En la fiesta de la Eucaristía y el sacerdocio

Celebramos hoy con solemnidad y alegría la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor, Corpus Christi, que nos recuerda la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y la institución de este sacramento que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, cuando el Señor convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.
La Eucaristía es el regalo más sublime que Dios nos ha hecho llevado por su deseo de quedarse con nosotros después de la Ascensión.
La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo está íntimamente relacionada con el don del sacerdocio cuya misión es hacer presente el sacrificio que Jesús realizó de sí mismo para la redención del hombre en el Calvario. Allí, con su muerte, el Señor se convirtió en una ofrenda de sí mismo bajo la amorosa tutela del Padre. Jesús es, al mismo tiempo, el oferente y la ofrenda, sacerdote y víctima.
Durante aquella noche del Jueves Santo, Jesús confió a los Apóstoles la misión de perpetuar aquella ofrenda que hizo de sí mismo: «Haced esto en memoria de mí». Con estas palabras tan sublimes da comienzo el sacerdocio cristiano.
Es un día para llevar en el corazón a todos los sacerdotes, especialmente los más cercanos a cada uno de nosotros. Recordar que tienen un rol único, extraordinario e irremplazable en la Iglesia.
Orar por ellos con el corazón abierto para que continúen siendo hombres que vivan, anuncien y compartan la Palabra de Dios a sus hermanos. Para que vivan en santidad su vida sacerdotal por medio de la oración personal, de la caridad pastoral y la aceptación del sufrimiento para que su trabajo ofrezca los frutos deseados.
Orar por ellos con el corazón abierto para que sean hombres santos que, por medio de los sacramentos, ofrezcan sabia nueva a sus hermanos en la fe, los alimenten por medio de la fe, les ayuden a crecer en santidad, los fortalezcan en el crecer, los conviertan en testigos del Señor, les ofrezcan el perdón y la sanación del cuerpo y del alma y bendigan su amor conyugal en el nombre de Jesús.
Orar por ellos con el corazón abierto para que se conviertan en auténticos pastores desde la humildad y el servicio, desde el amor y el ofrecimiento, desde la caridad y la entrega siguiendo el ejemplo de Cristo, el Buen Pastor, que dio su vida por cada uno de las ovejas de su rebaño.
Orar por ellos con el corazón abierto para que sean siempre dóciles a la gracia del Espíritu Santo, obedientes a Dios y a la Iglesia con el fin de hacer fructificar su ministerio que, en definitiva, es el sacrificio que más agrada al Padre.
La fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor es la gran fiesta de la exaltación de la Eucaristía pero también la del gran don del sacerdocio. Un día señalado para orar para que todos los sacerdotes sean hombres santos y que esa santidad, impregnada con la preciosa sangre de Cristo, la lleven al pueblo de Dios con amor.

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¡Te doy gracias, Señor, por esta fiesta de tu Cuerpo y de tu Sangre, que me permite rememorar la institución de la Eucaristía, este gran misterio de Amor que nos regalaste el Jueves Santo! ¿Quiero testificar mi gratitud, Señor, por este divino beneficio que atestigua tu victoria sobre el mal y tu triunfo sobre la muerte por medio de tu Resurrección! ¡Señor, te doy gracias porque me permites gozar del milagro de la Eucaristía: hazte muy presente en mi vida, vive en mi, haz que te vea, que te sienta y que quiera estar siempre junto a Ti porque quiero convertirte en el Señor de mi vida y de mis esfuerzos cotidianos! ¡Te pido, Señor, por todos los sacerdotes de tu Santa Iglesia, que tu has elegido por medio de su vocación para que vivan santamente en consonancia a tu Sagrado Corazón! ¡Que todos los que han recibido tu llamada al sacerdocio se parezcan en todo a Ti! ¡Señor, envía sobre ellos a tu Santo Espíritu para que sean claros transmisores de Tu Palabra, pastores abiertos a servirte a Ti, a los fieles y la Iglesia, ejemplo de humildad, sencillez y amor! ¡Finalmente, Señor, postrado ante Ti en el sagrario, con el corazón abierto, me entrego enteramente a Ti para sentirme seguro, sereno y amado y también para amar, por eso te digo con todo mi amor: Yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad y devoción, con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos!

O Salutaris Hostia, un hermoso himno de Santo Tomás para un día tan señalado como el de hoy:

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Un comentario en “En la fiesta de la Eucaristía y el sacerdocio

  1. Recordar en familia lo que es la Eucaristía

    ¿Qué es la Eucaristía?
    La Eucaristía es uno de los siete Sacramentos. Nos recuerda el momento en el que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Éste es el alimento del alma. Así como nuestro cuerpo necesita comer para vivir, nuestra alma necesita comulgar para estar sana. Cristo dijo: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.”

    ¿En qué nos ayuda la Eucaristía?

    Todos queremos ser buenos, ser santos y nos damos cuenta de que el camino de la santidad no es fácil, que no bastan nuestras fuerzas humanas para lograrlo. Necesitamos fuerza divina, de Jesús. Esto sólo será posible con la Eucaristía. Al comulgar, nos podemos sentir otros, ya que Cristo va a vivir en nosotros. Podremos decir, con San Pablo: “Vivo yo, pero ya no soy yo, sino Cristo quien vive en mí.”

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