefiere —podríamos afirmar, incluso, que se niega—a escuchar Su palabra, dejándose orientar por la audacia del diablo disfrazado de serpiente. Cada día éste nos susurra al oído la hipocresía y la mentira de Dios y trata de hacernos ver que su poder nos sofoca en el deseo de estar en comunión con la vida que Dios ofrece. Satanás nos propone ser como dioses para que lo que está prohibido se transforme en algo deseable… Así, como los primeros padres, nosotros no aceptamos lo que Dios nos regala como un obsequio lleno de amor. Pero nadie, fuera del registro del amor, puede recibir el amor que se le ofrece. Y, así, uno se acaba descubriendo pobre y desnudo, sin nada y sin dignidad. El pecado, exuberante en cuanto exceso exterior, te hace perder tu dignidad y te aleja de esa gracia que te une íntimamente a Dios.
Hoy me planteo la cantidad de tentaciones que pone el diablo en mi vida. Las veces que como hombre deambulo por el desierto en busca de esa felicidad perdida. Es a este lugar donde está nuestra humanidad al que acude también Jesús al comenzar su ministerio público. Las tentaciones a Jesús son las mismas que sufrió Adán: soberbia, autocomplacencia, gloria vana, codicia, avaricia. Pero Jesús permanece fiel a su Padre, manteniendo su mirada fija en la Palabra de Dios. Esta fidelidad al amor del Padre saca al diablo de sus casillas y conduce a Jesús a la alegría del Padre.
Así es como Jesús hace que el desierto de nuestras vidas florezca de nuevo. Fiel a la Palabra y al amor del Padre, rectifica lo que está torcido y distorsionado en nuestra existencia. Nos sitúa de nuevo al pie del árbol en el corazón del jardín. Este árbol es el árbol de la vida: la cruz. Este árbol ofrece un fruto abundante: el Cuerpo y la Sangre de Cristo que nos han sido dados para que podamos tener vida, para que podamos entrar en intimidad con Dios. Cristo restaura así nuestra dignidad de hijos de Dios.
Mañana comienza la Cuaresma. En este tiempo me propongo reconciliarme interiormente con Dios para poder entrar con Cristo en el jardín donde está plantado el árbol de la Cruz y disfrutar de una vida en plenitud con Él.
Un tiempo de mayor oración para evaluar mis comportamientos, mis actitudes, mi vida, mis proyectos… situándolo todo en torno a una simple y escueta pregunta: ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida? Esto me ayudará con toda seguridad a reconocer la tentación que me lleva a cuestionar la bondad, providencia y misericordia que Dios siente por  mi y por la humanidad entera. Un tiempo para que mis labios repitan durante este periodo pascual aquello tan hermoso que el salmo canta para la purificación interior y el reconocimiento humilde del propio pecado: ¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! ¡Porque yo reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí!
Así caminaré por el desierto de la vida pero alimentado por el fruto vivo de Jesús que fortalece mi corazón y me da fuerzas para no caer en tentación.

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¡Padre, en el desierto de mi vida quiero envolverme en tu misterio! ¡No permitas que nadie ni nada se interfiera entre nosotros! ¡Envía tu Espíritu sobre mí para que me capacite a entender todo lo que me sucede, a vivirlo como una revelación, a sentirme cercano a Ti! ¡Ayúdame, Señor, a despojarme de mi yo, a desnudar mi alma y mi corazón, a dejar todo lo que es innecesario para acercarme más a Ti! ¡Quiero, Padre, estar totalmente disponible para Ti, postrado con el corazón abierto, a la espera de cumplir tu voluntad! ¡Te busco, Señor, con los ojos puestos en tu Hijo Jesucristo, con la fuerza de tu Espíritu, con el don de la fe! ¡Estoy desnudo ante Ti, Padre, con toda mi miseria y pequeñez para comprender desde lo más íntimo del corazón todo aquello que esperas de mi! ¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! ¡Porque yo reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí!  ¡Aquí estoy, Señor, transparente como el agua pura para poner mi realidad a tus pies! ¡Y esto me permite, Señor, vivir confiadamente, abandonarme esperanzadamente, sumergirme en la inmensidad de tu amor y misericordia! ¡Señor, Dios todopoderoso, que has padecido en el árbol de la cruz, por mis pecados, se mi amparo, aleja de mí cualquier tentación, aparta de mi todo mal, dirige mis pasos hacia el camino de la salvación y desprende de mi corazón cualquier pena amarga que me aleje de Ti! ¡Señor, adoro Tu  Sant Cruz, y a los pies de este árbol de la vida haz que el mal se aleje siempre de mí!

Widerstehe doch der Sünde, BWV 54 (Resiste al pecado), una hermosa cantata de Juan Sebastian Bach para acompañar a la meditación de hoy:

 

¿Está mi corazón cerrado a la escucha?

En la relación entre las personas la escucha es una de las cualidades que debería sobresalir más pero que, con más frecuencia, vamos arrinconando. Es una cualidad de gran relevancia para alcanzar esa felicidad que Dios anhela de cada uno. Aprender a escuchar al que me rodea con interés, con amor, con respeto, con educación, con atención, con sencillez, con afecto… Hacerlo así es parte intrínseca del amor y de la misericordia que se siente hacia el semejante. No es una tarea sencilla. Cuando hay incapacidad para escuchar a alguien entre los interlocutores no puede surgir un ambiente de confianza, una actitud de respeto, una fuente de afecto y una situación de amor. El amor auténtico se sustenta en el interés y la escucha mutua.
Un corazón cerrado a la escucha, un corazón hermético incapaz de escuchar a los demás, no tendrá jamás la disposición para acoger en lo más profundo de su interior la Palabra de Dios, esa palabra que germina dando vida, esperanza y amor. Para recibir el mensaje de Jesús es necesaria una predisposición a la escucha, un anhelo de acogida, una sensibilidad para acoger los mensajes de amor y misericordia que en su amor infinito Él nos dirige.
¿Soy verdaderamente alguien capaz de escuchar a los demás o me escucho solamente a mí mismo? La mayoría de las ocasiones no somos capaces de escuchar por soberbia, por nuestra rapidez, por egoísmo, por comodidad, por pereza, por ingratitud, porque miramos a los demás por encima del hombro… todas estas actitudes nos impiden crecer y cierran la puerta al enriquecimiento mutuo.
Si esto nos sucede en relación con los demás, ¿qué no será con Dios? ¡Con cuánta frecuencia hacemos oídos sordos a su llamada! ¡En ocasiones no somos capaces ni de prestar atención a la propia palabra de Su Hijo Jesucristo en las lecturas de la Misa dominical! ¡Ni a esa mirada cómplice de un amigo, a la ayuda de un conocido, a la disponibilidad de alguien inesperado, de la bondad de un alma generosa, del detalle cariñoso de un miembro de la familia o un compañero de oficina! ¡Dios siempre habla directamente al corazón del hombre pero lo hace en el silencio, no por medio de palabras! ¡Y también nos habla a través del sufrimiento, del dolor, de las pruebas cotidianas! A través de todo ello Dios entabla su diálogo personal con el ser humano. ¡Y espera que le escuchemos y que aprendamos a escuchar a los que nos rodean!

orar con el corazon abierto

¡Señor, cuanto me cuesta escuchar tus susurros por las prisas, los agobios, por el poco tiempo que te dedico a Ti, por el ruido que hay a mi alrededor, por mi egoísmo, porque centro mi tiempo solo en mí! ¡Pero hoy quiero dirigirme a Ti y contarte desde la sencillez todo lo que siento! ¡Quiero hablarte, Señor, desde el corazón! ¡Enséñame a permanecer en silencio y estar atento a tu voz! ¡Permite, Señor, que sea tu Palabra la que ilumine mi vida, que guíe mis pasos, que me ayude a vivir en tu presencia! ¡Señor, permíteme estar atento a tu llamada porque quiero ser tu amigo aunque tantas veces me olvido de Ti! ¡Abre la puerta de mi corazón, Señor, está disponible para Ti! ¡Te ofrezco mi pequeñez, te confío lo poco que soy, te lo doy todo de corazón, incluso aquellas pequeñas cosas que se hacer! ¡Haz que Tu amor produzca grandes frutos en mí!

Te escucho, Señor, cantamos hoy:

En Lourdes contemplas la enfermedad con ojos de misericordia

Domingo mariano, unidos a Nuestra Señora de Lourdes. Todos aquellos que en su familia tienen un enfermo tienen en este día un encuentro especial con la Virgen, Salud de los enfermos.
La relación de María con la salud de los enfermos y con el sufrimiento del ser humano comienza en las mismas páginas de los Evangelios. María se desvive por los que sufren y es sensible a los sufrimientos y desesperanzas, tristezas y congojas de los que a ella se acercan. Desde el momento mismo de la Anunciación, en esa comunión única con el Hijo, participó María en la misión salvadora encomendada por Dios, asumiendo con humildad y valentía su condición de Madre y de creyente.
Cuando viajas a Lourdes te adentras en un cuadro multicolor donde se hace presente la fragilidad humana, quedando al descubierto aquellos que sufren para ser acogidos por las manos misericordiosas del Padre a la luz de la bondad y gracia de Nuestra Señora. En Lourdes contemplas la enfermedad con ojos de misericordia y observas en la fragilidad y debilidad de los enfermos la mirada amorosa del Dios del Amor y la Misericordia.
En este día me siento llamado a ser más consciente de mi ser cristiano que implica que mi corazón debe estar predispuesto para la obra de Dios, sirviendo al prójimo de manera desinteresada, generosa, caritativa y amorosa, especialmente entre los que sufren.
Hoy, reunido en la Misa dominical en torno al altar, pondré especialmente a todos los enfermos que tengo cerca en manos de María y de Cristo, Madre e Hijo que dan calor a nuestro corazón pero también a todos los que se dedican con extraordinario amor al cuidado de los enfermos, a los médicos y las enfermeras, a los voluntarios y a las familias que se entregan generosamente a atenderlos. Cristo camina al lado de todos y es, con María, el que difunde en nuestra vida la paz del corazón y la esperanza de la sanación. Madre e Hijo son los que nos sostienen en los momentos de oscuridad.
El sufrimiento va unido a nuestro camino de vida. Aceptarlo por amor a Dios es nuestra manera de llevar nuestra santificación cristiana unidos a su Hijo Jesús. Hoy de la mano de Nuestra Señora de Lourdes está en mi ánimo vivirlo así y seguir viviéndolo cada día.

orar con el corazon abierto

Hoy mi oración es de Juan Pablo II, una bella plegaria compuesta para una de sus visitas al Santuario de Lourdes:

¡Ave María, Mujer humilde,
bendecida por el Altísimo !
Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos,
nosotros nos unimos a tu cántico de alabanza
para celebrar las misericordias del Señor,
para anunciar la venida del Reino
y la plena liberación del hombre.
¡Ave María, humilde Sierva del Señor,
Gloriosa Madre de Cristo !
Virgen fiel, Morada Santa del Verbo,
enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la Voz del Espíritu Santo,
atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia
y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.
¡Ave María, Mujer del dolor,
Madre de los vivientes !
Virgen Esposa ante la Cruz, Eva nueva,
Sed nuestra guía por los caminos del mundo,
enséñanos a vivir y a difundir el Amor de Cristo,
a detenernos contigo ante las innumerables cruces
en las que tu Hijo aún está crucificado.
¡Ave María, Mujer de la fe,
primera entre los discípulos !
Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que habita en nosotros,
confiando en la bondad del hombre y en el Amor del Padre.
Enséñanos a construir el mundo desde adentro:
en la profundidad del silencio y de la oración,
en la alegría del amor fraterno,
en la fecundidad insustituible de la Cruz.
Santa María, Madre de los creyentes,
Nuestra Señora de Lourdes,
ruega por nosotros.

Ave Maria de Lourdes:

Dejarse aconsejar por María

Segundo sábado de febrero con María en el corazón. María, Madre del Buen Consejo. Entre los gloriosos títulos que la Iglesia ha otorgado a la Virgen, en las Letanías del Santo Rosario el de Buen Consejo es uno de los más bellos pero también el de los más eficaces. En dos ocasiones leemos en el Evangelio de san Lucas que “María guardaba todas estas cosas en su corazón”. El corazón de María es en sí recogimiento, sentimiento, sabiduría, bondad, oración, emoción, esperanza. Únicamente la palabra que surge del corazón y se pronuncia de corazón alcanza al corazón del otro. Dirigirse al Corazón de María es penetrar en el camino de la profundidad, de la contemplación, del silencio interior. De ese corazón, que guardaba todo lo que provenía de Dios, surge también el eterno consejo. Además, durante los años de vida oculta de Jesús correspondió a la Virgen la formación espiritual y humana de su Hijo, obrando en Él de manera singular el consejo de Madre.
El don de Consejo es también uno de los siete dones del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que anunció a María que sería Madre de Dios. Ella está llena de este singular don que nos permite conocer y escoger de manera eficaz aquello que mejor nos conviene y que decidimos para glorificar a Dios.
Los cristianos tenemos muchos recursos para poner en manos de Dios las preocupaciones y agobios de nuestra vida. El de la Virgen es uno de los más eficaces. Como Madre intercesora podemos recurrir a ella con fidelidad y confianza para pedirle el don de consejo que nos permita elegir siempre lo que más conviene a nuestra vida y a nuestra alma, para guardar en nuestro corazón la gracia que proviene de Dios, afianzar nuestra fe, profundizar en nuestra vida cristiana, apartarnos de la tentación y acertar en todas las decisiones que debamos tomar. ¡Pero con cuánta frecuencia tomamos decisiones equivocadas por caprichos, vanidades, miedos y amores que nos alejan del Señor! ¡En este sábado que María se hace presente en nuestra vida es un momento para pedirle a la Virgen, Madre del Buen Consejo, que se convierta siempre en nuestra más dulce y eficaz consejera!

orar con el corazon abierto

¡Maria, Madre Inmaculada, Señora del Buen Consejo, en este camino de la Cuaresma, te pido que impregnes mi corazón y mi alma de tus mejores consejos! ¡Te pido, Señora, que ruegues al Espíritu Santo que impregne en mi alma el don de Consejo del que tanta necesidad tengo para acertar en todas las decisiones de mi vida! ¡Te pido, Señora del Buen Consejo, que le pidas a Dios que abra mi alma a la escucha para que se haga siempre la voluntad del Padre! ¡Que sea capaz de hablar a los demás de las cosas de Dios y dar siempre los mejores consejos como hiciste Tú con tu Hijo y como haces Tú con quienes a Ti acudimos! ¡Te pido María que me enseñes a guardar las cosas buenas en mi corazón! ¡Que esta enseñanza me sirva para vivir mejor el amor al prójimo, para convertir mi egoísmo y mi yo para servir a los demás en caridad, para amar más a Dios y a tu Hijo Jesucristo! ¡Ayúdame, María, a ser luz de Tu Hijo! ¡Inspírame, Madre del Buen Consejo, en todos mis pensamientos, en mis acciones, en mis palabras y en mis actos, convirtiéndolos todos en puros y bien intencionados como eran los tuyos, y dame también la grandeza de la humildad para que pueda proclamar como hiciste Tú que se haga en mi según la palabra del Padre!

Mater bonii consilii nos invita a cantar esta breve pero bellísima pieza que acompaña la mediciación de hoy:

La cruz que te invita a mirar más allá

Circulaba hace unos días por una carretera rural. Una enorme cruz de piedra marcaba la encrucijada del camino. Esa cruz centenaria, legado de generaciones pasadas, me invitó a rezar una breve oración. ¡Qué hermoso el significado de la cruz, signo de identificación del cristiano! Esta cruz la encontramos en nuestras iglesias y nuestras casas, en la encrucijada de los caminos o en las tumbas de nuestros difuntos.
Esta cruz, sin embargo, señala también de manera dolorosa la vidas de millones de hombres, mujeres y niños en forma de enfermedad, soledad, problemas económicos, abandonos, exclusión, descrédito o condenas injustas. Los medios de comunicación se recrean con los desastres naturales y con accidentes espectaculares.
Esta cruz tan dolorosa para muchos, Jesús la llevó con entereza ante el desprecio de sus acusadores, ante el abandono de los suyos, la traición de Judas, la negación de Pedro, la crueldad de los soldados romanos y la humillación del pueblo que poco antes le aclamaba.
A mi la cruz me invita a mirar más allá. Para mí contemplar la cruz es ver a Jesús resucitado. Una elevación no solo física sino en clave de exaltación y glorificación. Miras la cruz y aunque observas el horror sufrido Cristo ves sobre todo la glorificación del Mesías.
Esta cruz te permite entender muchos aspectos de tu existencia pues tu vida es como la de esos hebreos que mientras cruzaban el desierto se rebelaron varias veces contra Dios. Al final fueron invitados a dejar de lado su revuelta y renovar su confianza en Dios como salvador y libertador.
Todos estamos, de alguna manera, estamos enfermos, mordidos por el pecado y tentados por la serpiente del Génesis que nos aleja de Dios. Pero podemos ser sanados y salvados al volvernos a la cruz de Cristo. Esto exige un paso de fe y confianza en el vencedor que es Cristo. Cuando contemplas la cruz no te puedes separarnos de ese amor que Jesús tiene por el hombre. Con Cristo a tu lado no hay callejón que no tenga salida.
Y en ocasiones cuando la desesperanza y los problemas nos superan flaquean las fuerza y se aplaca el deseo de orar. En ese momento, basta con fijar la mirada en silencio en la cruz de Cristo. Contemplándola una descubre que desde ella uno se reeduca espiritualmente. La mera visión de la cruz te coloca de bruces frente al coraje y el amor de ese Cristo moribundo y te revela tu propia mediocridad, esa actitud de niño malcriado que siempre exige más de Dios. Ante la figura del crucificado, el corazón del hombre aprende a decir que sí donde el pecador dice que no. Dios es amor y quiere dar amor.
Dios nos ama con un amor apasionado y quiere llenarnos de ese amor pero espera de cada uno una respuesta libre, acogedora y amorosa. Nos atrae hacia él por el resplandor de su amor, pero respeta nuestra libertad. La decisión nos pertenece y nadie puede tomarla por nosotros. Al mirar esta cruz, uno aprende —o al menos lo intenta— a imitar a Cristo. Él mismo nos amó hasta hasta obsequiarnos con el todo: su propia vida. Es en este camino de entrega que estamos invitados a seguirle hasta el final. Es con esta condición que podemos compartir su exaltación y glorificación.
Siento hoy que la totalidad de mi tiempo —en mi relación con mis seres queridos, con los que me encuentro por el camino, en mi trabajo cotidiano, en mis actividades pastorales o de tiempo libre, etc.— debo impregnarlo de este loco amor por  nuestro Dios. Él no envió a su Hijo para juzgar y condenar al mundo, sino para salvarlo. Jesús sabía lo que había en el corazón del hombre —y sabe perfectamente lo que anida en mi corazón— y solo él puede juzgarlo. Este sentimiento te remite a tu verdad: ¿por qué esta tendencia siempre a quejarse, a criticar, a juzgar, a condenar, que sacar a relucir lo que decimos está podrido? Es cierto que hay algo podrido en nuestro mundo. También hay podredumbre en las uvas y eso no impide obtener un vino de calidad. Es así como Dios apela a lo que mejor de nosotros mismos.
Cuando crucemos un desierto de sufrimiento, temores y dudas, detengámonos ante la cruz de Cristo. A través de él, es Dios quien nos firma y nos invita a confiar. Al celebrar la gloriosa Cruz, celebramos la resurrección de Aquel que está suspendido allí. ¡Que no olvide, Señor, que este instrumento de tortura y horror es en realidad el Árbol de la Vida!

orar con el corazon
¡Señor, deseo coger mi cruz cotidiana y seguirte confiado sin quejarme y con alegría! ¡Quiero unirme a tu Cruz, Señor, con mi propia cruz sin poner cruces a los demás! ¡Ayúdame a entender, Señor, que si me invitas a tomar la cruz es porque es bueno para mí! ¡Quiero que me ayudes a ser tu Cirineo! ¡Concédeme la gracia de entender con la inspiración de tu santo Espíritu que no debo ser yo el patrón y el criterio para valorar lo que es bueno o malo para mí sino sólo seguir el camino que Tú me marcas! ¡Ayúdame a recordar que Dios saca siempre bien de toda cruz! ¡Quiero ser tu discípulo, Señor, por eso quiero negarme a mi mismo, tomar la cruz cotidiana y seguirte fielmente! ¡Ayúdame a no apartar mi mirada de quienes llevan sus cruces cotidianas, las cruces de la soledad, de la tristeza, de los problemas, de los sufrimientos, de la injusticia y de la falta de paz interior! ¡Ábreme, Señor, los ojos a tantas personas heridas y hazme sensible a sus gritos de auxilio! ¡Ayúdame a cargar también su cruz para que sientan el calor de mi presencia y de mi fraternidad! ¡Pero sobre todo, Señor, no permitas que permanezca impasible ante tu Cruz! ¡Concédeme la gracia de amarla, de aceptarla y de llevarla en silencio!

Del rey Juan IV de Portugal meditamos hoy con su profundo y bello motete Cruz fidelis: