La negación de Pedro, reflejo de mis propias cobardías

Aunque Jesús advierte a Pedro que, en su última noche, le negará tres veces antes de que el gallo cante dos veces, Pedro le insiste en su fidelidad. Resulta sencillo censurar la actitud de Pedro que, en el momento de la verdad, abandona al Señor.
La huida del apóstol es el reflejo de nuestras propias cobardías; los cristianos abandonamos a Jesús cuando la tentación merodea por nuestra alma, cuando los miedos nos embargan, cuando los malos hábitos nos vencen, cuando nos acometen los deseos pecaminosos, cuando faltamos a la caridad con el prójimo…es una paradoja de nuestra debilidad porque, habitualmente, nos preciamos de la fortaleza de nuestras convicciones y nuestros valores.
La lección de Pedro es que, tras su negación, la tristeza le embarga y llega un profundo arrepentimiento. Consciente de su abandono, Pedro llora. Llora desconsolado, en canal, derramando lágrimas que purifican su debilidad. Jesús ya la conocía, como conoce la mía y, aún así —¡que paradoja la de Cristo!— sigue confiando en mi y cuenta conmigo como hizo con el resto de los apóstoles. Incluso esperaba de Judas su arrepentimiento para abrazarlo con amor. Pero Dios otorga al hombre la libertad interior para tomar el camino del bien o de la maldad.
Desde la crucifixión de Jesús los once apóstoles permanecerán agazapados, escondidos, con el peso de la culpa en el alma, con el corazón compungido por su falta de confianza, con el sentimiento de abandono en el interior, con la esperanza nublada. Su debilidad es patente… hasta la llegada del Espíritu Santo.
Dios emplea instrumentos inútiles para su obra santa, elementos quebradizos que puedan ser enderezados, almas débiles que puedan ser fortalecidas… pide que este abandono se restaure con la oración, con la vida de sacramentos, con una vida interior recia que venza las tentaciones y detenga las desviaciones del alma, con una entrega sin límite a Él y al prójimo.
Los once apóstoles prefiguran la imagen de cada hombre. De mi propia vida. Al igual que el fariseo, o el ciego o el paralítico sanados por el Señor, o las hermanas de Lázaro, o la mujer cananea o el centurión romano son imagen de nuestra imagen Jesús quiere obtener de cada situación un bien para nuestra vida.
¿Quién no se ha hecho grandes propósitos, quién no ha prometido fidelidad a Jesús y le ha abandonado a las primeras de cambio, quién no se ha comprometido con su Evangelio y es vencido por las tentaciones del demonio, quién no se ahoga en los miedos y en las incertezas, quién no cae una y otra vez en la misma piedra?
Pero siempre hay un camino de Emaús en nuestra vida. Un alejarse desmotivado por los acontecimientos vividos y un reconocer de repente a Cristo caminando a la vera del camino. Siempre hay una mano de Cristo que salva, una palabra suya que te reconforta, una ayuda para levantarte cuando has caído. A Cristo no le importa que le niegue tres veces, lo que de verdad le importa es que reconozca con tristeza que le he abandonado, que me reconozca pecador arrepentido y retorne a la casa del Padre con el corazón abierto esperando su abrazo lleno de amor y de misericordia con la profunda convicción de cambiar mi corazón y mis actitudes.

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¡Señor, no permitas que haga como hizo inicialmente san Pedro que te siguió de lejos sin comprometerse! ¡Hazme entender, Señor, que al igual que san Pedro posteriormente solo es posible seguirte manteniéndome cerca de Ti sin miedo a las consecuencias! ¡No permitas que mi cobardía me aleje de Ti; basta con tu mirada de amor, la misma que lanzaste a Pedro, para rebajar mis miedos y arrepentirme de mis abandonos constantes! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Espíritu a levantarme cada vez que caigo, a no aislarme en mi yo cuando la culpa y la tristeza me embarguen por mis faltas, a acudir a ti en el sacramento de la reconciliación para limpiar mis culpas, a creer siempre en tu Palabra! ¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, no permitas que me obstine en el gozo del pecado, no permitas que ame más las tinieblas que la luz, no permitas que me acomode en mis faltas; que cada vez que falle mi arrepentimiento vaya unido a la tristeza por haberte ofendido! ¡Dame el firme propósito de no volver a pecar, de dejar lo malo que hay en mi y tratar siempre de hacer el bien, de someter mi voluntad a la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a cambiar el corazón, a cambiar mi voluntad, a cambiar mis sentimientos, a cambiar mi actitud hacia el pecado, a que los frutos de mi arrepentimiento me acerquen más a Ti y a los demás!

Domine Exaudie, con Giovanni Gabrielli, en esta obra para la cuaresma:

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