Desbordado por la alegría

Cuarto sábado de mayo con María, Causa de nuestra alegría, en el corazón. La Virgen, que experimentó en su corazón la experiencia de la alegría con su a Dios, con el gozo de la maternidad, con el acompañamiento a Jesús en sus años de vida oculta, con la alegría de la Resurrección te enseña que la experiencia cristiana es una fiesta de gozo continuo porque el cristiano tiene en Dios la fuente de su verdadera alegría y en el Espíritu Santo la luz que ilumina esa alegría.
Miro con ternura una imagen que llevo grabada en la pantalla de mi móvil (es la fotografía que acompaña a este texto). Me fijo en esa mirada de María, una mirada de introspección e interioridad puesta en Dios, en una íntima comunión con Él, atenta a su ternura y su misericordia; esa mirada es lo que nos permite vivir bajo el signo de la alegría. Y cuando el hombre cierra las puertas de su corazón a Dios, vive alejado de Él, no siente su presencia en su interior, queda apresado por la tristeza.
Signos de la alegría hay múltiples en la escritura. El más hermoso es el de María, el día de la Anunciación: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…». Encontramos también variedad de salmos que exaltan el desbordante gozo de sentir a Dios pero es Isaías quien, quizás, tiene la frase más concluyente que es bueno grabar en el corazón: «Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios».
La fe no es sencillo vivirla porque el cristiano se enfrenta a múltiples dificultades, barreras, contradicciones… Así, en tantas ocasiones, tenemos la triste tentación de alcanzar la alegría en los placeres mundanos, en la búsqueda del confort, en la autocomplacencia, en la seguridad del dinero o de lo material, en las tentaciones múltiples que ofrece este mundo despiadado… Sin embargo, en estos espacios, no se halla la alegría auténtica.
La alegría debe descubrirse en el interior del corazón que Dios predispone y nos coloca en el camino de la vida: la alegría de ser conscientes del don de la vida, la alegría de la propia existencia, la alegría de la creación, la alegría de la familia, la alegría de la dignidad humana, la alegría de la fe, la alegría del trabajo bien hecho, la alegría de la entrega, la alegría del servicio, la alegría del sacrificio por el prójimo… Alegrías hay abundantes pero la gran alegría es saberse amado por Dios, el sentir ese amor misericordioso que Dios siente por cada uno y que nos ha entregado a Cristo.
Siento que como cristiano debería repetir más a menudo como la Virgen «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…». Es el canto del corazón repleto del Espíritu Santo, el dador de la alegría cristiano, el que trasmite la gracia y que nos predispone a la alegría. Cuando la alegría es fruto del Espíritu es una alegría que llena de paz, de felicidad, de consuelo, de serenidad interior y de sensación de una intensa relación con Dios.
¡Hoy, especialmente, queridos lectores deseo con el corazón abierto que estéis muy alegres en el Señor!

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¡María, eres causa de nuestra alegría; enséñame a amar y a estar siempre alegre, a rebosar amor y felicidad para darla a los demás! ¡Concédeme la gracia de tu sonrisa y de tu alegría para tener siempre con el prójimo un trato delicado y amable, tierno y generoso! ¡Dame la alegría para admirarme, como hiciste Tú, por las maravillas de la Creación, por la belleza de la vida, por las obras grandes que Dios hace en mi, por las preciosidades que Jesús, Tu Hijo, realiza en mi vida cada día! ¡Dame, María, tu alegría para ir por el mundo celebrando mi fe, mi esperanza en Jesús y mi confianza en el Padre! ¡Concédeme, María, la gracia de la alegría que contrarreste el sufrimiento, la prueba y el dolor! ¡Dame tu sonrisa eterna, María, porque soy frágil y débil y necesito el manantial de la gracia alegre que emana de Ti! ¡Dame tu alegría, María, que nace de un corazón abierto a la acción del Espíritu! ¡Hazme ver, María, que cuanto más lleno de Dios, cuanto más lleno de su gracia y de su amor, más grande será mi felicidad interior! ¡María, Madre mía, que las carencias materiales, el reconocimiento de los demás, los honores públicos, la tendencia al pecado no sea causa de desasosiego y de tristeza; que mi vida esté impregnada de la alegría de saber que me basta con el amor de tu Hijo y de los que tengo alrededor! ¡Que esto sea, Madre, motivo de mi alegría interior! ¡Y en los momentos de dificultad, Señora, que no decaiga mi alegría; ayúdame a reposar mi corazón en Ti para que eleves Tu mis súplicas al Padre! ¡Ayúdame, María, cuando sea el momento a llevar el sufrimiento con alegría! ¡Gracias, María, porque en tu mirada tierna y amorosa observo el secreto de la felicidad auténtica: el llevar a Dios en el corazón y aceptar siempre alegre y confiadamente su voluntad!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, causa de nuestra alegría, que aprenda de Ti a amar con el corazón y repartir alegría a mi alrededor!

María, Tu eres mi Madre, cantamos hoy a María:

 

 

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