Junto a María en el sepulcro

Último sábado de abril con María en el corazón. Hoy es Sábado Santo. No es un día cualquiera en el calendario de la Semana Santa. En este día nos envuelve el silencio en el corazón, callan las campanas, el altar de las iglesias está despojado, los sagrarios abiertos y vacíos y la Cruz desnuda.
En este día me uno a la Virgen Dolorosa. El sepulcro ha sido sellado, los discípulos de Jesús se han dispersado y nada sabemos de ellos. Ahí está María, la Madre, y María Magdalena, en oración contemplativa cerca del sepulcro donde se halla Cristo. Les acompaña también Juan, nuestro alter ego —¡He aquí a  Tu Madre, he aquí a tu hijo—. Me uno a María en esta alianza que se ha creado en el monte Calvario, meditando junto a Ella la Pasión de Jesus a la espera de su Resurrección gloriosa.
Me uno en este día al silencio de María. El silencio que hace fecunda la fe, el hágase del principio y el fíat del hoy. El silencio de la esperanza, el silencio de saberse llena de la gracia de Dios, de la misericordia del Padre, de saber que estoy junto a la corredentora por voluntad de Dios, la Madre del Hijo que ha muerto por mi salvación y por la redención de mis pecados.
Me uno a María para darle gracias. Para acompañarla en el dolor postrado ante el sepulcro llorando la muerte de Jesús. Para sentir que mi corazón también es traspasado por una espada pero en este caso de culpabilidad por mis pecados, causa de la muerte de Jesús.
Me uno a María para ser como Ella pan pascual de sinceridad y verdad, para ser agua fecunda, semilla que de frutos, árbol de esperanza.
Me uno a María porque pese a su dolor me enseña cómo amar a Cristo incluso en su ausencia y como nos ama a todos acompañándonos en este sábado de silencio y de espera.
Me uno a María porque la fortaleza de su fe sostiene mi fe tibia, tantas veces quebradiza.
Me uno a María porque es la mejor escuela de apostolado, de transmitir la Buena Nueva de Jesús, de proclamar Su Evangelio, de comprometerse en divulgar la verdad revelada, de educar en la fe, de sellar un alianza de amor entre los cristianos.
Me uno a María porque ella me ayuda a vencer mis temores, mis angustias, mis contrariedades, porque me hace entender que de su mano puede tener confianza en la voluntad divina.
Me uno a María porque Ella me enseña a orar y ser fiel a su Hijo que mañana resucitará para darnos de nuevo la vida.
En este Sábado Santo no puedo más que exclamar que ¡soy todo tuyo, María!

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¡María, Señora de los Dolores, me uno a tu dolor en este día! ¡Me uno a ti ante el sepulcro que acoge el cuerpo muerto de Jesús, postrado ante el misterio de la muerte a la espera de que Dios actúe y haga regresar a Jesús desde las tinieblas a la luz para que la vida triunfe sobre la muerte! ¡Me uno a tu silencio, Señora, y trato de imitar tu fe, tu esperanza y tu amor que te sostienen y me sostiene también a mí en la prueba! ¡Me lleno de Ti, María, para llenarme también de Dios! ¡María, me acerco a Ti para que me enseñes a orar y a confiar en Jesús, a aceptar su voluntad, a llevar los sufrimientos cotidianos con serenidad, a caminar con esperanza aunque a veces no parezca que haya luz, a ahogar todos mis rencores, asperezas y enemistades, a crecer en esperanza y a alimentar mi fe! ¡Me uno a Ti, María, en este día de dolor, para acompañarte en este silencio tuyo desbordado de amor y de gracia! ¡Te acompaño, Madre, para tener tus mismos sentimientos en este día de silencio y de oración, para contemplar esta escena con una mirada de amor, con la disponibilidad para dejar que Dios actúe en la pequeñez de mi vida y ser testigo de Jesús, para no dejar de repetir el Magnificat, para no caer en el desaliento, para estar siempre disponible a lo que disponga Dios! ¡María, Madre, ruega por nosotros en este día de soledad!

Hoy, acompañando en el silencio a María, la música de esta sección también se silencia.

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¿Cómo puedo contemplar hoy la Cruz del Señor?

Viernes Santo. Contemplo hoy a Jesús muerto en la cruz. ¡Increíble que alguien que fallece en la cruz me pueda atraer tanto! ¡Sorprendente porque la visualización de alguien prendido a una cruz de entrada no es una imagen agradable más al contrario es algo doloroso e, incluso, aberrante! Y, en cambio, en la imagen de esta cruz esta la presencia misma de Dios.
¿Cómo puedo contemplar hoy la Cruz del Señor? Este el mensaje del misterio cristiano. Dios se esconde detrás del sufrimiento, de la pequeñez, de la debilidad, de las flaquezas humanas. Se esconde, incluso, detrás de las injusticias, de la crueldad, de los intereses espurios de unos y de otros. Lo que me muestra la cruz es una entrega por amor a los demás. Por eso recuerda Jesús que hay que dar la vida por el otro. Que en medio del mundo debo estar dispuestos a dar la vida por los demás, a amar al otro más que a mi mismo, sino no podré dar fruto, no podré considerarme auténtico seguidor suyo.
Cuando Jesús dijo que el soberano de este mundo sería expulsado, se refería que en el mundo reinaría el odio, la envidia, la soberbia, el egoísmo… la base de cualquier mal. La cruz significa todo lo contrario. Amar incluso a aquellos que te quieren mal. Es el reinado del amor por encima de la muerte. La capacidad que tenemos los seres humanos para amar incluso allí donde parece que todo es oscuridad. No es posible observar la cruz sin una mirada de amor.
Por eso se te llena el corazón cuando observas a tantas personas que en la vida son capaces de amar desprendiéndose de si mismas, que sacrifican su existencia por los otros. Con pequeños gestos en la vida de cada día. Y Jesús me recuerda exactamente que con estos gestos es cuando el ser humano se une enteramente a Dios. Se hace uno con Él porque Dios mismo se ha hecho hombre dando la vida por amor. Para ser modelo de humanidad. La auténtica humanidad es aquella que es capaz de dar la vida por los demás.
Hoy estoy invitado a contemplar la cruz del Señor. Ser consciente de que mirando a la cruz puedo tomar el camino de seguir mis propios intereses o la senda de darme a los demás. Ser capaz de juzgar y condenar o de perdonar. Ser capaz de guardar rencor o de amar. De exigir justicia o ser capaz de olvidar.
Mi modelo es Jesús, hoy prendido y agonizante en la cruz. El mensaje es ser capaz de llevar este modelo a mi propia vida personal. Pero no dejar de ser un misterio como este Dios hecho hombre no ha venido a juzgar sino a perdonar y que su juicio ha sido entregarse en la cruz, que no ha venido a buscar la gloria sino dar la vida por la salvación del hombre.
No hay misterio más grande. En este día comprende que debo ser capaz de amar por encima de todo, sobre todo y antes que todo. Solo así es posible entender que significa ser cristiano. No se trata simplemente de seguir unos rituales, esto lo puedo hacer con los ojos cerrados; lo importante es seguir a una persona, a Jesús de Nazaret, tenerlo como modelo de humanidad, de amor, de servicio, de entrega, de generosidad. Un modelo de alguien que fue capaz de amar incluso desde la cruz, que perdonó a los que le condenaron, que ama por encima de todo. Cuando el amor llega a un punto tan álgido comprendes cual es el destino de tu existencia, de tu vivir cotidiano. El día de hoy, con Cristo muerto por amor en la Cruz, tomo constancia de mi ser cristiano. Que Cristo es mi modelo. Y que la cruz el símbolo de mi fe.

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¡Señor, tu exclamas “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y eso es lo que te pido, tu perdón por mis cobardías, por mis egoísmos, por mi falta de compromiso, por mi persistencia en caer en la misma piedra, por mis faltas de caridad, por mis faltas de amor, por mis indiferencias con los demás, por mi corazón cerrados al perdón, por mi prejuicios, por mi tibieza, por mi falta de generosidad, por no seguir con autenticidad las enseñanzas del Evangelio, por mi mundanalidad, por mi falta de servicio… por todo ello, perdón Señor! ¡Enséñame a amar como lo haces Tú, entregarme como lo haces Tú y perdonar como lo haces Tú! ¡Señor, Tú le prometes al buen ladrón que “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” y por eso te pido hoy que sepa mirar a los demás con Tu misma mirada de amor, perdón y misericordia! ¡Hazme, Señor, ver sólo lo bueno de los demás y que no me deje llevar por las apariencias! ¡Concédeme la gracia de acoger siempre al necesitado, de no juzgar ni criticar y tener siempre palabras de amor y consuelo al que lo demanda cerca de mí! ¡Señor, tu exclamas “He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre”, por eso hoy te doy las gracias por esta donación tan grande que es Tu propia Madre! ¡Que sea capaz de imitarlas en todo cada día! ¡Señor, tu gritas angustiado “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, en este grito yo me siento identificado con mi angustias, mis problemas y mis dificultades! ¡Confórtame siempre con tu presencia, Señor! ¡Envía tu Espíritu para que me ilumine siempre y me haga fuerte ante la tentación, seguro en la dificultad, tenaz en la lucha contra el pecado y firme ante los invitaciones al mal de los enemigos de mi alma! ¡Señor, tu suplicaste que un “Tengo sed”! ¡Yo también tengo sed de Ti porque son muchas las necesidades que me embargan pero las más grandes son tu amor, tu esperanza, tu consuelo y tu paz! ¡Ayúdame a no desconfiar de Ti, Señor, porque Tú eres la certeza de la Verdad! ¡Que nada me aparte de Ti, Señor, pues es la única manera de saciar mi sed! ¡Señor, tu dices que “Todo está consumado” pero en realidad me queda mucho camino por recorrer! ¡Ayúdame a serte fiel, a tomar la cruz y seguirte, a levantarme cada vez que caigo, de dedicarme más a los demás y menos a mi mismo, a contemplar la Cruz como una gracia y no como una carga, a descubrir que en la cruz todo se renueva, que es el anticipo de la vida eterna! ¡Señor, tu exclamas “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, yo también pongo las mías en tus manos para que las llenes de gracias, dones y bendiciones, para que me agarre a Ti, para sentirme seguro y protegido! ¡Señor, ayudarme a orar más y mejor, a darte gracias y a bendecirte, a maravillarme por tu amor y tu gracia!

Acompañamos al Señor con este profundo Stabat Mater:

Unido a Cristo en el día del amor

Jueves Santo. Un año más afrontamos uno de los días cruciales del calendario cristiano. Esta noche es el pórtico solemne en el que Jesús nos permitirá entrar en la profundidad del Triduo Pascual que dura tres días y una eternidad porque nos adentra en el secreto de su intimidad divina: antes de su sufrimiento en la Cruz nos anticipa en la Última Cena el legado de la Santa Eucaristía, centro de la vida cristiana, dándonos su cuerpo y su sangre como alimento de vida que todo lo irradia. Es la noche oscura del Huerto de Getsemaní; la noche triste del abandono de sus discípulos, la traición de Judas, la negación de Pedro, la soledad en la oración con el Padre, el arresto y el traslado al Sanedrín y la entrega a Pilatos. Es también la noche de la institución del sacerdocio y la transmisión del mensaje del amor fraterno.
Día de especial intensidad para tratar de comprender todos y cada uno de estos sucesos que nos conducen al misterio de nuestra Redención. Es el extraordinario misterio que adorna con todo su brillo y con toda su tristeza la liturgia de este Jueves Santo.
Y llegará un momento en que los sagrarios quedarán vacíos para ser conscientes de la nada esencial a partir de la cual Dios dio inicio al ser de toda la creación material, dando lugar a la historia de la salvación.
Esos sagrarios abiertos de las Iglesias del mundo, vacías del Jesús Eucaristía, son el preludio glorioso de una creación nueva y el anuncio luminoso que es la Resurrección de Cristo.
En este Jueves Santo uno se da cuenta de como la obra de Cristo se hace nueva por medio del amor y de la gracia del Espíritu Santo que reordena todo lo que el pecado había desordenado.
En este día mi propósito es acercarme al Señor como un sagrario abierto y vacío de todo aquello que estorba con el único de que entre el soplo fresco de la gracia del Espíritu para hacer nueva mi vida, para impregnarla del amor verdadero, para reordenarla y para recrear en ella la grandeza del misterio pascual. Transformado para abrazar el amor de Dios y darle infinitas gracias, agazaparse en sus brazos amorosos y afianzar todo mi ser en su misericordia y en su amor divino. Centrar mi mirada en Jesucristo que es el que revela ese amor inmenso de ese Dios que nunca nunca abandona y ser testigo de ese amor en mi familia y allí donde me mueva.

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¡Gracias, Señor, porque en este Jueves Santo me hablas de amor, de ese amor tan grande que sientes por cada uno de nosotros, de ese amor que te lleva a instituir la Eucaristía y a entregarte por la redención de mis pecados! ¡Gracias, Jesús, porque en este día asumes mi fragilidad y mis padecimientos te unes a mi asumiéndolo todo menos el pecado para hacerte uno conmigo! ¡Gracias, Señor, porque tanto amor me reconforta y me permite afianzar mi fe y mi confianza entre tantos desmoronamientos, caídas, debilidades, inseguridades y temores! ¡Gracias, Señor, porque hoy el culmine del amor, ese amor que nos has revelado a lo largo de tus tres años de vida pública en la que nos has legado tus milagros, tus gestos de amor, tu servicio, tu Palabra, tu perdón de los pecados, tu atención a los más débiles! ¡Gracias, Señor, por el legado de la Eucaristía que es el centro de mi vida que me permite recordar cada día tu sacrificio redentor! ¡Gracias, Señor, porque con la Eucaristía derribas cada día ese muro que me aleja de Dios, porque con Ella vivificas mi vida, invitas a la comunión fraterna, edificas tu Santa Iglesia, das viveza al ser cristiano, permites que nuestro amor sea universal, me invitas a ser caridad y amor, me haces más sensible al sufrimiento del prójimo! ¡Gracias, Jesús, por el legado testamental del amor fraterno que me ayuda amar al prójimo como tu me has amado! ¡Gracias, Señor, por el gran obsequio del sacerdocio por el que te haces presente sacramentalmente como pastor que cuida de sus ovejas, a través del cuál perdonas nuestros pecados, predicas tu Palabra, proclamas el amor y renuevas cada día la Eucaristía! ¡Te pido, Señor, por todos los sacerdotes, santifícalos en la verdad, fortalécelos en sus insuficiencias, sosténlos en su vocación, vivifícalos en su ministerio con tu santa presencia y hazles fieles a la gracia que han recibido del Espíritu para ser ejemplo de santidad! ¡Te pido, Señor, por las vocaciones sacerdotales y por todos aquellos que se están preparando para el sacerdocio! ¡Y, sobre todo, Señor, gracias por tu amor, por tu luz, por tu consuelo, por tu gracia, por tu fortaleza, por tu confianza en mi que soy pequeño! ¡Pongo en tus manos mis sufrimientos y debilidades y los sufrimientos de todos las personas del mundo, de los que están solos, de los enfermos, de los que padecen problemas económicos, de los que pasan hambre, de los que sufren injusticias, violencia, discriminación o enfermedad! ¡Dame, Señor, una gran fe en ti que eres uno solo con el Padre en el Espíritu Santo!

Antes de ser llevado a la muerte, cantamos hoy acompañando al Señor:

¡Búscame a mí, Señor!

Miércoles Santo. A un día de la Pasión de Cristo. Jesús se predispone a cargar el pesado madero camino del Calvario. Este gesto de cargar la cruz tiene una gran profundidad para mi sendero espiritual.
La cruz es la viva representación de la vida misma y de todas las circunstancias que me rodean, de los problemas cotidianos, de las constantes caídas, de los conflictos que de manera conscientemente genero, de aquellos que me llegan sin esperarlos. Cristo me enseña a cargar la cruz, mi propia cruz, siendo responsable de mis propios actos aunque también el saber pedir ayuda cuando el peso es excesivo y las cargas dolorosas.
Los clavos que traspasan las manos y los pies de Cristo significan para mí la manera como afronto las vicisitudes de la vida y los problemas que me atenazan. Puedo quedarme apresados en ellos o, como Jesús, resucitar y dar cabida a la esperanza, a la alegría, a la confianza y avanzar en mi peregrinaje vital.
El camino que conduce hasta el monte Calvario es largo y sinuoso, difícil de transitar, como lo es también la vida. En este caminar serán muchas las personas que pasen a mi lado, unos me halagarán, otros me traicionarán, otros me apoyarán, otros me levantarán y para otros seré alguien indiferente.
Como a Jesús en su caminar ascendiendo hasta el lugar de su crucifixión encontraré quien me dé de beber, quien me limpie el rostro en el desconsuelo, quien me latigue con sus críticas, quién me fustigue con su indiferencia o quien se acerque a mi para llevar la cruz. O también a quién no he dado de beber, ni he limpiado su rostro, o he fatigado con mis críticas o no me he acercado para portar su cruz. Esas personas representan a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la gente de mi círculo social, a los conocidos que se crucen en mi camino.
En este Miércoles Santo quiero ser consciente de que camino al lado de Jesús. Que como él voy lleno de heridas pero que no debo dejar de portar la cruz con entereza y dignidad porque en definitiva mientras camino con ella a cada paso que doy me acompaña la sombra indeleble de mi propia vida, de mis propios actos y de mi auténtico ser.

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¡Señor, estoy llamado a unirme a ti, acompañarte en el camino de la Cruz! ¡En este Miércoles Santo quiero prepararme bien para vivir contigo espiritualmente la Santa Cena, la institución de la Eucaristía y el sacerdocio, estar contigo en el huerto de Getsemaní, llorar por mis pecados, aceptar con dolor que serás flagelado por mis faltas y mis pecados, cargar contigo la cruz! ¡Quiero acompañarte en silencio para unirme a tu amistad de una manera especial entregándote mis dolores y hacerlos uno contigo, mis sufrimientos y hacerlos uno contigo, mis pesares y hacerlos uno contigo! ¡Quiero contemplar tus sufrimientos Señor y que mi corazón se llene de compasión para tomar con fortaleza el saber sobrellevar cada una de las pruebas que me presenta la vida! ¡Señor, en estos días te vas a sentir muy solo, búscame a mí! ¡Señor, te vas a encontrar sin nadie que te acompañe, búscame a mí! ¡Te encontrarás abrumado por el silencio, escucha mi oración y mis palabras de amor! ¡Te llenará de desconsuelo el desprecio de la gente, reposa en mi! ¡Te pesará la cruz, déjame que te ayude a llevarla! ¡Te verás despojado de tus vestiduras, desnudo frente al mundo, déjame que ame tu desnudez y que sea yo quien te vista! ¡Permíteme, Señor, ser un auténtico testigo de tu verdad, concédeme la gracia de ser tu palabra, tus gestos, tu mirada! ¡Dame la gracia de ser tu refugio en estas horas difíciles y vivir auténticamente como viviste tu!

En mi Getsemani, cantamos hoy acompañando al Señor:

¿De qué manera traiciono yo a Jesús?

Jesús, en el momento de «pasar de este mundo al Padre», y durante su última cena con los discípulos, se estremeció profundamente.
Antes de hablar de traición, de negación, Jesús muestra su serenidad socavada. Jesús sufrió mucho pero el mayor de sus sufrimientos no fue el de la flagelación, la coronación de espinas, la carga de la cruz, su agonía, la muerte en la Cruz. Fue el de la traición.
Judas —aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato— le vendió por treinta míseras monedas de plata. Pedro, uno de sus amigos, al que había depositado la roca sobre la que edificará su Iglesia le negó tres veces antes de que cantara el gallo. Del resto de los discípulos, excepto Juan, nada se sabe durante la Pasión. ¿No es en estos tiempos, entonces, cuando más sufrió?
La traición, el abandono, el desaparecer tiene lugar entre el círculo más íntimo, el de los amigos, esos que durante tres años le han conocido y han tenido acceso a la intimidad de su corazón.
Jesús sabía que eso ocurriría. Sabe que ocurre también conmigo. Pudo haberlo evitado pero no lo hizo. Por el contrario, trató el episodio de Judas con tanta discreción que ninguno de sus discípulos se dio cuenta. Pedro no se imaginaba a sí mismo cayendo tan bajo pues de él solo escuchamos que estaba dispuesto a dar su vida por Jesús. Cuando Judas salió del cenáculo era oscuro. Es la oscuridad de la traición que tantas veces sometemos a Cristo. Hay sufrimientos que duelen tanto que preferimos guardarlos en lo oscuro de nuestro interior pero la Palabra nos da la luz y la Eucaristía y la vida de sacramentos nos iluminan.
¿De qué manera traiciono yo a Jesús? Cuando rompo unilateralmente esa relación de amor, amistad y fidelidad con Él porque la traición solo se produce cuando hay estima por medio.
Traiciono a Jesús cuando me lleno de oraciones pero en realidad no lo busco ni lo trato de llevar en mi corazón.
Traiciono a Jesús cuando lo solo acudo a él interesadamente para pedir que solucione mis problemas pero lo olvido cuando todo me va bien.
Traiciono a Jesús cuando le prometo me fidelidad pero olvido esas promesas cuando las cosas se han solucionado.
Traiciono a Jesús cuando lleno mi vida de tiempo, actividades, relaciones pero no tengo al día ni un minuto para Él.
Traiciono a Jesús cuando no soy capaz de verlo en el rostro atribulado del hermano que requiere mi atención y le vuelvo la espalda para no verme obligado a atenderlo.
Traiciono a Jesus cuando mi vida, mis palabras, mis pensamientos, mis acciones dicen lo contrario a lo que realmente predico en su nombre.
Traiciono a Jesús cuando proyecto mis mezquindades en nombre de Jesús.
Traiciono a Jesús cuando me hago llamar cristiano pero no permito que entre en mi corazón y transforme mi interior.
Traiciono a Jesús cuando no soy capaz de mostrar el rostro de la misericordia que ha tenido conmigo y ser misericordioso con los demás y tener entrañas de misericordia.
¡Señor que frágil soy y qué facilidad para entregarte! ¡Quiero apoyar toda mi fidelidad en ti, solamente en ti y tener la valentía de confesar todas mis debilidades en la transparencia de tu verdad!

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¿Cuántas veces te he traicionado, Señor? ¿Cuántas veces te he sido infiel, te he dejado solo, he antepuesto mis intereses a los tuyos? ¿Cuántas veces te he traicionado en uno de mis hermanos, amigos, compañeros? ¡Señor, reconozco mi condición humana y mis debilidades, confieso que te he negado como san Pedro tres veces, te confieso mi condición de pecador, de creerme seguro en mi fidelidad hacia Ti, en no contar con mis debilidades por mi autosuficiencia y mi soberbia, pero quiero ser transparencia tuya en medio del mundo! ¡Quiero, Señor, que lleno del Espíritu Santo que viene en mi ayuda no traicionarte con mis palabras, ni con mis gestos ni con mis acciones! ¡Quiero, Señor, abrir los ojos que iluminan mi corazón para ver la realidad desde el prisma de Dios y no el mío tan mundano! ¡Quiero ser persona de espíritu abierto, fiel, que viva según el Espíritu para realizar las obras según el Espíritu que es lo que Dios desea para mí! ¡No permitas, Señor, que me abone al conformismo, a acomodarme a lo fácil, al no arriesgar, a vivir sin confianza, a encerrarme en mi mismo, a no ser testigo de tu verdad, abierto siempre a la acción del Espíritu en mi! ¡Señor, no permitas que mi interés sea solo por lo material y no por lo espiritual, a estar interesado por lo que tu me enseñas, no dejes que el Evangelio sea un medio para mi propio fin personal y orgulloso! ¡Tu me conoces, Señor, hazme un cristiano comprometido con tu verdad, ayúdame a ser como Tu, no permitas que falte a tu confianza! ¡No permitas que nunca me aleje de Ti! ¡Ayúdame a ser más humilde y desde la humildad aprender a valorar la confianza que tienes en mi!

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado:

Ser perfume de Cristo

En un día como hoy Jesús regresa a Betania, «la casa de los pobres», el lugar donde vivían Marta, María y Lázaro, sus amigos amados, el lugar donde su corazón descansaba en paz.
En esta casa, como en mi propio corazón, se da la bienvenida a Jesús. La atmósfera es la misma que se respirará en el Cenáculo con el corazón abierto al amor.
María ha estado sentada a los pies del Maestro, se arrodilla ante Él y derrama sobre sus pies un valioso perfume de nardo. Realiza un acto abrumador, magnánimo, de absoluto respeto; no solo el aroma de aquella fragancia llenó la casa sino que nos invita a que nuestras propias vidas sean tan suaves, preciosas y delicadas como este precioso ungüento vertido a los pies de Cristo.
El momento es de una profunda intensidad. Jesús es consciente de que va a ir al Padre y, desde este momento, cada uno de sus actos va a tener una particular solemnidad prefigurando su Pasión, su muerte y su sepultura.
Un tiempo después de este detalle de María, que anticipa al embalsamamiento del cuerpo de Cristo, Jesús se postrará a los pies de sus discípulos y les lavará los pies en un acto análogo de amor y de humildad.
El misterio de la salvación radica en si soy capaz de aceptar su amor incondicional y permitirle que me abrace por completo. ¿Deseo realmente dar la bienvenida al abrazo del amor divino, acompañar el alma de Jesús, con un «sí» seguro, libre y liberador? ¿Estoy dispuesto a seguirle donde quiera que vaya, en cualquier circunstancia y situación? ¡Estoy dispuesto a ser la fragancia de Cristo al servicio de Dios, un recordatorio de su persona para los demás?
Este lunes santo es una invitación a convertirme en «el buen olor de Cristo», para darle a mi vida la fuerza del amor y la ofrenda más generosa que un perfume valioso, recibiendo en mi vida a Cristo que se extiende como un perfume que impregna todo mi ser.
Hoy lunes santo quiero ser como María, postrado a los pies de Jesús, a los pies del hombre, a los pies de Dios, para descansar sobre Él todo mi amor sin cálculos en mi entrega y permitir que Jesús se arrodille también ante mi por amor y lave mis pies cansados, polvorientos por las manchas de mis faltas y manchados por el barro del pecado. Y atender lo que el Altísimo, que se convierte en Siervo para testimoniar el mandamiento del amor, dirigirá a mi corazón: «Lo que hice por ti, hazlo también por los demás».

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¡Señor, que al caminar contigo deje una fragancia agradable en los demás que te lleven a Ti! ¡Haz, Espíritu Santo, que mi vida sea un olor que atraiga a las personas hacia Dios! ¡Ayúdame a ser el dulce aroma de Cristo para los demás! ¡Que el perfume de mi vida, Señor, lo derrame hasta la última gota en símbolo de mi fe hacia Ti y me total entrega a tu voluntad! ¡Que cada una de mis palabras, sentimientos, gestos y actitudes lo inundan todo con la fragancia de Dios! ¡Que mi testimonio, en este mundo tan envuelto en la inmundicia del pecado, refleje siempre las gracias y el amor que tu mostraste! ¡Concédeme la gracia del servicio para dar y no para recibir! ¡Permíteme ser la fragancia de tu Evangelio para que otros lo lean, ser catecismo para que otros conozcan tu verdad en la Iglesia, ser Iglesia para que otros te encuentren! ¡Te pido sobre todo, Señor, que elimines de mi vida aquello que te resulta desagradable y me bañes con la frescura de tu fragancia porque lo único que deseo es serte agradable a ti y ser agradable a los demás! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a limpiar mi corazón para que descansando en él solo veas mi belleza interior! ¡Gracias, Señor, por lo mucho que has hecho y haces por mi!

Como un perfume a tus pies cantamos hoy con Marcela Gandara:

El domingo de las paradojas

El domingo de Ramos es un día de paradojas. Por un lado, sentimos la alegría plena de la entrada de Cristo en Jerusalén. Nos regocijamos como hicieron también aquellos que lo recibieron como a un Rey agitando los ramos de olivo. El corazón palpita pues la Redención de Cristo está cerca.
Sin embargo, sabemos que hay un punto y aparte. Es su Pasión. El domingo de Ramos es también un domingo de Pasión, marcado por el dolor ante la gravedad del momento. Es la contraposición entre la gloria y el aparente fracaso porque la derrota de este Mesías ensalzado entre vítores y hosannas es, en realidad, el ejemplo más flagrante de la victoria del amor. Y esas ramas de olivo que agitadas al viento invitan a la fiesta horas más tarde, cuando le pida Jesús al Padre en el huerto de Getsemaní que pase de Él ese cáliz, le verán sudar sangre por la angustiosa visión de su pasión dolorosa. Pero Jesús no se esconde, no huye, no abandona; toma su cruz y asciende hasta lo alto del Gólgota. Allí encontrará la muerte con los brazos extendidos abrazando a la humanidad entera, la de ayer, la de hoy y la venidera.
Hoy es el domingo de las paradojas. El domingo en que Jesús inicia el camino hacia la cruz dándose a su mismo. El canto sublime del amor sin límites al ser humano. El día de su alumbramiento en Belén, en el silencio de la noche, en la soledad más profunda, los ángeles del cielo cantaron alegres:  «Gloria a Dios en el cielo». Hoy somos nosotros los que cantamos, con hizo la multitud de antaño:  «¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!»
Es fácil observar como ambas entradas de Cristo están impregnadas del amor de Dios. El amor de dar al hijo al mundo y el amor del Hijo para obedecer al Padre y caminar hacia la Cruz.
Y, en el momento de agitar la rama de olivo, al tiempo que vitoreo al Cristo que amo, tengo que ser consciente de que soy un pecador y que la fuente de mi dolor es mi pecado, la principal causa de los sufrimientos y los dolores de Cristo. Pero que la fuente de mi alegría es ese amor inmenso que Jesús me —nos— tiene.
Entonces, ¿cómo voy a vivir este domingo de paradojas? Tratando de encontrar la alegría de sentir el amor de Cristo, con la fe cierta de que sus promesas de amor, felicidad y justicia van a hacerse realidad en mi vida y que me corresponde llevar mi cruz en este mundo donde todavía reina el pecado. Y cuanto mayor sea mi fe y mi confianza en Cristo más sentido le podré dar a mi vida, con mayor alegría podré vivir mi presente y con mayor confianza podré esperar en el futuro. Pero sobre todo, contemplando a Jesús como mi Rey; comprendiendo su realeza desde lo profundo de su Pasión, desde la humildad de aceptar la humillación de la coronación de espinas, del desprecio de la gente, de la muerte en Cruz, en profundo agradecimiento por cargar con mis faltas y mi dolores y glorificándolo siempre por su Resurrección, signo de esperanza para mi camino hacia el cielo prometido.

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¡Señor, hoy comienza propiamente la Semana Santa, hazme vivir humana, espiritual y sacramentalmente este acontecimiento de tu pasión, muerte y Resurrección con el corazón abierto! ¡Que cuando agite mis ramas de olivo, Señor, sea para recordar que has triunfado sobre el pecado y la muerte; no permitas que cuando pasen los días sea de los que te gritan «¡crucifícale, crucifícale!» condenándote a la cruz por mis faltas y mis pecados! ¡No permitas que me lave las manos como Pilatos, que te lapide por mi falta de amor a los demás, que sea verdugo por imponer reglas estrictas y falte a la caridad en mi vida, que dirija llamadas de interrogación a los demás, que sea un Judas que te traicione por mis comodidades! ¡Hazme ser, Señor, un Simón de Cirene, una Verónica del paño blanco, un José de Arimatea, un Juan que estuvo a los pies de la cruz! ¡Concédeme la gracia de meditar tu pasión haciéndola mía, que esta Semana que comienza sea diferente a cualquier otra del año, que tu pasión no me resulte indiferente, que tu muerte no me sea algo ajeno! ¡No permitas que sea un mero espectador que solo te glorifique y te alabe por ser Rey sino por la gratitud que te tengo por haber muerto por mi! ¡Señor, solo te pido que me muestres tu gloria para que durante estos días sea capaz de alabarte con mis palabras, con mis gestos, con mis acciones y mis comportamientos! ¡Pero sobre todo, Señor, entra en mi corazón como entraste en Jerusalén, mano y humilde y conviérteme en un creyente fiel que viva con auténtica piedad el sufrimiento de tu humanidad!

Pueri Hebraeórum, portantes ramos olivárum, obviavérunt Domino, clamántes et dicéntes: “Hosanna in excélsis” (Los niños hebreos, llevando ramos de olivo, salieron al encuentro del Señor, gritando y diciendo: “Hosanna en el cielo”), es uno de los cantos de la liturgia para la procesión de ramos que acompaña tan adecuadamente la meditación de hoy:

 

El amor perfecto de consolar a Jesús

Cuarto sábado de marzo con María en el corazón. Hoy, víspera del Domingo de Ramos, antesala de la Semana Santa, quiero honrar los dolores de María, poniéndome a disposición de su gracia omnipotente.
Cuando meditas las penas de María y la dulzura de su corazón que manifiesta a Jesús su amor más puro, comprendes que el amor perfecto es consolar a Jesús participando en sus sufrimientos para la redención de las almas y las del mundo entero.
La Virgen María no estaba en el huerto de la agonía pero, en la lejanía, su corazón se encontraba en extremo tormento, después de haber comprendido en el cenáculo los acontecimientos que se avecinaban. Comprendió que Judas iba a traicionarle, que los apóstoles iban a abandonarle y su corazón sentía en ese momento las mismas ansiedades que su Hijo; sintió una profunda unión con el alma de Cristo y, desde la oración, le ayudó como una madre puede consolar a un hijo que está triste.
Siguió María a Jesús cuando fue conducido por los guardias de un palacio a otro, humillado, ridiculizado, golpeado… María no durmió durante esa noche cuando Jesús sufrió su cruel Pasión ofreciendo los sufrimientos de esas terribles horas por la redención del mundo.
María fue testigo de la flagelación: ¡qué dolor para una madre contemplar semejante tortura! ¡Por mis pecados y los del mundo entero! ¡Qué poder te da sus penas para reclamar de Jesús la salvación inmerecida de la humanidad! Reconoces aquí su grandeza como ninguna otra a causa de estos terribles sufrimientos de compasión.
Doloroso para ella fue contemplar la coronación de espinas: esa cabeza convertida en cabeza de dolor por la fuerza del amor y la compasión. Y no pudo María sentir dolor por si misma sino por esa unión tan íntima con Jesús para convertirse en copartícipe en la Pasión de su Hijo.
Y en el camino hacia el Calvario, María contempla a Jesús por las calles portando su cruz, y con valentía se apresuró a encontrarse con Él y contemplar ese rostro cubierto de sangre, golpeado, insultado, ridiculizado, vilipendiado, odiado por la gente que le había aclamado en su entrada en Jerusalén. ¡Qué honor para una mujer ser llamada a convertirse en participe en esta obra de redención, para ser hija, madre y esposa al mismo tiempo!
Y llega el Stabat Mater. Allí está Ella, postrada al pie de la Cruz, para compartir todos los sufrimientos de Jesús pero también todas las oraciones, todos los sentimientos, todos los pensamientos. ¡Esta escena es digna de adoración, de adoración a Jesús y a María, unidos en el Corazón, Víctimas en la Cruz!
Mi corazón se une a María. Y me hace comprender que, en el drama del Calvario, la presencia de María junto a la cruz de Jesús con esa inquebrantable firmeza y esa extraordinaria valentía me tiene que llevar a afrontar mi vida, mis sufrimientos, mis padecimientos y mis incertidumbres cogido de la mano de María. Hacer como María, sostenerme por la fe, don de Dios, y ser siempre fiel a Cristo sabiendo llegar, incluso, hasta la cruz.
Hoy más que nunca quiero acoger en mi corazón a María y dejarle un espacio para que me acompañe siempre en mi vida cotidiana con el fin de que me guié como nadie en mi camino hacia la salvación.

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¡Corazón de Jesús devastado por la angustia porque cargas con mis pecados; Corazón de María, dolorida por mis faltas, dadme contrición, arrepentimiento por ofenderos por mis comportamientos egoístas y soberbios y ayudadme a no ofenderos más! ¡Te pido, María, que intercedes por mí y por el mundo entero, para que por tu misericordia y ternura obtengas del Corazón de Jesús mi conversión interior! ¡María, Madre del Redentor, que colaboras singularmente en la obra del Salvador con tu obediencia, fe, esperanza y amor concédeme estas mismas gracias para unirme a Jesús! ¡María, quiero acompañarte con el corazón roto en este día! ¡Quiero acompañarte en tu soledad, en tu dolor y en tu pena pero sabiendo que Cristo resucitará y que podremos seguir juntos el camino! ¡Te contemplo María, te amo y quiero imitarte en todo: en tu valentía, en tu coraje, en tu fe, en tu fortaleza, en tu esperanza! ¡Quiero que así sea mi vida! ¡Anhelo ir ataviado de adoración como estás Tú ante el cuerpo de Cristo! ¡Quiero despojarme de mis yoes, de mis bajezas, de mis miserias y entregarme a Tu Hijo de verdad! ¡Quiero serle fiel como lo eres Tú en este día! ¡Quiero tener la misma serenidad que presentas Tu ante el dolor y el sufrimiento! ¡Quiero tener la misma elegancia y altura espiritual que tienes Tú, Madre de la Soledad! ¡Gracias, María, porque en este Sábado Santo tu me demuestras quien eres de verdad: la Reina del Universo, la Reina de los corazones, la Reina de las certezas, la Reina de la esperanza, la Reina de los afligidos, la Reina del Amor Hermoso! ¡Ayúdame a ser humilde como eres Tú! ¡Ayúdame a ser consciente de que soy un pecador y tengo mucho que purificar! ¡Ayúdame a reconciliarme con Tu Hijo, hoy y siempre! ¡Ayúdame a abrirme a los demás! ¡Ayúdame a ser más sencillo y misericordioso! ¡Ayúdame a ser más entregado! ¡Hoy y siempre, totus tuus María!

Stabat Mater dolorosa, en este sábado víspera de la Semana Santa:

Fin de un camino impregnado de amor

La Cuaresma está llegando a su fin. Quedan pocos días para la Pascua. En estos días que han transcurrido desde la imposición de las cenizas he sentido que la Cuaresma, con todas sus privaciones, es sobre todo una historia de amor.
¿Una historia de amor? Una historia de amor. Lo siento así porque en este proceso de introspección en que te das a ti mismo entiendes al Amor que se entrega completa y voluntariamente sin reservas.
Han sido casi cuarenta días caminando con mi amado Jesús, mi Maestro, mi amigo, mi confidente, mi consolador. Llegados hasta aquí espero su gran regalo en la noche del Jueves Santo, con dolor su expiración en la cruz la tarde del Viernes Santo y la esperanza y la alegría de su Luz el Domingo de Resurrección.
Es una historia de amor porque al pie de la cruz comprendes que su vida no es una concatenación de coincidencias ciegas: su encarnación, su vida en medio de nosotros, su Evangelio, su pasión, su muerte.
Jesús va siempre más allá de su fuerza… persiste hasta el final de sus compromisos incluso si estos lo conducen inevitablemente a la cruz. Todo por amor.
En Jesús, a pesar del martirio, perdura el amor porque —y esto es lo extraordinario— ¡su amor nunca muere!
El regalo absoluto siempre da frutos. Su resurrección es solo una cuestión de tiempo porque el amor verdadero sigue siendo fructífero para siempre.
¡Donde el amor calcula, intriga, usa estratagemas para no consumirse, ese amor ya no es amor! Es solo una manera de subsistir, una especie de compromiso para mantenerse vivo.
¿Quién de nosotros no sueña con un amor que nos libere de todas las ansiedades y la angustia en lo cotidiano de la vida? Para experimentar ese amor libre no tenemos que esperar situaciones excepcionales en un ambiente romántico. El verdadero amor se vive especialmente en lo concreto de la vida. El verdadero amor sabe cómo transformar lo ordinario en extraordinario.
Mirada en perspectiva esta Cuaresma ha sido para mí un tiempo de enseñanza de un amor desinteresado y generoso más que un período de restricción de eso que me apetece, de abstenerme de comer carne todos los viernes, de dar limosnas a los que lo necesitan… Estos son solo los medios para hacer el amor mucho más concreto, efectivo, fértil… porque honestamente donde el amor es incapaz de privarse de algo, ¡ya no existe!
El amor, en su propia naturaleza, es un acto en el que el que ama se desposee a sí mismo, dirige todo su ser hacia el que ama. Y contemplando a Cristo, he revivido una profunda historia de amor. Del amor que Cristo siente por mí a pesar de mis defectos, de mis caídas, de mis miserias y de mi pequeñez.

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¡Gracias, Señor, por el amor tan grande que sientes por mi! ¡Gracias, Señor, por tu misericordia! ¡Gracias, Señor, porque me has acompañado en el desierto de esta Cuaresma en la que he podido experimentar tu cercanía y tu amor! ¡Gracias, Señor, porque me perdonas todos los errores, las faltas, los pecados y me envías tu Santo Espíritu para que profundizando en ellos tenga un auténtico arrepentimiento! ¡Gracias, Señor, porque restauras mi corazón que tantas veces se agrieta porque es frágil! ¡Gracias, Señor, porque me adentro en la Pascua sabiendo lo mucho que me amas a pesar de mis ingratitudes y desprecios que te han llevado hasta la Cruz! ¡Gracias, Señor, porque contemplo la cruz y tu completo desprendimiento por amor! ¡Gracias, Señor, porque me ayudas a llevar mis cruces con amor! ¡Gracias, Señor, porque me ayudas a conocerme mejor, a aprender de mis fracasos y de mis caídas! ¡Gracias, Señor, porque tu amor me habla mucho de entrega, generosidad, tolerancia, paciencia, esperanza, confianza! ¡Gracias, Señor, porque tu me conviertes en un amigo especial al que proteges a pesar de sus debilidades, defectos y obstinaciones! ¡Derrama, Señor, tus bendiciones sobre mi y sobre todos aquellos que me rodean! ¡Jesús, en ti confío!

A los pies de la Cruz quiero poner mi vida:

El mandamiento más olvidado de Jesús

Entre las enseñanzas de Cristo hay una que me impresiona sobre la verdadera grandeza del hombre. Hace referencia a lo que el Señor señala acerca de la humildad que debe regular la relación entre Sus discípulos. Esta enseñanza resulta de suma importancia para avanzar en mi vida interior: «El mayor entre vosotros —dice Jesús— será vuestro servidor. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
Este mandamiento de Cristo es quizás el más olvidado. ¿Quién se toma en serio estas palabras de Cristo? ¿Quién realmente considera la grandeza del hombre como un descenso? «El mayor entre vosotros será vuestro servidor». Es un mensaje que procede del mismo Cristo.
Existe una jerarquía entre los cristianos, pero a diferencia de la que ofrece el mundo, esta jerarquía es la del servicio. El mayor de los cristianos es el que está al servicio de los demás. Avanzar en la jerarquía cristiana es ponerse siempre al servicio de prójimo. En la dirección opuesta, uno que se reserva para él un lugar especial, que cree que es lo suficientemente importante como para servir a su prójimo, que piensa ocupar grados en los que tiene derecho a gastar menos que los que le rodean, que no se levanta de su pedestal de la arrogancia, la soberbia y la vanidad para no descender al nivel de los gentiles… ese vive alejado de Jesús. En la vida cristiana, en realidad, cuanto mayor es mi testimonio menos me pertenezco a mi mismo. Es la regla fundamental que Cristo enseña especialmente con su propio ejemplo.
¿No les dice a sus discípulos que vino al mundo para servir y no para ser servido? Sí, el Señor se hizo hombre para morir por cada uno y no para alcanzar la gloria humana. Vino a predicar el Reino de Dios y no a crear una escuela filosófica. Vino a dar su vida por sus amigos y no a encontrar un lugar encumbrado en el mundo. Si esto es así, nadie tiene el derecho a derogar esta regla fundamental.
Soy discípulo de Cristo antes de ser discípulo de mi trabajo, de mis reconocimientos, de mis éxitos, de mi apostolado, de mis actividades cotidianas… he sido bautizado en el nombre de Aquel que quería servir y no ser servido. Así que el único objetivo de mi vida es alcanzar el Reino de Dios, alcanzar la bienaventuranza eterna, que requiere entrega propia, trascender el egoísmo y llevar la Cruz, como la de Cristo, siendo en mi entorno, sea cual sea, discípulo del Maestro que lavó los pies de sus amigos y que fue torturado, humillado y colgado en una cruz por la redención de los pecados.

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¡Señor, tu me muestras con tu ejemplo que el sentido de la vida está en darse a los demás, en servir al prójimo! ¡Tu vida es el espejo en el cuál mirarme! ¡Y mirándote a Ti cuánto tengo que cambiar! ¡Señor, tu recorriste los caminos de Palestina para ir al encuentro de los sufrientes, de los necesitados, de los enfermos, de los olvidados, de los marginados, de los que nadie quiere, tu compartiste el pan, ayúdame a actuar como Tu, enséñame el camino para entregarme por entero a los demás! ¡Concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos y palabras, tus gestos y tu mirada! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser alguien cercano a los demás! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Señor, para que mi corazón se transforme, para que mi corazón se abra al amor, al servicio, para vivir pensando siempre en el otro y no en mí, con alegría y no con tristeza, con fraternidad y no con egoísmo! ¡Te entrego, Señor, mi corazón para que en mí ames a todos los que me rodean! ¡Te entrego, Señor, todo mi ser para que Tú crezcas mí, para que seas tú, mi Señor, quien viva, trabaje y ore en mí!

Amar y servir, cantamos hoy acompañando la meditación de hoy: