Entre la fortaleza y la debilidad

En la vida transitas por dos vías. Una, en la que eres consciente de esa pequeñez edificada por la inseguridad, las incertezas, los miedos, las dudas que van asolando, la incapacidad para tomar decisiones, atenazado por el que dirán. En estas circunstancias eres consciente de tu fragilidad, de esa incapaz de dar lo mejor de ti mismo.
Hay otra senda. Es aquella en la que sintiéndose cercano al Señor, atendiendo a su Palabra, te sientes fuerte, repleto de vida, consciente de las oportunidades que se te abren, lleno de posibilidades, amparado por las escenas del Evangelio, brillando a la luz de Cristo.
Esta senda es la que te permite amar de manera efectiva y eficaz, darlo todo por el otro, descubrir aquello que es relevante en la vida, a dar importancia a lo que no pasa, a cantar la excelencia del amor, a ser paciente y benigno, no devolver bien por mal, no necesitar de las propiedades terrenas sino las eternas, alejarse de lo que te aparta de la rectitud, valorar las palabras sencillas, amables y sinceras, actuar con gestos sencillos, acogedores y amables, dignificar los esfuerzos que edifican, no buscar el interés propio sino el ajeno, no reconocer como propio más que lo permanente, saber encontrar el silencio entre tanto ruido mundano para escuchar los susurros de Dios, vivir con sentimientos auténticos y alejar del corazón las emociones superficiales, complacerse con la verdad amando a los demás como uno se ama a si mismo, encontrar en el prójimo lo bueno que hay en él alejando de ti la crítica y el juicio despiadado, ser caritativo y magnánimo, ser apóstol de la misericordia, obrar con humildad y no con soberbia, servir sin esperar contrapartidas, no tomar en cuenta el mal, ser coherente con lo que dices, haces y piensas…
Este es un principio programático que te hace consciente de tus muchas limitaciones. De tu incapacidad para cambiar interiormente y cambiar el mundo. Pero Jesús te pide ser luz del mundo y aunque sabes lo poco que brillas para iluminar el mundo también eres consciente de que en tus tantas limitaciones está la fortaleza que viene del Espíritu que dota al hombre de la sabiduría para proclamar en su propia vida el mensaje del Evangelio, que te llena de posibilidades para ser transmisor de la Palabra y que en tu debilidad te haces fuerte en Cristo, en su amor te haces fuerte en Él, en tu vida puedes hacerte uno en Él. Y sientes en tu corazón aquello que Jesús anunció: «No apartes de mi tu mirada, porque te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre». Y, entonces, sabiéndote pequeño y limitado, sientes que con Cristo puedes ser una pequeña luz incandescente que ilumine tu pequeño mundo para dar esperanza y alegría, calor y refugio, amor y servicio.

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¡Señor, en mi debilidad tu me haces fuerte porque me envías tu Santo Espíritu y me llenas de Ti! ¡Señor, bendice mi vida, para que lleno de Ti sea capaz de abrirme a la vida! ¡Bendice cada uno de mis gestos para abrir puertas, para ser transmisor de tu Palabra, para ir más allá de las palabras y vivir acorde con tus principios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber elegir siempre estar a tu lado y no dejarme convencer por las argucias del demonio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener tu mirada para ver el mundo con tus propios ojos, para ver al prójimo según tu forma de mirar, para ser capaz de entender lo que el otro necesita, para acompañarle en sus sufrimientos, en su dolor, en sus incertezas y en su caminar! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ir a lo profundo, a lo esencial, alejándome de lo superficial y mundano, de la injusticia, de aquello que te causa dolor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada uno de mis gestos testimonien que soy seguidor tuyo para construir en lugar de destruir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar atento a tu llamada, a los susurros de tu voz que vienen con el soplo del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, a estar abierto a las necesidades del prójimo y servir sin ser servido! ¡Y, sobre todo, Señor, ser templo tuyo, un templo abierto a la verdad, al amor, a la misericordia y al perdón! ¡Señor, que sea capaz de manifestar esa gloria tuya que hay en mi interior!

Eres mi fortaleza, le cantamos al Señor:

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