¿Qué observo cuando medito el hogar de Nazaret?

Cuarto sábado de abril con María, la humilde esclava de Nazaret, en lo más profundo del corazón. Hoy me pregunto: ¿Qué observo cuando medito el hogar de Nazaret? Un lugar repleto de sencillez, delicadeza, humildad, serenidad, entrega, generosidad… Un lugar donde lo grande se hace pequeño. ¡Cómo no va a ser así si el comienzo de esta familia cuenta con una de las frases más sublimes pronunciadas por María: «Porque ha mirado la humillación de su esclava me llamarán bienaventurada»! Las enseñanzas de María en el recodo callado de Nazaret dejaron una profunda impronta en el corazón de Jesús que, en el Monte de las Bienaventuranzas, proclamo aquello tan extraordinario del «bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos».
Hay algo en Jesús, en María y en san José, pero especialmente en María, que corrobora que si buscas hacer la voluntad de Dios en tu actitud debe imprimirse el abandono. Si no hay abandono no hay camino de sencillez, de desprendimiento, ni pobreza de alma.
Cuando Cristo elogia la pobreza de espíritu debía recordar a su Madre porque si alguien tuvo alma de pobre pero alegre, sencilla pero generosa, esa fue María. Dios la eligió a Ella no por su belleza exterior —que seguro la tendría por ser una obra perfecta de su Creación— sino por la pequeñez de su espíritu, la sencillez de sus gestos y sentimientos, la belleza de su alma y la grandeza de su corazón.
En este sábado mariano tengo necesidad de llamar a la puerta del hogar de Nazaret. Entrar en este reducto de amor para llenarme de ternura, de caridad, de generosidad, de sencillez, de perdón, de humildad… Impregnarme de los valores de esta familia santa e inundarme de las gracias del Espíritu que merodea en este lugar. Entrar en este espacio de santidad para comprender que en lo pequeño está lo grande, que en la fidelidad a Dios está la felicidad, que no tener nada y no ser nada a los ojos del mundo no se contrapone con ser importante a los ojos de Dios. Entrando en este hogar de Nazaret entiendo el valor de la confianza, de la esperanza, del abandonarme en las manos del Padre.
Entrar en Nazaret para comprender que en mi vida cotidiana, en la sencillez de mis actos del día a día, en mi trabajo, en mis esfuerzos, en mi llevar la cruz, en mis relaciones personales, en mi servicio desprendido, en la pobreza de mi oración, en mi compartir mis alegrías y mis tristezas, en mi trasmitir sencillamente el Evangelio, en mi palabras amables, en mis gestos cordiales, en mis respeto al prójimo, en la pequeñez de mis actitudes… en definitiva, en la vida sencilla de cada día, todo mi ser se impregna del espíritu del Cristo Resucitado que dar valor de eternidad a la realidad de mi vida.
Entrar en Nazaret es comprender que mi vida cotidiana es un regalo de Dios que tiene como modelo a una trinidad humana que hace de la vida sencilla una auténtica comunidad de amor. ¡Qué sea capaz de llevarlo a los demás!

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¡María, hazme descubrir en mi corazón la pobreza de espíritu, la sencillez de la vida, la pobreza de alma, las virtudes de la que tu eres ejemplo! ¡Enséñame, María, a tener un corazón desprendido, generoso, cordial, tierno, amable y amoroso como el tuyo! ¡Ayúdame a descubrir, María, que la fidelidad a lo cotidiano es en realidad una gran fidelidad al Padre! ¡Enséñame, María, como enseñaste a Jesús a vivir la sencillez de la vida, a trabajar por amor a Dios y a los demás, a tratar siempre bien a la gente, a acompañar al que lo necesita, a ser testigo del Evangelio, a llevar la Buena Nueva al corazón de los que se cruzan en mi camino, a llevar amor al prójimo, a rezar con el corazón abierto aceptando siempre la voluntad del Padre! ¡Concédeme, María, la gracia de dar siempre gracias por todo lo que me sucede que proviene de la bondad infinita y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, María como hiciste Tu a crear a mi alrededor una auténtica comunidad de amor! ¡Ayúdame a tener, María, un corazón de niño, sencillo, puro y humilde! ¡Ayúdame María en el camino de la sencillez, de la generosidad, de la humildad, de la Cruz y de la fe! ¡Ayúdame a amar la Eucaristía! ¡Ayúdame a imitar en todo a Tu Hijo Jesucristo!

Una bella canción a la Sagrada Familia para acompañar esta meditación:

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