Preguntas que ponen en evidencia mi ser cristiano 

Allí por donde fuera Jesús irradiaba todo de su alegría, de su ternura, de su bondad, de su generosidad, de su verdad… ¿Actúo también yo así? Sus discípulos se maravillaban cada día con la dulzura y ternuras de sus gestos y de sus palabras. ¿Pueden decir lo mismo de mí? Jesús se mostraba gentil y bondadoso con quien se encontraba, impregnándolo todo con el aroma del amor. ¿Hago lo mismo yo que el Señor?
Jesús se ponía en la realidad del que tenía enfrente, comprendía su corazón y expresaba una auténtica comprensión y mostraba una compasión sincera con aquel que se cruzaba en su camino. ¿Son así mis actitudes respeto a los demás? No manifestaba Jesús lástima por el prójimo sino una tierna e infinita compasión que iba más allá de los límites del amor. ¿Siento lo mismo por el que sufre?.
La amistad de Cristo era auténtica pues sus ojos leían en lo profundo del corazón y la mente del que tenía delante para acoger su realidad. ¿Cómo es mi mirada respecto a los que tengo cerca? Además, Jesús comprendía a la perfección las necesidades de cada ser humana y era capaz de tener muy presentes cada uno de sus esperanzas y anhelos. ¿Son para mí prioritarias las necesidades de los demás?
No mostró Jesús jamás indiferencia ante el sufrimiento de las personas y una característica de su actuar era que les ayudaba y sanaba su aflicción sin que sintieran lástima de sí mismas. ¿Puedo decir lo mismo de mí?
La característica principal de Jesús era su capacidad de amar profundamente a cada hombre, a cada mujer y a cada niño sin juzgar ni mirar más allá de su pasado o de su realidad presente. ¿Cuál es mi percepción del otro, está impregnado del mismo sentimiento que Jesús?
Las gentes que le seguían confiaban plenamente en Jesús porque, fundamentalmente, el Señor manifestaba una enorme fe en las capacidades de cada ser humano sin pretender controlar su vida sino intentando que en base a su propia confianza fuesen capaces de cambiar su percepción de la vida. ¿Soy transmisor de estos valores o impongo mi carácter, mis necesidades, mis planes a los demás sin respetar su libertad?
Jesús tenía tiempo para el otro, la prisa no formaba parte de su cotidianidad porque para reconfortar al prójimo necesitas tiempo y dedicación. ¿Me preocupo por el bienestar de los que tengo cerca y procuro dedicarles tiempo sin prisas ni aceleraciones?
Con Jesús todos se sentían confortados, descansando su penas y sus sufrimientos, descargando sus agobios cotidianos porque Cristo sabía escuchar, sin escudriñar el alma del que tenía delante. ¿Soy yo capaz de confortar como hacía Jesús con palabras de amor, misericordia y perdón?
El amor de Cristo por el hombre era tan profundo que corregía con actitud fraterna. Cuando pretendía ayudar a alguien lo habitual era que Jesús le pidiera ayuda. ¿Como es mi corrección fraterna, como sos mis gestos con el otro, están mis actitudes impregnadas de soberbia y altanería o de amor y de ternura?
La vida de Jesús era un permanente sembrar amor, hacer el bien, dar la vida por el prójimo, servir sin esperar nada a cambio, perdonar con el corazón abierto, ayudar al otro desinteresadamente, abrir las manos con entrega de misericordia, sembrando alegría y felicidad, caminando con libertad para llegar al Padre. Hoy tengo que responder con sinceridad a muchas preguntas que ponen en evidencia mi ser cristiano.

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¡Señor, quiero hoy orar brevemente para interiorizar tantas cuestiones que abren en canal mi corazón pero sí te pido que me ayudes a valorar al prójimo, a escuchar siempre con amor, a acoger sus necesidades y sus palabras, a comunicar tu verdad con mi testimonio, a aprender a callar y no juzgar, a escuchar tu voz en el ruido del mundo! ¡Señor, envía tu Espíritu para tus enseñanzas, tus gestos, tus palabras y tus sentimientos se impregnen de verdad en mi corazón y aléjame del camino erróneo y falso de la vida! ¡Señor, quiero ser como tu, ser uno contigo! ¡Quiero, Señor, que puedan decir de mi: ahí va un auténtico cristiano que ama, perdona, se entrega, sirve y hace el bien como hacía Jesús!

Hermosa canción del buen samaritano cantada por el Grupo Compasión:

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Esclavos de nuestras máscaras

En el mundo actual las apariencias forman parte de nuestra vida. Estamos llenos de máscaras y nos volvemos esclavos de ellas. La mayor parte de las veces para ser aceptados socialmente o para complacer a los demás. También para evitar que nos hagan daño o para protegernos de los que nos provocan dolor. Y, así, nuestra vida comienza a ser artificial, poco auténtica, más pensada en los demás que en nosotros mismos. “Si quieres impresionar, ten siempre una buena apariencia”, decía el director de recursos humanos de una empresa en la que trabajaba hasta el punto que daba incluso sesiones de cómo comportarse, cómo vestirse y cómo hablar en los diversos ambientes con la única excusa de ofrecer una buena imagen no tanto personal sino de la empresa.
Las máscaras no reflejan nuestro yo; y el peso de llevar una máscara en todo sitio y lugar produce pesadumbre e insastifacción. Pese a que el mundo actual establece que la imagen lo es todo, la realidad no es la misma cuando se trata de nuestra relación con Dios. No existe nada que podamos esconder a Dios de nuestra imagen y apariencia. Dios todo lo sabe de nosotros y Dios todo lo ve de nosotros. Y es en la intimidad de la oración donde podemos desnudar nuestra alma, desprendernos de nuestras máscaras, donde no caben las apariencias porque entramos en un trato de familiaridad e intimidad con Él.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital el no tener que colocarse la máscara cada día para fingir lo que no se es!

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¡Señor, cuánto te agradezco que aceptes mi debilidad aún sabiendo cuáles son mis carencias! ¡Señor, ayúdame a ser sincero y auténtico para tener cada día la posibilidad real de tener un encuentro de amor contigo. Tú sabes que trato de ser fiel a mi fe, que confío en tu providencia y misericordia, y que te amo con todo mi corazón. Envía tu Espíritu Santo para que ilumine y guíe siempre mi oración! ¡Espíritu Santo dame el don de la inteligencia y la sabiduría para saber interpretar todos los acontecimientos de mi vida, comprender cuál es la voluntad de Dios y no la mía! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ser siempre auténtico, a no esconderme detrás de un yo ficticio que me genera frustraciones y ayúdame también a ser como Dios quiere que sea! ¡Señor, Tu me conoces mejor que nadie, Tu me aceptas con mis fallos y mis virtudes, Tu que eres la infinita misericordia, ayúdame a ser siempre auténtico, a liberarme de esas máscaras que me alejan de Ti y de los demás y no permitas que mi ego, mi soberbia, mis vicios, mi materialismo, mi vanidad, mis rencores y mis penurias me alejen de Ti! ¡María, Señora de las grandes virtudes, ayúdame a vivir tu misma autenticidad Tu que viviste momentos de gran turbación y diste un fiat lleno de amor a Dios!

Impresionante canción del Grupo Ciento Ochenta pidiendo al Señor salvación:

¿Qué observo cuando medito el hogar de Nazaret?

Cuarto sábado de abril con María, la humilde esclava de Nazaret, en lo más profundo del corazón. Hoy me pregunto: ¿Qué observo cuando medito el hogar de Nazaret? Un lugar repleto de sencillez, delicadeza, humildad, serenidad, entrega, generosidad… Un lugar donde lo grande se hace pequeño. ¡Cómo no va a ser así si el comienzo de esta familia cuenta con una de las frases más sublimes pronunciadas por María: «Porque ha mirado la humillación de su esclava me llamarán bienaventurada»! Las enseñanzas de María en el recodo callado de Nazaret dejaron una profunda impronta en el corazón de Jesús que, en el Monte de las Bienaventuranzas, proclamo aquello tan extraordinario del «bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos».
Hay algo en Jesús, en María y en san José, pero especialmente en María, que corrobora que si buscas hacer la voluntad de Dios en tu actitud debe imprimirse el abandono. Si no hay abandono no hay camino de sencillez, de desprendimiento, ni pobreza de alma.
Cuando Cristo elogia la pobreza de espíritu debía recordar a su Madre porque si alguien tuvo alma de pobre pero alegre, sencilla pero generosa, esa fue María. Dios la eligió a Ella no por su belleza exterior —que seguro la tendría por ser una obra perfecta de su Creación— sino por la pequeñez de su espíritu, la sencillez de sus gestos y sentimientos, la belleza de su alma y la grandeza de su corazón.
En este sábado mariano tengo necesidad de llamar a la puerta del hogar de Nazaret. Entrar en este reducto de amor para llenarme de ternura, de caridad, de generosidad, de sencillez, de perdón, de humildad… Impregnarme de los valores de esta familia santa e inundarme de las gracias del Espíritu que merodea en este lugar. Entrar en este espacio de santidad para comprender que en lo pequeño está lo grande, que en la fidelidad a Dios está la felicidad, que no tener nada y no ser nada a los ojos del mundo no se contrapone con ser importante a los ojos de Dios. Entrando en este hogar de Nazaret entiendo el valor de la confianza, de la esperanza, del abandonarme en las manos del Padre.
Entrar en Nazaret para comprender que en mi vida cotidiana, en la sencillez de mis actos del día a día, en mi trabajo, en mis esfuerzos, en mi llevar la cruz, en mis relaciones personales, en mi servicio desprendido, en la pobreza de mi oración, en mi compartir mis alegrías y mis tristezas, en mi trasmitir sencillamente el Evangelio, en mi palabras amables, en mis gestos cordiales, en mis respeto al prójimo, en la pequeñez de mis actitudes… en definitiva, en la vida sencilla de cada día, todo mi ser se impregna del espíritu del Cristo Resucitado que dar valor de eternidad a la realidad de mi vida.
Entrar en Nazaret es comprender que mi vida cotidiana es un regalo de Dios que tiene como modelo a una trinidad humana que hace de la vida sencilla una auténtica comunidad de amor. ¡Qué sea capaz de llevarlo a los demás!

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¡María, hazme descubrir en mi corazón la pobreza de espíritu, la sencillez de la vida, la pobreza de alma, las virtudes de la que tu eres ejemplo! ¡Enséñame, María, a tener un corazón desprendido, generoso, cordial, tierno, amable y amoroso como el tuyo! ¡Ayúdame a descubrir, María, que la fidelidad a lo cotidiano es en realidad una gran fidelidad al Padre! ¡Enséñame, María, como enseñaste a Jesús a vivir la sencillez de la vida, a trabajar por amor a Dios y a los demás, a tratar siempre bien a la gente, a acompañar al que lo necesita, a ser testigo del Evangelio, a llevar la Buena Nueva al corazón de los que se cruzan en mi camino, a llevar amor al prójimo, a rezar con el corazón abierto aceptando siempre la voluntad del Padre! ¡Concédeme, María, la gracia de dar siempre gracias por todo lo que me sucede que proviene de la bondad infinita y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, María como hiciste Tu a crear a mi alrededor una auténtica comunidad de amor! ¡Ayúdame a tener, María, un corazón de niño, sencillo, puro y humilde! ¡Ayúdame María en el camino de la sencillez, de la generosidad, de la humildad, de la Cruz y de la fe! ¡Ayúdame a amar la Eucaristía! ¡Ayúdame a imitar en todo a Tu Hijo Jesucristo!

Una bella canción a la Sagrada Familia para acompañar esta meditación:

¿Bonsái o palmera?

Me inspira la oración de hoy el Salmo 92 y una frase deja su impronta: «El justo florecerá como la palmera, crecerá como los cedros del Líbano: trasplantado en la Casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios». Me viene a la memoria un conocido que tiene como principal entretenimiento el cuidar en su casa una variada colección de bonsáis. En cierta ocasión, enseñándomelos, me recordó que esta afición es un arte delicado no un mero trabajo de jardinería. «Debes saber que es un arte milenario que exige mucho sentido estético y grandes dosis de creatividad, aparte de los conocimientos técnicos sobre alambrado, poda, pinzado…». Además, fue muy taxativo al afirmar exige un gran ejercicio de paciencia y esmero y que si eres «capaz de conservar un árbol en una maceta durante toda su vida, te has ganado la eternidad».
Leyendo el Salmo me sobreviene la imagen del bonsái. Como cristiano no soy como un diminuto bonsái que necesita que constantemente le corten las raíces para impedirle crecer. Al contrario, soy como quiere Cristo semilla que de frutos abundantes, semilla para convertirme en esa alta palmera que crezca como los cedros del Líbano. Cuanto mayor crecimiento interior con la sabia del Espíritu, cuanta mayor altura espiritual y humana alcance, más cercano estaré de ganar la eternidad. No deseo ser como ese bonsái que ve limitado su crecimiento en la maceta de su creador, aprisionado por la poda de la raíces, porque lo que anhelo es crecer hacia lo alto, crecer como cedro y florecer como palmera.
Dios desea mi crecimiento personal como ser humano y como cristiano. Desea mi compromiso de maduración y crecimiento interior. Desea que mi vida se alimente con la sabia de la oración, de la Palabra y de la vida sacramental. Que la riegue cada día con la fe y el amor para que no se apague mi sed de Él. Quiere que mi cuerpo y mi espíritu anhelen cada momento de mi existencia el alimento de su existencia en mi.
Desea que mi vida, como la de una planta, esté suficientemente abonada para que ningún parásito en forma de tentación, de deseo desordenado, de caída, de abandono… me impida crecer.
Y desea también que mi vida, como la de un planta, reciba siempre luz, en este caso la luz inspiradora del Espíritu Santo que ilumine mi interior para darle viveza a mi ser.
Dios quiere que mis raíces se solidifiquen en tierra firme y no se limiten a una pequeña maceta en la que no pueda desarrollar mi verdadero potencial. Dios quiere para mi un crecimiento hacia la eternidad no hacia lo limitado de la vida. Dios quiere que alimente mis raíces cultivando el amor, el afecto cotidiano, el respeto, la caridad, la generosidad, el servicio, la entrega, la humildad, la misericordia, el perdón…
Dios quiere que cada día, para dar frutos, alimente mis raíces para fortalecerlas, para darle robustez al tronco de mi vida. No puedo permitirme ser como el bonsái de mi amigo porque entonces no seré capaz de afrontar las tormentas, las adversidades y los contratiempos de mi vida. Necesito raíces sólidas que imprimen carácter a mi vida.
¡Cuento con la innegable ayuda del Espíritu que alimenta mi interior y me ayuda a crecer con su presencia!

 

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¡Te pido Señor que me ayudes a ser como una palmera de raíces profundas para dar frutos de amor, de paz, de caridad y de bien y permitir que todas las semillas que has sembrado en mi corazón se abran para darlas a los demás! ¡No permitas, Señor, que nunca se marchiten las hojas verdes de las ramas de mi corazón! ¡No permitas, Señor, que el pecado, el egoísmo, la falta de caridad, la soberbia, la tibieza, la poca perseverancia en mi vida de oración carcoma el tronco de mi fe! ¡Haz, Señor, que por medio de tu Espíritu, el árbol de mi vida esté bien enraizado a la tierra y vuelva su mirada hacia el cielo! ¡Haz que las ramas de mi tronco estén tan enraizadas en la verdad del Evangelio que ninguna tormenta de la vida ni ninguna sequía de la fe dejen de producir los frutos del amor, de la mansedumbre, de la misericordia, de la paz! ¡Que sea capaz de dar sombra al que lo necesitan, apoyo al cansado, alimento del fruto al necesitado! ¡Aceptaré, Señor, con sencillez convertirme en un tronco ignorado e inútil que se quede al margen del camino y que nadie repare en mi para convertirme en retablo de vida! ¡Solo te pido, Señor, que me conviertas en un tronco productivo, arraigado a tierra firme —a la fe, a la vida de sacramentos, a los valores cristianos, a una auténtica vida cristiana— y, por medio de tu Espíritu, empápame con el rocío de la gracia!

Hazme crecer, Señor, como los cedros del Líbano:

¿Cuál es la verdad? Qué Dios nos ama

Cuando cada día rezas con el Padre Nuestro, la oración que Jesús nos legó, hacemos la siguiente petición: «Hágase tu voluntad». Te preguntas entonces: ¿Cuál es la voluntad de Dios? Lo he leído hoy en la carta de san Pablo a Timoteo: Dios «quiere que todos los hombres se salven y alcancen la verdad». ¡Esta breve frase es el compendio de toda la Biblia!
Pero, ¿cuál es la salvación que Él desea? Y, ¿cuál es la verdad? La verdad —incuestionable— es que Dios nos ama y quiere llenarnos de este amor. Ser salvo es conocer esta verdad, es decir, vivir en ella, dejarse amar y llenar por Dios, aprender a entrar en esta relación de amor con Dios. Hacerlo con nuestra razón e inteligencia pero, sobre todo, con nuestro corazón y nuestro cuerpo.
Para entrar en esta relación de amor con Dios, hay tres dimensiones ineludibles. El conocimiento que comporta el encuentro con Jesús, el único mediador entre Dios y los hombres. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, dio su vida por amor a nosotros. Jesús pagó con su vida para nos alimentemos del amor de Dios. Aprender a conocer y amar a Jesús es esencial para conocer la verdad y hacer la voluntad de Dios.
La segunda dimensión es la oración. Pedir, orar, interceder y dar gracias no por nuestro pequeño bienestar o interés personal, sino por los demás. El objetivo es que la humanidad viva en paz para vivir la voluntad de Dios y conocer la verdad de su amor. Esta oración hace que todo nuestro cuerpo viva, alzando nuestras manos con actitud de alabanza, de abandono…
La tercera dimensión es la de la caridad, del servicio, dimensión esencial de la Iglesia. Nos han dado bienes. Estos no son solo para nuestra comodidad personal. Nos son dados para que podamos beneficiar a otros y especialmente a los más pobres … ¡son ellos los que nos darán la bienvenida al Reino de Dios en la noche de nuestras vidas!
Al aprender a vivir todo esto, sin importar lo que uno es, descubriremos el amor de Dios. Descubriremos la profundidad, la grandeza de la única verdad que es que Dios nos ama en cada momento de nuestras vidas y que este amor es nuestra salvación.

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¡Gracias, Dios mío, porque me es fácil reconocer cuantos nos amas! ¡Puede comprender, Padre bueno, cómo no muestras cada día tu amor por medio de las cosas que me suceden y con encuentro con el prójimo!  ¡Siento tu amor, Padre Dios,  en tu misericordia infinita y en tu perdón constante que derramas sobre mi corazón mientras trato de avanzar en mi caminar tantas veces cansino! ¡Gracias, Padre, porque me pones vidas de tantas gentes que han amado como ejemplo de tu amor, del ejemplo de esfuerzos de tantos que me sirven de estímulo para darme a los demás para ser más amoroso, caritativo y entregado! ¡Gracias, Padre, por las oportunidades que me ofreces para amar como amas Tu, para servir como sirvió Jesús, para trabajar como hizo la santa familia de Nazaret, para alcanzar tus bendiciones que tu voluntad tiene preparada para mi! ¡Gracias, buen Dios, porque tu Palabra se cumple por medio de Jesús! ¡Gracias por tu amor infinito que reconozco en la oración de cada día y en la presencia de Tu Hijo en el partir el pan en la Eucaristía cotidiana! ¡Gracias porque puede anunciar a quienes me rodean que eres un Dios de bondad, que no solo me has regalado la vida sino que me has dado talentos y virtudes para llenar mi vida y la del prójimo de bendiciones, de servicio, de entrega, de generosidad, de caridad y de amor! ¡Te doy gracias, Padre, por la vida, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, por todo lo que tengo y obtengo cada día que es fruto de tu voluntad de Padre que ama! ¡Pongo en tus manos, buen Dios, la humanidad entera porque necesitamos de Ti, especialmente derrama tu amor en los que sufren! ¡Envía, Padre, tu Santo Espíritu para que nos guíe en el camino correcto y nos de la luz que necesitamos para comprender tanto amor que viene de Ti! ¡Padre, que se haga siempre mi voluntad en Ti!

Dios me ama, algo sencillo de cantar:

¡Que mis debilidades sean vencidas por la fuerza del Espíritu!

Mis pasos se dirigen emocionados hacia Pentecostés recordando sin embargo la cobardía de los apóstoles, que representa tantas veces mi propia cobardía. La noche del Jueves Santo, el día de la institución de la Eucaristía, huyeron despavoridos en cuanto vinieron mal dadas. Dejaron solo al Señor. Uno lo traicionó y otro, que le había jurado lealtad, le negó hasta tres veces. De los otros nada dicen los Evangelios.
Algo cambió el día de Pentecostés. Aquella noche el fuego del Espíritu se derramó sobre ellos. El miedo y el temor desapareció de su corazón, no temían ser perseguidos ni ser reconocidos seguidores de Cristo. Se convirtieron en testimonios de fe y de las enseñanzas de Jesús, del mismo que habían abandonado dejándolo morir en la Cruz.
Cuando uno canta el himno Veni Creator Spiritus, compuesto en el siglo IX y con el que el papa León XIII consagró el siglo XX al Espíritu Santo, comprende lo que les sucedió a los apóstoles: «Enciende con tu luz nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones; y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra débil carne». Es la enseñanza viva de la fuerza que el Espíritu Santo tiene en la vida del ser humano. Ilumina tu camino, la razón de tu existencia, llena de voluntad el corazón y fortalece nuestra existencia. Se pide que el amor llene el corazón, que el cuerpo sane y que las debilidades sean vencidas con la fortaleza del Espíritu.
Los apóstoles —todos nosotros, en definitiva, seguidores de Cristo— combatieron con sus flaquezas y sus miedos. La actitud de los apóstoles certifica que con la compañía del Espíritu es más factible avanzar en los caminos tortuosos de la vida. Con el apoyo del Espíritu es más fácil seguir a Cristo, seguir la voluntad de Cristo, ser amigo de Cristo.
Este tiempo de Pascua es muy propicio para estar más sensibilizado con la presencia del Espíritu Santo en mi corazón, para ser consciente de mis flaquezas y debilidades y de cómo Dios, en su infinita misericordia, me sostiene con su amor.
Si Pentecostés es ese momento en que el Espíritu Santo nos fortalece para avanzar y proclamar el amor de Dios en el mundo, la Pascua a la luz del resucitado es este tiempo propicio para adentrarme en mi propio interior y vislumbrar aquello que debo transformar de mi interior para hacer más santa mi vida.

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¡Espíritu Santo, te presentante ante María y los apóstoles como unas llamas de fuego, calienta mi existencia con el calor tu amor! ¡Espíritu Santo, que eres viento que ruge en mi corazón, dirige mis pasos hacia la santidad y hacia donde tus deseos quieran! ¡Espíritu Santo, que te presentas tantas veces como una brisa suave, dame la ocasión de respirar tus dones y tus gracias para renovarme interiormente! ¡Espíritu Santo, que vuelas con la libertad de una paloma conviérteme en una persona libre sin las ataduras del pecado! ¡Espíritu Santo, que en el bautismo me rociaste con el agua viva y me introdujiste a la Iglesia Santa de Dios, lávame de mi inmundicia interior para ir siempre con limpieza de corazón y de alma! ¡Espíritu Santo, cuyas llamaradas son luz que iluminan mis pasos, guíame siempre mis pasos! ¡Espíritu Santo que eres fuerza que sostiene, ayúdame a levantarme cada vez que caigo! ¡Espíritu Santo, que alimentas mi corazón y mi alma con tus siete dones no permitas que tu savia se seque en mi interior para darle siempre un sí decidido al Padre! ¡Espíritu Santo, que eres don y vida, dame la alegría de vivir acorde con las enseñanzas de Jesús! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón abierto a la verdad que está en Dios y no permitas que instale en mi propia verdad, en mi propia voluntad y en mis propias comodidades! ¡Dame siempre luz, Espíritu divino, para saber escuchar tus susurros de amor!

Veni Creator Spiritus, inspirador de esta meditación:

Cristo me mira… y me ama

Me siento alguien muy afortunado. Bendecido, incluso. Y me siento así, porque sin merecerlo, siento como Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan directo. Ha fijado su mirada en alguien que ha fracasado en muchas ocasiones, que es un ser imperfecto, de dureza de corazón, con multitud de defectos y limitaciones, que cae una y otra vez, que se equivoca, que durante mucho tiempo ha tenido una fe tibia… Y ante tanta ineptitud no hay, por tanto, motivos aparentes para que Cristo haya fijado Su mirada divina en mi. No soy digno de la mirada de Jesús. Una mirada penetrante de amor. Una mirada que mira el potencial que está dentro del corazón del hombre. Una mirada que dice que uno es parte de Él. Jesús tampoco me mira con amor por mi carácter, ni por mi alegría, ni por mi afán evangelizador, ni por lo poco y valioso que tengo. Cristo me mira —y me ama—, simplemente, por mi insignificancia. Y eso me llena de orgullo.
Tiempo he necesitado para comprender la grandeza de que otros sean más amados y estimados que yo, que otros sean empleados en cargos y a mi se juzgue inútil, que otros sean preferidos a mi en todo, que otros sean alabados y de mi no se haga caso. No me importa. No es una necesidad en mi vida. Cristo se pone siempre al lado de los más sencillos, de los que no son nada, de los que pasan desapercibidos. De los que anhelan tener un corazón de niño, de los que se dejan seducir por Él y dependen de su dirección, de los que se acogen a su esperanza, de los que mendigan su confianza y se amparan en su misericordia. Cristo busca a los que, débiles y necesitados, le cogen de la mano, caminan a su lado y conversan con Él para hacer suya Su Palabra. Cristo busca al que corresponde Su mirada con ojos de amor, de esperanza y caridad a pesar de sus muchas y manifiestas imperfecciones. Y eso me llena de esperanza.
Soy una persona muy afortunada porque comprendo que Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan radical. Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha llenado de amor, ternura, dulzura, compasión, misericordia, perdón, esperanza y amor. Es una mirada que ha transformado por completo mi corazón. Me ha sanado las heridas del alma y las ha llenado de paz.
Y tras esta mirada de Cristo estoy muy feliz. Desde que ha fijado su mirada nada puede ser igual en mi vida. Y ahora exclamo con fuerza: ¡Amigo, mírame tu a los ojos y perdona el mal que te hecho! ¡Perdona cuando te he abandonado y no estaba cuando me necesitabas! ¡Quiero mirarte y quererte como Cristo me mira y me ama a mí!

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¡Gracias, Jesús, amigo, por tu mirada de ternura y amor que todo lo dignifica! ¡Gracias, Señor, porque no apartas nunca tus ojos de mi vista, porque con sólo mirarme sabes lo que necesito! ¡Gracias, Señor, por tu mirada que ilumina mi vida! ¡Gracias, Señor, porque tu mirada me reconforta y me alienta! ¡Señor, ya sé que no soy nada aunque me crea un superhombre, pero a Tu lado me siento fuerte, alegre y comprometido! ¡Señor, con tu sola mirada sabes lo que hay en lo más profundo de mi corazón, consuélalo, transfórmalo, purifícalo y renuévalo! ¡Haz de mi un hombre nuevo, Señor! ¡Qué mi mirada sea como la tuya, Señor, para parecerme solo un poco a Ti! ¡Y que sea capaz de mirar siempre a los demás como los mirarías Tu!

 

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado:

Unido a los perseguidos por la fe

La Iglesia celebra hoy la memoria litúrgica de san Jorge, un día en el que en muchos lugares, pero especialmente en Cataluña, el hombre regala una rosa a la mujer y ésta un libro al hombre.
Es hermoso observar en Barcelona engalanada de rosas de intensos colores que testimonian el sentimiento vivo del amor que se profesan novios, esposos, hijos, nietos, amigos…
Aunque no existen muchos datos sobre san Jorge se sabe que fue un valeroso caballero capadocio al que la iconografía cristiana le representa venciendo a un dragón que amenaza la vida de la civilización. San Jorge es el patrono de Cataluña como también de Lituania, Grecia, Inglaterra, Génova, Portugal, Rusia…
La gesta de san Jorge como vencedor de un dragón que atemorizaba a los habitantes del lugar data de la Edad Media. La leyenda cuenta que los ciudadanos alimentaban a la bestia diariamente con dos corderos pero cuando éstos comenzaron a escasear se le entregaba por sorteo a una persona. Correspondía por sortea a la hija del rey pero Jorge acudió su rescate blandiendo la espada y degollando al dragón. De la sangre de aquel monstruoso animal brotó una rosa que san Jorge regaló a la princesa como signo de admiración.
San Jorge fue un verdadero seguidor de Cristo. Se enfrentó a las autoridades romanas, defendió la fe cristiana y cuando fue detenido por las tropas del emperador Diocleciano dejó claro que solo adoraría a Cristo y no a ídolos paganos. El emperador decretó azotarlo y por cada azote que recibía san Jorge recordaba la flagelación del Señor. A pesar del sufrimiento no manifestó queja alguna. Antes de morir, exclamó: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Su martirio fue consecuencia de su dimensión evangelizadora y ejemplo de una conducta caritativa arraigada en Cristo.
El ejemplo de San Jorge, como el de tantos mártires de la fe, testimonia el valor del vivir unidos a Cristo, injertados en Él y en comunión de vida con Él siguiendo la máxima del «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9,23). San Jorge testimonio con su vida el llevar impresos en su corazón los rasgos de Cristo sabiendo que la cruz, el sufrimiento y la entrega son el sello de pertenencia a Dios por medio de Jesucristo.
Hoy es un día para tener presentes en el corazón y en la oración a tantos miles de cristianos perseguidos en nombre de Jesucristo en tantos lugares del mundo. Hermanos nuestros en los cuales la sangre de Cristo está presente en su corazón sufriente y que se hacen presentes cada día en el sacrificio de la Santa Misa, en la comunidad, en la Palabra, al darnos la paz, al recibir la Eucaristía. Ellos están entre nosotros. Todo este sufrimiento sería insoportable si no entendiésemos que Jesús, nuestro Hermano Mayor, el Hijo de Dios, es el primero de los mártires.
En este día festivo y comunitario no olvidemos a estos hermanos sufrientes, y en nuestra Eucaristía celebremos, conmemoremos y actualicemos toda la energía y la fuerza que surge de este martirio. Si tenemos la ocasión de comulgar vayamos al encuentro del Cristo sufriente pero también tengamos presente a estos hermanos en la fe que dan su vida por el ideal del Amor que es Jesucristo. En nuestras sociedades acomodadas no damos nuestra vida martirialmente, como estos pobres hermanos, pero si en el sacrificio que es la vida diaria, la vida de convivencia, la vida de hacer nuestras tareas bien hechas, siendo honrados, siendo puntuales… todos tomamos esta fuerza de Jesús.

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¡Señor, pongo sobre el alta a todos  los cristianos perseguidos por causa de la fe y por el amor que te tienen a Ti! ¡Señor, vierte sobre todos ellos tu infinita misericordia y dales la ternura de tu amor ellos que sufren por fidelidad a Ti! ¡Dales, Espíritu Santo,  la fortaleza para soportar el dolor y el sufrimiento y concédeles la serenidad interior para ser auténticos testimonios del Evangelio! ¡Dales, Espíritu Santo, el don del perdón, para construir puentes de amor y olvidar las afrentas recibidas! ¡Padre para que, con la fuerza de Tu Amor, sean fieles en su testimonio de fe y que su sangre derramada se convierta en semilla para nuevos cristianos! ¡Te quiero pedir, Padre, por los cristianos que no tienen posibilidad de manifestar abiertamente el nombre de Tu Hijo Jesucristo, para que esta persecución que están viviendo sea también simiente para la santidad para nuestra Iglesia! ¡María, Rosa Mística, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos, Reina de los mártires, que seas Tu el amparo de estos hermanos en la fe, tu que has sufrido el exilio, la persecución y el abandono! ¡María, Madre de bondad, dale a los perseguidores esa luz para descubrir la Verdad y la Justicia y que cesen en tantos delitos!

Y concluímos con un himno a San Jorge:

¿Puedo evitar que mi vida cristiana se convierta en algo rutinario?

Con harta frecuencia si uno desea lograr cambios importantes en su vida tiene que dar pequeños pasos. Sin embargo, no es sencillo arriesgarse y cuesta tomar decisiones cuando de lo que se trata es de hacer algo diferente. Nos hemos acostumbrado a vivir con unos patrones que impiden romper la rutina de nuestra vida y emprender cambios profundos. Cuando uno acaba convirtiendo su vida en un simple paseo rutinario es imposible dejarse sorprender por nada.
¡Es habitual que nuestra vida cristiana acaba convirtiéndose en algo rutinario, sin alicientes, con el convencimiento de que todo lo que tenemos y nos sucede es consecuencia de nuestra bondad y santidad, de nuestro corazón generoso, de nuestra perseverancia! ¡Me niego a acostumbrarme a ver a Cristo crucificado! ¡Me niego a acostumbrarme a la bondad de Dios! ¡Quiero que cada día sea una sorpresa para mí! Y lo deseo porque el cansancio de mi mirada tiene que ver como algo nuevo los milagros cotidianos que me suceden cada día y no observarlos como consecuencia del trasiego de mi vida. Quiero que cada suceso que me ocurra —incluso aquello que me ha salido mal, la mayoría de las veces por mi culpa— se convierta en algo trascendente.
Necesito como el aire que respiro sentir cada amanecer que Dios me ama, que su misericordia es infinita y que nuestra fidelidad es mutua. Quiero ser consciente del privilegio que supone ser hijo de Dios. No quiero contemplar a ese Dios que me ha dado la vida desde la lejanía. No quiero que cada susurro suyo, que cada roce, que cada mirada, que cada milagro que hace en mi vida lo contemple como algo anodino y mi corazón y mi alma no se conmuevan por ello. No puedo permitir que mi encuentro cotidiano con el Dios de la vida no agite mi corazón y rompa los muros que lo rodean. No puedo. No puedo porque anhelo el factor sorpresa de Dios. Porque deseo seguirle sin dudar; quiero serle fiel, dejarme seducir por su verdad pues Él es el único capaz de transformar mi corazón y de hacer auténticos milagros en mi vida.
¡Me niego a acostumbrarme a la bondad y misericordia de Dios y hoy y mañana y siempre quiero centrar mi mirada en Él!

El factor sorpresa

¡Padre bueno, pongo toda mi confianza en ti, y te bendigo, y te alabo, y te glorifico y te doy gracias! ¡Gracias por la fe, gracias por tu amor, gracias por tu misericordia, gracias por los milagros que haces cada día en mi vida, gracias por la vida, gracias por las personas que has puesto a mi lado, gracias por mis capacidades, gracias por los problemas que me hacen crecer, tomar la Cruz junto a Tu Hijo y acercarme más a ti! ¡Gracias por transformar mi vida, gracias por centrar tu mirada en mi, gracias por tomar mi debilidad y ayudarme a levantarme cada día, gracias por bendecir mis acciones, bendecir a mi familia, bendecir mi trabajo, bendecir a mis amigos! ¡Gracias, Padre de amor y de misericordia! ¡Gracias, porque conviertes mi vida en un lienzo lleno de luz, de vida, de esperanza, con trazos perfectos llenos de color, de ilusión, de alegría, con pequeños matices de sombras que me enseñan lo que debo cambiar y lo que debo mejorar! ¡Gracias, Padre, porque me has dado a Jesucristo, Tu Hijo, cuyo ejemplo es el espejo en el que mirarme: el camino hacia la santidad personal! ¡Señor, Tú me dices siempre que te llame y me responderás y me enseñarás cosas grandes y ocultas que yo no conozco! ¡Te llamo ahora! ¡Muéstramelas, Padre, y manifiéstate cada día en mi vida! ¡Ayúdame a salir de lo anodino y rutinario de mi vida y dejarme sorprender cada día por Ti para que tu gracia me renueve y tu misericordia me lleve a emprender nuevos caminos de santificación! ¡Padre de bondad, Tú eres el Dios de las cosas imposibles, rompe esta vasija de barro que es mi pobre persona y que Tú has moldeado para derramar el perfume que hay en su interior y que el aroma llegue hasta Ti y desde Ti hasta el prójimo para que yo pueda ser hoy y siempre un auténtico ejemplo de cristiano que se deja cada día sorprender por Ti!

Mi alma tiene sed de ti, Señor

Lleno de alegría con María, Señora del Anuncio

Tercer sábado de abril con María, Señora del Anuncio, en nuestro corazón. La Virgen es, sin duda alguna, la mujer de la Pascua. De lo que ocurrió con la Virgen tras la resurrección su Hijo poco sabemos pero nadie dudará que fue tiempo de alegría, de entrega, de recogimiento, de misión, de anunciar la Buena Nueva y de acercar a la Iglesia nuevos discípulos del Señor.
¿Cómo no iba a ser así si María llevó en sus entrañas a Jesús, lo amamantó, le crió, le vio crecer, le enseñó a rezar, a amar, a compartir, conservó en su corazón lo que veía cuando Jesús predicaba en el templo, en la sinagoga, en su vida pública, le alentó a realizar su primer milagro en Caná, se despidió de Él al iniciar su vida pública, escuchó sus prédicas, le vio sufrir en el patíbulo y le vio morir en lo alto de la cruz? Con la resurrección de Jesús, María revivió con enorme gozo y alegría las palabras que había escuchado años antes en Nazaret, pronunciadas por el ángel Gabriel: «porque para Dios nada hay imposible».
Pascua es tiempo de anuncio, de anuncio junto a María. Tiempo para imitar sus muchas virtudes con el fin de unirse de una manera más íntima y personal a Jesús que nos la entregó como Madre desde el trono de la cruz. El «ahí tienes a tu Madre» es como decir «tómala como modelo, imítala en todo, tómala de la mano, no te apartes de Ella, encomiéndate a su corazón, únete a su misión, aprende a vivir con el sufrimiento, entrégale tus preocupaciones y tus desvelos y, sobre todo y por encima de todo, confía en en Ella porque haciéndolo así llegarás a Dios».
En esta Pascua, camino de la mano de María. Lo hago lleno de alegría y de esperanza porque Ella me recuerda la verdad de la Resurrección, la grandeza del amor que Dios siente por mí y por los hombres, me hace más sencillo y entregado, más generoso y amoroso, más comprensivo y tolerante. Me invita a seguir las enseñanzas de Cristo, a comprender «que para Dios nada hay imposible», a «hacer lo que Él os diga», a aceptar el dolor y el sufrimiento, a caminar en oración hacia la Eucaristía y a apaciguar mi corazón en la oración frente al sagrario, a ponerme en camino para anunciar el Reino de Dios y a confiar en Dios, el que nunca abandona.
En este sábado mariano me uno en oración a María y exclamo con esa alegría propia de la Pascua para exclamar «me alegro contigo María, que todo lo que viva lo guarde como Tu en el corazón y se haga en mí según tu Palabra».

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¡Que alegría, María, caminar contigo en esta Pascua! ¡Hágase en mi, según tu Palabra! ¡Ayúdame, María, a conservar todo lo que me sucede en el corazón para interiorizar mi vida, para darle sentido a mi esperanza, para desde el corazón salir al encuentro del prójimo y caminar en santidad! ¡Llévame Tu, María, de la mano al encuentro con Jesús! ¡Llévame, María, hacia Dios para quien nada es imposible! ¡Hazme comprender, María, que me debo entregar al Espíritu que sobrevoló sobre Ti y te colmó de bienes y de gracias! ¡Concédeme la gracia de imitar tus virtudes, de amar como amas Tu, de ser anuncio de la buena nueva como lo eres Tu, de rezar como rezas Tu, de contemplar como contemplas Tu, de unirme a Jesús como estás unida Tu! ¡Ayúdame, María, a ser obediente siempre a la voluntad del Padre, a teñir de alegría todos los momentos de mi vida, a confiar siempre, a aceptar el sufrimiento, a guardarlo todo en el corazón e impregnarlo todo de silencio interior! ¡María, Jesucristo ha resucitado, y mi alegría se une a la tuya porque Cristo vive entre nosotros dando vida y dando amor! ¡Aleluya!

Un precioso Ave María a dos coros mixtos de compositor polaco Pawel Lukaszewski: