Profundizar en la fe de María

Último sábado de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la claridad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

Para cerrar el mes disfrutamos de este motete de Francisco Cavalli O quam suavis et decora:

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La belleza católica de Pedro y Pablo

Festividad de los apóstoles San Pedro y San Pablo que nos permite celebrar la gloria de la Iglesia de Roma.
Interiorizo la simplicidad de Pedro, el pescador galileo, su impulsividad y fragilidad que lo llevan a negar tres veces a Jesús la noche de la Pasión y a ceder ante el judaísmo comunitario de Antioquía, provocando la ira de Pablo. Pero sobre san Pedro fundó Cristo Su Iglesia después de su confesión de fe tan sobrenatural que fundamentaba que todo el amor de Dios descansa sobre la dulzura y humildad de Jesús, crucificado bajo el poder de Poncio Pilato. Pedro, entre su fe sólida y su debilidad humana, anticipa y garantiza la continuidad de la Iglesia a través de los siglos para confirmarnos que debemos perseverar a pesar de nuestros defectos.
Profundizo también en la figura de san Pablo, en su fundamentalismo religioso derribado por Cristo en el camino a Damasco. Medito su intelectualismo y misticismo que da luz al misterio universal de Cristo y gracias al cual los gentiles se unen masivamente a los primeros judíos que creyeron en Jesús.
Pedro es la raíz y el principio que garantiza el futuro de la Iglesia. Su autoridad desarma las fuerzas del mal y permite junto a los demás apóstoles ejercer la disciplina y perdonar los pecados. Pablo es el principio de apertura que garantiza el crecimiento de la Iglesia. A través de su incansable caminar y su dolorosa vida por el amor a Cristo, su profunda comprensión de la historia que lidera el diseño de Dios, se convierte en el celo de los misioneros y de los que perseveran en la fe.
Dos columnas firmes y dos antorchas ardientes de la Iglesia a las que debemos mirar con frecuencia.
Pero esta firmeza y este esplendor, fruto de su autenticidad, no es lo que los llevó a dar sus vidas por el Evangelio y los hizo creíbles para edificar la Iglesia. Su esplendor no es solo su unidad, su comunión, su amor fraternal a pesar de sus diferencias. La belleza de Pedro y Pablo es la catolicidad de la Iglesia. Es el esplendor que hace de la Iglesia una institución humanamente frágil pero misteriosamente portadora de una totalidad, una plenitud que no es de este mundo.
La belleza católica de Pedro y Pablo, y con ellos la de toda la Iglesia, más allá del don de sí mismos y de su unidad, es el hecho de que esta universalidad nos convierte en un pueblo santo con una raíz sagrada porque ha sido fundada por Cristo.
Hoy es un día en el que quiero dar gracias a Dios por la belleza de su Iglesia desde la mismísima trascendencia de Dios en el corazón y más allá de la hermandad universal de San Pedro y San Pablo.
Le pido a Dios su intercesión para que todos los esfuerzos de acercamiento y reconciliación no se centren en nosotros mismos, en nuestras culturas y en nuestros puntos de vista, sino en Dios, en Cristo, en la Virgen María y en la santidad de los Apóstoles y fundadores de la Iglesia. Esta festividad es también la de los innumerables mártires de Roma, que continúa todavía, por eso mi oración ferviente es también por esos hermanos cristianos perseguidos en todos los rincones del mundo.

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¡Señor, hoy quiero mirarme en el espejo de Pedro y de Pablo! ¡Me identifico, Señor, con sus fracasos personales y con su fidelidad a Ti, por su compromiso cristiano y por cómo acercaron a tantas gentes a la Iglesia! ¡Hoy de la mano de los dos, Señor, me siento más Iglesia, la que ellos edificaron con su sangre santa! ¡Quiero, Señor, como Pedro seguirte siempre, rechazar la fuerza de mi carácter para hacerme dócil a Ti, disculparme siempre, seguir tus huellas, y aunque te niegue tantas veces amarte siempre! ¡Señor, quiero crecer en el amor hacia Ti y hacia los que me rodean! ¡Quiero, Señor, como Pablo, romper la dureza de mi corazón y la intransigencia de mi carácter, abrir los ojos ante la ceguera de tu gracia, romper con las cosas que me separan de Ti, dedicar mi vida a anunciar tu Palabra! ¡Señor, como Pedro y como Pablo tengo yo también mis grietas pero quiero aprender de ellos su fe, su fidelidad, su amor, su forma de vivir tan coherente y tan cerca de Ti! ¡Quiero pedirte por la Iglesia que ellos edificaron y que tu fundaste a la que tanto amo para que permita a los hombres tener un encuentro contigo y hacer realidad el Reino que nos has prometido! ¡Hazla santa, Señor, que es muy necesaria para el mundo a pesar de los hombres que la formamos!

Nadie te ama como yo:

Participar activamente en la obra de Dios

Por razones laborales me encuentro en una zona de conflicto de Oriente Medio. Una gran parte del territorio está minado debido a la guerra que ha asolado esta zona del planeta. Sorprende como los habitantes de esta región conviven con la muerte. Y duele que sea en el nombre de Dios que los seres humanos matamos y asesinamos. No es la primera vez en la historia de la humanidad que los hombres que dicen estar unidos a Dios imponen el odio y el terror. Y esto es cierto para la mayoría de las religiones. Fruto del fundamentalismo Estados y grupos terroristas exaltan a un dios que no lo es.
Lo sabemos bien. La historia nos muestra desde tiempos inmemoriales que el mundo es un inmenso campo de ruinas: reina el desorden, la violencia, la injusticia, las guerras, el odio, el hambre, la pobreza. ¿Cómo puede Dios permitir esto?
Pero Dios no lo permite. Dios lucha contra el mal. Y lo hace, básicamente, por medio de la Cruz. Esta cruz que surge a lo largo de la historia humana. Esta cruz desde la que Cristo, Dios hecho Hombre, transformará las profundidades de la historia.
Dios lucha contra el mal enviando a su propio Hijo para convertirse en la única víctima inocente. En la Cruz, Jesús sufrió en su humanidad una dolorosa pasión y una muerte ignominiosa… todo por la salvación del mundo. Desde ese inmenso campo de ruinas que es el mundo Cristo lo convierte todo en un inmenso campo de compasión, al cual nos insta a participar. Él nos urge a participar en el trabajo del Padre.
Participar en la obra de Dios es sumergirse en Él, olvidarse de uno mismo y amar. Participar en la obra de Dios tampoco es tener miedo de salir de un conformismo reductivo, la fuente de este fundamentalismo que conduce a la intolerancia y el odio. Para participar en el trabajo de Dios hay que ser libre. Si Cristo rehusó cambiar las piedras en pan, si aceptó voluntariamente la Cruz, es para fundar nuestra libertad. La fe nos libera del miedo, de la muerte. Toda la vida de la Iglesia se basa en la libertad y el amor para vivir en el aliento del Espíritu Santo.
Participar en la obra de Dios es ir más allá, mover montañas, cada una a su propia medida; es ir empujando los límites; reunir todo lo que está separado.
Participar en la obra de Dios también es abrir las puertas de nuestras iglesias al mundo; es hacer que nuestras iglesias y nosotros mismos seamos como velas que iluminan este mundo, para llevar a Dios a los indiferentes, a los abrumados, a los que no tienen la fuerza para venir.
No hay que olvidar que cualquier guerra, cualquier masacre, cualquier acto terrorista o de violencia que está marcado por el odio y el rencor es también un día para llenarlo de generosidad, amor y compasión, a través de la movilización de hombres y mujeres que oramos. Es a través de nosotros que la Iglesia está construida y vive y renueva la presencia de Cristo en el mundo.

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¡Señor, con el corazón abierto me dirijo a Ti para que intercedas y des consuelo a todos aquellos que sufren violencia de cualquier tipo en sus vidas! ¡Te pido, Señor, que les otorgues la paz a aquellos que sufren en sus carnes el odio y el rencor! ¡A los que han muerto en la guerra o en atentados otórgales, Señor, el descanso eterno! ¡A los que han sufrido heridas en sus cuerpos y en su corazón concédeles, Señor, la sanación física y espiritual! ¡A los familiares de todos las víctimas del mundo, Señor, concédeles por medio de tu Santo Espíritu la fortaleza para sobrellevar el dolor y la capacidad para perdonar! ¡Señor, elevo mis oraciones hacia Ti para que abras mi corazón y lo ensanches para acoger a todos los que nos hacen daño y te pido tu misericordia para los que siembran el mal! ¡Te pongo ante el Sagrario, Señor, la conversión de los que generan violencia en este mundo y que otorgues a los pacíficos el consuelo y la paz! ¡A los que sufren discriminación y persecución, Señor, llénalos de tu amor y haz que el Espíritu Santo les llene de su gracia y les otorgue su fuerza para perseverar en la esperanza y en la fe! ¡Abre, Señor, mi corazón para que con generosidad sea capaz de dar amor, esperanza, solidaridad y paz!

Paz en la tierra:

Los elementos clave de la confianza

¿Cómo se movería Jesús por las tierras de Galilea? ¿Cómo entraría en sus aldeas, como saludaría a la gente, cómo pediría algo de comer? ¿En qué lugares se apartaría a rezar, como tocaría con los nudillos de los dedos las puertas de las casas de aquellos hombres sedientos de esperanza y de amor a la espera de escuchar una palabra o experimentar un milagro de sanación? Lo medito en la plegaria. Es la literatura de la oración que te permite convivir con las imágenes y la Palabra que emerge del Evangelio. En todas estas acciones Jesús «pedía», «buscaba» y «llamaba». Son los elementos clave de la confianza.
Si algo se aprende permanentemente de la figura de Jesús en esta época de dificultades, de crisis galopante, de tanto sufrimiento humano, de tantos valores corrompidos, de tanto vacío existencial, de tanto desconcierto, incluso en la propia fe y en la Iglesia misma, es la confianza. La confianza ciega en la providencia de Dios. «Pedir», «buscar» y «llamar».
«Pedir» con confianza al Señor, con una actitud de abandono, con humildad de espíritu, con palabras sencillas que surgen de los labios y que desprecian el orgullo y autosuficiencia. Jesús otorga desde la fragilidad y la indigencia no desde un corazón altivo.
«Buscar» no implica exclusivamente pedir. Es avanzar por el camino espiritual para esforzarnos en cumplir la voluntad divina, para comprender que todo cuanto nos ocurre en la vida es para conocer mejor a Dios; que en las pruebas de la dificultad, en el dolor, en el sufrimiento, en la dificultad, uno también está capacitado para aceptar la voluntad del Señor.
«Llamar» es reclamar la atención para que nos escuchen y nos atiendan, para que se hagan cargo de nuestras heridas. Pero el Señor desea tomar tu vida y unirla íntimamente a la suya. Y en esa llamada no quiere que mires únicamente tus heridas interiores sino que las unas a la suyas, que no contemples sólo lo que nos separa de Él y de los demás. Quiere que mi dolor se una estrechamente al suyo, que le pida perdón y que se viva junto a Él la experiencia más sublime y hermosa que es gozar de la misericordia del Señor en ek peregrinar cotidiano.
«Pedir», «buscar» y «llamar». Pedir que nos otorgue la bondad y la esperanza, buscarle en todo lugar, llamarle en la necesidad. En esto se resume la confianza y la esencia de la vida espiritual.

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¡Señor, quiero buscarte cada día para que me enseñes a ver en cada persona que se cruce en mi camino el hombre y la mujer que tú amas! ¡Dame un corazón generoso para amar igual que haces Tú! ¡Aýudame, Señor, a no cerrar mi corazón con el candado de la indiferencia ante los sufrimientos y necesidades de las personas que me rodean! ¡Señor, quiero encontrarte cada día en la oración y la Eucaristía para llenarme de Ti! ¡Dame. Señor, Tu sabiduría de Dios, para vivir una vida llena de amor y coherencia cristiana! ¡Enséñame, Padre, a dirigirme a la genteque sufre, que tiene heridas, que te busca, que no te conoce, que tiene una fe tibia, al inseguro, al enfermo, al lleno de ilusiones, al soberbio… como lo harías tu! ¡Cierra de mi corazón la soberbia y dame un corazón sencillo! ¡Recuérdame, Padre, que al comenzar cada jornada mis acciones y mis palabras sean el espejo de tu Evangelio! ¡Quiero pedirte, Señor, serenidad, sencillez, humildad, generosidad, comprensión, paciencia, magnanimidad, amor, esperanza, bondad… y todos aquellos valores que me haga un verdadero discípulo tuyo!

Confío, cantamos hoy:

 

¿Llevo a la práctica el ¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!?

«¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!». ¿De verdad que lo llevo a la práctica? ¿Soy capaz de desprender de mi corazón todo los rencores para perdonar al prójimo y poder vivir en paz con el hermano que vive a mi lado? ¡Pero si el que me ha lastimado ha sido él!
¡Qué gran prueba de amor no pone habitualmente Dios con nuestra actitud de amar al prójimo! ¡Es tan sencillo amar al que no te daña, al que te cubre de parabienes, al que no te hace sombra, al que no te hiere, al que no te estorba! El mérito auténtico esta en amar al que te ha herido.
Son muchas las veces que cuando pronuncio en la Santa Misa el «¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!» pienso: «¡Qué poco sigues la doctrina de Cristo!» o «¡Cuántas veces Dios me pone a prueba el amor que siento y cuántas veces lo desaprovecho!»
Uno tiene la tendencia a vanagloriarse interiormente de su oración, de su Misa diaria, de sus ayunos, de su generosidad hacia el prójimo, de su servicio… y entonces te preguntas si el Señor recibirá con alegría y agrado esta ofrenda cuando sabe que tu corazón no es un corazón dolorido, ni humillado, ni contrito sino un corazón que acumula heridas, desánimos o impide el perdón y la reconciliación.
Entonces comprendes que el único que se hace daño a si mismo con esta actitud eres tu. Fundamentalmente porque con ella me alejo de Dios. Y porque la persona que alejo de mi corazón también es parte de Dios.
En la vida espiritual, la que concierne al amor, al perdón, al juicio ajeno… el único juez es Dios. No soy nadie para juzgar al prójimo. No me corresponde evaluar sus errores y sus fallos porque ya tengo suficiente con los míos.
«¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!». Amando al prójimo amas principal y sustancialmente a Dios porque Él está en el prójimo. Por eso debo tratar de dañar lo menos posible a los demás y siempre perdonar porque cada vez que lo hago daño también a Dios.

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¡Señor Dios, Padre nuestro, te damos gracias porque nos has dado el mandamiento del amor, para que nos amemos unos a otros, te amemos a Tí y reconozcamos a todas las personas que nos rodean como nuestros hermanos, creados a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdanos, Padre de bondad, a amarnos unos a otros ya que así mostramos a la sociedad que somos tus hijos con el fin de que con nuestro ejemplo crean en tí, Dios de bondad y de Paz, de Amor y Misericordia! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que mis ojos se impregnen de tu misericordia y sea capaz de ver en los demás su dignidad y la belleza que hay en su interior, los vea como me ves Tú a mí y no juzgue nunca por las apariencias porque solo tu Señor sabes lo que anida en su corazón! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que esté siempre atento a las necesidades del prójimo y mis oídos estén abiertos a su llamada y su clamor como me escuchas Tú siempre a mí, y no haga oídos sordos a sus dolores, su sufrimiento, su tristeza o a su llanto acercándome a ellos con ternura y compasión! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que de mi boca sólo surjan palabras de aliento, de misericordia, de consuelo, de paz, de perdón y de cariño y ayúdame a no juzgar ni a ser injusto con los que me rodean! ¡Que mi mente, Señor, se vuelva siempre hacia el más cercano para que pueda entender su necesidad como Tú entiendes siempre la mía! ¡Que mis manos, Dios mío, sean como las tuyas tiernas y generosas, acogedoras y sensibles, entregadas y puras, para que todas mis acciones sean para levantar, abrazar, acoger y llevar a cabo esas tareas que los otros no quieren realizar! ¡Que mi corazón se vuelva siempre hacia el corazón del prójimo para que sea capaz de amarlo siempre como me amas Tú, con ese amor clemente, amoroso, paciente y misericordioso! ¡Que en cada prójimo vea a un hermano; que su dolor sea el mío y dame, Padre bueno, el don para suavizar sus penas y compartir su espíritu! ¡Ayúdame a vivir en el amor, a vivir para el amor y a vivir de amor! ¡Que mi vida no tenga ya otra motivación, ni otro sentido, ni otra meta que el amarte en los demás!

Una hermosa canción de Marco Frisina para acompañar la meditación de hoy:

¿Ahora estás más contento, papá?

Hay palabras en nuestro tiempo que van volviéndose extrañas pero no dejan de ser profundas: perdón, arrepentimiento, pecado… Todas ellas esconden la realidad exigente del ser humano que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Me pregunto muchas veces como verán mis hijos mis actitudes para afrontar esta realidad en mi vida. Ayer, antes de comenzar la Misa, fui a confesarme. Cuando regresé al banco mi hijo pequeño me preguntó: «¿Ahora estás más contento, papá?»
¿Arrepentirme? ¿Perdonar? ¿Pecar? ¿Por qué pedir perdón? Los pequeños perdones cotidianos son algo natural en nosotros, en cierta manera son fáciles de pronunciar. Pero el auténtico perdón, aquel que transforma interiormente y que ofrece un sentido fructífero, ese perdón es una auténtica rareza.
Sin embargo, desde la perspectiva de Dios el perdón es substancial a Él. Y ahí está la parábola del hijo pródigo. En cierta ocasión, alguien me dijo: «¡En realidad el padre no debería perdonarlo!». Pero en realidad, aquella persona olvidaba que el padre no castigaba, sino que «celebraba» con gran gozo el regreso de su hijo.
Esta parábola me invita siempre a un buena preparación para la confesión. Y, sí, me llena de alegría. Me permite reconocer la verdad del Evangelio como fruto de un encuentro personal con Dios. Es en este encuentro íntimo con el Padre el que hace que la Palabra de Vida germine en lo profundo del corazón.
Confesarse es tener una encuentro extraordinario para encontrarse de bruces, cara a cara, con el Señor. Hay quien lo teme, porque debe enfrentarse a su propia realidad y darse cuenta lo poco que ama, porque al final el pecado es consecuencia del egoísmo y la soberbia. Aceptar amar es, en ocasiones, dolorosa. ¡Pero qué alegría recomenzar de nuevo, poder vivir desde cero!
Cada vez que me confieso mi interior se llena de gozo. Participando de este sacramento renuevo mi unión con la Iglesia, con Dios y con los que amo. Siento que he participado en la gran fiesta del amor.
Confesarse es la ocasión de presentar todos aquellos actos negativos que deseo deshacer. Me permite desenmascarme ante el Señor. Cada fallo o error que le presento es una ocasión para sentir el abrazo de Dios. En el momento de la confesión, mi corazón se predispone a que se haga en mí su voluntad.
Confesarse es una experiencia íntima, simple, privada y muy profunda. Te permite unirte al Padre y a los demás porque el pecado lo que hace es separarte del prójimo y también de Dios.
En la confesión, responde a la pregunta que Dios le hizo a Adán: «¿Dónde estás?». Y en ese mismo momento, cuando abres el corazón, es el mismo Cristo el que te recibe abriendo sus brazos y diciendo: «¡Ve, tu fe te ha salvado!». Y escuchas también el susurro de Dios que, como el padre de la parábola del hijo pródigo, exclama: «¡Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida!»

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo! 

Mírame, Señor, es lo que le pedimos hoy cantando al Señor desde nuestra pequeñez:

Comienza el anuncio de la Navidad

Hoy celebramos el nacimiento de San Juan Bautista. La importancia de esta fiesta es que su natalicio anuncia a otra persona, a Jesús, el Dios con nosotros.
No lo olvido. Solo restan seis meses para Navidad. Hoy es como una Navidad estival porque ¡Dios está con nosotros! aunque todos los días de la vida deberían ser Navidad para un cristiano.
La grandeza de Juan el Bautista está contenida en el nombre que recibió completamente nuevo contrastando con la costumbre familiar pues nadie en aquella familia llevaba ese nombre!
¿Qué le llevaron a llamarlo así? Juan anuncia novedades, representa la única novedad que permanece pues en el lenguaje de Jesús, Juan significa: «el que es fiel a Dios». Y cuando es así Dios da libremente. ¡Gratis! ¡Absolutamente gratis!
Juan anuncia la venida de Jesús que es el rostro humano de este don gratuito, de la gratuidad absoluta del Amor de Dios. Y aquí reside la gran novedad: Jesús, el único Hijo engendrado de Dios, nacido en un portal en Belén, ¡se convierten en el Dios con nosotros entregándose gratuitamente para la humanidad!
Y, sin embargo, la vida de Juan el Bautista se desenvolvió de una manera paradójica rompiendo los convencionalismo humanos: prefirió los lugares alejados, vivió en el desierto y, cuando se manifestó a las multitudes que acudían a él, no buscó la celebridad sino que desde un lenguaje directo, en ocasiones muy duro, exigía la conversión; san Juan se alejó de todo poder político, religioso y terrenal llegando a desenmascarar la hipocresía de los poderosos. Encarcelado, perseguido y decapitado, fue capaz de testificar la alegría que habitaba en su corazón y cuando se le preguntó «¿Quién eres tú?» no expresó su misión o la autoridad que había recibido de Jesús sino que prefirió expresar lo que no era: «No soy el Cristo, soy solo la voz de Aquel que llora en el desierto». ¡Qué manera tan hermosa, profunda y sencilla de preparar el camino del Señor!
San Juan Bautista solo desea que miremos a Jesús. Es el testigo de la Buena Nueva, de la novedad del Evangelio revelada a los pequeños, testigo del poder del Amor gratuito de Dios que se revelará en la debilidad, testigo de los caminos y los designios de Dios que tantas veces no coinciden con los nuestros.
Pero sobre todo ¡nos enseña a ser testigos de Cristo! El testimonio auténtico no llama la atención del que testimonio sino de Aquel a quien testifica, que es Jesús. ¡El que atestigua a Jesús no se preocupa de su éxito personal, del número de personas que logra alcanzar, sino de cómo en el silencio hacer llegar el mensaje de Jesús!
El día de hoy es un invitación a ser testigo auténtico de Cristo. A cuidar mi relación personal y de intimidad con la persona de Jesús. Procurar permanecer en la alegría de su amistad. Tratar de impregnar la palabra de Jesús, por el Evangelio, para que mis palabras, mis gestos y mi fe se hagan eco del eco que nos rodea.
Es un día para que el ejemplo y la vida de oración de san Juan me ayuden a ser fiel testigo, amigo y siervo de Jesús.

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¡Señor, abre mi corazón para que como tu fiel amigo, servidor y profeta san Juan sea capaz de predicar en mi entorno la Verdad que eres Tu! ¡Ayúdame, Señor, a ser testimonio de justicia, de amor, de entrega, de fe, de esperanza como fue tu amigo an Juan! ¡Que no me avergüence nunca anunciar tu Reino! ¡Envía tu Espíritu para que me de la fuerza y el valor para vencer aquello que me pueda parar de anunciar tu Reino y que me otorgue la sabiduría para saber llegar a los demás! ¡Señor, concédeme la humildad que caracterizaba a san Juan Bautista y la fidelidad para cumplir siempre tu voluntad, la sencillez para actuar acorde con los preceptos de Dios, para desaparecer a los ojos del mundo para que solo resaltes tu, para abrir caminos para que tu puedas aparecer en los que me rodean y quienes te conozcan se llenen de Ti! ¡Señor, hazme un cristiano abierto plenamente al amor, la misericordia, al esfuerzo y la verdad! ¡Que no me atemoricen, Señor, los problemas y las dificultades y como san Juan Bautista hazme firme en mis convicciones y mis principios aunque su defensa conlleve sacrificios por Ti! ¡Señor, como san Juan Bautista, hazme penitente, morificado, recogido, contemplativo y silencioso interiormente para desde el interior darme más a Ti y a los demás!

¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!

Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, nuestro Señor, vino al Jordán) soberbia cantata de Bach que nos sirve para conmemorar musicalmente este festividad:

María, Madre de la Iglesia

Cuarto sábado de junio con María, Madre de la Iglesia, en el corazón. Al pie de la cruz la Iglesia vio la luz. Jesús, viendo a su madre arrodillada, rota de dolor, y junto a Ella a Juan, el discípulo a quien amaba, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y, a continuación, mirando al discípulo dijo: «Ahí tienes a tu madre».Desde momento el discípulo amado la acogió en su casa.
Y rememorando este episodio de la Pasión tomas conciencia de que eres parte viva de la Iglesia porque Juan nos representa a todos y porque María, que es nuestra Madre, es también Madre de la Iglesia, a la que hay que acoger en el corazón para poner en práctica el Evangelio de Jesús que es al mismo tiempo el Evangelio de María.
Por eso la Iglesia es mariana, porque tiene en María el espejo para imitar en perfección y santidad pues la Virgen prefigura a la perfección la imagen de la Iglesia.
Un Iglesia que desde dentro dice «sí» a Dios como hizo María; que sale al encuentro del prójimo y de la vida como hizo María con su prima santa Isabel; que ora e intercede por la transformación del mundo; que alaba y bendice la obra de la Creación y se extasía por las maravillas que provienen de Dios; que trasciende a lo profundo del alma humana y deja constancia de que Dios es amor.
Una Iglesia que levanta al caído, que perdona setenta veces siete, que se conmueve por los desheredados de la tierra, que ofrece sus manos al que se halla a la vera del camino, que no juzga el pasado de nadie y que sana las heridas del sufrimiento con humildad y dulzura.
Una Iglesia que recuerda que el Padre es amoroso y que abraza a todos los hijos pródigos que buscan su misericordia, que no prejuzga el pecado del hombre porque busca su redención, que ama la vida y defiende al no nacido, al desahuciado por la enfermedad y allí donde un corazón, por muy débil que esté, va palpitando.
Una Iglesia que abraza al desesperado, que espera con las puertas abiertas el regreso del hijo pródigo, que hace fiesta con cada alma que se acerca a Dios, que canta el gloria cada vez que se produce una conversión.
Una Iglesia que acepta las dudas de sus fieles, que ofrece certezas que vienen de la fe y de la gracia del Espíritu, que llena de vida al que confía, que trata de dar respuestas al que busca.
Una Iglesia que no vive de los oropeles con la que se le prejuzga sino que, en realidad, es como esa pequeña casa de Nazaret, humilde y sencilla, donde habita el Dios del amor y de la misericordia.
Una Iglesia que llora con el que sufre, con el que no tiene nada, con el oprimido, con el humilde.
Una Iglesia abierta al fuego abrasador del Espíritu Santo y al viento poderoso de su gracia.
Una Iglesia que es en si misma también la imagen del Magnificat porque la Iglesia es María, es alegría, es esperanza, que mira la humillación de los humildes, que esparce su misericordia sobre cada generación, que dispara a los soberbios y enalteces a los pequeños y que se alegra en Dios, el Salvador del mundo.
Y todo este mundo nació al pie de la Cruz, el día en que Jesús, mirando a su Madre, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Fue aquella tarde una noche de muerte pero también de vida, motivo de fe y de alegría.

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¡Gracias, Señor, por la constitución de tu Santa Iglesia a los pies de la cruz! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, tu Madre, como Madre de todos y de la Iglesia! ¡Gracias por este acto de misericordia y de amor que nos abre a vivir acorde con Tu Evangelio que es el Evangelio de tu Santa Madre! ¡Gracias, porque con Ella podemos ir al encuentro de tu persona y del prójimo, caminar a su vera para hacer el camino de la vida que nos lleva hacia el cielo prometido! ¡Gracias, Señor, por tu Iglesia Santa, don gratuito de Dios que María lleva con preciado regalo en sus entrañas de Madre! ¡Gracias, Señor, por la fuerza que infunde el Espíritu Santo sobre tu Iglesia, llevándola en el devenir de la historia para hacerla cada día más santa, más católica y mas apostólica! ¡Gracias, Señor, porque de la mano de María podemos ir cada día al banquete del cordero, donde Tu te inmolas por nuestra redención! ¡Hazme, Señor, acoger en mi corazón como miembro de tu Iglesia a los que sufren, a los que no tienen nada, a los despreciados, a los humillados, a los Zaqueos de este mundo, a los publicanos, a los que no te conocen, al abandonado a la vera del camino, al ciego, al paralítico de Betsaida, al leproso, a la samaritana, a rico de nacimiento que te abandona, a los de la pesca milagrosa o del monte de las Bienventuranzas, a la mujer adúltera… hay muchos que necesitan de nuestra amor y de nuestro encuentro para darte a conocer, Señor! ¡Envía tu Espíritu Señor para que dote a tu Iglesia de la gracia de la fortaleza, la sabiduría y la piedad para ser testigo de tu Evangelio! ¡Y a ti, Padre, gracias porque la Iglesia es tu mismo corazón que nos lo diste por medio de tu Hijo a los pies de una cruz!

Hermoso himno Mater Ecclesiae que dedicamos a Nuestra Madre, Madre de la Iglesia:

La delicadeza que brota de la fe

Una de las características que más me impresionan de la humanidad de Cristo es su delicadeza. Alrededor de Jesús todo rezuma delicadeza que entronca con otras de sus cualidades innatas como son la paciencia, el cariño, la alegría, la ternura, la finura, la humildad, la magnanimidad, la cortesía… Nada en Jesús es vulgar, ni grosero, ni prepotente, ni egoísta. Su trato con la gente es delicado porque la delicadeza y la mansedumbre —una de las características del alma de Jesús es que es “manso y humilde de corazón”— son dos virtudes que caminan juntas. Quien cultiva la mansedumbre hacia los demás se convierte en un ser delicado, incluso con aquellos con los que cuesta empatizar.
La delicadeza es una virtud que, en cierta manera, brota de una fe firme, que se traduce en actitudes bienintencionadas, en gestos que imitan la acción del Señor que es la santidad visible para el corazón del hombre como recuerda san Mateo en uno de sus pasajes: “En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de mis hermanos, a Mí me lo hicisteis”.
La delicadeza cristiana nunca se asienta sobre una serie de principios y derechos innegociables, no se sustenta sobre privilegios adquiridos, no trata de defender los intereses particulares, no reivindica nunca el yo. La delicadeza, que lleva implícita la virtud de la humildad, es la contraposición al egoísmo y la soberbia, a la necesidad de aparentar, al hacer las cosas para ser aplaudido, a dejar entrever las intenciones para que nadie olvide que es cosa nuestra, impide al prójimo quedarse con la sensación de que te debe algo, ni deja la impresión de que estás con alguien por interés o por pena.
La delicadeza cristiana exige condescendencia con el prójimo —con el más cercano—, evita la discusión permanente, el herir con palabras y con gestos, el mal humor constante, el recriminar con acritud las cosas mal hechas, vincula la verdad a la caridad, valora a los que le rodean y respeta su dignidad, sus ideas, su opinión y sus carencias. La delicadeza cuida los pequeños detalles.
La delicadeza es un don del amor de Dios y, por tanto, hay que pedirle al Espíritu Santo que nos la envíe para tratar mejor a los más cercanos. En nuestra alma tiene que reinar la delicadeza porque un corazón delicado es un corazón que arde por cada persona que se le acerca. Delicadeza en nuestros actos y nuestras acciones, llenarlas todas ellas de contenido sobrenatural, como exigencia de nuestro amor. Así se comportó el Señor, y en eso hemos de imitarle cada día. Poniendo la delicadeza como criterio de conducta, seguro que las demás virtudes crecerán a nuestro alrededor.

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¡Señor, envíame tu Espíritu, para seguir tu ejemplo, para imitarte en tu entrega a los demás, para hacer el bien a los que me rodean, para vivir en la humildad, la bondad y la generosidad, para caminar hacia el Reino al que Tú siempre me invitas! ¡Señor, quiero aprender de Ti, maestro bueno, ayúdame a descubrir la gratuidad de tu amor! ¡Conviérteme en un delicado instrumento de tu amor hacia los demás! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para reconocer tu presencia y agradecer tu compañía! ¡Señor, escucha mis plegarias que surge de un corazón sencillo, prepárame para seguir tu camino, ilumina mi sonrisa para convertirme en alguien delicado para los demás! ¡Todo lo espero de ti, Señor, confío plena y exclusivamente en ti, confío en la inmensidad de tu bondad, de tu poder y tu sabiduría! ¡Gracias, Señor, por tu delicadeza conmigo!

Hoy, cantamos el Padrenuestro con Andrea Bocelli:

 

Vidas mediocres

En el fragor de una conversación de trabajo uno de los participantes, entre dudas, estrategias, encajes… espeta: «¿Tan mediocres somos que nadie de los que está aquí sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?». En el contexto en el que se produce, esta pregunta nos abre los ojos a encontrar la solución.
Pero la pregunta del «¿Alguien sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?» me ronda desde hace días porque también afecta al interior de mi propia vida. Y te das realmente cuenta que tu vida se va moviendo paulatinamente entre quehaceres disparados e inútiles que no aportan nada útil ni nada nuevo a la vida, a tu vida y a la vida de los demás. Que muchas veces funcionas como si fueses un títere teledirigido sin ideas propias ni objetivos claras. Es el «ir tirando». Cuando uno va tirando convierte lo realidad de su vida con sus problemas enquistados y sus dificultades concretas, en algo mediocre, vulnerable y tibio.¿Y eso por qué ocurre? Porque cuando alguien tiene poco que ofrecer, también le resulta difícil recibir. Cuando alrededor del corazón se construyen muros de piedra estos son difíciles de derribar.
Tristemente nos acostumbramos a la mediocridad. Nos conformamos con que nuestra vida no vaya más allá, nos acomodamos en lo anodino. Y encontramos mil excusas para no cambiar, para dejar que esa mediocridad se convierta en un traje a medida. Nos dejamos llevar por el mimetismo. La peor vida que uno puede vivir es la vida mediocre porque es aquella vida adormecida y llena de excusas.
Es imposible dar lo que no se tiene, por eso no conviene buscar en los demás la perfección que nunca vas a tener, la generosidad que eres incapaz de regalar, la compasión que no has sido capaz de mostrar, el cariño hacia los otros del que desconoces que es en realidad, la fortaleza que careces para superar cada situación, la fuerza de voluntad que sueles arrastrar… de lo que se trata es de arrugar interiormente esas virtudes que han de ir creciendo, paso a paso, en el interior del corazón, abonarlas con el abono de la oración y regarlas con el agua cristalina de la constancia. Son elementos que dan valor a lo que verdaderamente tiene valor. Y con el tiempo que uno puede cosechar esos valores que uno pensó nunca poseería pero que están escondidos en lo profundo del corazón.
Hay que amar la vida, amarse a si mismo, amar a los que le rodean, amar las propias circunstancias, amar como eres, amar lo que posees, amar cada instante de tu existencia, amar, incluso, los propios fracasos, amar la cruz de cada día, amar los impulsos cotidianos… y cuanto más amor uno sea capaz de expandir, más lejos se hallará de la mediocridad y más valor le dará a lo que tiene valor.

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¡Señor, te doy gracias por todo lo que me regalas cada día! ¡Te doy gracias por las oportunidad que me ofreces para cambiar, para transformar mi vida, para salir de la mediocridad, de la tibieza y del conformismo para buscar la perfección! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amar la vida, de amar a todos, de amar cada minuto de mi existencia, de amar los problemas y dificultades, de amar la cruz que pones en mi camino! ¡No permitas, Señor, que me acomode en mis zonas de confort! ¡No permitas, Señor, que me autoengaño con falsas realidades de mi mismo para evitar en realidad enfrentar esa realidad! ¡No permitas que la soberbia y el egocentrismo sometan mi corazón porque lo que quiero es ser mejor cada día! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu a dar todo lo mejor de mi y a no permitir que me atrape la mediocridad! ¡Espíritu Santo dame el entusiasmo permanente para encontrar la verdad allí donde se halle! ¡Otórgame el espíritu de resignación para aceptar mis limitaciones! ¡Dame, Espíritu de Dios, el coraje de luchar siempre sin miedo y sin abandono para cambiar lo que sale mal y para transformar lo que debe ser cambiado! ¡Otórgame, Espíritu de bondad, de la lucidez necesaria para encontrar siempre la verdad! ¡Dame, Espíritu de amor, la fortaleza para no acomodarme en lo fácil y preferir lo difícil! ¡Y dame, Espíritu divino, la valentía para luchar sin desmayo contra mis muchas apatías y desganas! ¡Ayúdame a derrotar la mediocridad que haya en mi vida y caminar hacia la santidad!

Escuchamos hoy el motete Insanae et vanae curae, Hob. XX:1/13c (Insanas y vanas preocupaciones) compuesto por Haydn en su oratorio «El retorno de Tobías»: