Solo me queda Dios

Me contaron hace unos días un impresionante testimonio de fe. Una enfermera del turno de noche de un hospital escucha como un compañero enfermero sin complejos le recomienda a un paciente que rece el Padrenuestro.
En un momento de pausa, entre bocadillo y bocadillo, la enfermera le pregunta al joven si es cristiano. Él asiente. Y a partir de ese momento ella le abre el corazón. Su hijo mayor falleció de una sobredosis. Un año más tarde, su hijo menor, deprimido por aquella pérdida que no pudo superar, desesperado, se quitó la vida. El golpe fue brutal. Y tras un duelo dolorosísimo, a su marido —su gran apoyo emocional— le diagnosticaron un cáncer terminal que le arrancó de cuajo la vida en cuestión de meses. Y tras esta perdida, además de su trabajo en el hospital, dedica su tiempo a acompañar en colonias a niños con graves discapacidades.
El enfermero, que es quien cuenta la historia, no sabía cómo consolarla. Pero ella, comprendiendo su silencio, le espetó: «pero sabes qué… ¡me queda Dios!».
¡Qué fe tan grande la de esta mujer! ¡Cuando parece que lo has perdido todo, que estás completamente aislado, que todo se desmorona a tu alrededor, cuando parece que nada tiene sentido porque se te ha arrancado lo que más amas, cuando te han sustraído tu apoyo, cuando piensas que la soledad te embarga, que nada se escucha en torno a ti, cuando todo se tambalea… lo único que le queda a este mujer es Dios!
¡Cuando antes de que la desesperación le inunde el corazón, cuando todo parece que está perdido, cuando las circunstancias del mundo parecen olvidarse de ella… lo único que le queda es Dios!
¡Cuando los zarpazos de la vida parecen hundirla en el cenegal de la tristeza, cuando la vida parece escurrirse entre sus manos… lo único que le queda es Dios!
A esta mujer solo le queda Dios porque la suya es una vida intensa de piedad, de amor y de fe. Ella testimonia el «venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados porque yo os daré descanso. […] Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis en mi vuestro descanso».
Esta enfermera dignifica el ser cristiano pues sin estar en el Señor el hombre es un ser roto. Nuestro ser de personas rotas tiene numerosas definiciones: pérdidas, exclusiones, olvidos, dependencias, enfermedades, adicciones, rupturas, egos, soberbias… pero ella coloca su vida bajo el signo misericordioso de la bendición, en esa capacidad innata del hombre para decidir vivir como un ser elegido, protegido y amado por Dios.
El «¡me queda Dios!» es el testimonio vivo del entrar en comunión con el Señor si uno se sabe elegido, bendecido, amado, «roto» pero interiormente restaurado por Él y dispuesto a vivir en comunión con Él.

 orar con el corazon abierto.jpg 

¡Padre de bondad, nada quiero pedir para mí; mi corazón se abre para alabarte porque eres el Padre del amor y de la misericordia y por el gran regalo de darnos a Jesús! ¡Padre de bondad, te doy infinitas gracias por la luz que tu Santo Espíritu irradia sobre el corazón del ser humano para comprender tu bondad infinita! ¡Pongo en tus manos, Padre amoroso, a todos los que sufren; de todos ellos conoces sus nombres, su historia y sus tribulaciones! ¡Fija, Padre, tu mirada en ellos para que sientan el consuelo de tu ternura! ¡Padre de misericordia, no es necesario que te supliquen nada porque tu lees en lo más profundo de su alma y de su corazón, sabes lo que necesitan, sabes como sanar las heridas que les dañan! ¡Padre, tu tienes el poder de enviar al Espíritu Santo sanador sobre el corazón de los que sufren para sanar tantas heridas y tanto dolor! ¡Tu puedes, Padre, hacer que brote en su interior los frutos perennes de tu gracia!  ¡Toca, Padre, con tus manos al herido, abraza al desesperado, mira al hundido; hazles ver que les importas porque les amas y les has creado, permite que experimenten tu ternura, dales la fe que supera tantas pruebas, impregna el espíritu de Jesús en su alma! ¡Y, ante la prueba, Padre, no les permitas que se separen de ti sino que experimenten tu presencia y tu amor salvífico, sanador y purificador!

Un precioso canto al Espíritu para llenar nuestro corazón de paz y de amor:

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Un comentario en “Solo me queda Dios

  1. salmo 63

    “Tu gracia vale más que la vida,
    Te alabarán mis labios.
    Toda mi vida te bendeciré
    y alzaré mis manos invocándote.
    Me saciaré de manjares
    y mis labios te alabarán jubilosos”.

    Sí… nada se compara al amor de Dios.

    Ante Él, todo pierde su valor.

    Es como decía santa Teresa: “Sólo Dios basta”.

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