Testigos reales de la resurrección de Cristo

La Pascua es el día más solemne del calendario cristiano. Es la celebración más profunda del corazón de nuestra fe porque es la bienvenida a la victoria de Dios sobre el mal y la muerte. Es el final de la desesperación, la aniquilación de Satanás, la certeza de que todas las tinieblas se llenan de luz y la seguridad de que Dios nos quiere eternamente cerca suyo.
Uno se asombra de los detalles aparentemente insignificantes para describir este evento decisivo en la historia de la humanidad. La sencillez de la aparición a una mujer y el carrerón entre Pedro y Juan para llegar a la tumba vacía y observar la mortaja descubierta y la tela enrollada. Uno podría esperar una narración más solemne para un suceso tan extraordinario. Por otro lado, la evidencia de algo tan sublime se narra sin brillo, sin agitación. San Juan, testigo directo, simplemente escribe: «vió y creyó». Así de simple. San Juan no dirá nada más sobre lo que está sucediendo en su mente y en su corazón. Nada más que la fría observación de una evidencia: «según las Escrituras, Jesús tenía que resucitar de entre los muertos».
A veces, cuando se trata de probar la resurrección, uno se encuentra inseguro. Cuando tratas de dar testimonio de tu fe en la vida te sientes frágil e debilitado por aquellos que tratan de demostrarte la evidencia de que la vida no tiene sentido con los dramas que permite Dios, por la incoherencia de nuestro vivir cristiano, tan poco capaz de amar con ese amor que se dice más fuerte que la muerte.
Aunque la tumba vacía no hace ruido en las primeras horas de la Pascua, uno observa por doquier resucitados en este mundo: mártires que dan testimonio de su fe en la resurrección aceptando sufrir y morir por no negar a Jesús; cristianos que descienden al infierno con todas las formas de sufrimiento por vivir en el nombre de Cristo; discípulos del Señor que buscan llevar su paz a conflictos domésticos, familiares o profesionales; creyentes valientes que proclaman contra la corriente del mundo que es posible un compromiso duradero y no permitir que todo sea manipulado por un mundo que niega a Dios.
Hay más testigos de la resurrección de Cristo: papas que se inclinan ante sus fieles, obispos que no buscan ser servidos sino servir a la Iglesia, sacerdotes y personas consagradas que irradian el amor de Dios, hombres y mujeres entregadas a la oración, ofreciendo su tiempo para interceder y aliviar las penas del cuerpo y del espíritu y para reparar los muchos pecados del mundo.
Hay muchos más testigos de la resurrección: hombres y mujeres que buscan reconciliar a amigos divididos, que perdonan a quienes los han agraviado, que respetan la creación honrando al Creador, que permanecen fieles a sus compromisos incluso debiendo cruzar destierros y soledades; que lo dan todo para amar mejor a su cónyuge y a sus hijos. Hay testigos de la resurrección que nos dicen que si la tumba está vacía es porque el Amor que la habitó ha dejado este lugar de muerte para unirse a cada una de nuestras vidas y hacerlas mucho más vivas.
Hay testigos de la resurrección que no esperan la vida eterna como un mero consuelo sino como una extensión transfigurada de lo que ya viven en la tierra. Hay testigos de la resurrección que transmiten alegría en todas las realidades del mundo.
La resurrección solo puede probarse dejando que los vivos nos guíen. No es el espíritu de una persona muerta el que nos guía; es el Cristo vivo.
Por lo tanto, no busquemos argumentos para justificar nuestra fe en la resurrección o para convencernos de ella; simplemente abrámonos al Espíritu del Resucitado. Y entonces, todo se volverá muy claro para nosotros: la resurrección de Cristo nos parecerá evidente, como lo es para San Juan: «él vió y creyó».
Solo el Espíritu de Dios puede convencernos de su poder de vida y amor. Entonces, ¡guiémonos por el Espíritu! Solo él puede iluminar nuestras inteligencias, dar credibilidad a nuestro testimonio de fe y hacer que esta unidad vital entre nosotros. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Jesucristo has resucitado, en verdad has resucitado! ¡Por eso creo en Ti, porque eres el Hijo resucitado y glorioso de Dios Padre que habitas entre nosotros, que vives en mi, que quieres entrar en mi corazón, que intercedes por mí amándome, acompañándome y ayudándome! ¡Has resucitado, Jesús, y yo me entrego a Ti lleno de amor, de esperanza, de confianza, de fe ciega! ¡Has resucitado, Señor, y te reconozco mi Señor, como mi amado Salvador, como el único dueño de todo mi ser, soy todo tuyo, haz de mi lo que quieras! ¡Te pido que entres en mi vida y permanezcas conmigo según lo prometiste que estarás siempre conmigo, hasta el fin de los tiempos! ¡Has resucitado, Señor, y vienes a mi corazón de piedra para hacerlo dócil a tu llamada, para vaciarlo de todo aquello que me aleja de ti, para ser capaz de amar, servir y perdonar, para transformarlo por completo para convertirlo en un templo en el que tu puedas morar! ¡Has resucitado, Señor, y llegas a lo más profundo de mi sepulcro para darme nueva vida, para tener una íntima relación contigo y una estrecha comunión con Dios! ¡Has resucitado, Señor, y yo quiero ser testimonio de tu verdad, de que en verdad has resucitado, anunciarlo al mundo con fe, alegría y esperanza! ¡Gracias, Señor, porque tu resurrección vence al mal con el bien, nos aleja del demonio, nos abre a la esperanza, nos deja testimonios vivos de tu presencia en este mundo! ¡Hoy puedo exclamar con más fuerza y alegría que ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!!

Hoy celebramos la Resurrección de Jesucristo con el himno de Charles Wesley Christ the Lord is Risen Today (Cristo, el Señor, ha resucitado hoy)

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