¡La santidad no espera!

Vivimos en la era de Pentecostés. Es una ahora y siempre porque el Espíritu Sano no deja nunca de soplar. El Espíritu Santo santifica nuestra vida, la vivifica, la renueva y la empuja. Lo hace porque nos quiere santos y, sobre todo, porque ¡la santidad no espera!
Observas a los apóstoles el día después de Pentecostés e iniciaron su misión inmediatamente. Cuando San Pedro se encontraba prisionero en la cárcel, el ángel del Señor se le apareció repentinamente y, rodeado de una luz que resplandecía en el calabozo, le indicó: «¡Levántate rápido!». Y eso hizo Pedro.
Siento así que no tengo más remedio que levantarme a toda prisa, que no puedo esperar. Que depende de mi seguir el ritmo que me marca el Señor; la orden del ángel es clara y precisa: levantarse inmediatamente y actuar. Con esa orden, el Ángel recuerda que el Señor está allí y que su fidelidad es permanente.
Siento que este es mi deber y que esta debe ser mi vocación, a pesar de mis imperfecciones, defectos y debilidades: la santidad. La santidad es lo que el Señor pide y espera de cada uno de nosotros.
Por eso quiero inscribirme en la carrera de santidad, como hicieron los apóstoles, los discípulos y todos los santos. Es hora de entregarme radicalmente a la gracia que me lleva a proclamar con alegría las maravillas de Dios.
El Espíritu Santo se nos da para que cada uno renazca a la vida, para que todo en nosotros sea grandioso porque el mismo Dios es grande y el Espíritu viene de Él.
Pero obviamente esto no resulta sencillo pero la santidad, que es un don del Espíritu, la puedo ir adquiriendo diariamente, siendo fiel en las pequeñas cosas, como lo soy, donde Dios me ha ubicado.
Soy consciente de que vivo en la era de Pentecostés por eso quiero dejarme moldear por Dios y ser vivificado por el Espíritu Santo. Deseo hacerlo así porque la santidad no espera. ¡Es hora de levantarse rápido y actuar!

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¡Espíritu Santo, don de Dios, que todo lo iluminas y que habitas en mi corazón, amanece cada día en mi vida y manifiesta en mi el poder, la ternura, el amor y la misericordia de Dios! ¡Espíritu divino, dador de vida, hazme fuerte en la fe y ayúdame a comulgar en tu divinidad! ¡Espíritu Santo, espíritu de verdad y sabiduría, concédeme la gracia de vivir sintiendo en cada instante tu presencia; en las alegrías y las tristezas, en los cansancios del día y en los esfuerzos de la jornada, en las certidumbres y en las dudas, en los trabajos y en los descansos! ¡Espíritu Santo, espíritu de caridad y gozo, hazme una persona dócil a la voluntad de Dios, predispuesta al servicio y a la entrega generosa! ¡Espíritu Santo, espíritu de paz y paciencia, dame el don de ser paciente y aceptar siempre lo que Dios provea para mí! ¡Espíritu Santo, espíritu de santidad y justicia, concédeme la gracia de caminar cada día hacia la santidad personal manifestándolo en mi familia, en mi trabajo, con mis amigos y en cualquier lugar donde se haga presente mi persona! ¡Espíritu Santo, espíritu de bondad,  no permitas que caiga en tentación y líbrame de los miedos, la desconfianza y la autosuficiencia! ¡Espíritu Santo, espíritu de amor, llévame siempre a amar al prójimo con tu mismo amor! ¡Espíritu Santo, espíritu de acción, conviérteme en una auténtico discípulo de Jesús, transmisor de su Palabra, discípulo de su verdad, testimonio de su amor! ¡Espíritu Santo, que habitas en mí, aviva en mi corazón el deseo de darme a los demás y consagra cada una de mis palabras, gestos y sentimientos y hazlos semejantes a los de Jesús!

Canción de santidad, con Juan Luis Guerra para interiorizar nuestro camino de vida:

Desde el desierto al fondo de ti mismo

Por razones laborales he pasado dos días realizando un trabajo en un desierto de África. El campamento de trabajo estaba ubicado en una zona de dunas de arena. Todo el entorno irradiaba un silencio sepulcral roto únicamente por el susurro del viento.
Cuando te encuentras en el desierto te invade una sensación de soledad muy grande. La mirada fija en el horizonte te hace comprender que todo es finito. El desierto es un lugar austero y sobrio. Sin embargo y aunque parezca sorprendente es un espacio donde uno puede encontrarse con uno mismo y con la grandeza de Dios.
El desierto es tierra de contrastes. Es un lugar tan desolado que aplasta por la inmensidad de su horizonte. Es un lugar que te ahoga si has de medirte con tus propias fuerzas. Por eso el desierto tiene tanta relevancia en el vida espiritual. El desierto es el lugar donde el pueblo de Israel conoció verdaderamente a Dios, confió en Él y se entregó a Él.
He pensado en eso estos días. Dios hace pasar a su pueblo la travesía del desierto porque quería llevarlo a la tierra por Él prometida. Cuando el pueblo comprende que el desierto no tiene por qué ser tierra de hostilidad se transforma en un lugar en el que es posible la relación con Dios. El desierto te lleva a lo interior, a lo profundo, a lo esencial. Entonces comprendes que el desierto ya no es un lugar de hostilidad sino un espacio propicio para el encuentro íntimo con el Padre.
Contemplo que mi vida está repleta de desiertos interiores que nos son silenciosos sino ruidosos. Son aquellos que me impiden abrir el corazón al otro, llevado por el ruido y las actividades que llenan la jornada. Experiencias que no me sacian la sed porque hay demasiada agitación alrededor. Momentos en que uno solo se mira a si mismo, incapaz de ver al otro en su silencio y necesidad. Sediento de la Palabra de Dios, esa palabra de vida que brota en abundancia pero que no no es capaz de recoger.
Pero cada vez que me adentro en uno de los desiertos de la vida es un desafío. Salgo de él más maduro, con un caminar hacia la interioridad de mi vida que es pare del viaje al que estamos llamados. El mejor desierto es el que te permite llegar al fondo de ti mismo para vivir el abandono en Dios. En este desierto Dios se convierte en un auténtico maestro porque reconduce tus miedos, tus tristrezas, tus incertidumbres y tus dudas, tus soledades y tus carencias, tus insatisfacciones y tus egoísmos… Es en el desierto donde Dios nos espera.
Parece contradictorio pero es en la interioridad donde uno encuentra fuerzas sorprendentes. Entonces puedes poner tu mirada fija en el horizonte y comprender que todo es finito porque detrás de todo está Dios.

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¡Señor, tu sabes que la vida es un desierto, un lugar de prueba y discernimiento! ¡Hazme ver, Señor, que mis desiertos son también una dimensión de mi vida interior! ¡Y aunque el ruido de la vida, las responsabilidades que me absorben, las dificultades que me atenazan, no permitas que mi corazón tome distancia! ¡Haz, Señor, que como a Ti me gusten los desiertos para tomar fuerzas, para profundizar en mi vida, para estar preparado a abrirme a los demás! ¡En cada uno de los desiertos de mi vida déjame envolverme en tu misterio! ¡No permitas que nadie ni nada se interfiera entre nosotros! ¡Envía tu Espíritu sobre mí para que me capacite a entender todo lo que me sucede, a vivirlo como una revelación, a sentirme cercano a Ti! ¡Ayúdame, Señor, a despojarme de mi yo, a desnudar mi alma y mi corazón, a dejar todo lo que es innecesario para acercarme más a Ti! ¡Quiero, Padre, estar totalmente disponible para Ti, postrado con el corazón abierto, a la espera de cumplir tu voluntad! ¡Te busco, Señor, con los ojos puestos en tu Hijo Jesucristo, con la fuerza de tu Espíritu, con el don de la fe! ¡Estoy desnudo ante Ti, Padre, con toda mi miseria y pequeñez para comprender desde lo más íntimo del corazón todo aquello que esperas de mi! ¡Aquí estoy, Señor, transparente como el agua pura para poner mi realidad a tus pies! ¡Y esto me permite, Señor, vivir confiadamente, abandonarme esperanzadamente, sumergirme en la inmensidad de tu amor y misericordia! ¡Te alabo, Señor, y te bendigo! ¡Te alabo y te glorifico! ¡Te alabo y me postro ante Ti clamando con alegría que en el desierto me encuentro muy cerca de Ti! ¡Gracias, Padre, porque tu Hijo está presente en el silencio del Sagrario, esperándome cada día! ¡Gracias, Jesús, por estar ahí deseando encontrarte conmigo! ¡Gracias, Jesús, por tu amor y tu misericordia!

Canción del desierto:

La vida te enseña que el sufrimiento hay que entregarlo por amor

Por experiencia puedo afirmar que el dolor es una escuela de vida. Es en medio del dolor en el que uno tiene la capacidad de discernir, donde uno valora lo que verdaderamente es importante o relativo. Es en la oscuridad del sufrimiento y en las tinieblas de la desnudez interior donde uno puede abandonarse a la desesperación y a la tribulación para ir paulatinamente hundiéndose en la tristeza o aferrarse a los brazos de la Cruz en la que Cristo abraza, sostiene, consuela, dignifica, sana y acompaña.
Es desde el vacío de la nada donde el hombre se hace más consciente de sus carencias y limitaciones; donde es posible reconocer la fragilidad de su propia humanidad; donde es posible vislumbrar el mundo con la mirada de Dios.
A mi alrededor, como en la de cualquier lector de esta página, hay gente que sufre una enormidad pero lo hacen con paciencia, soportando las contrariedades y las penas con amor, calladamente y con humildad.
Gentes que encuentran su fortaleza en Jesús testimoniando que «todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Cuando observas cómo sobrellevan su sufrimiento y su dolor es cuando comprendes que tus propias penas son insignificantes aunque no lo sean a los ojos de Jesús. Cargar las cruces cotidianas con Él alivia el corazón y hace más soportable el dolor, lo que no implica entenderlo.
En el cielo los planes de Dios tienen su razón de ser y es en este punto dónde hace acto de presencia la fe que nos reconoce humildes ante los planes divinos.
El camino que conduce a Dios es el del corazón quebrado a pedazos; abierto a su misericordia.
La vida te enseña —te enseña, aunque sea difícil ponerlo en práctica— que todo sufrimiento hay que entregarlo por amor, que cada lágrima derramada debe transformarse en una sonrisa, que cada ofensa recibida debe transformarse en una oración, que cada golpe recibido debe llevar consigo el perdón, que cada desprecio tiene que volverse al otro con mirada de Misericordia al estilo de Jesús.
El dolor es la gran oportunidad que Jesús ofrece para acercarte más a Él, para unir el propio sufrimiento al de Jesús. Es el don que pone Cristo para convertirte en testigo de su amor infinito y misericordioso, la invitación directa para el olvido de uno mismo, para cargar la cruz y avanzar por la senda del amor.

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¡Señor, no quiero regocijarme con mis penas y sufrimientos que te entrego a Ti con amor para que lo acojas todo con tus manos misericordiosas! ¡Te pido, Señor, que a la luz de la fe y la esperanza, envíes tu Santo Espíritu, para ser consciente del profundo amor que sientes por mí y acepte siempre tu voluntad! ¡Concédeme la gracia de creer en tu amor! ¡Dirige, Señor de bondad, tu mirada de amor hacia los afligidos, los que sufren, los que lloran, los que están desesperados, los que no sienten tu presencia, los que necesitan ser consolados! ¡Señor, derrama tu gracia infinita y tu amor misericordioso sobre cada corazón humano y haz que encontremos siempre el consuelo del espíritu, la esperanza en tu divina Providencia, renueva nuestro interior, ábrelo siempre a una predisposición a la renovación espiritual y ayúdanos a comprender el misterio insondable del dolor y del sufrimiento como camino para el crecimiento interior! ¡Concédenos la gracia de comprender que el dolor nos permite acercarnos más a Ti y ayúdanos a llevar la Cruz de cada día con amor y generosidad!

La Cruz, que acompaña al sufrimiento:

Los colores de la vida

Junto al hotel en el que me hospedo hay un gran mercado local, un espacio multicolor de personas que venden todo tipo de productos. En una parada descubro decenas de molinillos de viento con sus discos de diferentes colores. Como sopla con fuerza el viento, los discos se mueven circularmente, mezclando los colores que dan finalmente un tono blanco al disco. «Un molinillo lleno de luz», pienso.
La luz es la contraposición a la negrura. Mientras camino entre bolsos de cuero, especies aromáticas, vestidos multicolores, frutas tropicales, ropa y zapatillas de imitación o todo tipo de aparatos para el hogar pienso que el negro es el color que indica el fruto de nuestros conflictos interiores, nuestros desafíos sistemáticos, nuestras contradicciones y nuestras oposiciones a la voluntad divina.
En la vida debo estar atento a la teología de los colores. Esa teología está muy presente en la vida cotidiana espiritual. Cada día del año litúrgico hay una invitación a vivir solemnemente el colorido de la vida. La vida litúrgica acentúan y solemnizan los momentos más destacados del cristiano.
La Iglesia se adorna con diferentes colores en cada ciclo litúrgico: rojo, que simboliza la sangre y la fuerza del Espíritu Santo, se emplea para las fiestas de la Santa Cruz, el domingo de Ramos, el Viernes Santo, Pentecostés y las festividades que conmemoran a los apóstoles y los mártires; azul señala las fiestas dedicadas a la Madre de Dios; verde, que utilizamos en el tiempo ordinario, desde la festividad del Bautismo de Jesús hasta la Cuaresma y de Pentecostés hasta el tiempo de Adviento, nos anuncia la juventud de la Iglesia y la posibilidad de vivir un tiempo nuevo; el morado se emplea en Adviento, Cuaresma y en la liturgia de los difuntos y es indicativo del deseo esperanzador del encuentro con Cristo y de una vida de penitencia; el blanco, signo de pureza, de luz, de vida y de gozo pascual, se emplea en el tiempo de Pascua, en Navidad y en las festividades del Señor, de los ángeles, de la Virgen y de los santos que no han sido mártires; el rosa, se utiliza el tercer domingo de Adviento es un color que simboliza la alegría y, finalmente, el púrpura se emplea en las fiestas solemnes.
Con cada uno de estos colores va unida nuestra propia vida en el sentido de que todos y cada uno de nosotros es como un color; un color único y específico. En ocasiones representamos tonos suaves, en otras nuestro tono es más brillante, en otras más oscuro… depende de nuestro estado de ánimo y nuestra personalidad. Pero todos son colores creados por Dios. Y tan pronto como un entra en la Iglesia, en el mismo movimiento circular que el molinillo de viento, no dejamos de dar vueltas en círculos, para convertimos no en una única que es convertirse en instrumentos de luz para que la Resurrección brote de nuestro interior y se refleje en el mundo en el que vivimos.
Hoy doy gracias a Dios por la inestimable oportunidad de que mi vida, sencilla y pequeña, pueda estar marcada por la celebración de la liturgia que me lleva cada día al encuentro con el Señor.

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¡Gracias, Señor, por tu presencia en mi vida! ¡Por tu amor infinito, por como llenas de colorido cada uno de los momentos de mi existencia! ¡Como los colores de la liturgia son una invitación a la renovación interior, a la penitencia, a la alegría del encuentro, a la esperanza, a la veneración a tu Madre, al encuentro personal contigo, a rememorar la fe de tantos que han dado la vida por ti! ¡Gracias, Señor, por la sencillez de mi día a día, por los mensajes de amor que me transmites cotidianamente, por la luz de la alegría! ¡Gracias, Señor, porque das color a mi existencia incluso cuando se imponen los negros y los grises de los sufrimientos, de las espinas de sangre de los tormentos y las dificultades! ¡Gracias, Señor, porque mientras camino estás a mi lado, me das la mano y me levantas! ¡Gracias, Señor, porque la luz blanquecina ilumina mi existencia y me envuelve con la luminosidad de tu Cruz! ¡Gracias, Señor, por estar tan cerca de mi vida, te bendigo y te agradezco de corazón que me muestres el amor del Padre y me enseñes lo mucho que me ama! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en tí confío!

 

El señor es bondadoso y compasivo:

Delicado en el tacto, como María

Tercer sábado de junio con María, la mujer delicada en el trato, en nuestro corazón. Si María destacó a lo largo de su existencia es por esa delicadeza sencilla y ese tacto amoroso para aceptar y cumplir la voluntad de Dios en su vida. María es el reflejo mismo de cómo vivir acorde con el pensamiento que el Padre tiene para cada uno. Las manos de María se abrían siempre, extendidas al cielo, para acoger amorosamente la voluntad de Dios. En la actualidad, manos abiertas sobran en demasía; de lo que careceremos es de tacto, ese vivir comportándose con delicadeza, atención, cuidado y respeto con los demás.
La Virgen tuvo la delicadeza de sentir en su interior a ese Dios que le pedía algo irracional a los ojos humanos que es asumir la maternidad de un Dios hecho hombre y experimentar más tarde la congoja de ser Madre al pie de la Cruz.
Pero María, desde el primer momento, desde la primera frase del anuncio del ángel, con su delicada finura, acogió en su corazón a Dios y no lo alejó de su vida, distinguió el mal del bien, el error de la verdad, evitó las sendas erradas y trató con ternura su más preciado tesoro, a Cristo.
Y, así, su vida estuvo jalonada de entrega tierna al prójimo, asumiendo que su vida debía ser un constante desvivirse por los demás —visita a santa Isabel, las bodas de Caná, acogiendo a su alrededor a los apóstoles antes de Pentecostés…—, trabajando por el prójimo, sintiéndose cercanos a él y sufriendo por él como sufre una madre, una esposa o un amigo.
Con solo tener un poco de la delicadeza y el tacto de María yo mismo haría a los demás más felices, daría más paz a los que nos rodean, sería capaz de hacer más agradable el entorno en el que me muevo. Basta con pedírselo a María, la mujer del tacto sereno, cuya delicadeza es fruto de una vida intensa de oración y de una interioridad profunda. ¿No será acaso lo que me falta a mí para presentarme a los demás con mayor delicadeza?

 

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¡María, acudo a ti con el corazón abierto para unirme a tu corazón y aprender de esa delicadeza tuya que todo lo impregnaba, de ese tacto humilde y sencillo que hacía más feliz la vida del prójimo! ¡Quiero aprender de ese tacto tuyo, María, que buscaba hacer siempre las cosas por amor, que tenía siempre presente en su vida a Dios! ¡Quiero acercarme a ti, María, para que me enseñes a amar y a servir, a tratar a los demás con afecto, cariño y amor, para no caminar por sendas erróneas, para ver a los demás como los veías tu, un reflejo de mismo Hijo! ¡María, tu eres el icono vivo de la delicadeza de la vida cristiana, y como tal trataste a Jesús nuestro más preciado tesoro, con amor, suavidad, ternura, respeto y generosidad sin límites no solo porque era tu Hijo amado sino porque era el mismo Dios, que esa actitud la tenga yo también siempre con el prójimo, hijo amado del Padre! ¡Ayúdame María, a que mis actitudes, palabras y gestos, estén impregnados de tu ternura y tu delicadeza, para comprender al prójimo en su necesidad, para vivir por él, para ayudarlo a levantarse, para ayudarle a crecer, para aliviar su dolor, para comprender su necesidad! ¡Que cada unos de mis gestos, palabras y actitudes sean un modo delicado de bendecir a Dios y acariciar la cruz que con tanto amor!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

En este sábado dedicado a la Virgen disfrutamos del Magnificat de Gombert:

«¡Hermano!»

De viaje por razones laborales en un país de África acudo ayer a mi Misa diaria. La catedral del país se halla cerca de mi hotel lo que facilita mi presencia en la Eucaristía. Al salir del templo, se acercan varios feligreses sonrientes para saludarme. Todos utilizan la misma expresión: «¡Hermano!».
La expresión «¡Hermano!» es una de las más antiguas y originales entre los cristianos. En el libro de Hechos de los Apóstoles, los discípulos son llamados «hermanos» y para hablar de las iglesias se hace referencia a los «hermanos» de Corinto, de Éfeso o de Jerusalén.
El término «¡Hermano!» recuerda dos aspectos de la Buena Nueva que transforma de manera radical el sentido de la fraternidad: la eternidad prometida y la universalidad de la salvación que rompe los límites de la Iglesia. La fraternidad no siempre ha implicado concordia: la primera vez que aparece la palabra «hermano» en la Biblia es con Caín y Abel. Con José y sus hermanos la Biblia descubre también situaciones conflictivas en las que predominan los celos, el poder y el deseo de dominación… Lo que la Biblia enseña es que la fraternidad no se da sino para recibir y construir.
La eternidad nos convierte en contemporáneos de los que nos han precedido en la fe y la humanidad. Los cristianos somos un pueblo de hermanos allí donde estemos. Siempre me sorprende que Santiago y Juan pudieran dejar a su padre Zebedeo en la barca y marcharse sin más, siguiendo a Jesús. Esta fraternidad nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. ¿Somos conscientes de eso? ¡Es una invitación al respeto mutuo!
La gran noticia de la fraternidad según el Evangelio es que contamos con un mediador que es Cristo, el hermano mayor de una gran multitud de hombres y mujeres en todos los confines del mundo. Es él quien les dirá a las mujeres en la mañana de Pascua: «Id y anunciad a mis hermanos…» «¡Hermano!» Esta fraternidad ya no es un riesgo, el de tener que compartir la herencia, es una oportunidad, ya que la herencia, precisamente, es compartir la vida con los demás, ya que Jesús compartió su vida con nosotros.
Hoy cuando recite en la Misa el Padrenuestro abriré especialmente mi corazón para llenarlo de la fuente de la gracia que es hacer de mi comunidad cristiana —mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis correligionarios de la parroquia…— auténticas fraternidades de amor para disfrutar de la herencia de Cristo que es vivir la vida en fraternidad.
Le pido hoy al Señor que venga y habite en mi, que habite en nuestras comunidades, que renazca con toda su gracia, que nos haga personas que invitemos con nuestra vida a la reconciliación y la construcción de un mundo donde impere de comunión fraterna y el amor.

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¡Señor, ayúdame a ser signo profético de comunión, de alegría y de esperanza allí donde mi vida me lleve y permíteme anunciar la belleza de la Iglesia en la que todos somos hermanos! ¡Ayúdame a abrir las puertas de mi corazón a los hermanos para que, desde la experiencia, convertirme en un pequeña iglesia de amor fraternal! ¡Ayúdame a cultivar cada día relaciones basadas en el amor, el respeto, la transparencia, la autenticidad, la escucha, la libertad, la confianza, la fidelidad y el respeto mutuo! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que por medio de su amor seamos capaces de crear una auténtica comunidad de hermanos! ¡Ayúdame a ver en el hermano a una persona con la dignidad de hijo de Dios, un hermano que forma parte del mismo Cuerpo que es Tu Iglesia! ¡Ayúdame a ser siempre solícito, amable, acoger y fraternal con todas las personas porque todos ellos son mis hermanos! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que sea el arquitecto de la fraternidad entre todos y para que por medio de Él seamos capaces de derribar los muros que nos separan como consecuencia de nuestros egoísmos, autocomplacencias, orgullo y vanidad! ¡Dispersa de nuestra vida, Señor, los enfrentamientos y las discordias para poder trabajar unidos en pos de la verdad, para construir un mundo en el que impere la fraternidad y el amor! ¡Permite, Señor, surjan en nuestros entornos relaciones más fraternas en las que quepa la comprensión y el perdón y vivamos como miembros de un mismo Cuerpo y de una misma familia que es la tuya! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber convivir con los demás, a ser más fraternal, a tratar bien a cuantos me rodean, a querer el bien para ellos, porque todos somos hermanos y porque todo te lo debemos a Ti que nos has creado!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Cuando el no es no en mi vida

La entrega al prójimo se presupone de un cristiano. Pero durante la jornada hay muchas ocasiones que uno tiene ocasión de dar y no ofrece. Sí, la fe mueve claramente a la acción y exige vivir centrado en el prójimo. Un cristiano debería estar allí donde nadie más es capaz de acudir o donde los otros no quieren estar. Pero el amar, compartir, acompañar y proteger a las demás es una realidad cada vez más caduca. Servicio es una palabra que va desapareciendo paulatinamente del corazón humano pues nuestros propios asuntos nos ahogan y estamos demasiado ocupadas en resolver nuestras necesidades personales y nuestros problemas.
Pero profundizas en el Evangelio y hay cientos de situaciones que te salen al encuentro. En la vida hay numerosos sedientos que aparecen en tu vida, como la Samaritana, pero no tienes manos para ofrecerle un cubo para sacar el agua que sacie su sed. Te encuentras gentes desnudas pero no eres capaz de ofrecerle esa túnica que te sobra. Observas a ese que no cumple los mandamientos o no acude a Misa y tu que eres tan perfecto eres capaz de considerarlo un publicano. Y te encuentras con alguien que está hambriento pero no le das ninguna de tus cinco panes y tus tres peces. Y ves a aquel que regresa a casa, sucio y repleto de harapos, arrepentido de sus acciones, pero tu que eres tan cumplidor en tus vida cristiana, actúas como el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. Y cuando ves a alguien cargando la pesada cruz de la vida cambias de lugar para no ser el Cireneo del Evangelio. O te encuentras a alguien como la mujer adúltera, cargada de la losa del pecado, y no tiras la piedra sino que eres capaz de apedrearle con tus juicios, tus comentarios, tu desprecio o tu indiferencia. O ves a un ciego y no eres capaz de darle la luz que necesita. O a un lisiado y no eres capaz de darle la mano para levantarlo. O a un cojo que ha perdido sus muletas y tu que tienes los pies sanos no eres capaz de ayudarle a caminar con paso firme. O alguien sentado en el último lugar en el banquete de la vida y no eres capaz de invitarle a sentarse en los primeros lugares de la fiesta.
El problema es que para servir hay que amar. Hay que abrir el corazón al prójimo. Has de ir al Emaús de la vida y ver que aquel que camina a tu lado, caminando junto a Ti, es el mismo Cristo. Pero claro, tu vas pensando en lo tuyo, en lo que es aparentemente importante para tu vida, para tu devenir personal, para tu éxito profesional, para tus comodidades y no eres capaz de vislumbrar que quien camina a tu vera no es un otro cualquiera, es el mismo Cristo encarnado en el prójimo.
Por eso, cuando no me doy al otro aplico la máxima tan extendida del no es no, o lo que es lo mismo no me ofrezco porque lo único que me interesa es mi yoísmo.

 

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¡Señor, ayúdame a volver siempre mi mirada hacia el prójimo para que pueda verlo como ves Tu a mi, en su plena dignidad, en sus auténticas necesidades, en su circunstancias personales! ¡Señor, ayúdame a mirar el corazón de mi prójimo y no juzgar sus apariencias sino trascender a lo íntimo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tu mirada profunda para ver al que está a mi lado como un ser amado por Ti en el que Tú estás presente! ¡Concédeme, Señor, la gracia de escuchar cada una de sus necesidades como Tu escuchas y atiendes las mías con amor, ternura, compasión y misericordia! ¡Ayúdame, Señor, a acercarme a su sufrimiento como Tú te acercas cada día al mío! ¡Señor, ayúdame a abrir mi corazón y mi mente al prójimo para tratar de entender qué necesita o qué le sucede, para hacer como Tu que abres el entendimiento para comprender mis necesidades y darle sentido a mi vida! ¡Hazme, Señor, dócil a las necesidades del prójimo para ser capaz de acercarme a él con la misma sencillez y humildad con la que Tu te acercabas al que necesitaba de tu cercanía! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón al prójimo para amarle como Tu le amas!

Oh buen Jesús, le cantamos hoy al Señor:

Reflexión sobre la ternura

Me sonrío cuando observo a mi hijo pequeño abrazarse a su madre, a sus hermanas o a mí. Le encanta abrazar y que le abracen. Le hace sentirse bien. Le ofrece seguridad. En este momento, siempre tiene algo cariñoso que susurrarte.
Un abrazo implica infinidad de sentimientos, desde la esperanza al consuelo, de la seguridad a la complicidad, del perdón al sentirse amado, del descanso del alma al amor. Pero un abrazo es, ante todo, un signo de ternura. Y el mundo está necesitado de ternura porque la ternura es la medicina que cura el dolor, el sufrimiento y la tribulación.
Los abrazos no tienen porque ser sólo físicos. Están también los abrazos espirituales, son aquellos que uno ofrece con el corazón abierto al otro para hacerse sensible a su necesidad. Es el abrazo del acompañamiento y de la compasión. Compasión y ternura caminan unidas.
Cuando uno se acerca al otro y le ofrece el abrazo tierno del amor —por medio de una sonrisa, de una mirada, del guiño de un ojo, de compartir un silencio o con la simple escucha— en esa complicidad, cuando se hace con el corazón abierto al amor y la misericordia, uno deja la impronta misma de la ternura del Padre. La ternura de Dios es signo de su amor.
La ternura es símbolo de Dios. Es símbolo de Jesús. Y es símbolo de María. En ellos se condensa la alegría del amor, de la entrega, de la misericordia y de la generosidad.
¿Qué nos ocurre, entonces, para que nos cueste tanto ser símbolo de la ternura de esta Trinidad en nuestro entorno familiar, profesional o social?

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¡Gracias, Padre, porque a través de la historia te manifiesta como un Dios de amor, de misericordia, de compasión y de ternura! ¡Señor, gracias, porque como cantamos en el salmo eres compasivo y misericordioso y nos invitas también a serlo con los demás! ¡Gracias, Señor, porque eres clemente y sientes ternura por cada hijo tuyo y nos invitas a serlo también con los demás! ¿Gracias, Señor, porque tu bondad y tu misericordia nos acompaña cada uno de los días de mi vida, hazme testigo de esta bondad y misericordia en los demás! ¡Padre, eres un Dios de amor! ¡Eres un Dios de ternura y misericordia! ¡Como hijo tuyo, quiero participar cada día, Padre de tu vida y de tu amor! ¡Que mi vida sea, Señor, un abrazar constante a los demás con mis gestos, miradas, palabras y sentimientos de ternura y de amor! ¡Que tu ternura, Señor, signifique para mí transformar mi corazón para abrirlo a los demás! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para ser compasivo y misericordioso, tierno y amoroso, como el Padre es misericordioso conmigo! ¡Señor, quiero ser fiel a mi bautismo, no espero solo tener la experiencia del perdón sino convertirme en instrumento tuyo, misionero de tu misericordia, que no es más que discípulo tuyo, Dios de compasión, ternura y bondad! ¡Que tu ternura permanente hacia mí, Señor, sea también un sello que yo lleve a los demás!

A la Virgen de la ternura, para llenarnos un poco de ese amor que debemos dar a los demás:

¿Soy compasivo?

Por algunas reacciones de mi carácter me planteo: ¿soy compasivo? Mejor dicho: ¿Soy compasivo como era Jesús? ¿Está en mi forma de actuar la compasión que es el modo natural de Dios? ¿Lo está en mi manera de contemplar a los demás y de ver la vida? ¿Son compasivos mis actos, mis acciones, todo lo que mueve y dirige mi vida?
Mi corazón se constriñe. Si hay algo que revolucionó el mundo en el que se movía Jesús es que todo estaba impregnado de un amor repleto de compasión. La compasión de Jesús transformó el mundo. Para Jesús la misericordia —hermana de la compasión— no era meramente una virtud: era la razón de ser de su Padre y por eso la extendió por allí donde iba.
Compasión para el enfermo, el poseído por espíritus malignos, por los desheredados, los marginados, los necesitados de liberarse de cargas pesadas, de los ciegos, los leprosos, los que viven en soledad, los que nadie escucha, lo que no tienen a nadie que los defienda, los que a nadie interesan… todos ellos eran acogidos por su corazón compasivo. Los atendía como hace con todos el mismo Dios.
Observo este cuadro y me pregunto: ¿Soy lo suficientemente compasivo como para interiorizar el sufrimiento del prójimo hasta el punto que entre en lo más profundo de mi ser, de mi corazón, haciendo su sufrimiento algo unido a mi? ¿Y una vez interiorizado, cómo me afecta ese sufrimiento del hermano, en qué medida me compromete con él? ¿Me lleva a actuar, a tomar partido por esa persona para aliviar su sufrimiento? ¿Reflejo en mi corazón la concreción del reino de Dios en este mundo, del que como cristiano debo testimoniar? ¿Comprendo que la comprensión es escuchar activamente con un deseo auténtico de comprender lo que le sucede al otro, que es el primer paso hacia el acompañamiento? ¿Comprendo que sin acompañamiento no hay amor?
En definitiva, ¿la compasión implica para mí sufrir con el otro, participar de su dolor ajeno con un sentimiento real y una actitud que conduce a acompañarle, consolarle, amarle y a orar por él para hacer más liviano su dolor?
¡Cuánto me queda por hacer por ofrecer más bondad, dulzura y amor a las personas que se cruzan por el camino de mi vida!

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¡Señor, que como Tú sea capaz de ver al prójimo con mirada de amor y compasión! ¡Que todos mis actos reflejen la fuerza de tu misericordia, que esa compasión sea producto de haber cultivado en mi corazón el encuentro íntimo con Dios! ¡Señor, envíame sobre mi Tu Santo Espíritu, para que me ayude a vaciarme de mis egos, de mi soberbia, de mis expectativas personales, de mis yoes, de mis necesidades y de mis preocupaciones para convertirme en un ser orate que se acerque con el corazón abierto a todos aquellos que sufren! ¡Llena mi corazón, Señor, de tu misericordia, de tu gracia y de tu amor para llevarlo a todos los que cerca de mi necesitan de tu esperanza! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, luz viva que por medio de mis gestos, palabras y acciones sientan su santa presencia! ¡Te pido, Señor, que derrames tu gracia sobre todos los que necesitan de tu misericordia, envía sobre ellos tu Santo Espíritu para que les brindes libertad, esperanza, amor y confianza! ¡Concédeme la gracia, Señor, de mostrarme siempre disponible para el que sufre, el que necesita consuelo, el ahogado por los problemas, el deprimido o desamparado! ¡Y danos, Señor, esa compasión que surge de tu corazón misericordioso, que tantas veces parece complicarnos la vida pero que nos lleva a la riqueza de sentir tu presencia amorosa! ¡Gracias, Señor, por la escuela de la compasión que es tu corazón misericordioso!

Compasión, hermosa canción para acompañar esta meditación:

¡Cuánta belleza, amor y misericordia en el Creador!

Hay multitud de cosas y situaciones que uno no es capaz de ver, pero aunque no fijas la mirada en ellas se encuentran ahí. Por mucho que las miras te pasan desapercibidas. Me ocurre, tal vez, por mi falta de profundidad.
Cuando eso ocurre le pido al Señor que me ayude a observarlas, para ser capaz de ver aquello que mi realidad me impide ver. Uno siempre alardea de ser perceptible a todo lo que le envuelve pero si mira su interior comprende que no es así. Hay mucha ceguera en nuestra vida; para muchos asuntos trascendentales que nos envuelven somos auténticos invidentes.
¡Qué hermoso es cuando escarbas en tu interior para hallar aquella palabra que recree tu estado de ánimo real, cuando elevas tu oración al Padre, cuanto tu oración se impregna de realismo y de sinceridad porque lo único que anhelas es hacer la voluntad de Dios!
¡Qué hermoso cuando tus ojos traslucen verdad y te permiten ver con nitidez lo que anida tu corazón para, desde la objetividad, cambiar aquello que debe ser transformado del interior!
¡Qué hermoso cuando te pones en manos de Jesús y dejas que su misericordia actúe en Ti, que toque la puerta del corazón para permitirle entrar, para dar luz donde hay oscuridad, para ordenar aquello que está descolocado, para dar profundidad a lo que realmente es importante, para dar sentido a lo que tantas veces nos aparta de la verdad!
¡Qué hermoso es ser consciente de la hermosura de la vida, con sus amagos lógicos; el comprender que en lo pequeño está lo grande, que en las cosas aparentemente feas también hay grandes dosis de hermosura, que hay cosas que parecen yermas pero pueden dar abundante fruto!
¡Pero lo más hermoso, que tantas veces nos pasa desapercibido, es que hay gran belleza, amor y misericordia en el Creador! ¡Basta abrir los ojos y el corazón para poderlo ver!

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¡Señor, ayúdame a tener siempre la mirada atenta, el corazón presto, la mente abierta, el alma limpia para acercarme a Ti y ser capaz de ver todo lo que sucede a mi alrededor! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ver siempre la luz para no caminar a oscuras, para comprender siempre tu voluntad, para valorar cada situación de mi vida, para aprender a vivir con alegría, para no dejarme vencer por el decaimiento, para crecer a tu lado, para esperar siempre ese milagro que tienes preparado para mi, para ser siempre agradecido con lo que recibo de tu mano o por medio tuyo de los demás! ¡Llena, Señor, mi corazón de amor para ser capaz de transmitirlo a los demás, para llevar alegría al mundo, para ser testimonio de tu verdad! ¡Te doy gracias, Señor, por la maravilla de la vida que, aunque esté impregnada a veces de dificultades y sufrimientos, es un regalo que viene de Ti! ¡Gracias, Señor, por la alegría de vivir, por darme la oportunidad de embellecer cada momento de mi existencia con tu presencia, la presencia de los que quiero y las cosas maravillosas que puede contemplar y vivir! ¡Gracias, Señor, por el milagro de la vida, de la esperanza, de la confianza ciega que tengo depositada en Ti! ¡Gracias, Señor, porque me das la libertad de equivocarme y rectificar, de corregir mi vida, de caminar hacia Ti! ¡Gracias, Señor, por tu misericordia y por tu amor!

Bendita tu luz, cantamos con Maná y Juan Luis Guerra: