Domingo de encuentro y presencia

Me decía hace unos días una persona que trabaja conmigo que se sorprendía que todavía asista a los oficios de la Semana Santa. Y ahonda con otra pregunta: «¿Realmente crees que Jesús resucitó? ¡Deberías vivir más en el tiempo que te ha tocado vivir!».
Esto es lo que escuchamos de muchos de nuestros contemporáneos: creer en Dios se ha convertido en algo caduco, obsoleto. Creer en la resurrección, ¡es ya una quimera!
Pero hoy es el domingo de Resurrección y sí: ¡Jesucristo ha resucitado! La gente, como este colaborador, puede intentar demostrar que no hay nada después de la muerte más que un espacio vacío;  que la Pascua es solo la reminiscencia de las fiestas ancestrales de primavera; que la experiencia de nuestra vida es suficiente para descubrir que si hubiera existido un Salvador del mal y la muerte, la sociedad no se encontraría como está ahora… los dramas del mundo y los de nuestra vida personal parecen sonar como una negación mordaz de la esperanza de la Pascua.
La muerte es visible, dramáticamente visible, incluso si tratamos cada vez más ocultarla o incinerarla. Pero está ahí ante, nuestros ojos, mostrada cruelmente en los medios de comunicación y tristemente presente en nuestras familias. La muerte es visible, la resurrección no. Es fácil comprender la reacción de los tomases de este mundo: «¡Si no lo veo, no lo creo».
Y lo que, aparentemente, se contemplo hoy es una piedra laminada, una tumba vacía y unos paños doblados. ¡Insuficiente para demostrar la resurrección!
Pero entonces surgen María Magdalena, la primera en llegar al cementerio, y «Simón Pedro y el otro discípulo». «Otro» como encontramos en el camino hacia Emaús, donde está el discípulo Cleofás y un «otro», del que no sabemos el nombre.
Estos dos «otros» somos cada uno de nosotros. Y la Pascua deja de ser solo una historia de tumba y ausencia para convertirse en un evento de encuentro y presencia.
Para entender la Pascua, debe haber dos: uno mismo y otro. Tal vez un amigo, que ayuda a ver las cosas de manera diferente. O la Iglesia, que lleva el misterio de la resurrección de su Señor. O el mismo Cristo que está presente en nuestras vidas y que nos abre a su resurrección.
Este domingo me invita a avanzar hacia el otro, me invita simplemente arriesgarme a creer en el amor benevolente e indefectible del Señor; me invita a creer por medio del Espíritu Santo a tener fe en la resurrección de Jesús que no es una realidad comprobable pero que sí es un regalo de Dios. Al igual que cualquier regalo, se acepta con humildad, disponibilidad y deseo de recibir algo del otro.
Lo sorprendente de este historia de encuentro es que los discípulos regresan a casa después de un evento tan abrumador. Y lo hacen para que esta fe en la resurrección no sea un paréntesis en su existencia, sino que sea reconducido en sus vidas diarias.
En cincuenta días, el Espíritu Santo los enviará en misión, algunos se irán muy lejos, otros permanecerán con sus seres queridos, cada uno de acuerdo con la llamada del Espíritu. De momento, solo regresan a sus casas para encontrarse con familiares y amigos, aunque lo hacen con algo que cambiado: ¡su corazón está ahora repleto de la alegría de la resurrección! Seguirán trabajando, seguirán amado a sus esposas, seguirán educando a sus hijos, seguirán esforzándose por conseguir solucionando sus problemas… como antes de conocer a Jesús; pero, de hecho, nunca más como lo hicieron antes. Porque ellos simplemente no tenían la seguridad de que su vida no quedaría en nada después de la muerte; hicieron un encuentro con lo invisible, con Aquel que es la Vida, hasta el punto de que cada respiración, cada latido de su corazón solo sirve para cantar esta nueva realidad: ¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!
Esto lo canto hoy a los cuatro vientos porque esta Resurrección a mí no me deja indiferente porque me cambia la perspectiva de la vida y me ayuda a afrontarla con una perspectiva de eternidad.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»!

Un aleluya para cantar la resurrección del Señor:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s