¡Sé, Señor, que has resucitado!

No se me quita la sonrisa del rostro: ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! ¡No vivimos de la nostalgia de un acontecimiento del pasado, celebramos la presencia viva y alegre el Señor! ¡Jesús está vivo y presente y su resurrección implica la absoluta realización de la realidad del hombre en sus relaciones con Dios, con el prójimo y con la realidad que nos rodea! Con su Resurrección, Jesús penetra en lo más profundo del mundo y de cada corazón humano y se hace presente en todas las cosas como ya tan acertadamente advirtió: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo».
En estos días me siento como María Magdalena y las otras mujeres que corren llenas de gozo, de fe, de confianza y de alegría al encuentro del Cristo resucitado. Tengo el mismo deseo de proclamar que no solo ha resucitado sino que vive entre nosotros.
Estoy feliz. Radiante de alegría. Con el corazón henchido de esperanza. Me siento lleno de confianza porque Jesús ha resucitado. Porque ese Cristo resucitado es la Epifanía de Dios manifestado al ser humano. Porque es un encuentro por medio de la fe, del encuentro fortuito, por la aceptación de su Palabra, de sus mandatos, de su mensaje, por la experimentación de su presencia en la Eucaristía. La Resurrección de Cristo nada tiene que ver con la razón. Está completamente alejada de la búsqueda racional. Es una realidad viva.
La Resurrección tiene mucho que ver con la experiencia de la vida, del compromiso, de la entrega, de la generosidad, de la vida de la gracia, de la aceptación del ser cristiano. Cristiano por la gracia de Dios por medio del bautismo, engendrado a nueva vida, momento mágico en el que me lleno de Cristo por medio del Espíritu Santo, me libero de la esclavitud del pecado y me hago miembro de pleno derecho de su Iglesia convirtiéndome en hijo de Dios.
La Resurrección es una experiencia que puedo perpetuar cada día en la Eucaristía, en el momento de comulgar su cuerpo, de agradecer su presencia en mi interior, de entrar en oración sincera en una profunda comunión con Él, llenándome de su paz y de sus dones.
La Resurrección también tiene mucho que ver con el reconocimiento de mis pecados en el sacramento de la Penitencia porque es un renacer a la vida, limpiando la inmundicia interior por la mera misericordia y el amor de Dios.
La Resurrección es permitir que Jesús transforme por completo mi vida, la renueve, me haga semejante a Él; es tratar de vivir en cristiano, apoyado en mis fortaleza pero también en mis muchas limitaciones y en mis tantas debilidades porque el Señor envía su Espíritu para este nuevo renacer.
La Resurrección es tomar la fuerza de Dios y hacerla mía porque soy su hijo, hacer de Él una esperanza cierta, ponerme en esas manos misericordiosas que todo lo perdona, que abraza con su misericordia infinita. Es un sentirse amado pese a tantos errores y tantas equivocaciones. La Resurrección me permite blandir con orgullo mi dignidad de hijo de Dios, sin avergonzarme ni esconderme allí donde vaya.
¡Jesucristo ha resucitado, y con mi ejemplo y mi testimonio lo quiero hacer saber a todo el que me quiera escuchar!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, has resucitado y te entrego mi vida para que la transformes y me hagas semejante a ti viviendo según tu Palabra como un cristiano auténtico a pesar de mis debilidades, caídas y muchas limitaciones! ¡No permitas que te aparte de mi vida porque quiero que seas el centro de mi existencia! ¡Concédeme la gracia de una fe firme para no desanimarme cuando las cosas no me vayan bien, cuando me desanimo por mis pecados, cuando las incertezas me invadan y el desaliento haga mella en mi corazón! ¡Haz de mí, Señor, un signo claro y distintivo de tu Resurrección! ¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»!

¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! es el canto del Resurrexit que escuchamos hoy:

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