Unido a Cristo en el día del amor

Jueves Santo. Un año más afrontamos uno de los días cruciales del calendario cristiano. Esta noche es el pórtico solemne en el que Jesús nos permitirá entrar en la profundidad del Triduo Pascual que dura tres días y una eternidad porque nos adentra en el secreto de su intimidad divina: antes de su sufrimiento en la Cruz nos anticipa en la Última Cena el legado de la Santa Eucaristía, centro de la vida cristiana, dándonos su cuerpo y su sangre como alimento de vida que todo lo irradia. Es la noche oscura del Huerto de Getsemaní; la noche triste del abandono de sus discípulos, la traición de Judas, la negación de Pedro, la soledad en la oración con el Padre, el arresto y el traslado al Sanedrín y la entrega a Pilatos. Es también la noche de la institución del sacerdocio y la transmisión del mensaje del amor fraterno.
Día de especial intensidad para tratar de comprender todos y cada uno de estos sucesos que nos conducen al misterio de nuestra Redención. Es el extraordinario misterio que adorna con todo su brillo y con toda su tristeza la liturgia de este Jueves Santo.
Y llegará un momento en que los sagrarios quedarán vacíos para ser conscientes de la nada esencial a partir de la cual Dios dio inicio al ser de toda la creación material, dando lugar a la historia de la salvación.
Esos sagrarios abiertos de las Iglesias del mundo, vacías del Jesús Eucaristía, son el preludio glorioso de una creación nueva y el anuncio luminoso que es la Resurrección de Cristo.
En este Jueves Santo uno se da cuenta de como la obra de Cristo se hace nueva por medio del amor y de la gracia del Espíritu Santo que reordena todo lo que el pecado había desordenado.
En este día mi propósito es acercarme al Señor como un sagrario abierto y vacío de todo aquello que estorba con el único de que entre el soplo fresco de la gracia del Espíritu para hacer nueva mi vida, para impregnarla del amor verdadero, para reordenarla y para recrear en ella la grandeza del misterio pascual. Transformado para abrazar el amor de Dios y darle infinitas gracias, agazaparse en sus brazos amorosos y afianzar todo mi ser en su misericordia y en su amor divino. Centrar mi mirada en Jesucristo que es el que revela ese amor inmenso de ese Dios que nunca nunca abandona y ser testigo de ese amor en mi familia y allí donde me mueva.

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¡Gracias, Señor, porque en este Jueves Santo me hablas de amor, de ese amor tan grande que sientes por cada uno de nosotros, de ese amor que te lleva a instituir la Eucaristía y a entregarte por la redención de mis pecados! ¡Gracias, Jesús, porque en este día asumes mi fragilidad y mis padecimientos te unes a mi asumiéndolo todo menos el pecado para hacerte uno conmigo! ¡Gracias, Señor, porque tanto amor me reconforta y me permite afianzar mi fe y mi confianza entre tantos desmoronamientos, caídas, debilidades, inseguridades y temores! ¡Gracias, Señor, porque hoy el culmine del amor, ese amor que nos has revelado a lo largo de tus tres años de vida pública en la que nos has legado tus milagros, tus gestos de amor, tu servicio, tu Palabra, tu perdón de los pecados, tu atención a los más débiles! ¡Gracias, Señor, por el legado de la Eucaristía que es el centro de mi vida que me permite recordar cada día tu sacrificio redentor! ¡Gracias, Señor, porque con la Eucaristía derribas cada día ese muro que me aleja de Dios, porque con Ella vivificas mi vida, invitas a la comunión fraterna, edificas tu Santa Iglesia, das viveza al ser cristiano, permites que nuestro amor sea universal, me invitas a ser caridad y amor, me haces más sensible al sufrimiento del prójimo! ¡Gracias, Jesús, por el legado testamental del amor fraterno que me ayuda amar al prójimo como tu me has amado! ¡Gracias, Señor, por el gran obsequio del sacerdocio por el que te haces presente sacramentalmente como pastor que cuida de sus ovejas, a través del cuál perdonas nuestros pecados, predicas tu Palabra, proclamas el amor y renuevas cada día la Eucaristía! ¡Te pido, Señor, por todos los sacerdotes, santifícalos en la verdad, fortalécelos en sus insuficiencias, sosténlos en su vocación, vivifícalos en su ministerio con tu santa presencia y hazles fieles a la gracia que han recibido del Espíritu para ser ejemplo de santidad! ¡Te pido, Señor, por las vocaciones sacerdotales y por todos aquellos que se están preparando para el sacerdocio! ¡Y, sobre todo, Señor, gracias por tu amor, por tu luz, por tu consuelo, por tu gracia, por tu fortaleza, por tu confianza en mi que soy pequeño! ¡Pongo en tus manos mis sufrimientos y debilidades y los sufrimientos de todos las personas del mundo, de los que están solos, de los enfermos, de los que padecen problemas económicos, de los que pasan hambre, de los que sufren injusticias, violencia, discriminación o enfermedad! ¡Dame, Señor, una gran fe en ti que eres uno solo con el Padre en el Espíritu Santo!

Antes de ser llevado a la muerte, cantamos hoy acompañando al Señor:

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