El domingo de las paradojas

El domingo de Ramos es un día de paradojas. Por un lado, sentimos la alegría plena de la entrada de Cristo en Jerusalén. Nos regocijamos como hicieron también aquellos que lo recibieron como a un Rey agitando los ramos de olivo. El corazón palpita pues la Redención de Cristo está cerca.
Sin embargo, sabemos que hay un punto y aparte. Es su Pasión. El domingo de Ramos es también un domingo de Pasión, marcado por el dolor ante la gravedad del momento. Es la contraposición entre la gloria y el aparente fracaso porque la derrota de este Mesías ensalzado entre vítores y hosannas es, en realidad, el ejemplo más flagrante de la victoria del amor. Y esas ramas de olivo que agitadas al viento invitan a la fiesta horas más tarde, cuando le pida Jesús al Padre en el huerto de Getsemaní que pase de Él ese cáliz, le verán sudar sangre por la angustiosa visión de su pasión dolorosa. Pero Jesús no se esconde, no huye, no abandona; toma su cruz y asciende hasta lo alto del Gólgota. Allí encontrará la muerte con los brazos extendidos abrazando a la humanidad entera, la de ayer, la de hoy y la venidera.
Hoy es el domingo de las paradojas. El domingo en que Jesús inicia el camino hacia la cruz dándose a su mismo. El canto sublime del amor sin límites al ser humano. El día de su alumbramiento en Belén, en el silencio de la noche, en la soledad más profunda, los ángeles del cielo cantaron alegres:  «Gloria a Dios en el cielo». Hoy somos nosotros los que cantamos, con hizo la multitud de antaño:  «¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!»
Es fácil observar como ambas entradas de Cristo están impregnadas del amor de Dios. El amor de dar al hijo al mundo y el amor del Hijo para obedecer al Padre y caminar hacia la Cruz.
Y, en el momento de agitar la rama de olivo, al tiempo que vitoreo al Cristo que amo, tengo que ser consciente de que soy un pecador y que la fuente de mi dolor es mi pecado, la principal causa de los sufrimientos y los dolores de Cristo. Pero que la fuente de mi alegría es ese amor inmenso que Jesús me —nos— tiene.
Entonces, ¿cómo voy a vivir este domingo de paradojas? Tratando de encontrar la alegría de sentir el amor de Cristo, con la fe cierta de que sus promesas de amor, felicidad y justicia van a hacerse realidad en mi vida y que me corresponde llevar mi cruz en este mundo donde todavía reina el pecado. Y cuanto mayor sea mi fe y mi confianza en Cristo más sentido le podré dar a mi vida, con mayor alegría podré vivir mi presente y con mayor confianza podré esperar en el futuro. Pero sobre todo, contemplando a Jesús como mi Rey; comprendiendo su realeza desde lo profundo de su Pasión, desde la humildad de aceptar la humillación de la coronación de espinas, del desprecio de la gente, de la muerte en Cruz, en profundo agradecimiento por cargar con mis faltas y mi dolores y glorificándolo siempre por su Resurrección, signo de esperanza para mi camino hacia el cielo prometido.

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¡Señor, hoy comienza propiamente la Semana Santa, hazme vivir humana, espiritual y sacramentalmente este acontecimiento de tu pasión, muerte y Resurrección con el corazón abierto! ¡Que cuando agite mis ramas de olivo, Señor, sea para recordar que has triunfado sobre el pecado y la muerte; no permitas que cuando pasen los días sea de los que te gritan «¡crucifícale, crucifícale!» condenándote a la cruz por mis faltas y mis pecados! ¡No permitas que me lave las manos como Pilatos, que te lapide por mi falta de amor a los demás, que sea verdugo por imponer reglas estrictas y falte a la caridad en mi vida, que dirija llamadas de interrogación a los demás, que sea un Judas que te traicione por mis comodidades! ¡Hazme ser, Señor, un Simón de Cirene, una Verónica del paño blanco, un José de Arimatea, un Juan que estuvo a los pies de la cruz! ¡Concédeme la gracia de meditar tu pasión haciéndola mía, que esta Semana que comienza sea diferente a cualquier otra del año, que tu pasión no me resulte indiferente, que tu muerte no me sea algo ajeno! ¡No permitas que sea un mero espectador que solo te glorifique y te alabe por ser Rey sino por la gratitud que te tengo por haber muerto por mi! ¡Señor, solo te pido que me muestres tu gloria para que durante estos días sea capaz de alabarte con mis palabras, con mis gestos, con mis acciones y mis comportamientos! ¡Pero sobre todo, Señor, entra en mi corazón como entraste en Jerusalén, mano y humilde y conviérteme en un creyente fiel que viva con auténtica piedad el sufrimiento de tu humanidad!

Pueri Hebraeórum, portantes ramos olivárum, obviavérunt Domino, clamántes et dicéntes: “Hosanna in excélsis” (Los niños hebreos, llevando ramos de olivo, salieron al encuentro del Señor, gritando y diciendo: “Hosanna en el cielo”), es uno de los cantos de la liturgia para la procesión de ramos que acompaña tan adecuadamente la meditación de hoy:

 

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