¿Doy importancia a la virtud de la templanza?

Vivimos en una sociedad en la que se impone el consumismo y el materialismo en el que adquirir lo que uno desea se convierte en un ideal; una sociedad que busca la vida fácil y acomodaticia, sin compromisos; una sociedad que invita a no profundizar en el yo y en reconocer las propias debilidades; una sociedad donde el egoísmo es el rey; una sociedad que se ríe de la fuerza de voluntad para alcanzar grandes metas; una sociedad que aplaude la laxitud de conciencia y que no da importancia a crear conciencias rectas y nada permisivas. Una sociedad que está alejando a Dios del centro. Podría continuar pero todos estos hechos van en contra de una virtud en desuso: la templanza.
La templanza es esa virtud que trata de alcanzar el equilibrio en la utilización de las cosas y que ordena y modera los apetitos y el uso excesivo de los sentidos sujetándolos a la razón.
Si no aplico en mi vida la virtud de la templanza y no soy capaz de dominar mis propios actos pierdo gran parte de mi libertad porque me abono la actitudes negativas y a la victoria del pecado sobre mi. Eso provoca que no pueda desarrollar las virtudes de la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la entrega, la caridad… virtudes todas ellas características del Señor y que yo, como cristiano, debería ejercitar.
Por medio de la templanza logro controlar mis pensamientos y moderar mis actos, someter mis afectos y no depender de lo material de la vida. Además, crezco interiormente, soy capaz de dominar mis apetencias, me permite ser dueño de mi mismo y conocer mejor mis debilidades, me ayuda a mejorar cada día, a estar más alegre y ser más responsable, ser más auténtico entre lo que pienso, digo y realmente hago…
Si la templanza me permite ser dueño de mi mismo, apreciar mi propia dignidad, ser más humilde y esforzarse cada día a ser mejor, ¿qué cosas me impiden vivirla?

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¡Señor, concédeme la gracia de crecer cada día a tu lado; envíame a tu Santo Espíritu para que mis esfuerzos cotidianos me lleven a ser mejor persona, a no dejarme llevar por lo negativo, a que me venzan los caprichos y los deseos mundanos, a tomar aquello que no es agradable a Dios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de dominar mis impulsos y ser siempre dueño de mi mismo no dejándome vencer por las acechanzas del demonio! ¡Envíame, Señor, a tu Santo Espíritu para que sea siempre consecuente con mis pensamientos, palabras y acciones! ¡No permitas, Señor, que vaya siempre justificando mis actos y dando falsos pretextos cuando he hecho mal las cosas o no simplemente no he actuado bien! ¡No permitas que mi voluntad mi vence y ayúdame a trabajar siempre por hacer la voluntad de tu Padre! ¡Dame, Señor, la humildad para darme a los demás, para ser consciente de mi pequeñez, de mis debilidades, de mi necesidad de Ti! ¡Dame el don del respeto al prójimo para valorarlo como es y no juzgarlo! ¡Permíteme tener siempre una conciencia recta que no navegue entre las olas del que dirán! ¡Ayúdame a comprender al prójimo, al que más cerca tengo, y dame la sabiduría para saber orientarle siempre en sus necesidades! ¡Concédeme la gracia de saber sacrificarme y mortificarme por Ti y por el prójimo! ¡Borra de mi corazón la soberbia y el egoísmo, mis comodidades, mis autosuficiencias, mi utilitario, mi permisividad, mi tibieza porque quiere acercarme más a Ti! ¡Ayúdame, Señor, a mantenerme siempre firme en mis principios y a controlar impere lo que pienso, lo que digo y lo que hago por mi propio bien y para honrarte a Ti y a los demás! ¡Bendíceme, Espíritu Santo, con esta valiosa virtud!

Dios de gracia y compasión, un canto inglés de Cuaresma de autor desconocido:

Condenado por mis pecados

Siento con profundo dolor cuando el Sumo Sacerdote condena a Jesús porque «¡Ha blasfemado!». Desde mucho antes intentan condenarlo. El momento de la resurrección de Lázaro es el culmen final. Y se les presenta la gran ocasión con las treinta monedas de plata que demanda Judas. ¡Qué pocas monedas para tan grande traición!
Presentan falsos testimonios, y Jesús calla. Le abofetean y Jesús calla. Le insultan y escupen, y Jesús calla. Le conjuran para que diga que es Cristo, el Hijo de Dios y Él, con toda la dignidad de Rey, susurra: «¡Tu lo has dicho!». No son necesarios más testigos. Es la frase que necesitan para condenarlo a muerte. El teatro que se organiza en torno a Jesús sirve para que el Sumo Sacerdote se rasgue las vestiduras y tenga un motivo para declarar sacrílegas aquellas palabras.
Siento profunda culpabilidad y desazón por esta situación que vive Jesús. Soy consciente que, al igual que carga con la Cruz por mis pecados, es prendido y condenado por ellos. Mis miserias humanas, mis connivencias con el mal y mis pecados —y los de la humanidad entera— son la causa del proceso a Jesús.
¡Que soledad la de Jesucristo! Tanto que le aclamo cada día, que le declaro mi fidelidad y mi amor, tanto y yo soy participante de su condena. Soy uno de los que están ahí presentes en el sanedrín escuchando como lo odian, le pegan, le insultan, le desprecian.
«¡Reo de muerte!». Es lo que gritan con Jesús. Y lo grito yo también porque mis pecados son parte de esta condena.
Y mi beso en la mejilla, como el de Judas, también forma parte de esta trama. Como los gritos de tantos que se agolpan en las calles para ver como se lo llevan a Herodes y a Pilatos, entre golpes y empujones. Mis traiciones a Él también forman parte de esta escena.
Todo este proceso antes de que comience su via crucis me sirve para analizar mi propia vida, el por qué tantas de mis actitudes han sido motivo para el prendimiento de Cristo, su proceso de condenación y la causa de su muerte. Y siento profundamente la necesidad de reparar mis culpas, limpiar mi interior, purificarme por medio del sacramento de la reconciliación y hacer una buena confesión para adentrarme en la Semana de Pasión con el corazón puro, limpio, lleno de amor liberado de mis pasiones, de mis egoísmos, de mi soberbia, de mis intereses, de mi yo, de todas esas actitudes que llevan el sello de mis pecados y son causa del martirio de Jesús. Y hacerlo para mirar la Pasión de Jesús con otros ojos, con otra visión sabiendo que, pese a todo, en su soledad, Jesús me ama y cruza su mirada conmigo para perdonarme siempre.
¡Anhelo la santidad, quiero la amistad de Jesús, la gracia que viene del Espíritu para no ser motivo de sus padecimientos! ¡Quiero entrar en la Semana Santa con un corazón nuevo que se ha ido transformando en esta Cuaresma que está a punto de terminar! ¡Jesús, que no me acostumbre a verte crucificado!

 

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¡Señor, te pido perdón por mis faltas y mis traiciones que son causa de tu prendimiento y de tu injusta condena a morir en la cruz! ¡Quiero encontrarme limpio de corazón esta Semana Santa! ¡Necesito, Señor, que me perdones mis pecados y tantos abandonos! ¡Te contemplo en la cruz, veo tus padecimientos, tu flagelación, los insultos que recibes, los golpes que te propinan, el desprecio con el que te tratan y soy consciente de que cada uno tiene la impronta de mi comportamiento! ¡Perdona, Señor, por el trato que te doy y te doy gracias porque aún así sigues amándome cuando a mí me cuesta amar tanto al prójimo! ¡Señor, hazme consciente de mi miseria y mi pequeñez! ¡No permitas que la soberbia y la autosuficiencia me venza, que cada vez que contemple la cruz sea conscientes de que has muerto por mi! ¡Concédeme la gracia, Señor, de avanzar cada día un poco más en el camino de la santidad soñada de la que tan lejano estoy y no permitas que continúe siendo el motivo de todos tus sufrimientos! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, de aborrecer el pecado y de luchar cada día para ser testimonio de tu verdad!

Victimae Paschali Laudes, música de Wipo of Borgoña para acompañar la meditación de hoy:

Al encuentro de San José

¡Festividad de san José! ¡Hermoso día el que nos regala la Iglesia! ¡Conmemoramos la figura de San José, el hombre que cumplirá la promesa hecha a David y que tendrá que velar por Jesús a quien Dios engendró en el seno de María para ser el Mesías de Israel! ¡San José, el protector de la humilde familia de Nazaret donde Jesús crecerá en sabiduría y gracia!
Esta misión que Dios confía a José para que se convierta en el protector y el guardián de María y Jesús se extiende a diferentes áreas de nuestra vida.
Para mí san José es más que el padre de Jesús. Es mi protector. Mi confidente. Mi amigo. Una figura que me conduce a Jesús. Al que encomiendo muchas de mis necesidades y al que pido por la Iglesia.
Al igual que san José mantuvo y protegió al Niño Jesús, el Dios hecho hombre, continúa guardando y protegiendo la presencia del Padre de manera visible y efectiva por el sacramento de la Iglesia. A san José hay que confiarle su futuro pues la Iglesia es la casa de Cristo en la tierra.
Pero san José no solo es el protector de la Iglesia. Es, asimismo, guardián de la humanidad pues la razón de ser de la iglesia como institución es anunciar la buena nueva de Cristo a todos los hombres y testimoniar a quien es camino, verdad y vida. Si uno cree en Dios, en su presencia real en la Eucaristía, en la vida de cada ser humano, en las cruces de cada día, en la fuerza de su amor y de su misericordia, necesita también de la presencia de san José como testimonio de la seguridad que Dios otorga al hombre, como hizo con este sencillo y humilde carpintero de Nazaret.
Para mí, sobre todo, san José es el protector de mi familia. Se la encomiendo cada día. Soy consciente de que él es el protector de mi hogar como fue también el guardián amoroso de la casa de Nazaret. Él me da la fuerza como padre de familia y a él encomiendo a mi mujer y a mis hijos para que seamos capaces de vivir en el amor, creciendo en la confianza, vivificándonos en el amor de Dios y tratando de evitar los envites del egoísmo, de las rasgaduras de la convivencia y de los roces del desgaste cotidiano. San José, que aparece en segundo plano en los Evangelios, es la vínculo que une a la familia de Nazaret, el que marca la senda del amor, de la fidelidad, de la entrega y la generosidad. Un testimonio para la propia vida personal y familiar.
Y este es, en definitiva, el verdadero encuentro con san José. El de protector de mi propia vida. Al igual que velaba por María, la joven doncella de Nazaret, y de Jesús, el hijo de Dios engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo, san José les acompañó en el camino de la vida, los apoyó, les ayudó a crecer calladamente en sus esfuerzos cotidianos, los consoló en sus dificultades, los estimuló en sus necesidades, les animó en la oración y les llevó al silencio de la interioridad. San José fue un padre ejemplar. El padre ejemplar. Mi padre ejemplar.
San José es uno de los pilares que me hace crecer cada día en la confianza en Dios, confianza que en él nunca se quebró.

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¡San José, padre de Jesús y esposo de María, me acerco a tu corazón santo y quiero aprender de Ti tu cumplimiento del deber, tu amor a tu familia, tu entrega en el trabajo, tu bondad con los demás, tu confianza en Dios, tu acercarte a las necesidades de tu familia, tu disponibilidad a cumplir los planes de Dios! ¡Quiero aprender de Ti la fidelidad a todas las obras, a tu esposa María, la madre de Dios, la sencillez de tus actos, el sí incondicional a la voluntad del Padre! ¡Quiero aprender de ti tu manera humilde y fiel de ser servidor de los demás! ¡Concédeme la gracia, san José, de tener tus virtudes de sencillez, de austeridad, de sobriedad, de humildad, de profundidad, de silencio y de oración! ¡Invádeme con tu silencio interior, san José, para que el ruido que me rodea no sea obstáculo para escuchar como hiciste tu el soplo del Espíritu en mi vida! ¡Concédeme, san José, a ser grande en la pequeñez como hiciste Tu y olvidarme de mi mismo para pensar más en los demás ¡Enséñame como hiciste Tú con Jesús a trabajar siempre honradamente con el trabajo de mis manos, con buenas obras y mejor actitud! ¡San José, Tu conociste las pruebas, las dificultades, los sufrimientos, los cansancios, las preocupaciones materiales y la dureza de la vida, pero lo sobrellevaste todo con paz interior, serenidad y alegría; que mi vida sea siempre como la tuya! ¡Te entrego, san José, todos mis intereses, mis alegrías y mis penas, mis deseos y mis anhelos para que los eleves al Padre!  ¡Te confío, glorioso san José, a la Iglesia para que todos los que la formamos crezcamos en santidad! ¡Te confío a todas la familias del mundo y a todos los padres de familia para que crezcamos en santidad y en nuestros hogares impere el amor, la caridad y la generosidad! ¡Te confío san José a los tristes, a los desamparados, a los que están solos, a los desvalidos, a los que no tienen esperanza! ¡Te confío, san José, mi corazón para que esté siempre abierto al misterio de Dios! ¡Te confío, san José, a los moribundos para que en el tránsito de su vida puedan llegar a Dios! ¡Te confío, san José, a todos los sacerdotes de la Iglesia para que como tu se entreguen de corazón al Señor y sean reflejo de Cristo en la sociedad!

Feliz día a todos los José y Josefas y, una oración especial, por nuestro amado Papa Benedicto XVI en el día de su santo.

En esta festividad, cantamos este himno a San José:

Enfermedades que impregnan la vida cristiana

Mi alma y mi corazón no están ajenos a quedarse infectados por los virus que destruyen la sociedad y que te dejan sin defensas espirituales. Cuando esto ocurre pierdes parte de tu identidad cristiana, te quedas como desamparado, caminando como un enfermo. Estos virus provocan enfermedades que exigen la vacuna de la renuncia, de la oración, de la confesión, de la purificación interior, de la vida sacramental con el fin de ser extirpados por completo de mi vida.
¿Pero cuáles son estas enfermedades que pueden impregnar mi vida cristiana y deben ser extirpadas de raíz para no provocar daños irreversibles en mi alma?
Doloroso es el virus de la superficialidad que te lleva a no penetrar en lo que es verdaderamente importante, que te invita a no asentar las raíces de tu vida, que te impide profundizar en la esencia de las cosas y te aferra a lo aparente, frívolo, trivial y hueco de la vida.
Extendida está la enfermedad del egoísmo que sitúa al hombre en la cumbre del narcisismo más exacerbado. El egoísmo es el gran enemigo de la alegría pues, al levantar muros de indiferencia hacia el otro, hace crecer el amor por uno mismo atendiendo desmedidamente los propios intereses sin importar los ajenos.
Insertado en el corazón humano está el virus del individualismo que comporta la autosuficiencia, el sentirse fuerte, suficiente y provoca no solo el debilitamiento del propio yo sino que la destrucción de lo que tienes más cercano que es la propia familia por esa incapacidad de promover en su seno el don del amor, la generosidad y la caridad.
De la misma familia está el virus del relativismo que te lleva a vivir una vida de apariencias, de máscaras, de depender de las opiniones ajenas y del qué dirán, que te lleva a cambiar de idea según el entorno en el que te mueves, que no te permite distinguir el bien del mal porque todos los puntos de vista son válidos y porque toda verdad es relativa.
Diseminado como una lepra está el virus de la tibieza caracterizado por la aridez del espíritu frente a las cosas de Dios, que apoca la voluntad para hacerla caer en un estado de indiferencia, que permite dejarte caer en el desaliento de aceptar la idea de que la santidad no es algo hecho para ti, que te lleva desistir de corregir tus defectos, que relaja tu espíritu, que te lleva a aceptar valores alejados de la verdad cristiana y que te aleja de lo que antes te suponía esfuerzo para abrazar la comodidad y la vida fácil.
Habitual es la enfermedad del consumismo que lleva a devorar todo con ansiedad, a acaparar lo que no se necesita de manera compulsiva, sustituyendo el tener más a la religión, a la familia y a los valores y llenando de vacío interior el corazón.
Necesitado de cura el virus del hedonismo que te aboca a la tiranía del instante, al anhelo del placer superponiéndolo a la moral, que excluye todo tipo de moderación y que trata de disfrutar sin límites del momento a costa de lo que sea en una búsqueda incesante de experiencias placenteras y sensaciones nuevas cada vez más excitantes.
Cada vez más extendido por la proliferación de la exaltación del yo en las redes sociales el virus del narcisismo que provoca que el individuo se adore a si mismo, que se crea el centro del mundo, obsesionado con su propio yo, creando la marca del yoísmo, consecuencia natural de una cultura donde prima el consumo y que desconecta a la libertad de la responsabilidad.
Y, impregnado en el alma, el virus del conformismo en las costumbres y las ideas que te lleva a conformarte con valores, actitudes y comportamientos del mundo y del ambiente social en el que te mueves pero que aplana tus valores espirituales y te aleja de la oración que se convierte en algo aburrido pues ¿a quién le interesa enfrentarse a su propia verdad, a su propia naturaleza, a su miseria humana y espiritual?
Pero Dios nos quiere sanos. La sanidad del hombre exige una cura integral. Comienza por medio de un encuentro con Jesús como Salvador y continua con la gracia del Espíritu Santo que trae como resultado un corazón nuevo y un espíritu libre de las ataduras de lo mundano.
Queda poco para que termine la Cuaresma. ¿He profundizado en las enfermedades que minan mi alma y destruyen mi corazón?

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¡Ven Espíritu Santo, transforma mi vida para que renazca de nuevo, para abandonarme a tu amor, para romper los muros que hay en mi corazón, para extirpar las enfermedades de mi alma, para abonarme a la verdad, para purificarme interiormente, para crecer en santidad! ¡Moldéame, Espíritu Santo, para cambiar según los planes de Dios, enfrentar mi vida consciente de lo que soy, para dejar atrás lo que me aparta de Él! ¡Sana mi corazón, Espíritu de Dios, para alcanzar la santidad! ¡Cámbiame, Señor, ya no quiero ser igual!

Y eso es lo que le pedimos cantando: renuévame, Señor, Jesús:

 

¿Qué miedo tengo a presentarme ante Dios con toda mi desnudez humana y espiritual?

Tercer fin de sábado de marzo con María en el corazón acompañando a María en el Calvario, en ese momento en que Jesús es despojado de sus vestiduras.
Fue en Belén la primera vez que la Virgen vio desnudo al Niño Jesús, creado a imagen y semejanza de Dios. Lo acurrucó con una sábana y se lo puso en el regazo. Aquella noche fría María protegió con sus brazos al mismo Dios.
Ahora, aquel cuerpo hermoso, bien formado, a semejanza del de su Padre, está desollado a consecuencia de una flagelación cruel. Los golpes le han magullado el cuerpo y el peso de la cruz le ha dejado heridas profundas. Viendo aquel despojo humano María siente gran dolor en el corazón aunque es consciente del valor redentor de la Pasión de Jesús.
Y a Jesús le despojan de las vestiduras. Su único ropaje es la sangre que cubre su cuerpo. Su túnica, tejida de una sola pieza como símbolo de la unidad de la Iglesia, es sorteada. Y queda tan desnudo como nuestros primeros padres, sin nada que le cubra. Queda marcado como un marginado, como un derrotado, como un ser despreciado a los ojos de la sociedad, expuesto al escarnio y a la deshonra.
María contempla la escena llena de tribulación consciente, sin embargo, de que Jesús, despojado de sus ropajes, asumiendo la condición de hombre, muestra como el ser humano puede llegar a perder la luz de Dios.
Observando esta escena junto a María, ¿por que tengo con tanta frecuencia miedo de permitirle a Dios que me despoje de lo que sea su voluntad sin que interfiera en mi fidelidad hacia Él? ¿Por que tengo tanto reparo en confiar en Dios como confiaron María y Jesús? ¿No será que me cuesta desnudarme de todos mis afectos y necesidades humanas y materiales y soy incapaz de ponerme en las manos amorosas del Padre? ¿Tengo miedo a presentarme ante Dios con toda mi desnudez humana y espiritual? ¿Qué miedo tengo en el caminar cotidiano a ser desnudado por las críticas, por los juicios ajenos, por los comentarios del prójimo, por las miradas de reprobración si Dios ya conoce mis miserias?
¡Señor, permíteme cubrir tu desnudez con todo mi amor!

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¡María, Madre del Amor Hermoso, te necesito para que me ayudes a desnudarme de todas mis afectos terrenales, de mis egoísmos, de mi soberbia, de mi falta de caridad, de mis rencores, de mis autocomplacencias… y una vez despojado de las vestiduras del pecado poder presentarme ante tu hijo con la desnudez de la verdad! ¡Te doy gracias, María, porque con tu sí permitiste a Jesús redimirnos del pecado! ¡Gracias, María, porque por medio de la encarnación Dios se hizo hombre en tu seno y por Él te has convertido en corredentora del género humano! ¡María, tu supiste lo que es la humillación y el descrédito cuando viste a Jesús caminar hacia el Calvario; tu me haces comprender que en el camino de la cruz se producen muchos humillaciones! ¡Ayúdame, María, a mantenerme firme cuando se me desnude con las críticas, con los juicios a mi persona, con los comentarios que hieren en el corazón; dame la gracia de mantenerme firme, íntegro y sereno como hiciste Tu e hizo Jesús! ¡Hazme entender María que para portar la cruz no son necesarios los oropeles! ¡Ayúdame a desprenderme de todo lo que me cubre y es innecesario para ser libre y desde esa libertad poder exclamar como hiciste Tu el hágase en mi según tu palabra!

Nos acompaña hoy una hermosa obra de Mendelssohn para Semana Santa:

¿Es posible ser perfecto como el Padre celestial es perfecto?

Conciliar el ideal de perfección que tiene Dios con mi imperfección es una tarea ardua y difícil.  Pero el mensaje, pronunciando por Jesús al término de su sermón en el monte de las Bienaventuranzas, es claro: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).
La llamada de Jesús a ser perfectos es una norma que establece para cada uno de nosotros; siendo realistas, ¡parece imposible cumplirla! La exigencia de Jesús está fuera de toda duda pero, tal vez, lo mejor hubiese sido que seáis un tanto por ciento generosos, otro tanto por ciento honrados, otro tanto por ciento serviciales, otro tanto por ciento amorosos… o sed lo que podáis según vuestras capacidades.
Pero el mensaje es contundente: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». ¿Qué significa y qué implica ser perfectos en un mundo tan difícil de vivir y con tanta miseria que se acumula en mi interior? Dios, que es justo, misericordioso y, por encima de todo, amoroso es conocedor de nuestros pecados y no puede permitir que cada uno establezca por su cuenta sus propias normas. El ideal de la perfección es imposible de cumplir. Siendo realistas nadie la alcanzará por su naturaleza pecaminosa, por esa tendencia tan propia del ser humano de caminar aferrados a la soberbia, al egoísmo, al rencor, a la falta de caridad, al juicio ajeno, a buscar sus propias comodidades…
Ante este panorama, ¿vale la pena esforzarse? ¿compensa vivir, tratando de llegar a la perfección aún a sabiendas de que nunca llegaré a ser perfecto? Vale la pena y compensa porque hay un elemento que lo puede todo. La gracia. La gracia santificaste de Dios que se derrama sobre cada uno como un don sagrado. Entre lo que uno es y lo que está llamado a ser se irradia de manera gloriosa la gracia que el Padre, por medio del Espíritu, derrama sobre cada ser humano abierto a su misericordia. Es un regalo que no tiene precio, es un obsequio dadivoso fruto de un amor infinito e inagotable. La misericordia de Dios, que en esta Semana Santa que se avecina, deja su impronta en la entrega de su Hijo, con su pasión, su muerte en cruz y su gloriosa resurrección, cumplió con creces nuestra desventura, nuestro fracaso y nuestra imperfección.
Uno puede vivir condicionado por la búsqueda de la perfección y reconocer que nunca la alcanzará por si mismo. Por medio de la oración, de la vivencia de la Palabra, de la vida sacramental, puede ir moldeando sus imperfecciones. Cuenta con la estima de Dios, su misericordia es tan extraordinaria que Su gracia irradia este esfuerzo por medio de la transformación interior.
«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Sí, el ideal de Dios es la perfección. Entonces contemplas la cruz. Comprendes su valor redentor. El clima de libertad y de amor que se respira allí. Y asumes con el corazón abierto que el nexo de unión entre mi perfección y la del Padre celestial, radica en Jesucristo. Él es lo que lo hace todo nuevo y nueva puede hacer mi vida si me dejo llenar de Él, con la gracia, la fuerza y los dones del Espíritu.

 

orar con el corazon abierto

¡Ayúdame, Señor, a recorrer el camino de la perfección! ¡Concédeme la gracia, Señor, de renovar mi interior, de cambiar mi vida, de buscar cada día la santidad! ¡Ayúdame a reconocerme siempre pecador y desde mi pequeñez tender hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que olvide que estoy llamado como cristiano a la santidad cumpliendo tus mandamientos, renunciando a todo para seguirte a. ti, para lograr una entrega más completa a Ti, entregándome más a los demás! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a aprender a renunciar, a perfeccionar mi vida personal, a responder a las aspiraciones que me pides en mi vida cotidiana! ¡Concédeme la gracia de perfeccionar mi fe, de atender el «sígueme» que pides para mi vida con todas las renuncias que comporta, con una confianza ciega en tu amor, para fortalecerme en mi caminar y para no caer ante los problemas y las dificultades! ¡Ayúdame a tener ser consciente de la perfección de la esperanza que me sitúa en la perspectiva de la vida eterna! ¡Ayúdame a perfeccionar mi amor hacia el Padre, amándolo por encima de todas las cosas, para cumplir con el mandamiento que nos has dado de Amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi fuerza! ¡Ayúdame a perfeccionar mi vida con un amor verdadero al prójimo, como expansión del amor hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que el egoísmo, la soberbia o todos los pecados que inundan mi corazón se conviertan en barreras que me acerquen a la perfección! ¡Dame el don de la caridad, por medio de tu Santo Espíritu, para acercarme a los que sufren injusticias, para socorrer a los que sufren soledad, a los que están abandonados! ¡Dame un corazón humilde para dar testimonio de tu verdad, un corazón manso que no juzgue, ni condene, que perdone con alegría, que busque siempre la reconciliación y el amor, que ponga siempre por delante la verdad de tu Evangelio! ¡En estos días, sobre todo, que mi apostolado verdadero mostrar el testimonio de la Cruz y la luz que eres Tu, Señor! ¡Ábreme a la perfección, Señor, porque al cielo quiero llegar!

Del compositor ruso Mihail Ippolitov-Ivanov escuchamos hoy su obra Bendice, alma mía, al Señor, una pieza sencilla pero muy bella a la vez:

Orar alabando a Dios

Me gusta orar con los salmos. De hecho en esta página hay una sección que invita a rezar con estos himnos tan hermosos. Ayer pensaba: ¿Cuál es el idioma que deben hablar en el cielo? Y, a ciencia cierta, debe ser la alabanza. Por medio de la alabanza el hombre ofrece y entrega su vida a Dios. Cuando uno alaba al Padre le expresa su amor, su confianza, su entrega, se pone a su disposición, manifiesta abiertamente que Él es el Señor dueño de su vida y de todo lo que posee, digno de nuestros anhelos, sueños y esperanzas. Por eso la alabanza es tan hermosa porque uno se despoja de si mismo para poner toda su atención en el Creador.
Cuanto más alabo más perfecciono el idioma celestial. Y, como allí, en la eternidad, el idioma debe ser la alabanza —en ella todo es alegría, esperanza, gozo y acción de gracias—, con más motivo debo aprender en mi vida terrena este lenguaje de la gloria eterna. Aquí, en mi mundo, aunque mi vida esté vida repleta de pesares y de angustias, de pruebas y pérdidas, de momentos alegres y exitosos, aunque haya ganado o perdido infinidad de batallas o esté sometido a situaciones de dolor profundo, tengo en la alabanza una unión estrecha con el Padre que todo lo da y todo lo permite. Y lo puedo hacer de diferentes maneras. Con el corazón abierto cantando el «Te doy gracias, Señor, de todo corazón y proclamaré todas tus maravillas» (Sal 9:2) o con el «¡Aleluya! Doy gracias al Señor de todo corazón, en la reunión y en la asamblea de los justos» (Sal. 111:1); con la rectitud de corazón con el «Te alabaré con un corazón recto, cuando aprenda tus justas decisiones» (Sal 119:7); con el alma pura con el «Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre» (Sal 103:1); con la alegría de la fe con el «Aclame al Señor toda la tierra, prorrumpan en cantos jubilosos» (Sal. 98:4); con los labios y el bello «Porque tu amor vale más que la vida, mis labios te alabarán» (Sal. 63:4), con la petición de ayuda a la alabanza y el «Abre mis labios, Señor, y mi boca proclamará tu alabanza» (Sal. 51:17) y así un infinidad de salmos para cultivar una vida alabanza, para una oración piadosa, para aprender a vivir en tiempos difíciles, para centrar mi vida en Dios, para hacer de mi vida una vida de alabanza, para proclamar que Dios more en mi, para hacer que mi corazón cante, para tener un hambre profunda de Dios, para ser espejo del mismo Dios, para llevar una vida interior piadosa, para controlar mis emociones, para esperar en Dios, para no dejarse vencer por la tentación, para responder a los ataques del enemigo, para no alterarse ante las dificultades de la vida, para alabar la misericordia de Dios, para cultivar un corazón repleto de agradecimiento, para celebrar las obras del Señor y su infinita bondad, para tener un conocimiento profundo de mi vida como cristianos, para ser conscientes de la brevedad de la vida, para vivir sabiamente…
Al Señor se le encuentra también en los Salmos. Es más sencillo y asequible que buscarlo en lo enrevesado del mundo. El Señor desea la transformación del corazón y la mente del hombre para que pueda amarle y glorificarle como transformó también los corazones y la mente de aquellos que, siglos atrás, escribieron los salmos que hoy nos iluminan.
¿Que es lo hermoso de los salmos? Que son palabras que van del corazón de Dios al corazón del hombre y del corazón del hombre al corazón de Dios. Son oraciones de encuentro, en una oración íntima y personal.

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¡Padre bueno, tuyas son la alabanza, el honor y la gloria! ¡Padre bueno, tuyas son la alabanza, el honor y la gloria, solo Tú eres digno de ser alabado y bendecido! ¡Por eso hoy y siempre, Padre, te alabo y te bendigo porque eres grande, bondadoso, todopoderoso, generoso, fiel! ¡Te bendigo, Padre, con los ángeles del cielo, con los santos que moran junto a ti en la eternidad, con las almas y los espíritus justos que la gloria celestial gozan de tu compañía! ¡Te alabo y te bendigo por la Creación, por todo lo que nos das y nos ofreces! ¡Te bendigo, Padre con el Hijo y con el Espíritu Santo y os ensalzo con himnos por los siglos de los siglos! ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra! ¡Bendito seas, Padre, porque derramas desde el cielo sobre mi tu infinita misericordia, porque te inclinas sobre mi miseria desde la cruz, porque nos has dado a Jesus como salvador, hermano y redentor; porque nos has dado a María como Madre; porque me llenas de tu amor, porque me das siempre el abrazo del perdón, porque me acoges con los brazos abiertos cada día de mi vida! ¡Alabanza a ti, omnipotente, altísimo, bondadoso Señor, pues tu eres digno de toda bendición! ¡Te canto a Ti, Señor, que te has coronado de triunfo desde la cruz y eres mi fuerza y mi salvación! ¡Ten ensalzo a Ti, Padre, que eres mi Dios, hacedor de maravillas, que sorprende con Tus portentos, por Tu gran amor me guías y me rescatas; por Tu fuerza me llevas a Tu santa morada, eres mi roca, mi amparo, mi libertador, mi escudo, mi protector y mi salvador! ¡Te invocamos, Señor, porque eres digno de toda alabanza, me glorío en Tu nombre santo, me refugio en Ti y en Tu fuerza, busco siempre Tu presencia para recordar las maravillas que has realizado en mi, Tus milagros y tus sorpresas! ¡Te alabo porque eres grande, y digno de toda alabanza! ¡Te alabo, Señor, porque eres bueno, y Tu gran amor perdura para siempre. Bendito seas, Señor, Dios, desde siempre y para siempre!

Hoy ofrecemos alabanzas a Dios:

Hoy no me apetece rezar

«Hoy no me apetece rezar» o «Hoy no tengo ganas de hacer mi oración». Estas expresiones son más comunes de lo que parecen. En el momento de la oración emergen siempre las excusas. Confieso que no me libro de ellas. Hay días que al entrar en el templo o al empezar la oración en casa me encuentro inquieto, poco comprometido, con la cabeza pensando en otras cosas… comenzar la oración me cuesta.
Entré ayer en una iglesia sin demasiada ilusión; me había hecho el propósito de quedarme unos cinco minutos, un «cumplir» vaya. Cansado por la jornada, hastiado por las cargas del día, agotado por los compromisos me arrodillo ante el sagrario. «Señor, con toda la franqueza te digo que hoy no me apetece quedarme mucho tiempo; así que no esperes que me quede aquí acompañándote más de lo normal». Mas claridad y franqueza, imposible. Cuando me siento en el banco invoco al Espíritu: «Ablanda este corazón duro y egoísta». Le explico al Señor —aunque Él ya lo sabe— lo que ha sucedido hoy. Es el diálogo con el amigo. Distraído, miro el reloj continuamente a la espera que vuelen los cinco minutos. «Hoy no me quedaré más, en cinco minutos ya me marcho», me repito.
Pero entre alabanzas, acción de gracias, petición de intercesión por un amigo, volcar mis emociones y mis sentimientos, expulsar aquello que llevo dentro y necesita ser sanado, alegrías que pasan tantas veces desatendidas… ha transcurrido media hora larga. Son los cinco minutos más largos de la historia. Tengo que reconocerlo. Salgo del templo con una alegría desbordante, con un talante nuevo, con una serenidad inexplicable. He sido fiel al Amigo; el Amigo ha sido fiel conmigo.
En el silencio del sagrario, allí donde siempre me espera el Señor, Él comprende mis anhelos y mis angustias. Conoce a la perfección cuál es mi verdadero estado de ánimo. El tiene la llave de mi corazón, solo espera que le autorice para abrirlo.
La enseñanza es clara, directa. La desgana vence habitualmente al ánimo cuando uno tiene que enfrentase a la oración. Si esperas que te venga, por si sola no lo hará. En la oscuridad de la desgana se trata de buscar la luz, salir de la aridez del desierto, del secarral árido del corazón.
Suele ocurrir siempre igual. Al llegar a lo profundo la perspectiva cambia: todo es alegría, esperanza y luminosidad. Hay que dejarse amar por Jesús. Él te ofrece, misteriosamente, lo que necesitas para comunicarse contigo. Envía tu Espíritu para abrir el corazón. No importa el silencio; Jesús también habla en el silencio; a veces también parece guardar silencio a la espera que tu comiences a hablar.
Cuando dices «Hoy no me apetece rezar» o «Hoy no tengo ganas de hacer mi oración» es el momento clave para que Dios actúe, para se produzca ese encuentro fortuito y especial en el que el amor del Padre se desborda sobre ti. Porque Dios es tan sorprendente que le gusta hacerse el encontradizo con el hombre, al que conoce tan bien. Él ya sabe de la aridez del corazón, el estado de ánimo de su interlocutor. En ese «no me apetece o no tengo ganas» hay una respuesta interior del Espíritu que te anima a despreocuparse para que abras el corazón porque cuanto menores son las perspectivas mayores son las fuerzas que te ofrece Dios.

 

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo, tu me llamas a tener fe, confianza y esperanza! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón al don de Dios, para que también sea corredentor, compañero y servidor, para ser don de Dios para los demás! ¡Espíritu Santo, dulce habitante de mi corazón, abrémelo porque habitualmente lo tengo cerrado y Jesús no puede entrar en él! ¡Abrémelo para que entrando Tú me hagas entender que Jesús es mi Señor con el que todo lo puedo, que me comprende y me acompaña! ¡Hazme, Espíritu Santo, atento a tus inspiraciones, para escuchar las cosas que susurras a mi corazón para que camine con firmeza en la vida cristiana y pueda dar testimonio de que soy seguidor de Jesús! ¡Hazme dócil a tus enseñanzas y a tus inspiraciones! ¡Señor, tu llamas a la puerta de mi corazón y quieres entrar, no permitas que te deje fuera porque te necesito y anhelo que transformes mi vida y la llenes de tu amor, de tu bondad y de tu misericordia! ¡Tú, Señor, prometes entrar en mi ser y sabes lo importante que es Tu presencia en mi vida, me llena de fortaleza y sabiduría para emprender cada una de mis jornadas con total entrega y confianza! ¡Toca, Señor, mi corazón y hazlo coherente entre lo que digo y hago! ¡Concédeme la fortaleza y la coherencia para vivir con intensidad tu Palabra y ponerla en armonía con mis acciones y obrar según tu voluntad! ¡Ayúdame a caminar por senderos de sinceridad, de humildad, de sencillez, de servicio, de generosidad, abriendo mi corazón al amor y a la verdad y convertirme en un auténtico testigo de tu bondad! ¡Ven a mi vida, Señor, y ayúdame a ser transparente en todos mis actos, con el corazón siempre abierto, para reflejar en mi mirada, mis gestos, mis palabras y mis acciones que eres Tú quien habita en mí! ¡Guíame y capacítame por medio de tu Santo Espíritu para enfrentar los retos de mi vida con la mejor actitud! ¡Gracias, Jesús, por confiar en mí a pesar de mis constantes abandonos! ¡Gracias por tu inmenso amor, Jesús, que no merezco por mi miseria y mi pequeñez!

Le pedimos al Espíritu que nos toque el corazón con esta canción:

¿Cómo se encuentra el templo de mi corazón?

Mercadeamos con todo. Convertimos nuestra vida en una subasta que se mueve en función de los intereses personales. Como en la sociedad prima lo externo, ofrecemos la máscara de lo externo para no profundizar en lo interior. Y, en estas, también queremos comprar nuestra relación con Dios. Y con Cristo. Y, haciéndolo, ponemos en peligro nuestra salvación.
Nos cuesta entender que la vida cristiana no es un mercado en el que todo se negocia porque Dios no es negociable. Dios no se puede comprar ni vender pues Dios es todo gratuidad: su amor, su misericordia, su gracia, su perdón, su benignidad… todo lo ofrece gratuitamente incluso a su propio Hijo, la mayor donación por amor en la historia de la humanidad.
Soy templo del Espíritu Santo, quien habita en mi porque Dios así lo ha querido. Soy un templo que debo respetar eliminando de mi interior todo aquello que vaya en su contra. Eliminar lo que no es santo, lo que es pecaminoso y me aparta de Él.
Mi corazón no puede ser como un bazar en el que se mercadea con todo, que se alimenta de las cosas mundanas, de sus placeres y de sus perversiones porque un templo es un lugar de adoración, de alabanza, de sacrificio, un espacio que sea agradable a Dios.
Jesús anhela habitar en mi corazón pero quiere hacerlo en un lugar limpio, puro y pulcro, un corazón en la que no haya dobleces ni fingimiento ni falsedad.  Jesús quiere hacer morada en mi corazón.
La Cuaresma es un tiempo adecuado para preguntarme cómo se encuentra el templo de mi corazón. ¿Está preparado para vivir la semana de Pasión y la gloria de la Resurrección? ¿Está atento a los signos que Jesús me quiere dar para alcanzar mi salvación? ¿Refleja cada día la decisión de seguir a Cristo y ser la continuación de su ministerio en mi entorno personal, familiar o laboral? ¿Le siento realmente en mi vida, soy consciente de su dulce presencia en mi corazón, guiándome para hacer lo correcto, obedeciendo sus mandamientos y buscando su comunión diariamente? ¿Me esfuerzo por tratar mi cuerpo como un don sagrado de Dios? ¿Comprendo la importancia que tengo en el Plan de Salvación? En definitiva, ¿me siento llamado a ser un lugar donde el amor y la gracia de Dios sean acogidos y comunicados?
Muchas preguntas que me animan a hacer limpieza y reconocer esa suciedad que hay impregnada en mi corazón. Una invitación a volver a nacer del Espíritu en esta renovación interior para convertir mi vida en un templo vivo de Dios y no en un mercado de bienes consumibles, de usar y tirar.

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¡Señor, te entrego mi pequeñez, mi nada,  lo poco que soy; te presento la debilidad de mi corazón egoísta; te entrego mi necesidad de cambiar; te presento mi cuerpo; te lo presento todo porque quiero glorificarte y alabarte, quiero que mores en mi interior y te sientas cómodo; no quiero poner por delante ni mis pasiones, ni mis vanaglorias, ni mis vanidades ni las tentaciones que me rodean porque éstas solo manchan el templo de mi corazón que es obra tuya y que tiene que convertirse en un lugar para adorarte en espíritu y en verdad! ¡No permitas que en mi interior levante ningún ídolo ni me crea un dios en minúsculas porque esto solo me aleja de Ti1 ¡Te pido, Señor, que hagas tu obra en mí; que por medio de tu Santo Espíritu me purifiques, me renueves y me salves; que me cambies por amor de tu nombre! ¡Que llenes mi interior para que mi corazón desborde de amor, de perdón, de paz, de serenidad, de misericordia! ¡Concédeme, Señor, por medio de tu Santo Espíritu estar siempre atento a las claves de tu salvación para alimentar lo positivo que hay en mí! ¡Que sea capaz de no entristecerte, Señor, que te busque siempre, que me purifique con la penitencia y con el sacramento de la reconciliación, que te encuentre en la Eucaristía cotidiana, que mi vida sea un permanente darme a los demás, una vida de piedad que adora y escucha, que ora y sabe perdonar y pedir perdón! ¡Conviérteme, Espíritu Santo, en alguien en escucha constante de la Palabra de Dios, abierto a darse y alabar al Señor! ¡Concédeme la gracia, también de ayudar al prójimo a limpiar su corazón y acercarlo al Señor que es y debe ser el centro de mi corazón!

Hay una unción aquí, cantamos al Espíritu Santo:

La negación de Pedro, reflejo de mis propias cobardías

Aunque Jesús advierte a Pedro que, en su última noche, le negará tres veces antes de que el gallo cante dos veces, Pedro le insiste en su fidelidad. Resulta sencillo censurar la actitud de Pedro que, en el momento de la verdad, abandona al Señor.
La huida del apóstol es el reflejo de nuestras propias cobardías; los cristianos abandonamos a Jesús cuando la tentación merodea por nuestra alma, cuando los miedos nos embargan, cuando los malos hábitos nos vencen, cuando nos acometen los deseos pecaminosos, cuando faltamos a la caridad con el prójimo…es una paradoja de nuestra debilidad porque, habitualmente, nos preciamos de la fortaleza de nuestras convicciones y nuestros valores.
La lección de Pedro es que, tras su negación, la tristeza le embarga y llega un profundo arrepentimiento. Consciente de su abandono, Pedro llora. Llora desconsolado, en canal, derramando lágrimas que purifican su debilidad. Jesús ya la conocía, como conoce la mía y, aún así —¡que paradoja la de Cristo!— sigue confiando en mi y cuenta conmigo como hizo con el resto de los apóstoles. Incluso esperaba de Judas su arrepentimiento para abrazarlo con amor. Pero Dios otorga al hombre la libertad interior para tomar el camino del bien o de la maldad.
Desde la crucifixión de Jesús los once apóstoles permanecerán agazapados, escondidos, con el peso de la culpa en el alma, con el corazón compungido por su falta de confianza, con el sentimiento de abandono en el interior, con la esperanza nublada. Su debilidad es patente… hasta la llegada del Espíritu Santo.
Dios emplea instrumentos inútiles para su obra santa, elementos quebradizos que puedan ser enderezados, almas débiles que puedan ser fortalecidas… pide que este abandono se restaure con la oración, con la vida de sacramentos, con una vida interior recia que venza las tentaciones y detenga las desviaciones del alma, con una entrega sin límite a Él y al prójimo.
Los once apóstoles prefiguran la imagen de cada hombre. De mi propia vida. Al igual que el fariseo, o el ciego o el paralítico sanados por el Señor, o las hermanas de Lázaro, o la mujer cananea o el centurión romano son imagen de nuestra imagen Jesús quiere obtener de cada situación un bien para nuestra vida.
¿Quién no se ha hecho grandes propósitos, quién no ha prometido fidelidad a Jesús y le ha abandonado a las primeras de cambio, quién no se ha comprometido con su Evangelio y es vencido por las tentaciones del demonio, quién no se ahoga en los miedos y en las incertezas, quién no cae una y otra vez en la misma piedra?
Pero siempre hay un camino de Emaús en nuestra vida. Un alejarse desmotivado por los acontecimientos vividos y un reconocer de repente a Cristo caminando a la vera del camino. Siempre hay una mano de Cristo que salva, una palabra suya que te reconforta, una ayuda para levantarte cuando has caído. A Cristo no le importa que le niegue tres veces, lo que de verdad le importa es que reconozca con tristeza que le he abandonado, que me reconozca pecador arrepentido y retorne a la casa del Padre con el corazón abierto esperando su abrazo lleno de amor y de misericordia con la profunda convicción de cambiar mi corazón y mis actitudes.

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¡Señor, no permitas que haga como hizo inicialmente san Pedro que te siguió de lejos sin comprometerse! ¡Hazme entender, Señor, que al igual que san Pedro posteriormente solo es posible seguirte manteniéndome cerca de Ti sin miedo a las consecuencias! ¡No permitas que mi cobardía me aleje de Ti; basta con tu mirada de amor, la misma que lanzaste a Pedro, para rebajar mis miedos y arrepentirme de mis abandonos constantes! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Espíritu a levantarme cada vez que caigo, a no aislarme en mi yo cuando la culpa y la tristeza me embarguen por mis faltas, a acudir a ti en el sacramento de la reconciliación para limpiar mis culpas, a creer siempre en tu Palabra! ¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, no permitas que me obstine en el gozo del pecado, no permitas que ame más las tinieblas que la luz, no permitas que me acomode en mis faltas; que cada vez que falle mi arrepentimiento vaya unido a la tristeza por haberte ofendido! ¡Dame el firme propósito de no volver a pecar, de dejar lo malo que hay en mi y tratar siempre de hacer el bien, de someter mi voluntad a la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a cambiar el corazón, a cambiar mi voluntad, a cambiar mis sentimientos, a cambiar mi actitud hacia el pecado, a que los frutos de mi arrepentimiento me acerquen más a Ti y a los demás!

Domine Exaudie, con Giovanni Gabrielli, en esta obra para la cuaresma: