Los colores de la vida

Junto al hotel en el que me hospedo hay un gran mercado local, un espacio multicolor de personas que venden todo tipo de productos. En una parada descubro decenas de molinillos de viento con sus discos de diferentes colores. Como sopla con fuerza el viento, los discos se mueven circularmente, mezclando los colores que dan finalmente un tono blanco al disco. «Un molinillo lleno de luz», pienso.
La luz es la contraposición a la negrura. Mientras camino entre bolsos de cuero, especies aromáticas, vestidos multicolores, frutas tropicales, ropa y zapatillas de imitación o todo tipo de aparatos para el hogar pienso que el negro es el color que indica el fruto de nuestros conflictos interiores, nuestros desafíos sistemáticos, nuestras contradicciones y nuestras oposiciones a la voluntad divina.
En la vida debo estar atento a la teología de los colores. Esa teología está muy presente en la vida cotidiana espiritual. Cada día del año litúrgico hay una invitación a vivir solemnemente el colorido de la vida. La vida litúrgica acentúan y solemnizan los momentos más destacados del cristiano.
La Iglesia se adorna con diferentes colores en cada ciclo litúrgico: rojo, que simboliza la sangre y la fuerza del Espíritu Santo, se emplea para las fiestas de la Santa Cruz, el domingo de Ramos, el Viernes Santo, Pentecostés y las festividades que conmemoran a los apóstoles y los mártires; azul señala las fiestas dedicadas a la Madre de Dios; verde, que utilizamos en el tiempo ordinario, desde la festividad del Bautismo de Jesús hasta la Cuaresma y de Pentecostés hasta el tiempo de Adviento, nos anuncia la juventud de la Iglesia y la posibilidad de vivir un tiempo nuevo; el morado se emplea en Adviento, Cuaresma y en la liturgia de los difuntos y es indicativo del deseo esperanzador del encuentro con Cristo y de una vida de penitencia; el blanco, signo de pureza, de luz, de vida y de gozo pascual, se emplea en el tiempo de Pascua, en Navidad y en las festividades del Señor, de los ángeles, de la Virgen y de los santos que no han sido mártires; el rosa, se utiliza el tercer domingo de Adviento es un color que simboliza la alegría y, finalmente, el púrpura se emplea en las fiestas solemnes.
Con cada uno de estos colores va unida nuestra propia vida en el sentido de que todos y cada uno de nosotros es como un color; un color único y específico. En ocasiones representamos tonos suaves, en otras nuestro tono es más brillante, en otras más oscuro… depende de nuestro estado de ánimo y nuestra personalidad. Pero todos son colores creados por Dios. Y tan pronto como un entra en la Iglesia, en el mismo movimiento circular que el molinillo de viento, no dejamos de dar vueltas en círculos, para convertimos no en una única que es convertirse en instrumentos de luz para que la Resurrección brote de nuestro interior y se refleje en el mundo en el que vivimos.
Hoy doy gracias a Dios por la inestimable oportunidad de que mi vida, sencilla y pequeña, pueda estar marcada por la celebración de la liturgia que me lleva cada día al encuentro con el Señor.

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¡Gracias, Señor, por tu presencia en mi vida! ¡Por tu amor infinito, por como llenas de colorido cada uno de los momentos de mi existencia! ¡Como los colores de la liturgia son una invitación a la renovación interior, a la penitencia, a la alegría del encuentro, a la esperanza, a la veneración a tu Madre, al encuentro personal contigo, a rememorar la fe de tantos que han dado la vida por ti! ¡Gracias, Señor, por la sencillez de mi día a día, por los mensajes de amor que me transmites cotidianamente, por la luz de la alegría! ¡Gracias, Señor, porque das color a mi existencia incluso cuando se imponen los negros y los grises de los sufrimientos, de las espinas de sangre de los tormentos y las dificultades! ¡Gracias, Señor, porque mientras camino estás a mi lado, me das la mano y me levantas! ¡Gracias, Señor, porque la luz blanquecina ilumina mi existencia y me envuelve con la luminosidad de tu Cruz! ¡Gracias, Señor, por estar tan cerca de mi vida, te bendigo y te agradezco de corazón que me muestres el amor del Padre y me enseñes lo mucho que me ama! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en tí confío!

 

El señor es bondadoso y compasivo:

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