La vida te enseña que el sufrimiento hay que entregarlo por amor

Por experiencia puedo afirmar que el dolor es una escuela de vida. Es en medio del dolor en el que uno tiene la capacidad de discernir, donde uno valora lo que verdaderamente es importante o relativo. Es en la oscuridad del sufrimiento y en las tinieblas de la desnudez interior donde uno puede abandonarse a la desesperación y a la tribulación para ir paulatinamente hundiéndose en la tristeza o aferrarse a los brazos de la Cruz en la que Cristo abraza, sostiene, consuela, dignifica, sana y acompaña.
Es desde el vacío de la nada donde el hombre se hace más consciente de sus carencias y limitaciones; donde es posible reconocer la fragilidad de su propia humanidad; donde es posible vislumbrar el mundo con la mirada de Dios.
A mi alrededor, como en la de cualquier lector de esta página, hay gente que sufre una enormidad pero lo hacen con paciencia, soportando las contrariedades y las penas con amor, calladamente y con humildad.
Gentes que encuentran su fortaleza en Jesús testimoniando que «todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Cuando observas cómo sobrellevan su sufrimiento y su dolor es cuando comprendes que tus propias penas son insignificantes aunque no lo sean a los ojos de Jesús. Cargar las cruces cotidianas con Él alivia el corazón y hace más soportable el dolor, lo que no implica entenderlo.
En el cielo los planes de Dios tienen su razón de ser y es en este punto dónde hace acto de presencia la fe que nos reconoce humildes ante los planes divinos.
El camino que conduce a Dios es el del corazón quebrado a pedazos; abierto a su misericordia.
La vida te enseña —te enseña, aunque sea difícil ponerlo en práctica— que todo sufrimiento hay que entregarlo por amor, que cada lágrima derramada debe transformarse en una sonrisa, que cada ofensa recibida debe transformarse en una oración, que cada golpe recibido debe llevar consigo el perdón, que cada desprecio tiene que volverse al otro con mirada de Misericordia al estilo de Jesús.
El dolor es la gran oportunidad que Jesús ofrece para acercarte más a Él, para unir el propio sufrimiento al de Jesús. Es el don que pone Cristo para convertirte en testigo de su amor infinito y misericordioso, la invitación directa para el olvido de uno mismo, para cargar la cruz y avanzar por la senda del amor.

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¡Señor, no quiero regocijarme con mis penas y sufrimientos que te entrego a Ti con amor para que lo acojas todo con tus manos misericordiosas! ¡Te pido, Señor, que a la luz de la fe y la esperanza, envíes tu Santo Espíritu, para ser consciente del profundo amor que sientes por mí y acepte siempre tu voluntad! ¡Concédeme la gracia de creer en tu amor! ¡Dirige, Señor de bondad, tu mirada de amor hacia los afligidos, los que sufren, los que lloran, los que están desesperados, los que no sienten tu presencia, los que necesitan ser consolados! ¡Señor, derrama tu gracia infinita y tu amor misericordioso sobre cada corazón humano y haz que encontremos siempre el consuelo del espíritu, la esperanza en tu divina Providencia, renueva nuestro interior, ábrelo siempre a una predisposición a la renovación espiritual y ayúdanos a comprender el misterio insondable del dolor y del sufrimiento como camino para el crecimiento interior! ¡Concédenos la gracia de comprender que el dolor nos permite acercarnos más a Ti y ayúdanos a llevar la Cruz de cada día con amor y generosidad!

La Cruz, que acompaña al sufrimiento:

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Un comentario en “La vida te enseña que el sufrimiento hay que entregarlo por amor

  1. Las bienaventuranzas (Mt 5,3-12)

    Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

    Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

    Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

    Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

    Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

    Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

    Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

    Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

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