Me imagino a Jesús…

Cuando te fijas en la figura de Jesús observas que allí por donde pasaba dejaba un poso de alegría y de verdad. Sus gestos y sus palabras irradiaban esperanza, consuelo, amor y bondad. Me imagino lo que debían sentir los apóstoles en su corazón y lo que debían comentar entre ellos en sus largas caminatas junto a Jesús por los caminos polvorientos de Galilea. Me imagino las comidas y los tiempos de conversación con el Señor, empapándose de sus enseñanzas y de su ternura. Me imagino el perfume de alegría y de amor que traslucía el Señor, aroma que respiraba cualquiera que se pusiera a su vera.
Me imagino como debía mirar Jesús a la gente y como el cruce de aquella mirada penetraba más allá de los ojos para llegar al corazón mismo de cada persona que se encontrara con Él. Imagino como comprendía lo que sentía su corazón y el sentimiento de auténtica compasión que brotaba de su mismo ser para darle el consuelo que aquel hermano suyo necesitaba.
Me imagino como debía poner Jesús sus manos en el hombro del necesitado, en las mejillas del desamparado, sobre la cabeza del dolorido, sobre los ojos del ciego, sobre el cuerpo del tullido. Imagino como en lugar de lástima sentía por aquel ser creado por Dios una infinita compasión y misericordia.
Me imagino como el Cristo de la misericordia irradiaba una bondad infinita imprimiendo en cada corazón el sello de la esperanza para darles la valentía de afrontar sus dificultades cotidianas y la fortaleza para afrontar los vaivenes de la vida.
Me imagino como Jesús oraba interiormente por cada una de las personas que se cruzaban por su camino, como asumía en primera persona el sufrimiento del herido fuese de cuerpo o de alma. Me imagino como los llenaba de la alegría de la esperanza y como su simple mirada les llenaba con la gracia del Espíritu.
Me imagino como cada palabra, cada gesto, cada señal, cada movimiento de su cuerpo irradiaba un amor a raudales. Me imagino el amor con el que trataba incluso a los que mal le querían, porque Él mismo aplicaba el mandamiento del amor con todas sus consecuencias.
Me imagino a Jesús sonriendo, alegre, cuando veía a niños, mujeres y ancianos acercarse a Él. Y me lo imagino contagiando esa sonrisa a todos los que le rodeaban porque cuando bien haces, bien siembras.
Me imagino cada paso de Jesús, dejando impresa la huella del amor. Me imagino como debía caminar siempre despacio, fijándose en cada una de las personas que se cruzaban por su camino bendiciéndolas desde el corazón.
Me imagino como Jesús escuchaba al prójimo, con paciencia y con amor, tratando de discernir lo que anidaba su alma, tratando de confortar con la palabra y con los gestos cuando no con la mirada. 
Me imagino la voz de Jesús, poderosa y fuerte pero amorosa al mismo tiempo, hablando de las cosas de Dios, enseñando con parábolas, invitando al paralítico levantarse o al ciego ver. Me imagino a Jesús tomando la mano de la pecadora arrepentida o leyendo pausadamente en la sinagoga cada una de las palabras de las Escrituras en el sábado sagrado para los judíos.
Me imagino cada milagro y cada acontecimiento al lado de Jesús, misterios de fe que no podían negarse a los ojos de los que lo vivían.
Pero me doy cuenta que no se trata de imaginar sino de vivir al estilo de Cristo. Todo lo que Él hacía puedo hacerlo yo en mi vida cotidiana. Y sin embargo… sin embargo tienen que cambiar muchas cosas para ser como ese Cristo al que tanto amo y quiero hacer mío en el sí cotidiano de mi vida.

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¡Señor, creo en Ti que eres el amigo que no abandona! ¡Creo en Ti quiero vivir como viviste Tu, impregnarme de tu verdad para caminar así en mi vida cotidiana! ¡Señor, quiero que mi voz sea tu voz para llevar la alegría al prójimo, para que mis palabras sean de consuelo, de amor, de paz, de ternura, de generosidad… que quien me escucha sienta la paz interior que emana de Ti! ¡Señor, quiero tener tu paciencia, para tener templanza ante las situaciones de la vida y ante las personas que me cuestan por su carácter y por sus actitudes! ¡Señor, quiero que mis manos sean como las tuyas, amorosas y siempre abiertas al prójimo! ¡Señor, quiero ser como tu misericordioso en todas mis actitudes y todos mis gestos! ¡Tu, Señor, me conoces; sabes lo que anida en mi corazón, lo que tiene que ser cambiado, lo que esperas de mi y no te doy; ayúdame a abrir cada día mi corazón al Espíritu Santo para que renueve mi interior y me haga cada día un poco semejante a Ti!

Tu estás aquí, cantamos con Jesús Adrián Romero y Marcela Gandara:

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