Desde el desierto al fondo de ti mismo

Por razones laborales he pasado dos días realizando un trabajo en un desierto de África. El campamento de trabajo estaba ubicado en una zona de dunas de arena. Todo el entorno irradiaba un silencio sepulcral roto únicamente por el susurro del viento.
Cuando te encuentras en el desierto te invade una sensación de soledad muy grande. La mirada fija en el horizonte te hace comprender que todo es finito. El desierto es un lugar austero y sobrio. Sin embargo y aunque parezca sorprendente es un espacio donde uno puede encontrarse con uno mismo y con la grandeza de Dios.
El desierto es tierra de contrastes. Es un lugar tan desolado que aplasta por la inmensidad de su horizonte. Es un lugar que te ahoga si has de medirte con tus propias fuerzas. Por eso el desierto tiene tanta relevancia en el vida espiritual. El desierto es el lugar donde el pueblo de Israel conoció verdaderamente a Dios, confió en Él y se entregó a Él.
He pensado en eso estos días. Dios hace pasar a su pueblo la travesía del desierto porque quería llevarlo a la tierra por Él prometida. Cuando el pueblo comprende que el desierto no tiene por qué ser tierra de hostilidad se transforma en un lugar en el que es posible la relación con Dios. El desierto te lleva a lo interior, a lo profundo, a lo esencial. Entonces comprendes que el desierto ya no es un lugar de hostilidad sino un espacio propicio para el encuentro íntimo con el Padre.
Contemplo que mi vida está repleta de desiertos interiores que nos son silenciosos sino ruidosos. Son aquellos que me impiden abrir el corazón al otro, llevado por el ruido y las actividades que llenan la jornada. Experiencias que no me sacian la sed porque hay demasiada agitación alrededor. Momentos en que uno solo se mira a si mismo, incapaz de ver al otro en su silencio y necesidad. Sediento de la Palabra de Dios, esa palabra de vida que brota en abundancia pero que no no es capaz de recoger.
Pero cada vez que me adentro en uno de los desiertos de la vida es un desafío. Salgo de él más maduro, con un caminar hacia la interioridad de mi vida que es pare del viaje al que estamos llamados. El mejor desierto es el que te permite llegar al fondo de ti mismo para vivir el abandono en Dios. En este desierto Dios se convierte en un auténtico maestro porque reconduce tus miedos, tus tristrezas, tus incertidumbres y tus dudas, tus soledades y tus carencias, tus insatisfacciones y tus egoísmos… Es en el desierto donde Dios nos espera.
Parece contradictorio pero es en la interioridad donde uno encuentra fuerzas sorprendentes. Entonces puedes poner tu mirada fija en el horizonte y comprender que todo es finito porque detrás de todo está Dios.

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¡Señor, tu sabes que la vida es un desierto, un lugar de prueba y discernimiento! ¡Hazme ver, Señor, que mis desiertos son también una dimensión de mi vida interior! ¡Y aunque el ruido de la vida, las responsabilidades que me absorben, las dificultades que me atenazan, no permitas que mi corazón tome distancia! ¡Haz, Señor, que como a Ti me gusten los desiertos para tomar fuerzas, para profundizar en mi vida, para estar preparado a abrirme a los demás! ¡En cada uno de los desiertos de mi vida déjame envolverme en tu misterio! ¡No permitas que nadie ni nada se interfiera entre nosotros! ¡Envía tu Espíritu sobre mí para que me capacite a entender todo lo que me sucede, a vivirlo como una revelación, a sentirme cercano a Ti! ¡Ayúdame, Señor, a despojarme de mi yo, a desnudar mi alma y mi corazón, a dejar todo lo que es innecesario para acercarme más a Ti! ¡Quiero, Padre, estar totalmente disponible para Ti, postrado con el corazón abierto, a la espera de cumplir tu voluntad! ¡Te busco, Señor, con los ojos puestos en tu Hijo Jesucristo, con la fuerza de tu Espíritu, con el don de la fe! ¡Estoy desnudo ante Ti, Padre, con toda mi miseria y pequeñez para comprender desde lo más íntimo del corazón todo aquello que esperas de mi! ¡Aquí estoy, Señor, transparente como el agua pura para poner mi realidad a tus pies! ¡Y esto me permite, Señor, vivir confiadamente, abandonarme esperanzadamente, sumergirme en la inmensidad de tu amor y misericordia! ¡Te alabo, Señor, y te bendigo! ¡Te alabo y te glorifico! ¡Te alabo y me postro ante Ti clamando con alegría que en el desierto me encuentro muy cerca de Ti! ¡Gracias, Padre, porque tu Hijo está presente en el silencio del Sagrario, esperándome cada día! ¡Gracias, Jesús, por estar ahí deseando encontrarte conmigo! ¡Gracias, Jesús, por tu amor y tu misericordia!

Canción del desierto:

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