Cristo me mira… y me ama

Me siento alguien muy afortunado. Bendecido, incluso. Y me siento así, porque sin merecerlo, siento como Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan directo. Ha fijado su mirada en alguien que ha fracasado en muchas ocasiones, que es un ser imperfecto, de dureza de corazón, con multitud de defectos y limitaciones, que cae una y otra vez, que se equivoca, que durante mucho tiempo ha tenido una fe tibia… Y ante tanta ineptitud no hay, por tanto, motivos aparentes para que Cristo haya fijado Su mirada divina en mi. No soy digno de la mirada de Jesús. Una mirada penetrante de amor. Una mirada que mira el potencial que está dentro del corazón del hombre. Una mirada que dice que uno es parte de Él. Jesús tampoco me mira con amor por mi carácter, ni por mi alegría, ni por mi afán evangelizador, ni por lo poco y valioso que tengo. Cristo me mira —y me ama—, simplemente, por mi insignificancia. Y eso me llena de orgullo.
Tiempo he necesitado para comprender la grandeza de que otros sean más amados y estimados que yo, que otros sean empleados en cargos y a mi se juzgue inútil, que otros sean preferidos a mi en todo, que otros sean alabados y de mi no se haga caso. No me importa. No es una necesidad en mi vida. Cristo se pone siempre al lado de los más sencillos, de los que no son nada, de los que pasan desapercibidos. De los que anhelan tener un corazón de niño, de los que se dejan seducir por Él y dependen de su dirección, de los que se acogen a su esperanza, de los que mendigan su confianza y se amparan en su misericordia. Cristo busca a los que, débiles y necesitados, le cogen de la mano, caminan a su lado y conversan con Él para hacer suya Su Palabra. Cristo busca al que corresponde Su mirada con ojos de amor, de esperanza y caridad a pesar de sus muchas y manifiestas imperfecciones. Y eso me llena de esperanza.
Soy una persona muy afortunada porque comprendo que Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan radical. Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha llenado de amor, ternura, dulzura, compasión, misericordia, perdón, esperanza y amor. Es una mirada que ha transformado por completo mi corazón. Me ha sanado las heridas del alma y las ha llenado de paz.
Y tras esta mirada de Cristo estoy muy feliz. Desde que ha fijado su mirada nada puede ser igual en mi vida. Y ahora exclamo con fuerza: ¡Amigo, mírame tu a los ojos y perdona el mal que te hecho! ¡Perdona cuando te he abandonado y no estaba cuando me necesitabas! ¡Quiero mirarte y quererte como Cristo me mira y me ama a mí!

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¡Gracias, Jesús, amigo, por tu mirada de ternura y amor que todo lo dignifica! ¡Gracias, Señor, porque no apartas nunca tus ojos de mi vista, porque con sólo mirarme sabes lo que necesito! ¡Gracias, Señor, por tu mirada que ilumina mi vida! ¡Gracias, Señor, porque tu mirada me reconforta y me alienta! ¡Señor, ya sé que no soy nada aunque me crea un superhombre, pero a Tu lado me siento fuerte, alegre y comprometido! ¡Señor, con tu sola mirada sabes lo que hay en lo más profundo de mi corazón, consuélalo, transfórmalo, purifícalo y renuévalo! ¡Haz de mi un hombre nuevo, Señor! ¡Qué mi mirada sea como la tuya, Señor, para parecerme solo un poco a Ti! ¡Y que sea capaz de mirar siempre a los demás como los mirarías Tu!

 

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado:

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