Dinamizador de la vida cristiana

Es el Espíritu Santo el que dinamiza la vida del cristiano. Es el Espíritu el que lo impregna todo en nuestra vida haciendo que la presencia de Dios en el corazón del hombre no se convierta en algo estático sino en un algo dinámico, abierto al amor, a la misericordia y a la vida.
Por medio del Espíritu Dios todo lo impregna dándose a si mismo para que el hombre sea como Él, a su imagen y semejanza. Esta idea tan hermosa es la revelación que Jesús hizo a los hombres. A cada uno le corresponde personalizarlo en lo cotidiano de su existencia, interiorizarlo en el corazón y aceptarlo en su vida. El Espíritu Santo, el Espíritu divino, es la fuerza expansiva que ilumina al hombre, es un don continuo que se vierte sobre cada ser.
Cuando el hombre acoge el Espíritu, la presencia de Dios crece pausadamente como una semilla en el corazón del hombre hasta dar su fruto en la vida. Con el corazón abierto y abonado a la gracia, con el amor impregnado en él, Dios llega fruto de su amor y su generosidad. Y espera del hombre que se haga a su imagen y semejanza. Con Dios en el corazón, el hombre se potencia la grandeza de Dios.
La gloria de Dios reside en rendirle tributo por medio de la oración, del crecimiento interior, del servicio, del amor, de la escucha de la Palabra, de la vida sacramental.  Cuando uno lo hace, Dios se acerca al corazón de cada persona para que su vida de los frutos esperados. La cercanía de Dios potencia la vida del hombre. La gloria de Dios es la vida del hombre que Él ha creado de ahí que nos corresponde ensalzarlo, alabarlo y darle gloria en tributo de tanto amor.
Es condición de cristiano, de discípulo de Cristo, dejarse guiar por el Espíritu y descubrir de manera cotidiana la novedad de Dios, que es conocer la Buena Noticia del Evangelio, las enseñanzas de Cristo, la capacidad de servir y amar sin condiciones dando lo mejor de cada uno.
El riesgo recae en no creer en la fuerza viva del Espíritu en la propia vida, en apartarlo de nuestro corazón, en creer que no es necesario para avanzar espiritualmente, en suponer que ya tenemos un conocimiento claro de Dios, en presuponer que estamos en posesión de la verdad, en levantar muros que impidan a nuestro corazón amar.
Para llegar a la vida eterna hay que dejarse guiar por el Espíritu de Dios que es quien fortalece la fe, te permitir vivir con fortaleza de espíritu y te convierte en templo de Dios, antesala del reino eterno.

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¡Oh Espíritu Santo, Tú te haces fuente de vida y santidad en el corazón de cada persona y realizas maravillas en quienes ponen toda tu confianza en Ti! ¡Llena mi vida! ¡Conviértete, Espíritu divino, en el Dios de mi vida interior, pon claridad a mi vida, dale luz a mi existencia, ofrece claridad a mi mente, inunda mi corazón con el fuego de tu amor, santifica cada uno de mis actos, de mis pensamientos y de mis palabras, purifica mi vida, dale brillo santo a mi alma y a mi espíritu, y haz que tu presencia en mi haga brillar mi interior con la fuerza de tu amor! ¡Aviva, Espíritu de Amor, la necesidad de un encuentro cotidiano contigo, fortalece mi vocación de cristiano y dale intensidad a mi vida de fe! ¡No permitas, Espíritu de fortaleza, que mis debilidades me venzan, que mis tibiezas me ahoguen y que mis resistencias levanten muros! ¡Otórgame, Espíritu divino, el don de piedad, fortaleza, sabiduría e inteligencia para velar siempre, para luchar con firmeza, para seguir siempre tus santas inspiraciones y consejos, para saborear la Palabra de Dios, para anunciar al mundo la verdad que es Jesucristo, para reconocer mi debilidad y fortalecer mi espíritu para crecer en santidad! ¡Haz, Espíritu de Bondad, que cada día mi vida se convierta en un caminar alegre y esperanzado, confiado y sereno, y sea una permanente alabanza y gloria al Padre, al Hijo y Ti mismo, que conformáis la Santísima Trinidad! ¡Conviértete, Espíritu Santo, alma de mi alma, en el inspirador de mi vida, mi guía y mi luz!

Ven, Santo Espíritu de Dios:

¿Qué promesa se cumple en Pentecostés?

¿Qué promesa se cumple en el día de Pentecostés? La promesa de Jesús realizada el día de la Ascensión a los apóstoles de que recibirán una fuerza, la del Espíritu Santo, que descenderá sobre ellos para convertirlos en sus testigos llevándole a Él hasta el último confín de la tierra.
Esta fuerza del Espíritu se manifiesta en sus efectos: las maravillas de Dios son proclamadas y escuchadas por todos. El Espíritu construye así la Iglesia naciente como un lugar donde damos a conocer a Dios. Es esta figura eclesial de comunión, concordia y comunicación la que nos trae el Espíritu Santo.
Los discípulos no guardamos para sí el regalo recibido: cada uno llevamos en nuestra vida el símbolo de la predicación apostólica. El don del Espíritu nos es comunicado a cada uno como a los discípulos en el día de Pentecostés. Este don del Espíritu nos es dado para comunicarlo. La Iglesia es verdaderamente apostólica como cantamos en el Credo: se basa en el testimonio de los Apóstoles. Cada uno de nosotros, en el lugar específico que ocupa como miembro del cuerpo de la Iglesia, está llamado a ser apóstol, a testificar la obra de Dios en su vida, con palabras y obras. Es ser testigos de Cristo hasta lo último confín de la tierra.
Esta fiesta de Pentecostés nos lleva a un comienzo siempre nuevo. Estamos en este mundo para contar las maravillas de Dios. Cuando recibimos el don del Espíritu formamos un solo cuerpo con Cristo porque somos frutos de la cosecha del Reino. Llevar el mensaje de salvación hasta los confines de la tierra implica llevarlo a los que no conocen a Cristo, a los que tienen una fe tibia, a los que están alejados de la Iglesia, a los que creían pero se han abandonado de la fe, a los que se encuentran en la oscuridad y en sombra de muerte… todos ellos y muchos más tienen el derecho de recibir el Evangelio.
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre María y los discípulos y permaneció con ellos para siempre. Lo hace hoy también individualmente con cada uno de nosotros como lo hizo el día de nuestro bautismo, para hacernos a la vida de Dios. Las aguas transparentes de nuestro bautismo estaban bendecidas por la gracia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que quieren darnos su vida eterna. Pero las aguas de nuestro bautismo pueden convertirse en aguas estancadas, las de la rutina y el olvido de Dios, o incluso estar cubiertas de aguas fangosas, la de la mediocridad y el pecado.
Hoy es un día propicio para pedirle al Espíritu Santo que venga y agite las aguas de nuestro bautismo para renovar en el corazón la vida de Dios que recibimos cuando fuimos bautizados. Ningún obstáculo puede detener la obra de Dios porque como seguidores suyos hoy el don del Espíritu Santo viene a nosotros.
Hoy Jesús Resucitado se nos manifiesta, se hace presente en medio de nosotros y nos concede el don de su Espíritu para mantener vivo y activo el recuerdo de su presencia. Hoy, Jesús derrama sobre nosotros su Espíritu en un nuevo Pentecostés y solo por esto es un día de inmensa alegría, bendición, alabanza y motivación para la acción.

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¡Ven, Espíritu Santo, a mi corazón con tu fuerza invencible! ¡Ven, Espíritu de Dios, y derrota mis miedos y mis resistencias! ¡Ven, Espíritu de vida, gobierna mi corazón y hazlo siempre dócil a Cristo! ¡Ven, Espíritu Santo, para que la experiencia de recibirte en mi corazón no se convierta en una experiencia al margen del mundo ni de lo cotidiano sino que sea como una zarza ardiendo que de luz a mi vida! ¡Ven, Espíritu Santo, para hacer viva en mi corazón la experiencia de la Resurrección de Jesús y la experiencia de tu presencia! ¡Ven, Espíritu de paz, para hacer de mi corazón un templo para Dios! ¡Te doy gracias, Espíritu Santo, porque nos concedes una pluralidad de dones que van desde la propia existencia hasta las riquezas personales que cada uno atesora! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque vives en mi! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque sostienes mi vida, la actualizas, la renuevas, la purificas, la vivificas y la purificas! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque mueves todas las cosas, porque eres el alma de los pequeños gestos que nos unen, que nos llevan a servir, amar, ser generosos y entregados, y que nos llevas a vivir como hermanos! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque me otorgas la libertad para vivir y seguir la voluntad de Dios!  ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a amar a Dios, a darle gracias, a bendecirle y alabarle! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a serte siempre dócil! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser un auténtico discípulo de Cristo, a ser un corazón abierto al mundo, a ir más allá de los muros del egoísmo y de la soberbia! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser como los ojos de Cristo, las manos de Cristo, el corazón de Cristo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser experiencia de tu presencia, luz que emana de la Luz, amor que mana del Amor, entrega que mana de la misericordia! ¡Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, ayúdanos a ser dóciles a la llamada del Espíritu como hiciste Tu en Belén!

Un hermoso canto para Pentecostés:

Con María en la vigilia de Pentecostés

Tercer sábado de mayo con María, Madre de la Iglesia, en el corazón. Esta noche, en la vigilia santa de Pentecostés, que cierra el tiempo de la Pascua, apagaremos el cirio pascual, signo vivo del Cristo Resucitado, que ha acompañado cada una de las celebraciones litúrgicas de los últimos cincuenta días. Cada uno se convertirá en su entorno en la luz de Cristo, miembro de la escuela del Resucitado, y nos llenaremos del fuego y de los dones del Espíritu Santo.
Con la fuerza del Espíritu siento que debo seguir brillando a la luz del cirio pascual, ser símbolo de alegría, de esperanza, de felicidad, de vida, de gloria e, incluso, ¡de asombro! Si Jesús es la luz del mundo, yo debo ser como fiel seguidor suyo lámpara que alumbre el mundo.
El fuego del Espíritu calentará nuestro corazón y alentará nuestro caminar como hijos de la luz. En la Vigilia de Pentecostés, me uno a la Virgen María, Señora de la Luz, esa luz que ilumina nuestra vida y guíe nuestros pasos para ser luz que enciende los corazones en la humildad, la generosidad, la paz, el amor, la alegría…
Me uno a María para recibir en su compañía los dones del Espíritu que un día recibí en el bautismo y que el Cristo Resucitado quiere derramar sobre mí para animar mi compromiso cristiano.
Como María quiero vivir en vela, para percibir siempre en mi vida la presencia del Espíritu, para acoger en mi corazón sus dones y sus gracias, para que se realice en mi un nuevo Pentecostés y llenar mi corazón con toda fuerza del amor de Dios.
Quiero estar junto a María, unido espiritualmente a Ella, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, invocando la presencia en mi vida del Paráclito. Quiero estar unido a María para proclamar que me siento parte de la Iglesia apostólica, porque como bautizado también soy un elegido en el Espíritu Santo.
Quiero estar junto a María para acoger en mi interior las gracias del Espíritu Santo que en Ella obra de manera manifiesta porque sí, la Virgen, es la obra maestra del Espíritu de Dios. Quiero estar unido a María porque quiero que me lleve a Jesús. Y unida a Ella quiero aprender a amar, seguir, comprender y unirme  a su Hijo Jesús, que por medio del Espíritu Santo, en una noche como hoy realizará en mi corazón grandes maravillas.

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¡María, enséñame a perseverar en la oración como hicieron los apóstoles junto a Ti y otras mujeres en la vigilia de Pentecostés! ¡Enséñame, María ,a comprender el auténtico significado de vivir en el Espíritu Santo! ¡Ayúdame, como hiciste Tu, a acoger en mi corazón la Palabra revelada por Dios, a llevar en mi corazón a Jesús y transmitir todo mi amor por Él a todos los que me rodean! ¡Conviértete, María, en mi apoyo espiritual para que no desfallezca en la oración, en mi vida servicio a los demás ni en mi vida sacramental! ¡Que tu seas, María, el ejemplo a imitar para seguir siempre las inspiraciones que vienen del Espíritu Santo y que con tu sabiduría y humildad supiste acoger en el corazón! ¡Que de Ti, María, aprenda a tener la misma intimidad con el Espíritu Santo! ¡Ayúdame, María, a que convertir mi corazón en un auténtico templo del Espíritu Santo, que sea el faro que ilumine mi vida, la luz que me guíe, la columna que me fortalezca, el pañuelo que me consuele y el soplo que me indique qué camino tomar en cada momento de mi vida! ¡Y a ti, Espíritu Santo, aumenta mi devoción por María, tu Esposa, la Madre de Cristo, mi propio Madre! ¡Espíritu Santo, ayúdame a interiorizar en mi corazón las palabras de María y que como Ella se haga en mi según tu palabra!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, mediadora de todas las gracias de Jesucristo, la majestad divina ordenó que todos sus bienes pasaran por tus santas manos benditas, cuida de los que peregrinamos de los que se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. 

Del compositor inglés Thomas Tallis escuchamos en esta vigilia de Pentecostés su motete Loquebantur variis linguis, a 7 voces (Y hablaron en varias lenguas), una obra de gran belleza musical:

Me imagino a Jesús…

Cuando te fijas en la figura de Jesús observas que allí por donde pasaba dejaba un poso de alegría y de verdad. Sus gestos y sus palabras irradiaban esperanza, consuelo, amor y bondad. Me imagino lo que debían sentir los apóstoles en su corazón y lo que debían comentar entre ellos en sus largas caminatas junto a Jesús por los caminos polvorientos de Galilea. Me imagino las comidas y los tiempos de conversación con el Señor, empapándose de sus enseñanzas y de su ternura. Me imagino el perfume de alegría y de amor que traslucía el Señor, aroma que respiraba cualquiera que se pusiera a su vera.
Me imagino como debía mirar Jesús a la gente y como el cruce de aquella mirada penetraba más allá de los ojos para llegar al corazón mismo de cada persona que se encontrara con Él. Imagino como comprendía lo que sentía su corazón y el sentimiento de auténtica compasión que brotaba de su mismo ser para darle el consuelo que aquel hermano suyo necesitaba.
Me imagino como debía poner Jesús sus manos en el hombro del necesitado, en las mejillas del desamparado, sobre la cabeza del dolorido, sobre los ojos del ciego, sobre el cuerpo del tullido. Imagino como en lugar de lástima sentía por aquel ser creado por Dios una infinita compasión y misericordia.
Me imagino como el Cristo de la misericordia irradiaba una bondad infinita imprimiendo en cada corazón el sello de la esperanza para darles la valentía de afrontar sus dificultades cotidianas y la fortaleza para afrontar los vaivenes de la vida.
Me imagino como Jesús oraba interiormente por cada una de las personas que se cruzaban por su camino, como asumía en primera persona el sufrimiento del herido fuese de cuerpo o de alma. Me imagino como los llenaba de la alegría de la esperanza y como su simple mirada les llenaba con la gracia del Espíritu.
Me imagino como cada palabra, cada gesto, cada señal, cada movimiento de su cuerpo irradiaba un amor a raudales. Me imagino el amor con el que trataba incluso a los que mal le querían, porque Él mismo aplicaba el mandamiento del amor con todas sus consecuencias.
Me imagino a Jesús sonriendo, alegre, cuando veía a niños, mujeres y ancianos acercarse a Él. Y me lo imagino contagiando esa sonrisa a todos los que le rodeaban porque cuando bien haces, bien siembras.
Me imagino cada paso de Jesús, dejando impresa la huella del amor. Me imagino como debía caminar siempre despacio, fijándose en cada una de las personas que se cruzaban por su camino bendiciéndolas desde el corazón.
Me imagino como Jesús escuchaba al prójimo, con paciencia y con amor, tratando de discernir lo que anidaba su alma, tratando de confortar con la palabra y con los gestos cuando no con la mirada. 
Me imagino la voz de Jesús, poderosa y fuerte pero amorosa al mismo tiempo, hablando de las cosas de Dios, enseñando con parábolas, invitando al paralítico levantarse o al ciego ver. Me imagino a Jesús tomando la mano de la pecadora arrepentida o leyendo pausadamente en la sinagoga cada una de las palabras de las Escrituras en el sábado sagrado para los judíos.
Me imagino cada milagro y cada acontecimiento al lado de Jesús, misterios de fe que no podían negarse a los ojos de los que lo vivían.
Pero me doy cuenta que no se trata de imaginar sino de vivir al estilo de Cristo. Todo lo que Él hacía puedo hacerlo yo en mi vida cotidiana. Y sin embargo… sin embargo tienen que cambiar muchas cosas para ser como ese Cristo al que tanto amo y quiero hacer mío en el sí cotidiano de mi vida.

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¡Señor, creo en Ti que eres el amigo que no abandona! ¡Creo en Ti quiero vivir como viviste Tu, impregnarme de tu verdad para caminar así en mi vida cotidiana! ¡Señor, quiero que mi voz sea tu voz para llevar la alegría al prójimo, para que mis palabras sean de consuelo, de amor, de paz, de ternura, de generosidad… que quien me escucha sienta la paz interior que emana de Ti! ¡Señor, quiero tener tu paciencia, para tener templanza ante las situaciones de la vida y ante las personas que me cuestan por su carácter y por sus actitudes! ¡Señor, quiero que mis manos sean como las tuyas, amorosas y siempre abiertas al prójimo! ¡Señor, quiero ser como tu misericordioso en todas mis actitudes y todos mis gestos! ¡Tu, Señor, me conoces; sabes lo que anida en mi corazón, lo que tiene que ser cambiado, lo que esperas de mi y no te doy; ayúdame a abrir cada día mi corazón al Espíritu Santo para que renueve mi interior y me haga cada día un poco semejante a Ti!

Tu estás aquí, cantamos con Jesús Adrián Romero y Marcela Gandara:

Te he elegido a ti porque te amo

El sábado por la mañana asistí a Misa en el templo de los Misioneros del Sagrado Corazón de mi ciudad. Al comenzar la ceremonia, el oficiante explicó que ese día conmemoraba los cincuenta años de su ordenación sacerdotal. Toda una vida como misionero vivida en Guatemala.
Empezó dando gracias a Dios por la misión y dijo que si seguía siendo sacerdote después de cincuenta años era porque los pobres le habían evangelizado. Y se hizo una pregunta, que al responderla me llenó el rostro de lágrimas y el corazón de gozo: ¿A qué se debía tanta gracia? Al amor de Dios y a la oración de su madre.
El padre Joaquín, como así se llama este hombre de Dios, explicó que cada día su madre asistía a la Eucaristía en el santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y le pedía a la Virgen con mucha fe y confianza que alguno de sus tres hijos varones fuese sacerdote misionero. Emocionado y agradecido, el sacerdote decía que una de las gracias más grandes es que por medio de su madre se había hecho realidad el mensaje del Evangelio: «En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará».
El sacerdote no se explicaba como Dios había elegido al más trasto de los tres hermanos varones, pero Dios siempre hace posible lo imposible. En los primeros años de sacerdocio pensaba que el día que se encontrara cara a cara con Dios le preguntaría: «¿Por qué me has elegido a mí para este ministerio?». Cincuenta años más tarde pensaba que no era necesario hacerlo, ya conocía respuesta. La había experimentado en el trato con sus feligreses y en la profundización de la Escritura: «Te he elegido a ti porque te amo». Ante una respuesta así uno no tiene capacidad para nada más porque queda completamente desarmado.
Y, en ese momento, las lágrimas brotaron en mi rostro y mi corazón se rompió en mil pedazos de alegría. Me sentí profundamente interpelado con el «Te he elegido a ti porque te amo». Uno de las claves de la revelación es que Dios nos ama de una manera específica y concreta a cada uno de nosotros. Jeremías dirá, poniendo las palabras en la boca del Padre, que «yo te amo con amor eterno», san Pablo dirá que Dios nos amó a cada uno antes de la creación del mundo y Jesús dirá que no hay amor más grande que dar la vida por el otro. Y Él ha dado la vida por nosotros.
Eso me lleva a profundizar en tres aspectos esenciales de mi vida como cristiano: no dudar jamás del amor de Dios cuando acuda a Él porque me ama con amor eterno; aplicar la máxima de san Juan de amar al prójimo porque el amor procede de Dios y el que ama ha nacido de Dios y creer siempre en el amor de Dios porque soy una elección suya para hacer el bien y llevar la esperanza, la luz, la caridad y el amor a los demás. 

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¡Gracias, Padre, porque me interpelas y me demuestras cada día tu amor! ¡Gracias, Padre, porque aunque no es posible conocer tu calendario sí que podemos sentir tu amor y tu misericordia! ¡Hazme, Buen Dios, servidor y colaborador de tu providencia y tu gracia! ¡Que no olvide, Padre, como dijo Jesús que tu Reino es como un grano de levadura, una pequeña luz que brilla en la oscuridad de la noche! ¡Recuérdame, padre, que tu fuerza que viene del Espíritu se encuentra dentro de mi corazón y es producto de tu amor infinito! ¡Gracias, Padre, porque me haces comprender que las cosas que vienen de Ti comienzas siempre en lo pequeño, en lo humilde, en las cosas que no tienen pretensión de grandeza, sino que se producen cuando tu lo dispones! ¡Gracias, Padre, porque tu me eliges para lo que quieres porque simplemente me amas! ¡Gracias, Padre, porque me llamas a ser discípulo de tu Hijo aún siendo pequeño y débil aunque en mi pequeñez y mi debilidad esté presente tu fuerza! ¡Que mi vida, Señor, sea una permanente confianza en Ti, un acudir a tu corazón para pedir desde la sencillez! ¡Que sea, Padre, cuando Tu quieras y como Tu dispongas! ¡Por último, Señor, te quiero pedir como la madre de este misionero del Sagrado Corazón que llames a muchos hombres y mujeres a la vocación de consagrar su vida al servicio del Evangelio y al cuidado de la Iglesia porque la mies es mucha y los obreros son pocos!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, Madre de las vocaciones, fortalece a los que Dios ha elegido para ser consagrados de la Iglesia y ayúdales siempre a crecer en el amor y santidad para que respondan con fidelidad y compromiso a su vocación!

Con amor eterno, te amo, cantamos esta hermosa canción:

Descifrar la presencia del Espíritu

Estamos a un paso de la gran fiesta de Pentecostés. Son días de plegaria para pedirle al Espíritu Santo que llegue a mi vida de nuevo con la fuerza de su amor y de su gracia. El Espíritu invita a los cristianos a una constante conversión para dinamizar con nuevos bríos la fuerza profética de su vocación personal, sea cual sea ésta.
No siempre es fácil descifrar la presencia del Espíritu en la vida. Las borrascas y las nieblas en forma de problemas y dificultades emborronan su presencia porque el corazón se turba y el alma no es capaz de mirar hacia lo alto. Sin embargo, en la vida y en la cultura del ser humano el signo del Espíritu y las semillas que deja la Palabra son evidentes y no podemos olvidarlas.
La evidencia queda palpable en este tiempo de Pascua, en el sentir como las huellas de Cristo quedan impresas junto a cada uno de nuestros pasos, caminando a nuestro lado como el desconocido que nos acompaña hacia el Emaús de la vida. Cada uno de nosotros es el discípulo sin nombre que, en la oración y en la vida de sacramentos —especialmente en la Eucaristía— puede reconocer al Señor resucitado presente a su lado. Él, Jesucristo, es el que nos ofrece gratuitamente su Espíritu para cumplir sus mandamientos, para comprender su Palabra, para actualizarla a la luz de los acontecimientos de nuestra vida y para ser luz que ilumine nuestros corazones tantas veces apagados por las miserias que lo cubren.
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor». Es el canto que le pido en estos días al Espíritu divino para que ilumine mi vida con su gracia, con sus siete dones, con la esperanza y la confianza en Cristo, con la fuerza que da su Palabra, con el anhelo de cumplir la misión que como cristiano tengo encomendada como miembro de la Iglesia a la que tanto amo, como parte de una comunidad cristiana en la que debo ser testimonio de coherencia.
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor». La vida del hombre es un permanente canto al Espíritu para que le permita desarrollarse con toda su potencialidad, para hacer vivo el mensaje de Cristo de anunciar el Evangelio y amar al prójimo como a uno mismo, para afirmarse con los valores del mismo Cristo, unidos a Él y en Él.
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor». Es el clamor de estos día para que mi obrar cotidiano sea una extensión de Cristo en la tierra, para que los que me observen y me traten puedan decir: «mirad, realmente es un amigo de Cristo, vive su fe con amor, coherencia y esperanza».

orar con el corazon abierto

¡Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor, Llena mi vida de tu amor, de tus siete dones, de tus santas gracias! ¡Llévame, Espíritu divino, a un vida coherente, amorosa, servicial, generosa, entregada al prójimo por amor a Cristo! ¡Y como rezaba el cardenal Verdier, en la oración que refleja con mayor claridad, el hacer cristiano hoy te exclamo con el corazón abierto:
Oh Espíritu Santo
Amor del Padre, y del Hijo,
Inspírame siempre lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
cómo debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia Santificación.
Espíritu Santo,
Dame agudeza
para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Amén.

Mirar al mundo y a los demás con los ojos de María

En el meridiano del mes de mayo que avanza inexorable puedo mirar como los días pasan desde la mirada de María que no es más que el reflejo femenino de la mirada de Dios.
La mirada de María me ayuda interiormente a descubrir la dimensión esencial del ser humano: la capacidad para descubrir la verdad en la Palabra de Dios.
Puedo mirar como hizo el día de la encarnación en Nazaret o en la Natividad en la cueva de Belén con los ojos puestos en la bondad de Dios. Mirar desde la pureza y la humildad de la vida, siendo consciente de mi propia debilidad, de mi pequeñez, de mi sencillez. Mirar con ojos de cercanía y de ternura para bajarme del tronos de mi soberbia, de mis seguridades y de mis apegos materiales y de mis prepotencias. Mirar a Dios desde el amor para hacer su voluntad.
Puedo mirar desde la entrega, desde el convencimiento de que en Jesús está la verdad, desde el cumplimiento del Haced lo que Él os diga que no es más que seguir e interioridad la Palabra de Dios. Es un mirada que invita a encontrar a Cristo en el Evangelio de la vida, en el prójimo, en el ser de Dios.
Y puedo mirar también desde la tristeza del Calvario, con los dos llenos de lágrimas, cegados por el dolor, pero en plegaria, observando fijamente el trono de la cruz donde se produce la mayor explosión de amor.
Puedo cerrar los ojos y no ver más que oscuridad. O abrirlos como los abrió María para Dios al que, además, le entregó su corazón. Pienso en Jesús, en el monte Tabor, al anunciar el «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿No estaría pensando el Señor en el alma pura y cristalina de Su Madre, no estaría pensando en ese corazón puro con el que se puede ver a Dios?
Y, sí, quiero mirar desde la mirada de María, con mirada de bondad, de ternura, de sencillez, con ojos atentos a las necesidades de los otros, ojos que traslucen el interior, ojos misericordiosos que ofrecen gracia, ojos comprensivos que acogen el dolor, ojos abiertos al amor que hablan de perdón…
Hoy le pido a María que sea capaz siempre de mirar a los que me rodean con esa misma pureza, magnanimidad, alegría y ternura con la que miró a ella a cuantos rodearon su vida.

 

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¡María, Madre… pon tu mirada también sobre mí! ¡Madre, pronuncio con el mismo cariño esta palabra que tantas veces pronunció tu Hijo para decirte que me consagro a Ti! ¡Te ofrezco la pobreza de mi vida, lo que soy, para que lo eleves al Padre! ¡Te ofrezco, María, mis anhelos de ser para Dios y para los que me rodean, como lo fue Jesús, siempre dando amor! ¡Mírame, Madre! ¡Mírame, porque quiero que mi corazón se deje transformar por tu hermosura y por los sentimientos de tu Hijo! ¡María, Madre del amor hermoso, quiero que tu mirada ilumine mi camino, que tu mano me guíe para lograr los ideales de mi vida, que me sienta atraído por tu corazón y que con tu consejo elija siempre en mi vida lo que es verdaderamente de Dios! ¡María, mírame, para que tu mirada sea un estímulo para mí, para que no ceje en mis luchas cotidianas, para que no me desaliente nunca, para que no deje de sonreír aunque la tristeza inunde mi corazón y, sobre todo, para que sepa dar amor a los demás como lo diste siempre Tú!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Señora, Abogada Nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y a través de la dulzura de tu mirada intercede a Dios por nosotros.

Nos deleitamos con este bello Regina Coeli de Giovanni Vianni:

¡Estoy siempre contigo!

Ayer, festividad de la Virgen de Fátima, coincidió con un día muy importante en la vida de la Iglesia: la Ascensión del Señor. Tuve la ocasión de vivir el día de ayer celebrando la Primera Comunión de la hija pequeña de unos queridos amigos. Durante la oración, después de comulgar, me vino a la mente una idea recurrente, una voz del Señor que me susurraba: «Yo estoy siempre contigo». Lo siento verdaderamente porque lo puedo experimentar en mi comunión diaria y en mi vida de oración como también lo experimentará Carolina, la niña que ayer recibió con el corazón a Jesús por vez primera.
El «Yo estoy siempre contigo» ha regresado esta mañana a la oración pero con una perspectiva diferente. Jesús ascendió al Cielo, elevó la naturaleza humana a las profundidades de la vida espiritual y del Reino eterno, y ascendió al Cielo como hombre. Este evento tiene un gran relevancia para cualquier cristiano. Todos sabemos que nuestro viaje en esta tierra es breve y que llegará un día en que dejaremos este mundo y todo lo terreno que lo acompaña. Nuestro camino, nuestra Patria, nuestro verdadero lugar no está en la tierra sino donde el Señor ha ido. Dios no creó al hombre para el sufrimiento sino para acceder a la gloria eterna.
Puede parecer que al ascender al Cielo, el Señor abandona a sus discípulos o, lo que es lo mismo, a todos nosotros.Pero en su Ascensión los lazos espirituales permanecieron intactos. Es la constatación del «Yo estoy siempre contigo». Y estos lazos se transfiguraron cuando el Espíritu Santo apareció de nuevo y así lo podremos experimentar el próximo domingo en la jornada de Pentecostés. Y este lazo tiene un nombre que conforma la creación de Cristo: la Iglesia.
La Iglesia de Cristo es el Cuerpo de Cristo y lo más relevante en nuestra vida en la Iglesia es la comunión con la Sangre y el Cuerpo de Cristo, que es lo que experimentó por primera vez ayer Carolina y lo que a mí me emociona cada día al recibirle en la Eucaristía diaria.
La Fiesta de la Ascensión está marcada por la presencia eucarística porque somos testigos del misterio de la Comunión con el Cuerpo de Cristo. Del mismo cuerpo que fue atormentado en la cruz, que sufrió por la salvación del hombre y que ascendió a la gloria del cielo.
Y el «Yo estoy siempre contigo» me lleva a una meta final: mi alma, mi espíritu y mi corazón deben aspirar a ganar este Reino celestial porque allí es donde se encuentra el destino de mi vida.

 

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¡Señor, que siempre nos muestras el camino del cielo ayúdame a buscar los medios para acercarme más a Dios, para dejar de lado mis preocupaciones y mis sufrimientos y confiar plenamente en Ti para levantar los ojos al cielo y confiar plenamente en tu misericordia! ¡Que mi mirada hacia el cielo sea para contemplar la puerta abierta al reino de los cielos que debe ser mi meta como cristiano! ¡Dame la ilusión por luchar siempre, por no dejarme vencer por los problemas; dame el esfuerzo por alcanzar la santidad para llegar algún día al cielo en el que nos tienes preparados a todos un lugar; alimenta mi esperanza para que la fortaleza de mi fe no decaiga! ¡No permitas, Señor, que el temor me venza y haz que siempre sea en cualquier lugar testigo de tu amor infinito! ¡Te doy gracias, Señor, porque Tu estás en el cielo pero cada día puedo relacionarme contigo en la oración y en la Eucaristía; ayúdame a ser testigo de tu amor en el mundo, ser apóstol de tu Evangelio, discípulo de la alegría cristiana! ¡Hazme, Señor, un instrumento inútil de amor y envíame Tu Santo Espíritu para que haga en mí un hombre nuevo! ¡Y te doy gracias, Señor, por todos aquellos que en estos días de Pascua se acercan por primera vez a recibirte en la Eucaristía, haz de ellos templos del Espíritu Santo y guardianes de la fe en estos tiempos en los que Tu eres apartado de la sociedad y del corazón del hombre!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: María, no permitas que me abandone en la lucha de esta vida, acompáñame en mi caminar cotidiano e intercede ante Jesús para que me otorgue la gracia de compartir eternamente el gozo de su victoria.

El se bajó hasta lo hondo, hermosa canción para acompañar la meditación de hoy:

¿A qué me invita hoy la Virgen de Fátima?

Coincidiendo con la Ascensión del Señor hoy se celebra la festividad de la Virgen de Fátima. ¿Cómo me conciernen en un día como hoy estas apariciones y los mensajes que María transmitió a los tres pastorcillos portugueses? ¿Afectan en algo a mi vida de fe? La respuesta es contundente: «Sí».
La Virgen me invita a dirigir mi mirada a Dios y a convertirme cada día. Me invita a elevar la mirada al cielo, a orar con el corazón abierto y bendecir a Dios por las gracias que cada día recibo por su amor. Me invita a rezar el Rosario para meditar la vida de Cristo. Me invita a aceptar el sufrimiento en mi vida cotidiana. Me invita a ser santo porque la santidad, como demostraron los tres pastorcillos, no es una cuestión de edad sino de actitud. Me invita a ponerme al servicio del prójimo. Me invita a fortalecer mi fe. Me invita a poner a Cristo en el centro de mi vida. Me invita a la escucha de la Palabra. Me invita a convertir la Eucaristía en el momento más crucial de mi jornada. Me invita a seguir el Evangelio con radicalidad cristiana.
Pero hay más. La Virgen me invita a hacer de mi vida un ofrecimiento constante. a encontrar en la entrega el amor de Cristo. Me invita a ofrecerme a mi mismo para llegar a Jesús. Me invita a dejarme la piel por la causa de Cristo y por el Evangelio. Me invita a convertirme cada día, a un proceso de conversión que pase por la renuncia de mi mismo. Me invita a aceptar los desprecios y las humillaciones por declararme cristiano. Me invita a sufrir por Cristo y sufrir por Ella. Me invita a aceptar la cruz cotidiana. Me invita a ofrecer mi propia vida para unirme a Cristo en la cruz.  Me invita a no aceptar el mal en mi vida. Me invita a creer en la Resurrección de Cristo que vence al demonio y nos restaura a la vida.
Pero la Virgen va todavía más allá. La Virgen habla del cielo y del infierno, de evitar la tentación y el buscar la gloria eterna. De evitar la maldad y abrazar el bien. De rechazar las mentiras del mundo y acoger en el corazón las verdades del cielo. Me invita a rezar por la paz en los corazones y en el mundo, para que éste se convierta, para estar comprometido siempre en el camino de la paz y el amor, es así como me podrán llamar hijo de Dios. Me invita a que el Espíritu Santo se inserte en lo cotidiano de mi vida para llevar mi compromiso de amor, de paz, de perdón y de misericordia a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la sociedad entera.
Fátima es un canto a la esperanza todavía vivo hoy porque es un dirigir la mirada al Corazón Inmaculado de la María, en el que pongo toda mi confianza, mis desvelos y mi esperanza. Si en el rostro de María brilla el rostro de Dios, todo lo que viene de Ella es entonces alegría.
Fátima me concierne y mucho porque puedo volcar todas mis dificultades, mis pruebas, mis preocupaciones, mis desvelos, mis temores y los de los que me rodean en su corazón materno y ofrecerme a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandarme como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y como súplica por la conversión de los pecadores, yo el primero.

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¡Madre bendita, te apareciste a los tres pastorcillos de Fátima desde el cielo parar ofrecer la posibilidad de sembrar en el corazón de todos los que se acogen a Ti el Amor de Dios que arde en el tuyo! ¡Quiero hacer míos tus mensajes y unirme a tu corazón inmaculado! ¡No permitas, María, que me deje llevar por las tentaciones y el pecado; no dejes que mi corazón desprecie el sentido del pecado! ¡Al igual que los tres pastorcillos de Fátima, concédeme la gracia de hacer siempre la voluntad del Padre y llegar a ser más hermano de tu Hijo Jesucristo, más hijo de Dios y más abierto a la acción del Espíritu! ¡Concédeme, María, la gracia de llevar siempre una vida santa para la reparación de los pecados de los hombres! ¡Concédeme la gracia de peregrinar siempre en confianza hacia tu Corazón de Madre e intercede ante Tu Hijo por nuestras necesidades y las de la humanidad entera! ¡Que como en Caná de Galilea, cumpla lo que me mandas que es escuchar a Jesús y hacer lo que Él me diga y sentir como se derrama sobre mi el exquisito vino de Su misericordia! ¡Virgen Santa, en Fátima no nos prometías una felicidad en la tierra sino en el cielo, nos llamas a una misión trascendente basada en la oración, el rezo del Rosario y la penitencia por la conversión de los pecadores, ayúdame a cumplir tu voluntad en mi vida! ¡Ayúdame a convertirme en una alma de oración, capaz de abnegación para abrirme sin reservas a la voluntad de Dios, capaz de comprender que mis sufrimientos han de ir asociados a la Pasión de Jesús para la renovación del mundo! ¡Madre Santa, necesito que la luz de la salvación de Cristo ilumine mi vida, por lo que te pido que me ayudes a que no se apague de mi corazón la lámpara de la fe! ¡Ayúdame a sobrellevar las pruebas y el peso de la cruz, a amar a pesar de las ofensas, a esperar contra toda esperanza y a ser un instrumento inútil de Jesús, tu Hijo!

Jaculatoria a la Virgen María: ¡Oh, Jesús, te amo!… ¡Dulce Corazón de María, se la salvación mía!

Nos acompaña hoy el Ave María de Fátima:

En mi vida: ¿qué tienen más relevancia mis sentimientos o mi fe?

Segundo sábado de mayo con María en el corazón. Cada uno de nosotros tiene un plan que Dios, desde el momento mismo de nuestra concepción, ha dejado impreso en nuestro corazón para llevarlo con alegría a término.
Te imaginas a María en aquel día de Nazaret. Sentada junto al zaguán de la ventana se le aparece un ángel que le anuncia que será la Madre de Dios para que, por medio de Jesús, poder entrar en la historia humana. Por medio de la Anunciación a María, Dios se ha hecho hombre para que los hombres podamos participar de su naturaleza divina.
Por sus palabras y pese a su desconcierto inicial—el diálogo debió ser sereno y pausado, repleto de una intensa emoción— considerando que sin varón aquella maternidad era irrealizable creyó en Dios y le dio el fíat que inició la redención del hombre. 
En apariencia Dios había escogido a una sencilla campesina de Galilea alejada de la actualidad de Israel, una débil en la Torá, para convertirla en su Madre, que a los ojos del mundo no estaría preparada para tamaña empresa. Lo hizo porque atesoraba cualidades hermosas que hicieron que se fijara en Ella para llevar a término el gran misterio de la Encarnación de Jesús como su fe, su piedad, su humildad, su predisposición al servicio, su fidelidad y su capacidad para guardar secretos en lo íntimo del corazón.
Toda mujer que goza de la oportunidad de ser madre disfruta de un enorme privilegio. Ser madre implica abrigar a un ser vivo en tu interior, el gran privilegio y honor de dar la vida a otro ser humano como obsequio de Dios. Pero a María se le invita a creer en una maternidad virginal de la que no había precedentes y Ella, fiel en lo mucho y en lo poco, no se dejó llevar por sus sentimientos encontrados. Se fió de Dios pues Dios le pedía que aceptara una verdad nunca antes anunciada y Ella la acogió con audacia, sencillez y amor poniéndose a su disposición y creyendo, por encima de todo, en su Palabra.
Con su fe, libremente expresada, y con sentimientos de profunda gratitud y emoción María aceptó la voluntad de Dios a sabiendas que iba desempeñar un papel decisivo en la realización del misterio de la Encarnación, que da comienzo y sintetiza toda la misión redentora de Jesús.
Adentrado en el cuadro de la Anunciación, me pregunto si en mi vida tienen más relevancias los sentimientos que la fe; me cuestiono si como la Virgen me abandono sin cuestionarme a la gracia de Dios o si en mi vida son más decisivos los interrogantes que me acosan o la confianza que debería tener en el plan que Dios tiene pensado para mí.

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¡Ayúdame, María, a que la casa de mi corazón este siempre preparado como el tuyo para que Dios pueda entrar en él, relevarse y hablare en lo más íntimo! ¡Que los planes de Dios no me desconcierten, Madre, como no lo hicieron contigo pues tenías una vida de profundo oración! ¡Ayúdame como hacías Tu cada día, María, a pedirle a Dios que se cumpla su plan en mi! ¡Ayúdame, María, a estar abierto siempre a la visita de Dios, a lo novedoso de su voluntad! ¡Ayúdame, María, a ser dócil a la invitación del Espíritu Santo para se abran de par en par las puertas de mi casa interior y que nada frene la llamada de Dios! ¡Ayúdame a interiorizar el No temas del ángel para tener siempre confianza en los planes de Dios! ¡Ayúdame, María, a interiorizar en mi corazón la Palabra del Evangelio y adoptar siempre una actitud de predisposición interior para entregarme a la voluntad de Dios! ¡Que como tu, María, se cumpla en mí según la palabra de Dios, para que mis sies estén impregnados de fe, confianza e incondicionalidad, para amar su voluntad, para ser testimonio de mi ser cristiano! ¡Ayúdame, María, a aceptar con autenticidad el plan que Dios tiene pensado para mí con una entrega sencilla pero fiel!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María! Te agradecemos el regalo que nos ha hecho Dios, ponernos en tus manos para hacernos santos. Amén.

Cantamos hoy un Regina Coeli, con un ritmo moderno: