Junto a María, Madre de la Misericordia

Primer sábado de abril, víspera del domingo de la Divina Misericordia, con María en el corazón. Hoy me siento especialmente unido a María, Madre de Misericordia. Ella es la Hija de la misericordia de Dios y, al mismo tiempo, Madre del Dios de misericordia.
La misericordia es reconocer en Jesucristo un corazón sensible a cada una de nuestras miserias. Cada vez que Dios concede su misericordia otorga una nueva vida. Las obras de misericordia son visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los presos y enterrar a los difuntos.
Misericordia es dar vida de nuevo a una persona. Y si la misericordia es una decisión de dar vida, nuestra Madre del Cielo necesariamente tiene un lugar privilegiado en la obra de la misericordia divina. Fue la primera en obrar la misericordia con su propio Hijo. Con él ejercitó todas las obras de misericordia: le dio de comer de su propio pecho; le preparó con amor maternal durante treinta años sus alimentos cotidianos; le dio de beber de su bondad y de su espíritu; le dio posada durante nueve meses en su seno materno en su peregrinaje hacia la vida terrena; le revistió con pañales en el frío día de su nacimiento; tejió para Él los vestidos cotidianos y la túnica que portaba cuando rasgaron sus vestiduras; estuvo junto a Él en el patíbulo cuando Jesús padeció el escarnio de la crucifixión, la coronación de espinas y la condena a morir en cruz; lo lloró al pie de la cruz, lo arropó tras el descendimiento con sus brazos santos y maternales, rogó por su alma y le procuró el descanso en aquel sepulcro de piedra que abriría el camino hacia la Resurrección.
Y durante tres días de incerteza, María se mantuvo fiel enseñando a mantener la esperanza a los discípulos, dando buen consejo al que lo necesitaba, perdonando a los que habían condenado a su Hijo, a Pedro que lo negó, a Judás que le traicionó y a los demás que huyeron alejándose de Él, consolando a los atribulados apóstoles, sufriendo con paciencia los miedos de los seguidores de Cristo y rezando a Dios por los vivos y los muertos.
¡Quien puede negar que María es la fuente misma de la Misericordia! ¡Quien puede negarse a convertirla a Ella en el modelo de su vida para abrir el corazón al amor y a la misericordia! ¡Hoy, María, me entrego decididamente a Ti para que me muestres el camino para convertirme como fuiste Tu en testigo de la misericordia y entregarme por completo al necesitado que se encuentra caminando a mi lado!

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¡Dios te salve María, Madre de la Misericordia, me entrego enteramente a Ti que has experimentado la misericordia divina y has acogido en tu seno a Jesús que es la fuente misma de esta misericordia! ¡Tu María, que has estado unida de manera especial a tu Hijo y sabes mejor que nadie lo que Jesús anhela, no permitas que me falte nunca la ternura, el consuelo y el perdón de Dios! ¡Concédeme, María, Madre de la Misericordia, la gracia de comprender lo mucho que Dios me ama y ser capaz de vivir y experimentar su misericordia para ser misericordioso con el prójimo como el Padre lo es conmigo! ¡Tu proclamas, María, en el Magnificat que la misericordia de Dios alcanza sus fieles de generación en generación, por eso te pido que me hagas apóstol de la misericordia divina! ¡María, Madre del perdón, que perdonaste a todos los que abandonaron a Jesús y repetiste interiormente el «Padre, perdónalos…» de Tu Hijo en la Cruz muéstrame el camino del perdón, llévame a perdonar al que me ha dañado y llévame a confesar todas mis culpas y pecados que tan bien conoces! ¡Tu, María, conoces mejor que nadie el daño que hace el pecado porque por el pecado fue lo que crucificó a Jesús; dame la gracia de reconocerme pecador, a cambiar mi interior, a ser testigo del perdón de Dios! ¡Hazme, María, misericordioso en obras y palabras; por eso te pido que me abras el corazón para dar lo mejor para llegar a los demás! ¡Y no te canses nunca, María, de fijar tus ojos misericordiosos sobre mi!

Salve, Madre de Misericordia:

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