Allí donde va un cristiano convencido, va Dios con él

¡De qué manera tan hermosa concluye el mes de María: contemplando a la Virgen Santísima en el misterio de su Visitación! «María se puso en camino y fue aprisa a la montaña…». Esto es lo que celebramos hoy, la fiesta de la visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. Es la festividad que te invita a ponerte en camino. Y así lo hizo María. En cuanto el ángel le anunció que Isabel estaba encinta caminó hacia aquella casa tan alejada de Nazaret. Sus pies impregnados del polvo del camino anduvieron, no sin riesgos y dificultades, al encuentro de su anciana prima. Los pies de María no se instalaron en la comodidad de Nazaret sino que fueron al encuentro del prójimo porque allí donde va María, va Dios. Allí donde va un cristiano convencido, va Dios con él. Fue María al encuentro de Isabel porque la Virgen quería mostrar que salir al encuentro del prójimo le hacía partícipe del amor, la ternura y la caridad de Dios; que uno no puede encerrarse entre los muros de la comodidad de la vida sino que de manera espontánea tiene que abrirse a la entrega del que tiene cerca; que nuestro camino de creyente es ser misionero, es llevar el anuncio del Evangelio, vivo, auténtico y personal, a todos los rincones; es comunicar a Cristo, es llevar la fe y la esperanza a todo ser humano para llenar su corazón de la alegría cristiana. Somos Iglesia y en el caminar de María nos hacemos Iglesia misionera.
Me sobrecojo cuando siento que en cuanto oyó Isabel el saludo de María quedó llena de Espíritu Santo. Y en el seno de Isabel Juan saltó de gozo. Aquel encuentro entre la dos mujeres es un sencillo Pentecostés, es un epílogo a la gran fiesta solemne que celebramos hace unos días. La presencia de María, tan llena del Espíritu Santo, nos acerca a todos los dones de Dios como sucedió en la Anunciación y como ocurrió también el día de Pentecostés.
Concluye hoy el mes dedicado a María. Es una jornada para estar más estrechamente unido a Ella, para pedirle una abundante efusión del Espíritu Santo sobre nuestro pobre corazón, sobre el mundo y la Iglesia entera, para que haga de nuestra pequeña vida una constante visitación para llevar al prójimo la verdad, la alegría, la justicia, la caridad, la libertad, el perdón y el amor, pilares básicos, esenciales e insustituibles de una auténtica convivencia cristiana.

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¡En este día, María, me haces comprender que debo ser dócil a los planes de Dios y tener siempre en mi vida una actitud de amor y de entrega hacia el prójimo! ¡Que tu ejemplo, Madre, me sirva para ponerme siempre en camino para para llegar «con prontitud» a la casa del prójimo y ponerme a su disposición en cualquiera de sus necesidades! ¡Hazme ver que en cada gesto de servicio, como fue el tuyo con Isabel, tiene como protagonista oculto a Tu propio Hijo pues Tu te acercaste a tu prima en el sagrario de tu corazón! ¡Hazme comprender que donde vas Tu, María, llevas siempre a Jesús; que donde vaya yo, debo llevar también al Señor! ¡Quiero aprender de Ti, María, a olvidarme de mi mismo e ir en busca del prójimo! ¡Ayúdame, María, a ser testigo de lo que hermosamente canta el salmo cuando dice que corro por el camino de tus mandamientos pues tú mi corazón dilatas»! ¡María, Madre del servicio, hazme una persona servicial, amable, generosa, entregada! ¡Llévame, María, por la senda de la caridad y por los caminos del Evangelio!¡María, tu me enseñas también a amar y respetar a los mayores; tu prima  Isabel era de edad avanzada y Tu acudes a su casa para ofrecerle la cercanía de tu amor, de tu ternura, de tu servicio, de tu  ayuda concreta, de tus atenciones cotidianas y de tu entrega; hazme ver en tu prima Isabel la figura de tantas ancianos y enfermos necesitados de ayuda y amor en mi familia, en mi comunidad, en mi barrio y en mi ciudad! ¡Totus tuus, María! ¡Todo tuyo, María!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María cumpliste siempre la Voluntad de Dios con el corazón abierto, te ofrezco mi pequeño Corazón para que lo guardes, uniéndolo al de tu Hijo!

Hoy jueves la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo aunque propiamente lo celebraremos el próximo domingo. Al celebrarlo hoy recordamos el Jueves Santo, día  en que Jesús instituyó la Eucaristía. Es un idea indicado para ponderar el misterio de la Eucaristía y manifestar nuestra fe y devoción a este banquete pascual sacramento de piedad, signo de unidad y vinculo de caridad. 

Como María en la visitación, cantamos a María:

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¿Me amas? Entonces, ¡Sígueme!

Hay algo extraordinario en el corazón de Cristo. Después de que Pedro le haya negado, la primera vez que se encuentra con el apóstol Jesús no le recrimina su acción ni le cuestiona si le volverá a negar, le formula una pregunta que es una invitación al encuentro personal con Él: «Pedro, ¿me amas?».
Una simple pregunta que pone al descubierto lo que realmente le interesa a Jesús: el amor, el amor que sana, que cura, que repara, que perdona, que llena de misericordia. El amor que traspasa cualquier experiencia personal. El amor que aplaca cualquier sensación de desánimo. El amor que reconstruye la relaciones rotas. El amor que te permite olvidarte de tus propios intereses personales. El amor, en definitiva, que nos llena de vida.
Y cuando el amor está enraizado en el corazón mismo del hombre, entonces lanza Jesús una nueva llamada: «¡Sígueme!».
Una simple expresión que va unida al amor. Es el llamamiento a desprenderse de los propios complejos, de los miedos, de la autosuficiencia, de las propias ideas, de las convicciones… una invitación para ponerse en camino unido al amor de Cristo que es lo mismo que decir unido al amor de Dios.
Imagino el dolor de conciencia de Pedro por haber negado a Jesús pero también su alegría por el reencuentro. En ese momento, su corazón se abrió de nuevo a la experiencia del amor, al compromiso, a la renovación de la fe. Cuando has caído y te sientes renovado interiormente, cuando sientes el profundo amor de Dios en tu interior, necesitas darlo a conocer porque en en ese momento el amor se vuelve misión.
El «¿me amas?» y el «¡Sígueme!» nos lo recuerda Jesús cada día. Es una llamada al cumplimiento del mandamiento del amor, sello del cristiano, al encuentro y a la misión. El amor a Cristo exige compromiso; es una invitación a dar a conocer la fe que recibimos en el bautismo a nuestros semejantes. El amor a Cristo significa asumir el compromiso de llevar el amor de Dios a todos los demás.
Los cristianos tenemos que ser como el fuego del amor de Dios para toda la humanidad. Y nuestra misión es llevar el fuego del amor de Cristo resucitado a cada rincón donde se dirijan nuestros pasos, con el corazón siempre abierto sabiendo que, por delante, está Jesús que exclama: «¡Sígueme!».

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¡Señor, tu invitaste a tus discípulos a seguirte y a no temer, a dar la vida por ti, a cargar la cruz y a tener esperanza! ¡Concédeme, Señor, la gracia de escuchar siempre tu Palabra, de estar abierto a acoger en mi corazón tus enseñanzas, porque quiero seguir tu invitación a seguirte con mi vida! ¡Hazme, Señor, saber cuál es el plan que tienes pensado para mí en la oración y concédeme la gracia de permanecer siempre cerca tuyo, con confianza y con fe, para llevar a cualquier rincón tu maravilloso plan de amor! ¡Señor, tu conoces lo que anida en mi corazón, sabes lo que te amo y lo difícil que me resulta a veces seguirte por mi egoísmo, mi soberbia y mi autosuficiencia; no permitas que cuando me aparte de ti, cuando te falle y te abandone, te crucifique de nuevo con mis actos! ¡Perdona, Señor, cada uno de mis abandonos y dame la gracia de amarte siempre! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para asumir el compromiso de llevar el amor que siento por Ti a mi prójimo, y hacerlo con alegría y dando testimonio de coherencia personal!

Jaculatoria a la María en el mes de mayo: ¡Madre, tu que amaste tanto a Jesús y le seguiste sin condiciones llévame de tu mano para cumplir su plan de amor!

Ven y sígueme, cantamos hoy:

Caminar en la verdad

Caminar en la verdad. Es la categoría fundamental, el criterio sobre el que se basa en la autenticidad en el pensar, en el actuar, en el sentir y en el querer.
Pasar la vida según el criterio de tratar de decir siempre y en todo la verdad. El ejemplo es Cristo. El vino al mundo para testimoniar la verdad pues Él mismo es la verdad. No hay que tener miedo. Hay que andar en verdad delante de Dios, de los demás y de uno mismo, marchando con la conciencia limpia, pidiéndole al Espíritu Santo que ante la flaqueza de la mentira cambie el corazón.
Y aunque Dios comprende nuestras flaquezas, nuestras fatigas y nuestras oscuridades Dios sabe que el hombre tiene la tentación al mal por muchas gracias que tenga por eso solo con la verdad uno es auténticamente libre y fuerte.
Y entonces te preguntas: ¿cuántas veces he preferido el éxito a la verdad, la reputación personal a la justicia, el objetivo a respetar los límites, el ceder a la tentación al cumplimiento de la voluntad de Dios?

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¡Señor, tu conoces mi vida, mis sentimientos, mi corazón; tu sabes que necesito un corazón abierto a tu gracia, a otras maneras de actuar, sentir y pensar; sabes que necesito un corazón que esté principalmente abierto a la Verdad! ¡No permitas que mi corazón se centre solo en mi verdad sino sólo y exclusivamente en la única Verdad que es la que Tú nos has revelado! ¡No permitas, Señor, que me instale en la comodidad de mi vida, en mis costumbres anquilosadas, en mis formas de pensar tantas veces equivocadas, a mi manera de vivir desviada del camino! ¡Envía, Señor, tu Santo Espíritu para que ilumine con su gracia la oscuridad que haya en mi! ¡Concédeme, Señor, la gracia de caminar bajo la lámpara de tu luz para que las tinieblas interiores no coarten la verdad de mi vida y me permita caminar a la luz de la verdad y la autenticidad! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Santo Espíritu me indique el camino a seguir y me otorgue la santa paciencia para aprender a esperar, sentir y escuchar! ¡Ayúdame a ir siempre con la verdad cierta y no permitas, Señor, que nada ni nadie me aparte del camino correcto! ¡Hazme comprender, Señor, que los tiempos cambian, la sociedad tiene otros valores, pero Tu Verdad prevalece; no permitas que me acomode a la realidad de los tiempos más al contrario concédeme la gracia de que la Verdad crezca en mi interior! ¡Hazme, Señor, apóstol de la verdad en todos los ambientes y envía sobre mi tu Santo Espíritu para que elimine de mi vida todas aquellas máscaras que puedan envolver mi corazón! ¡Ven a mi, luz de verdad, santificador de la verdad, ven a mi alma y quema el corazón con el fuego de tu amor y ayúdame a que la verdad impere siempre en mi! ¡Lo que soy te lo doy, hazme mejor Espíritu de Dios!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Señora, Madre de la Esperanza, que caminaste siempre en la verdad llevando a Cristo en el corazón, haz que la verdad prevalezca en mi corazón!

Caminar en la verdad, cantamos hoy:

Cuando el Espíritu te llama a la acción

Les ecos de Pentecostés siguen muy presentes en mi corazón. En Pentecostés fe y envío misionero se unen en torno al fuego del Espíritu. La fe y la misión no son dos conceptos diferentes, la una y el otro se hacen uno en la vida del cristiano. Tener fe, creer en definitiva, es saberse enviado a la misión para construir el Reino de Dios en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros entornos laborales y entre nuestros amigos.Pentecostés te coloca en la disyuntiva de la fe y de la misión, te impide adoptar un rol pasivo en el camino de tu vida espiritual, te invita a comunicar tus creencias y hacerlas presentes en cada uno de los corazones que te cruzas por el camino. Te invita a echar las redes allí donde vayas para abrazar al hombre y a la mujer con el que te encuentras, sin distinción de raza, cultura, ideario político o religión, porque todo ser humano tiene derecho a sentir en su vida la misericordia, la ternura y el amor de Dios.
Pentecostés es una invitación a misionar con fe y con esperanza como hicieron los primeros seguidores de Cristo que llevaron la verdad del Resucitado a todos los confines de la tierra sin medios, sin cultura, sin apoyos y en un ambiente de incredulidad, de desconfianza y de hostilidad. ¿No es así el mundo de hoy? Pero, iluminados por el Espíritu y fiados en la persona de Cristo, comenzaron a caminar para llevar el Evangelio de la vida a todos los confines de la tierra. ¡Hasta hoy!
El mundo rechaza a Dios y las circunstancias han cambiado, argumentan unos. No es posible tener la vitalidad y la alegría de los primeros cristianos, dicen muchos. El mundo avanza demasiado deprisa y los esfuerzos cotidianos te obligan a centrarte en lo inmediato, piensa una gran mayoría.
En cada Pentecostés el Espíritu me llama a la acción. Y me recuerda que la misión surge cuando primero hay un conocimiento íntimo de Jesús, un descubrirle en el corazón. La misión no se sustenta en obras extraordinarias, tiene su base en la fe, en la Palabra de Cristo y en la certeza que es el Espíritu quien te guía. ¿Nos ponemos en camino?

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¡Espíritu Santo, don de Dios, que todo lo iluminas y que habitas en mi corazón, amanece cada día en mi vida y manifiesta en mi el poder, la ternura, el amor y la misericordia de Dios! ¡Espíritu divino, dador de vida, hazme fuerte en la fe y ayúdame a comulgar en tu divinidad! ¡Espíritu Santo, espíritu de verdad y sabiduría, concédeme la gracia de vivir sintiendo en cada instante tu presencia; en las alegrías y las tristezas, en los cansancios del día y en los esfuerzos de la jornada, en las certidumbres y en las dudas, en los trabajos y en los descansos! ¡Espíritu Santo, espíritu de caridad y gozo, hazme una persona dócil a la voluntad de Dios, predispuesta al servicio y a la entrega generosa! ¡Espíritu Santo, espíritu de paz y paciencia, dame el don de ser paciente y aceptar siempre lo que Dios provea para mí! ¡Espíritu Santo, espíritu de santidad y justicia, concédeme la gracia de caminar cada día hacia la santidad personal manifestándolo en mi familia, en mi trabajo, con mis amigos y en cualquier lugar donde se haga presente mi persona! ¡Espíritu Santo, espíritu de bondad,  no permitas que caiga en tentación y líbrame de los miedos, la desconfianza y la autosuficiencia! ¡Espíritu Santo, espíritu de amor, llévame siempre a amar al prójimo con tu mismo amor! ¡Espíritu Santo, espíritu de acción, conviérteme en una auténtico discípulo de Jesús, transmisor de su Palabra, discípulo de su verdad, testimonio de su amor! ¡Espíritu Santo, que habitas en mí, aviva en mi corazón el deseo de darme a los demás y consagra cada una de mis palabras, gestos y sentimientos y hazlos semejantes a los de Jesús!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, llena del Espíritu de Dios, llévame de tu mano a Jesús y hazme como lo eres Tú templo vivo del Espíritu Santo!

Invocamos al Espíritu Santo:

Contemplar y adorar el misterio de la Trinidad

Con enorme alegría celebramos hoy la gran fiesta de la Santísima Trinidad de la que podemos regocijarnos porque nuestra vida cristiana está marcada bajo el signo de la presencia de la Trinidad.
La Trinidad es un misterio de la fe que deseo contemplar y amar porque como cristiano vivo en la esperanza de que este misterio se me aparecerá en todo su esplendor al alcanzar la felicidad eterna el día de mi despedida de esta tierra.
Pero este misterio no tiene porque ser algo ininteligible e incomprensible porque como otros misterios cristianos el de la Trinidad es mucho más grande de lo que la inteligencia puede percibir. Y la primera base de este misterio es el amor porque Dios, el creador de todo, es la comunión perfecta del amor.
Este es el misterio de la Trinidad. El Padre que ama al Hijo y, desde la eternidad, le da la vida; está el Hijo que ama al Padre, por quien todas las cosas han sido hechas, quien es su Palabra, y cuya misión es darnos a conocer al Padre; y está el Espíritu Santo, que es el mismo amor que existe entre el Padre y el Hijo, que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. ¡Por eso la belleza de Dios es trinitaria! Y ante este misterio divino de amor uno no puede más que caer en la contemplación y en la adoración.
Pero no solo es un misterio para contemplar, es también un misterio para ser experimentado y vivido porque este misterio deja una señal indeleble en toda nuestra vida cristiana, especialmente desde el momento de recibir el sacramento del bautismo. El bautismo realiza en cada persona una nueva creación convirtiéndonos en hijos adoptivos de Dios, participantes de la naturaleza divina, miembros de Cristo y coherederos con Él de la gloria eterna y templos de Dios por medio del Espíritu Santo. ¡Qué hermoso sentir que el bautismo nos une de una manera tan estrecha a la Santísima Trinidad! Vivimos en este misterio al igual que este misterio vive en nosotros.
Y el culmen de todo esto se alcanza en la Eucaristía, porque el Jesús que recibimos nos convierte en participantes de la vida trinitaria. Por eso me gusta asistir cada día a la Santa Misa y participar de la Eucaristía porque, en cierto modo, soy un huésped de la Trinidad, sentado a la mesa con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como reflejó de manera tan hermosa el pintor ruso medieval Andréi Rublev en esa obra maestra del arte pictórico ruso que es el cono de la Trinidad pintado para la catedral de la Trinidad y san Sergio.  
La Trinidad es un misterio de alegría y de esperanza, un misterio para ser contemplado y ser vivido que nos permite comprender que Dios es amor y es causa de nuestra alegría, que Cristo es amor y es nuestra esperanza, que el Espíritu Santo es amor y es el dador de nuestra vida. ¡Que la Trinidad nos invada hoy a todos con Su presencia y llene nuestro corazón con su infinito amor y su abundante alegría!

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¡Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos! ¡Santísima Trinidad, Dios Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, principio y fin nuestro, te rindo homenaje y exclamo agradecido por razón de mi fe: ¡bendita y alabada sea la Santísima Trinidad! ¡Trinidad Santísima sea todo honor, gloria y alabanza! ¡Padre del Cielo, fuente de bondad y eterna sabiduría; Jesús Buen Pastor, en cuyo Sagrado Corazón mi alma encuentra refugio; Espíritu Santo, claridad que todo lo ilumina; os suplico me otorguéis vuestra ayuda, guía, iluminación y protección en el camino de la vida!  ¡Hoy no puedo más que exclamar con gozo: Gloria a Dios en el Cielo  y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.  Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias. Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor Hijo único, Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre: tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros: porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén!

Jaculatoria a la Virgen María: María, que tan unida estás a la Santísima Trinidad, que por vuestra gracia habitáis en mi alma, haced que os ame más a Ti, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Himno a la Trinidad, para acompañar a la meditación de hoy:

Desbordado por la alegría

Cuarto sábado de mayo con María, Causa de nuestra alegría, en el corazón. La Virgen, que experimentó en su corazón la experiencia de la alegría con su a Dios, con el gozo de la maternidad, con el acompañamiento a Jesús en sus años de vida oculta, con la alegría de la Resurrección te enseña que la experiencia cristiana es una fiesta de gozo continuo porque el cristiano tiene en Dios la fuente de su verdadera alegría y en el Espíritu Santo la luz que ilumina esa alegría.
Miro con ternura una imagen que llevo grabada en la pantalla de mi móvil (es la fotografía que acompaña a este texto). Me fijo en esa mirada de María, una mirada de introspección e interioridad puesta en Dios, en una íntima comunión con Él, atenta a su ternura y su misericordia; esa mirada es lo que nos permite vivir bajo el signo de la alegría. Y cuando el hombre cierra las puertas de su corazón a Dios, vive alejado de Él, no siente su presencia en su interior, queda apresado por la tristeza.
Signos de la alegría hay múltiples en la escritura. El más hermoso es el de María, el día de la Anunciación: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…». Encontramos también variedad de salmos que exaltan el desbordante gozo de sentir a Dios pero es Isaías quien, quizás, tiene la frase más concluyente que es bueno grabar en el corazón: «Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios».
La fe no es sencillo vivirla porque el cristiano se enfrenta a múltiples dificultades, barreras, contradicciones… Así, en tantas ocasiones, tenemos la triste tentación de alcanzar la alegría en los placeres mundanos, en la búsqueda del confort, en la autocomplacencia, en la seguridad del dinero o de lo material, en las tentaciones múltiples que ofrece este mundo despiadado… Sin embargo, en estos espacios, no se halla la alegría auténtica.
La alegría debe descubrirse en el interior del corazón que Dios predispone y nos coloca en el camino de la vida: la alegría de ser conscientes del don de la vida, la alegría de la propia existencia, la alegría de la creación, la alegría de la familia, la alegría de la dignidad humana, la alegría de la fe, la alegría del trabajo bien hecho, la alegría de la entrega, la alegría del servicio, la alegría del sacrificio por el prójimo… Alegrías hay abundantes pero la gran alegría es saberse amado por Dios, el sentir ese amor misericordioso que Dios siente por cada uno y que nos ha entregado a Cristo.
Siento que como cristiano debería repetir más a menudo como la Virgen «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…». Es el canto del corazón repleto del Espíritu Santo, el dador de la alegría cristiano, el que trasmite la gracia y que nos predispone a la alegría. Cuando la alegría es fruto del Espíritu es una alegría que llena de paz, de felicidad, de consuelo, de serenidad interior y de sensación de una intensa relación con Dios.
¡Hoy, especialmente, queridos lectores deseo con el corazón abierto que estéis muy alegres en el Señor!

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¡María, eres causa de nuestra alegría; enséñame a amar y a estar siempre alegre, a rebosar amor y felicidad para darla a los demás! ¡Concédeme la gracia de tu sonrisa y de tu alegría para tener siempre con el prójimo un trato delicado y amable, tierno y generoso! ¡Dame la alegría para admirarme, como hiciste Tú, por las maravillas de la Creación, por la belleza de la vida, por las obras grandes que Dios hace en mi, por las preciosidades que Jesús, Tu Hijo, realiza en mi vida cada día! ¡Dame, María, tu alegría para ir por el mundo celebrando mi fe, mi esperanza en Jesús y mi confianza en el Padre! ¡Concédeme, María, la gracia de la alegría que contrarreste el sufrimiento, la prueba y el dolor! ¡Dame tu sonrisa eterna, María, porque soy frágil y débil y necesito el manantial de la gracia alegre que emana de Ti! ¡Dame tu alegría, María, que nace de un corazón abierto a la acción del Espíritu! ¡Hazme ver, María, que cuanto más lleno de Dios, cuanto más lleno de su gracia y de su amor, más grande será mi felicidad interior! ¡María, Madre mía, que las carencias materiales, el reconocimiento de los demás, los honores públicos, la tendencia al pecado no sea causa de desasosiego y de tristeza; que mi vida esté impregnada de la alegría de saber que me basta con el amor de tu Hijo y de los que tengo alrededor! ¡Que esto sea, Madre, motivo de mi alegría interior! ¡Y en los momentos de dificultad, Señora, que no decaiga mi alegría; ayúdame a reposar mi corazón en Ti para que eleves Tu mis súplicas al Padre! ¡Ayúdame, María, cuando sea el momento a llevar el sufrimiento con alegría! ¡Gracias, María, porque en tu mirada tierna y amorosa observo el secreto de la felicidad auténtica: el llevar a Dios en el corazón y aceptar siempre alegre y confiadamente su voluntad!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, causa de nuestra alegría, que aprenda de Ti a amar con el corazón y repartir alegría a mi alrededor!

María, Tu eres mi Madre, cantamos hoy a María:

 

 

Testimoniar el «tomad y comed»

Por motivos laborales me encuentro en Irán, en la ciudad del norte a la que he viajado no hay cristianos ni tampoco iglesias. Y me falta algo. Tengo el vacío de no poder asistir a la misa diaria. Y la ausencia de templos me llena de desazón.
En la Eucaristía siento vivamente como la Pasión de Cristo y su obra redentora emerge diariamente en la iglesia a la que habitualmente acudo. La Eucaristía es el sacrificio vivo de Cristo. Es un acompañar a Jesús en esa hora del Jueves Santo en que instituyó la Eucaristía en la Santa Cena. Cada vez que se produce el intenso momento de la transubstantación del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre algo se me remueve por dentro. Es impresionante testimoniar la entrega del «tomad y comed esto es mi cuerpo o tomad o bebed esta es mi sangre». Es impresionante revivir como, en cualquiera de los templos, capillas, ermitas o basílicas del mundo, se renueva el sacrificio del Calvario, y la gloria de la Redención que se aplica sobre cada uno de los hombres.
La Eucaristía no solo es la celebración de la Santa Misa en la que Jesús todo lo entrega por nosotros es, también, revivir la traición de Judas, la negación de Pedro, la desbandada general de los apóstoles, los gritos enardecidos de los judíos pidiendo la crucifixión del Señor, la flagelación inmisericorde de los soldados romanos, las burlas del pueblo cuando se dirigía el Señor hacia el calvario, las caídas con la cruz a cuestas, el cruce de miradas con su Madre, el encuentro con la Verónica o con el Cirineo.
A veces lo olvidamos pero cuando en el altar el sacerdote eleva sus manos consagradas al cielo mostrando el Cuerpo y la Sangre de Jesús uno asiste a la representación del calvario mismo y en cada una de las hostias consagradas está allí presente, el Señor, inmolado, unido al Padre y al Espíritu Santo, en sacrificio de redención; esas manos humanas del sacerdote le representa a Él en la tierra.
Por eso la Misa no puede vivirse de una manera pasiva, la misa es imprescindible conocerla, vivirla íntimamente, amarla desde lo más profundo del corazón, hacerla partícipe de la propia vida, saborear cada uno de sus momentos, de sus palabras, de sus gestos, de su significado; es necesario adentrarse profunda y vivencialmente en el gran Misterio.
En la Misa uno no puede esperar sólo que se de Cristo, uno tiene que darse también y ofrecerse en unión con el Señor, por Cristo y en Cristo.
Además, asistir a la Misa es encontrarse también con María, la Madre, y arrodillarse junto a Ella a los pies del madero santo, sintiendo su presencia cooperadora en la redención humana.
Hoy invito a los lectores de esta página a acudir a la Santa Misa y encontrarse íntima y espiritualmente con Jesús y María y unirse al Señor de manera vivencial a su Pasión dándole gracias por tanto amor derramado.

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¡Hoy, señor, no voy a poder recibir en mi corazón Tu Cuerpo santo y no podré gozar de un poco del cielo que me trae tu Eucaristía! ¡Pero te doy gracias, Señor! ¡Te doy infinitas gracias, Señor, porque el Jueves Santo, durante la Última Cena, partiste el pan y nos diste el vino para convertirlo en tu cuerpo y en tu sangre para saciar con ello nuestra hambre y nuestra sed de Ti! ¡Te doy gracias con mi corazón abierto, Señor, porque con tu cuerpo y tu sangre llenas mi vida tu presencia! ¡Te doy gracias, Señor, porque en cada Eucaristía te vuelves a presentar ante nosotros creando una comunidad de amor! ¡Te doy gracias, Señor, porque nos podemos unir a ti haciéndonos uno contigo y nos permites unir nuestra vida a la tuya! ¡Señor, que mi encuentro en la Eucaristía de cada día esté presidida por el amor, el cariño, la piedad y la entrega que tú mereces porque quiero adorarte y alabarte, porque quiero disfrutar de los beneficios que tú nos ofreces, porque quiero ser partícipe de tu pasión y porque quiero tener los mismos sentimientos de amor que tienes Tu! ¡Te doy gracias, Señor, porque a tu lado en la Eucaristía me siento muy bien y nada me separa de ti, quiero compartir mis planes, mis preocupaciones, mi familia, mi trabajo, mis amigos, mis necesidades, mis alegrías y mis ilusiones, mis sobresaltos y mis sufrimientos, mi futuro, me entrego a ti que te das por nosotros en el Santísimo Sacramento del altar! ¡Gracias, Señor, gracias por tanto amor y por tu presencia real en la Eucaristía de cada día!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, Madre Eucaristíca, que amaste tanto a Jesús, haz que mi vida sea un amor perpetuo a la Eucaristía!

¡Qué bello es!, un hermoso canto eucarístico para amar más a Cristo:

La verdad os hará libres

Por razones profesionales me encuentro en el norte de Irán. El traductor persa que me han asignado es un hombre profundamente religioso. Aprovecha cualquier ocasión para convencerme de las bondades del chiismo, una de las principales ramas del Islam en Irán. Ayer, durante la cena, bastante opípara, debido a que durante el día practica la abstinencia por el ramadán, me dice que la frase más importante para él del Corán es aquella que dice que «quien someta su voluntad a Allah y siga el camino recto, obtendrá la recompensa del Señor». Acto seguido me reta a que elija una frase de los Evangelios. Inmediatamente le respondo: «la verdad os hará libres».
La libertad es el gran regalo del amor de Dios porque es imposible la libertad si no existe la verdad. Y para mí la verdad es Cristo.
Vivimos en una época marcada profundamente por el relativismo que destruye la libertad del hombre y trata de convertir en cenizas la verdad revelada.
El mundo no solo vive una crisis de valores. Vive profundamente una crisis de la verdad por eso el relativismo y las falsas ideologías morales se van imponiendo en la sociedad.
Apartado el amor, aquellos principios —mandamientos, bienaventuranzas, virtudes…— empiezan a desapegarse del corazón del hombre que acepta que no haya una sola verdad sino un cúmulo de verdades, la mayoría de ellas relativas. Hoy, en tantos, la verdad es su verdad. La verdad es lo que esa persona piensa. La verdad es lo que tiene valor para ella. La verdad es el acomodo del libre pensamiento. Y, así, con tantas verdades que rechazan la auténtica Verdad las sociedades se secularizan destruyendo valores fundamentales como el amor, la familia, el respeto, la política, la economía, la vida social… Sin verdad todo es arbitrario porque ese principio introducido por Dios que distingue  el bien del mal desaparece hecho añicos por el positivismo imperante. Sin brújula el hombre está perdido porque donde no hay verdad se sienta la mentira. Donde no hay verdad se menoscaban los fundamentos éticos. Donde no hay verdad ya no prevalecen los principios del orden creado por Dios.
Cuando pienso que «la verdad os hará libres» es porque tengo el firme compromiso de convertirme en testigo auténtico de la verdad que reside en alguien que lleva en sus manos y sus pies los signos de la Cruz. El único en la historia de la humanidad que libremente decidió morir por la salvación del hombre. Y eso sí que es la gran verdad que debe ser anunciada y revelada.

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¡Señor, ayúdame a librarme de las ataduras del mal, de la mentira, de la hipocresía, de la falsedad, de adaptar la verdad auténtica a las circunstancias cambiantes de mi vida! ¡No permitas, Señor, dejarme llevar por el relativismo moral, por las falsas ideolatrías, por la comodidad que ofrece habitualmente el mundo! ¡Hazme, Señor, un cristiano que ame la libertad auténtica que viene de Ti y está inspirada por la gracia del Espíritu! ¡Hazme como tu Madre, Señor, asiento de la sabiduría, libre en sus elecciones, centrada en cumplir la voluntad del Padre, que sea Ella la que me ayude a vivir según tus enseñanzas, vigilante siempre para cumplir la voluntad de Dios, con la esperanza renovada, sin temor ni miedo al qué dirán o como me juzgarán por defender la verdad, con una fe firme comprometida con la verdad y con un corazón abierto que ame por encima de todo el espíritu de la verdad! ¡Espíritu de Dios, que eres el Espíritu de la verdad, ven a mi vida y a mi corazón y concédeme el discernimiento para no abrazar el mal y acoger siempre el bien!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, que la autenticidad de tu vida sea un estímulo para mi crecer como cristiano!

La verdad os hará libres, cantamos hoy:

¿Cómo sería mi vida cristiana y espiritual sin la presencia del Espíritu Santo?

¿Cómo sería mi vida cristiana y espiritual sin la presencia del Espíritu Santo? Un vacío completo porque el Espíritu procede del Padre. La vida espiritual se vive en referencia a la Revelación y la Encarnación y se realiza con sus fragilidades y su lentitud en la Iglesia. Para que mi vida espiritual sea auténticamente cristiana y para que mi vida cristiana sea espiritual, necesito al Espíritu que une lo que se tiende a separar, que diferencia lo que podría confundirse … Misterio de Dios mismo, regalo a los hombres y animador de la Iglesia, ¡ese es el Espíritu Santo que obra en mi!
Celebrar el Espíritu Santo es sumergirse en el corazón del misterio de Dios. El Espíritu es al mismo tiempo un regalo en el corazón de la Trinidad y un regalo para los hombres, lo que nos hace no solo conocer a Dios sino también participar de su propia vida.
Recibir el Espíritu Santo es crecer en la percepción inteligente y amorosa de la Revelación dada por medio de Jesús.
Celebrar el Espíritu Santo es recibir sus dones. Es sentir la presencia de Dios, consuelo y transformación de nuestros corazones, de lo que en nosotros es rígido, demasiado caliente o demasiado frío, luz u oscuridad.
Recibir el Espíritu Santo es dejarse convertir por Él, transformarse, acoger, entregarse y amar.
Celebrar el Espíritu Santo es convertirse en testigo de la Verdad. Él es quien da testimonio de Jesús y quien a su vez nos hace testigos suyos. Es ser un instrumento de la Palabra y la Paz de Dios: ¡fuerza del Espíritu!
Recibir el Espíritu Santo es ser enviado como testigo de su amor, mediante la proclamación de la Palabra, la compasión y el servicio evangélico.
Celebrar y recibir, sintiendo la gracia de Pentecostés ¿cómo sería mi vida cristiana y espiritual sin la presencia del Espíritu Santo? Esta pregunta solo se puede responder abriendo el corazón.

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¡Espíritu Santo, Espíritu de vida y de amor, imprime en mi corazón la vida divina que recibí de Ti en el momento de mi concepción y el día de mi bautismo! ¡Espíritu Santo, Tú que eres fuego y luz, llena mi corazón con el fuego de tu amor para derretir de mi interior la inmundicia de mis pecados! ¡Espíritu Santo consolador y sanador, cura de mi corazón todo aquello que deba ser sanado, todas las heridas que dañan mi interior, todas las falta que me impiden crecer! ¡Espíritu Santo que traes contigo el don de la fortaleza envíame este don para saber cargar la cruz, para superar las dificultades, para hacer grandes las cosas pequeñas de cada día y para dar gracias por cada paso que de! ¡Espíritu Santo, don de oración, enséñame a rezar y purifica mi pobre corazón para que abrirlo a la oración confiada y que ésta sea atendida por Dios! ¡Espíritu Santo, dador de vida, conviértete en el dueño de mi vida! ¡Espíritu Santo, que lo llenas todo con tu luz, con tu amor y con tu paz, puríficame, transfórmame y cámbiame para ser un auténtico seguidor de Jesús!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, que llevaste siempre al Espíritu Santo en lo más profundo de tu Ser, concédeme la gracia de pedir siempre al Espíritu de la verdad que ilumine mi corazón!

Viento recio, una canción para recordar la presencia del Espíritu Santo en nosotros:

Solo me queda Dios

Me contaron hace unos días un impresionante testimonio de fe. Una enfermera del turno de noche de un hospital escucha como un compañero enfermero sin complejos le recomienda a un paciente que rece el Padrenuestro.
En un momento de pausa, entre bocadillo y bocadillo, la enfermera le pregunta al joven si es cristiano. Él asiente. Y a partir de ese momento ella le abre el corazón. Su hijo mayor falleció de una sobredosis. Un año más tarde, su hijo menor, deprimido por aquella pérdida que no pudo superar, desesperado, se quitó la vida. El golpe fue brutal. Y tras un duelo dolorosísimo, a su marido —su gran apoyo emocional— le diagnosticaron un cáncer terminal que le arrancó de cuajo la vida en cuestión de meses. Y tras esta perdida, además de su trabajo en el hospital, dedica su tiempo a acompañar en colonias a niños con graves discapacidades.
El enfermero, que es quien cuenta la historia, no sabía cómo consolarla. Pero ella, comprendiendo su silencio, le espetó: «pero sabes qué… ¡me queda Dios!».
¡Qué fe tan grande la de esta mujer! ¡Cuando parece que lo has perdido todo, que estás completamente aislado, que todo se desmorona a tu alrededor, cuando parece que nada tiene sentido porque se te ha arrancado lo que más amas, cuando te han sustraído tu apoyo, cuando piensas que la soledad te embarga, que nada se escucha en torno a ti, cuando todo se tambalea… lo único que le queda a este mujer es Dios!
¡Cuando antes de que la desesperación le inunde el corazón, cuando todo parece que está perdido, cuando las circunstancias del mundo parecen olvidarse de ella… lo único que le queda es Dios!
¡Cuando los zarpazos de la vida parecen hundirla en el cenegal de la tristeza, cuando la vida parece escurrirse entre sus manos… lo único que le queda es Dios!
A esta mujer solo le queda Dios porque la suya es una vida intensa de piedad, de amor y de fe. Ella testimonia el «venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados porque yo os daré descanso. […] Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis en mi vuestro descanso».
Esta enfermera dignifica el ser cristiano pues sin estar en el Señor el hombre es un ser roto. Nuestro ser de personas rotas tiene numerosas definiciones: pérdidas, exclusiones, olvidos, dependencias, enfermedades, adicciones, rupturas, egos, soberbias… pero ella coloca su vida bajo el signo misericordioso de la bendición, en esa capacidad innata del hombre para decidir vivir como un ser elegido, protegido y amado por Dios.
El «¡me queda Dios!» es el testimonio vivo del entrar en comunión con el Señor si uno se sabe elegido, bendecido, amado, «roto» pero interiormente restaurado por Él y dispuesto a vivir en comunión con Él.

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¡Padre de bondad, nada quiero pedir para mí; mi corazón se abre para alabarte porque eres el Padre del amor y de la misericordia y por el gran regalo de darnos a Jesús! ¡Padre de bondad, te doy infinitas gracias por la luz que tu Santo Espíritu irradia sobre el corazón del ser humano para comprender tu bondad infinita! ¡Pongo en tus manos, Padre amoroso, a todos los que sufren; de todos ellos conoces sus nombres, su historia y sus tribulaciones! ¡Fija, Padre, tu mirada en ellos para que sientan el consuelo de tu ternura! ¡Padre de misericordia, no es necesario que te supliquen nada porque tu lees en lo más profundo de su alma y de su corazón, sabes lo que necesitan, sabes como sanar las heridas que les dañan! ¡Padre, tu tienes el poder de enviar al Espíritu Santo sanador sobre el corazón de los que sufren para sanar tantas heridas y tanto dolor! ¡Tu puedes, Padre, hacer que brote en su interior los frutos perennes de tu gracia!  ¡Toca, Padre, con tus manos al herido, abraza al desesperado, mira al hundido; hazles ver que les importas porque les amas y les has creado, permite que experimenten tu ternura, dales la fe que supera tantas pruebas, impregna el espíritu de Jesús en su alma! ¡Y, ante la prueba, Padre, no les permitas que se separen de ti sino que experimenten tu presencia y tu amor salvífico, sanador y purificador!

Un precioso canto al Espíritu para llenar nuestro corazón de paz y de amor: