Elevar la copa de la soberbia

La soberbia con la que tantas veces actuamos nos lleva a vivir tratando de imponer nuestros propios criterios, nuestros planes y nuestras ideas, no vaya a ser que la de los otros sean mejores que los nuestros. Nos molesta si, quienes nos rodean, no aceptan nuestra forma de ver las cosas; nos fastidia que no tomen en cuenta nuestra opinión; nos desagrada cuando las cosas no salen como tenemos previsto; en definitiva, todo se reduce a que tenemos una necesidad de reafirmarnos ante los demás. Es una manera de evitar desprenderse de esas máscaras que nos recubren y que ocultan lo que, en realidad, no somos. No nos damos cuenta que vivir de la apariencia nos ridiculiza.
Por otro lado, según el ambiente somos capaces de cambiar de opinión, de aceptar por oportunismo una opinión interesada, de no ser verdaderamente nosotros mismos, no vaya a ser que nos aparquen de determinado círculo social o se formen una opinión diferente a la que queremos dar. Todo se reduce a las apariencias.
Sin autenticidad es imposible ser fieles a nuestros valores más íntimos. Ni el fingimiento ni la medianía hacen felices a los hombres. Quien es auténtico, asume la responsabilidad por lo que es y se reconoce libre de ser lo que es.
Un cristiano tiene en Cristo el ejemplo más claro de cómo vivió el Señor la mayor entrega al Padre. Se limitó a cumplir y aceptar Su voluntad. Humilló su propio criterio y doblegó su voluntad hasta el punto que aceptó el oprobio de la muerte en la Cruz.
Cuando uno sube a lo más alto del podio para alimentar su propia voluntad, elevando la copa de la soberbia, la alegría efímera del momento se convierte en infelicidad, y la insatisfacción y la desdicha se apoderan de su alma.

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¡Señor que no me deje iluminar jamás por los halagos de los demás! ¡Ayúdame a ser humilde en mis actos no tratando de imponer mi voluntad, ni mis ideas, ni mi parecer! ¡No me dejes obnubilar por los aplausos que reciben mis propuestas, mis ideas o mis palabras! ¡Hazme comprender, Señor, que la vanidad es el camino directo hacia la soledad y el alejamiento de Ti! ¡Ayúdame, Señor, a vencer la soberbia que es el más grave pecado contra ti, contra el prójimo y contra mí mismo! ¡Ayúdame a desprenderme de la soberbia que corroe mi corazón y me cierra los ojos a mi realidad íntima y de los demás, que me enfrenta a ti, Señor, me hace prescindir de ti! ¡Dame Espíritu Santo el don de temor de Dios que me libre del orgullo, vanidad, ambición y presunción!

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado

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Conformismo

Uno de los principales problemas de nuestra vida es el conformismo; el vivir instalados en aquellas realidades que nos resultan agradables aunque, lamentablemente, no nos acaben de llenar la vida. Es sentirse satisfechos con un bienestar acomodado a nuestra conciencia en lugar de aspirar a la plenitud. Es como vivir rodeado de burbujas que, aunque resultan muy confortables, son volátiles y acaban desinflándose.
En lo más íntimo de nuestra conciencia descubrimos los seres humanos que hay una ley que Dios escribe en nuestro corazón; está enraizada en lo más profundo de nuestro ser. Podemos hacer como que no la conocemos, podemos tratar de acallarla, silenciarla, ignorarla o desoírla. Pero siempre estará en nuestro interior reclamando ser oída. Es la autenticidad. He leído alguna vez que la conciencia es el sagrario del hombre; en ese sagrario el ser humano se encuentra a solas con su Dios Creador que hace resonar su voz en el recinto íntimo de su alma. Una conciencia limpia es la libertad de espíritu que viene al que se encuentra bien con Dios y los demás.
Esto me enseña que debo seguir siempre lo que la voz de mi conciencia dicte —mientras no haya una intención dañina o dudosa— para poder escuchar del Señor que soy su siervo de quien está orgulloso. Prestar atención a mi interior para oír e interrogar mi conciencia para que en todo lo que haga comprobar si soy testigo de Dios. Formar y educar mi conciencia de acuerdo con la ley de Dios y con la razón para decidir siempre según la razón. Examinarla a los pies de la cruz. Darle una forma recta y veraz. Asimilarla en la oración a la luz del Espíritu Santo y ponerla en práctica en nuestras acciones, palabras y gestos. Orientarla de la mano de la dirección espiritual. Protegerla de las influencias negativas y las tentaciones del maligno que siempre tratará de torcerla. Perfeccionar la conciencia es tarea de toda una vida. ¡Cuánto camino me queda todavía por recorrer!

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¡Señor mío y Dios mío! ¡Examíname en cada paso que yo dé, en cada palabra que pronuncie, en cada pensamiento que tenga, en cada gesto que realice, en cada acción que cometa! ¡Pruébame, Señor, escudriña mi mente y mi corazón porque tu misericordia infinita está delante de mis ojos! ¡Tú eres el médico de mi vida y hoy te clamo para que diagnostiques lo que hay en mi corazón! ¡Prueba mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda maldad! ¡Toma, Padre, con la fuerza de tu Santo Espíritu, el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Líbrame, Padre, de las acechanzas del demonio cuando me enfrente a decisiones difíciles y actitudes morales! ¡Ayúdame, Padre, a la luz del Espíritu Santo a buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

Adoro te devote:

Subir pisoteando al prójimo

Escuché ayer de boca de un empresario que para él el éxito es aumentar las ventas anualmente, adquirir nuevas empresas y obtener grandes beneficios. A continuación me explicó su vida y comprendí que a nivel personal el éxito brillaba por su ausencia.
¿Que éxito puede alcanzar un hombre si consigue determinados objetivos materiales pero las sobras de su tiempo los deja para su familia, sus amigos y la comunidad? ¿Alcanzar el reconocimiento profesional y ganar mucho dinero pero tener un matrimonio infeliz y un corazón vacío se puede considerar tener éxito en la vida?
Si ganas el reconocimiento social pero no eres capaz de hacer feliz a tu entorno más cercano, si únicamente los tratas como parte de tus obligaciones cotidianas, tu éxito es una mera quimera por no decir un fracaso. Desde mi manera de entender la vida el amor, la entrega, el servicio, el respeto y la comunión con los que tengo más cerca es el mayor de los éxitos porque a partir del amor y la generosidad todo lo demás se añade a nuestra vida de manera progresiva.
Pero todo esto se logra si eres capaz de poner a Dios en primer lugar del corazón. Para Dios, la familia es la más sagrada de las instituciones y el amor al prójimo el principio de sus mandamientos. Con el ejemplo de la Sagrada Familia nos enseñó lo relevancia que tiene para Él la familia y el vivir entregado al prójimo. Cuando Cristo fundó la iglesia nos dio el entregarnos a nuestra familia que es la base que sustenta la sociedad y la Iglesia misma.
La gran enseñanza es que uno no puede ascender la escalera del éxito si durante la subida pisotea su entorno más cercano. Dios nos ha creado para alcanzar grandes retos personales y para cumplir nuestros sueños pero sobre todo para no descuidar nuestra santidad y cuidar, respetar y guiar a nuestras familias, a nuestro entorno más cercano y a todos cuantos se crucen en el caminar de la vida.

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¡Señor, con el corazón abierto y lleno de agradecimiento, devoción y recogimiento te doy gracias por el gran regalo de mi familia; ayúdame a que cada día crezca el amor, la caridad, el perdón y el entendimiento! ¡Envía tu Santo Espíritu, Padre de bondad, porque anhelo que se convierta en el guía y el protector de mi familia, que nos bendiga y nos proteja de todo mal! ¡Haz, Padre, que tu Santo Espíritu, no s guíe por caminos de paz y de comprensión, de amor y de santidad, de generosidad y de arenga, de compasión y de bien, de dulzura y paciencia! ¡Que tu Santo Espíritu, Buen Padre, nos ayude a suplir todas las carencias espirituales de la familia! ¡Que tu Santo Espíritu, Padre de misericordia, nos enseñe a perdonar las ofensas y a superar las diferencias que surjan entre nosotros basándolo todo en el dialogo, el amor y la comprensión! ¡No permitas, Padre, que ninguna actividad haga resignar el valor que tiene la familia! ¡Ayúdame a logra que la felicidad impere en mi hogar para que en mi familia se convierta en la base que me permita lograr otros éxitos en la vida! ¡Ayúdame también a amar al prójimo como a mi mismo!   

Déjate, cantamos hoy:

«El Señor ha hecho en mí maravillas».

Me estremece el corazón la humildad de la Virgen, su sencillez y su agradecimiento, su alabanza y su ternura. Hay una frase que me emociona: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Estas palabras que proceden del Magnificat representan la alegría de la Virgen María en ese encuentro dulce y tierno con su prima Isabel, en el canto más hermoso de servicio al prójimo. Es el canto repleto de alegría de quien lleva al Hijo de Dios en su vientre. Es la canción de alegría del encuentro con una persona a la que quieres. Es el canto alegre del encuentro de la humanidad con su Salvador. Este cántico de la Virgen, de la Iglesia misma y de cada creyente nos une a todos desde la oración de María para reconocer las maravillas que el Señor hizo por ella en su vida y hace también en nuestras propias vidas.
«El Señor ha hecho en mí maravillas». Para comprender esto hay que aprender a escuchar y prestar el oído del corazón.
En la Biblia, el corazón es nuestro ser más profundo, el lugar de compromiso y lucha. Es de él desde donde brotan las fuentes de la vida.
María es una mujer que busca porque es una mujer que escucha. En la Anunciación, María escucha desde el fondo de su corazón la palabra del ángel y entra en conversación con él para aceptar en su vida el plan de Dios: ser la madre del Salvador. Durante su visita a su prima, María escucha las palabras de Isabel y entra en conversación con ella e, incluso, va aún más lejos porque esta disponibilidad del corazón produce en los dos niños que llevan dentro un fuerte estremecimiento bajo la acción del Espíritu Santo En Caná, a través de su escucha, María intercede ante su Hijo por los novios para que sus invitados no carezcan del vino para la celebración. ¡Y cuántas veces leemos de los evangelistas que María guardaba todo en lo profundo de su corazón! ¡Se escucha a sí misma para que todo su ser esté predispuesta a la escucha de los demás y a la escucha de Dios! Al pie de la Cruz, María, a pesar del dolor, escucha y recuerda la Palabra de Dios, que le permite ponerse de pie y regocijarse de alegría el día de la resurrección. Así, María es la mujer del Magníficat y puede exclamar con gozo: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Esta actitud de escucha es también la de Cristo por su Encarnación. Jesús percibió la voz del Padre a través de las voces humanas: la de su madre, la de José, la de Pedro haciendo su profesión de fe, la de tantos que se acercaron a Él en su caminar por Galilea…
Hoy, como cada sábado, uno se siente invitado a cantar, imitando a la Virgen María: «El Señor ha hecho en mí maravillas». Esta frase es una invitación a dejarse guiar por la Virgen María en esta dinámica de escucha, de encuentro, de oración… Con María, dar un paso más en la fe, en esta mirada de fe en la persona que conozco. La fe ayuda a percibir la presencia de Dios en el otro y el amor nos devuelve, muy concretamente, a la persona del otro. Es en este intercambio de fe y amor donde puedo sentir y contemplar las grandes maravillas que Dios hace cada día por nosotros.

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¡Señor, haz de mi parte viva del Magnificat! ¡Ayúdame, María, a ser una persona que sea capaz de escuchar desde el fondo del corazón a Dios y a los demás, a tener una mirada de fe y de amor a imitación tuya! ¡Ayúdame, María, a llenar mi corazón de la Verdad, a acoger en lo más profundo de mi corazón la semilla de la fe, el susurro del Espíritu Santo que me presenta las maravillas que Dios hace por mí¡ ¡Y contigo, María, y con Tu Hijo Jesús, que aprenda a alabar a Dios por las gracias y los dones recibidos cada día!  ¡Que mi vida se convierta en una peregrinación que me lleve al encuentro auténtico con el prójimo, con una escucha abierta y generosa, con una mirada de fe y de amor a todos, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la  comunidad, a la parroquia, a nuestro mundo tan necesitado de fe y de amor, de esperanza y de caridad…! ¡Espíritu Santo, como hiciste con María, hazme receptivo a tus gracias y muéstrame cada día las maravillas de Dios hace por mi y ayúdame a dar testimonio de esta verdad! ¡Gracias, Padre, por tantas maravillas que haces cada día en mi vida: mi vida misma, mi familia, mis amigos, mis capacidades, mis decisiones, mi vida de oración, mi Eucaristía, mi encuentro con el prójimo, el disfrutar de las cosas sencillas, mi hogar, mi alimento, el amor de mis cercanos, mi encuentro con la belleza del entorno, mi capacidad para cargar la cruz… todas estas maravillas son producto de tu gran amor!

Con J. S. Bach cantamos hoy a María el Magnificat:

Adelantarse al amor de Dios

Una de mis hijas, universitaria, va a pasar un mes en Calcuta con las Hermanas Misioneras de la Caridad. Me explica una historia que me ha dejado impresionado. En una charla para jóvenes universitarios un sacerdote ha explicado una historia de servicio. El padre inicia la introducción diciendo que hay personas que deciden dar lo mejor de su tiempo al servicio de los demás. Que hay universitarios que, en su tiempo de vacaciones, deciden dedicarlo a servir al prójimo. Les explica la historia de unos jóvenes  que fueron a un hospicio de Nairobi (Kenia) dedicado a niños recién nacidos, muchos de ellos abandonados o moribundos, cuidados por las hermanas de la Madre Teresa. Uno de esos voluntarios, a su regreso de África, escribió una carta con sus experiencias que resumo: Cuando llegó a Nairobi se preguntaba como ellos, inexpertos universitarios, podrían ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa… lo que tenían claro es que tenían la intención de darse totalmente a los demás. Lo que no sabían era que iban a recibir más de lo que iban a dar… Entraron en un tugurio sin muebles y sin apenas luz. Quien escribe la carta se quedó bloqueado en la habitación. Nunca había visto nada parecido. Sus compañeros se fueron dispersando por las distintas estancias según las indicaciones de las hermanas… pero él permaneció inmóvil hasta que una monja le preguntó en inglés: «¿Has venido a mirar o quieres ayudar?». Y le invitó a tomar en sus brazos a un niño que lloraba desconsoladamente pero sin apenas fuerzas en un rincón de la casa. Cuando lo tomó delicadamente sintió que aquel cuerpo diminuto estaba muy caliente. La hermana le dijo: «Lo bautizamos ayer. Ahora mantenlo en tus brazos y dale todo el amor que seas capaz de dar. Dáselo a tu manera». Dicho esto, se alejó dejando al inexperto universitario con aquel niño de dos años en brazos. Así, lo arrulló, le cantó, le dio besos, ternura y cariño. A los pocos minutos aquel niño dejó de llorar y se quedó dormido. Pero pasaron los segundos y el niño parecía que no respondía a nada. Nervioso, se dirigió a la misionera de la caridad, exclamando: «¡No respira!». La monja se acercó a él y certificó su fallecimiento, sabía desde el principio que ese niño se estaba muriendo y mirándolo a los ojos le dijo: «Este niño ha muerto en tus brazos y tu te has adelantado unos minutos con tu cariño a todo el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad».
¡Qué impresionante que cada uno pueda adelantarse al amor de Dios por toda la eternidad a todas las personas que nos rodean con nuestra actitud, con nuestra ternura, con nuestra manera de comportarnos, con nuestras palabras y nuestras acciones! ¡Que impresionante es pensar que Cristo quiere amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la gente de mi comunidad parroquial… a través de mis gestos y mis actitudes! ¡Un gesto de amor adelante todo el amor que Dios dará en la eternidad!

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¡Señor, que sea capaz de darme siempre a los demás para vencer mi egoísmo, mi intentar hacer mi voluntad y no para complacer sólo mis deseos y mis necesidades! ¡Señor, no permitas que nunca me quede bloqueado ante el sufrimiento ajeno, ante el dolor y la tristeza del que tengo al lado! ¡Señor, que sea capaz de adelantarme al amor del Padre con mis actitudes, con mis gestos, con mis palabras, con mis miradas, con mis sentimientos, con mis acciones! ¡Que los demás sientan que mi corazón están lleno del amor de Dios! ¡Que siguiendo tu ejemplo sea servicial, amoroso y tierno con los demás! ¡Que sea capaz de seguir tu camino! ¡Señor, envía tu Santo Espíritu, para que purifique mi corazón y de entrada al amor de Dios, nuestro creador y salvador! ¡Envía, Señor, al Espíritu Santo para que se convierta en el guía que me conduzca al corazón de Dios! ¡Señor, enséñame a amar conforme a tu corazón para que mi vida sea un reflejo luminoso de tu luz! ¡Te entrego mis pensamientos, mis emociones, mis palabras, mis sentidos, mis actitudes para que obres en ellos y sean transformados para amar bajo el diseño del reino celestial!

Amar y servir, la canción que ilumina hoy esta meditación:

Huellas en la humanidad de Jesús

Me encanta la fiesta que celebramos hoy dedicada a san Joaquin y santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Me une humana y espiritualmente a mis abuelos, algunos ya en el cielo y otra todavía entre nosotros.
San Joaquín y santa Ana tuvieron el honor de engendrar a María, la Madre de Dios, que fue preservada del pecado original por Dios para dar la bienvenida y traer la semilla de Su Palabra a la humanidad entera.
Pero para que esta tierra buena diera frutos ambos dispusieron con su amor y su entrega a María para recibir la Palabra de vida de modo que brotara en ella y diera frutos de gracia.
Con su ejemplo de amor, de entrega, de generosidad, de pureza, de caridad, de servicio fortalecieron el carácter de María, que sería virgen de espíritu, de alma y de cuerpo antes de su nacimiento.
Al nacer de María, Jesús se unió a la línea de Ana y de Joaquin. En ellos, contemplamos la belleza y la importancia de la presencia de los abuelos en el corazón de una familia.
Jesús, siendo niño, pudo encontrar en ellos la seguridad de los cimientos de la tierra en la que se hundieron las raíces de su humanidad.
No hay duda de que la relación de María con sus padres dejó una profunda huella en el desarrollo de la humanidad de Jesús en Nazaret. Cristo vivió en un horizonte sin nubes, un lugar pacífico y sereno, con grandes vivencias interiores que fue formando su conciencia humana. Así, la calidad y santidad de la relación entre María y sus padres permitió el surgimiento gradual de la conciencia humana más sana en Jesús.
Con la figura de san Joaquín y santa Ana comprendemos que para realización del plan de la salvación de Dios es necesaria la santidad en la vida cotidiana. Si la gracia es lo primero, el hecho es que para actuar en la existencia de un hombre y una mujer, la gracia necesita de su colaboración. Sin gracia, no hay frutos.
Hoy es un día para dar gracias a Dios por la figura de santa Ana y san Joaquín que ayudaron a crear condiciones favorables para el cumplimiento de la promesa de la salvación. Ellos fueron los cultivadores de esta pequeña porción de tierra maravillosa de la humanidad en la cual la semilla de la vida eterna pudo brotar para llevar los frutos de salvación y sanación. Y un día para dar gracias a Dios por la figura de los abuelos que, en mi caso, han sido unificadores de la familia, formadores del espíritu y grandes maestros de la vida. A todos ellos los llevo en el corazón.

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¡Gracias, san Joaquín y santa Ana por convertiros en transmisores de los más bellos valores familiares y una inspiración de como actuar en la vida cotidiana, espiritual, familiar y social! ¡Señor, nacido de la Virgen María, que tantos amaste a tus abuelos San Joaquín y Santa Ana, protege y mira con amor misericordioso a todos los abuelos de todo el mundo que son fuente de riqueza humana y familiar! ¡Sostenlos siempre en la adversidad, la dificultad y el envejecimiento para que sigan siendo para la familia auténticas columnas de la tradición, custodios de los valores auténticos que se deben transmitir a la sociedad y maestros de la verdad, la autenticidad y la sabiduría! ¡Señor, cuida a todos los abuelos del mundo para que siembren en la sociedad las semillas del amor! ¡No permitas, Señor, que los abuelos sean despreciados, olvidados, ignorados o marginados; que reciban siempre el amor de hijos y de nietos, que sean respetados y amados! ¡Concédeles, Señor, el gozo de la salud para que puedan vivir una vida sosegada y tranquila! ¡Y a Tí, María, que tanto amaste a tus santos padres, san Joaquín y santa Ana, extiende sobre todos los abuelos del mundo tu manto protector! ¡Gracias, Señor, por los abuelos que me has regalado de los que tanto he recibido y aprendido, que tanto amor me han dado y tantas enseñanzas me han transmitido! ¡Espíritu Santo, desciende sobre todos nosotros, e infunde en nuestro mundo un clima humano donde primer el respeto por los abuelos y los ancianos! ¡Haznos, Espíritu Santo, custodios del gran tesoro que es la familia, ayúdanos a que no haya divisiones ni enfrentamientos sino paz y amor!

Cantamos dedicando esta canción a santa Ana, abuela de Jesús:

Con el bastón de peregrino y el rollo del Evangelio

Durante más de mil años hombres y mujeres de todo el mundo realizan en peregrinación el camino de Santiago. Unos amigos lo han comenzado hace unos días en bicicleta, otros lo harán en una semana caminando desde Roncesavalles, y así el camino que lleva a la tumba del apóstol atrae cada vez más a personas que buscan una experiencia personal diferente. El denominador es descubrirse a uno mismo. Quien pasa hojas deja atrás su pasado y se distancia del presente con el propósito de encontrar lo que le da valor real a su existencia. Un cuñado mío que lo ha realizado recientemente considera que es como una profesión de fe: ¡nada vuelve a ser como antes! Cualquier peregrino atestigua los efectos de esta experiencia en estos términos: la soledad y las dificultades encontradas en el camino te obligan a pensar; caminas con un objetivo y cada día encuentras su significado.
Regresar a uno mismo es un objetivo que muchos se plantean durante sus vacaciones anuales. Las vacaciones no deberían ser un tiempo vacío sino de reorientación, de unificación del centro de gravedad de la propia vida. Este centro no tiene que ser nuestro propio yo. Los cristianos estamos invitados a dejarnos acompañar por Otro. En multitud de ocasiones, Santiago, el hijo de Zebedeo, atendió este mensaje de Jesús: fue uno de los primeros cuatro discípulos llamados por Él; uno de los tres apóstoles elegidos  para acompañarle al monte de la Transfiguración y fue, también, uno de los tres a quien Jesús pidió que le acompañara al huerto de la agonía, en Getsemaní. En cada ocasión Santiago aceptó con prontitud la invitación de Jesús. Así puede ser también mi vida, cuando Jesús me llama y me pide que deje la barca de mis seguridades humanas para seguirle por los caminos que Él tiene pensados para mí y estar disponible para testimoniarlo con valentía, sin miedo a las consecuencias de esta adhesión.
Santiago apóstol te enseña que todos andamos por un camino de fe. Que toda la vida humana es una peregrinación. Toda vida humana experimenta altibajos, peregrinaciones, pasos en falso, pecado, caídas… pero cada uno de nosotros escucha de vez en cuando esa invitación para dar media vuelta y convertirse de nuevo. Santiago te permite comprender que lo que da sentido a nuestras vidas es que somos de barro pero sostenidos por Cristo. Esta fragilidad no debe asustarnos, porque Dios es la fuerza que lleva nuestra vida.
Santiago apóstol también te enseña que ser apóstol de Cristo —ser cristiano— es participar decididamente en la vocación del servicio gratuito, que seguir a Cristo exige madurar la propia fe porque seguir al Mesías no implica vivir solo rodeado de honor y de gloria sino también de sufrimientos y de debilidad pues la gloria de Cristo se materializa en la cruz desde donde Él acoge cada uno de nuestros sufrimientos.
Como Santiago apóstol deseo ser un ejemplo elocuente de viva adhesión Jesús. Y peregrinar por la vida recorriendo no solo el camino exterior sino sobre todo el interior, sabiendo hacerlo entre las dificultades de la vida, con el bastón de peregrino y con el rollo del Evangelio, pues estos son los valores que representan la autenticidad de la vida cristiana.

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Cada año, en este día rezo  la oración que el Papa san Juan Pablo II pronunció  ante la tumba del Apóstol en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Santiago de Compostela el 19 de agosto de 1989 y a la que tuve el honor de asistir. Esta oración sustituye de Juan Pablo II sustituye hoy a la que habitualmente acompaña la meditación

¡Señor Santiago!
Heme aquí, de nuevo, junto a tu sepulcro
al que me acerco hoy, peregrino de todos los caminos del mundo,
para honrar tu memoria e implorar tu protección.
Vengo de la Roma luminosa y perenne,
hasta ti que te hiciste romero tras las huellas de Cristo
y trajiste su nombre y su voz hasta este confín del universo.
Vengo de la cercanía de Pedro, y, como Sucesor suyo,
te traigo, a ti que eres con él columna de la Iglesia,
el abrazo fraterno que viene de los siglos
y el canto que resuena firme y apostólico en la catolicidad.
Viene conmigo, Señor Santiago, una inmensa riada juvenil
nacida en las fuentes de todos los países de la tierra.
Aquí la tienes, unida y remansada ahora en tu presencia,
ansiosa de refrescar su fe en el ejemplo vibrante de tu vida.
Venimos hasta estos benditos umbrales en animosa peregrinación.
Venimos inmersos en este copioso tropel que desde la entraña de los siglos
ha venido trayendo a las gentes hasta esta Compostela
donde tú eres peregrino y hospedero, apóstol y patrón.
Y venimos hoy a tu vera porque vamos juntos de camino.
Caminamos hacia el final de un milenio que queremos sellar con el sello de Cristo.
Caminamos, más allá, hacia el arranque de un milenio nuevo
que queremos abrir en el nombre de Dios. Señor Santiago,
necesitamos para nuestra peregrinación de tu ardor y de tu intrepidez.
Por eso, venimos a pedírtelos hasta este «finisterrae>> de tus andanzas apostólicas.
Enséñanos, Apóstol y amigo del Señor,
el CAMINO que conduce hacia El.
Ábrenos, predicador de las Espadas,
a la VERDAD que aprendiste de los labios del Maestro.
Danos, testigo del Evangelio, la fuerza de amar siempre la VIDA.
Ponte tú, Patrón de los peregrinos,
al frente de nuestra peregrinación cristiana y juvenil.
Y que así como los pueblos caminaron antaño hasta ti,
peregrines tú con nosotros al encuentro de todos los pueblos.
Contigo, Santiago Apóstol y Peregrino,
queremos enseñar a las gentes de Europa y del mundo
que Cristo es-hoy y siempre- el Camino, la Verdad y la Vida.

Felicidades a todos los Jaimes y Santiagos.

Del compositor Alonso de Mondéjar presento hoy el romance Camino de Santiago, cuyas estrofas repiten este hermoso texto:

Camino de Santiago
con más fe que devoción.
Mi cuerpo solo se parte
dejando su corazón.
Mi cuerpo solo se parte
con más fe que devoción.
Suspiros lágrimas tristes
llevo por consolación.

¿Cuál es la voluntad de Dios?

En la oración de ayer iba manducando el Padrenuestro, la única oración que Jesús nos enseñó. En ella se hace la siguiente petición: «Hágase tu voluntad». Esta frase te permite cuestionarte cuál es la voluntad de Dios: simple y llanamente que todos los hombres se salven y alcancen la verdad. ¡Tenemos aquí, resumidas en pocas palabras, el resumen completo de la Biblia!
¿Cuál es la salvación? ¿Cuál es la verdad? La verdad es que Dios nos ama y quiere llenarnos de este amor. Salvarse es conocer esta verdad, es decir, vivir en ella, dejarse amar y llenarse de Dios. Aprender a entrar en esta relación de amor con Dios. Aprender a poner toda nuestra inteligencia pero también nuestro corazón y nuestro cuerpo al servicio de Dios. ¡Aprender a vivirlo en todos los instantes de la vida!
Para entrar en esta relación de amor con Dios, hay tres dimensiones ineludibles. Una es el conocimiento, el encuentro con Jesús, el verdadero mediador entre Dios y los hombres. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, dio su vida por amor a nosotros. Jesús pagó con su vida para que conozcamos, vivamos y nos alimentemos del amor de Dios. Aprender a conocer y amar a Jesús es esencial para conocer la verdad y hacer la voluntad de Dios.
La segunda dimensión es la oración. Pedir, interceder y dar gracias no por nuestro pequeño consuelo o interés personal sino por los demás. El objetivo es que la humanidad viva en paz para vivir la voluntad de Dios y conocer la verdad de su amor. Esta oración hace que todo nuestro cuerpo viva alzando las manos en actitud de alabanza y de abandono. Orar con todo nuestro cuerpo y con el corazón abierto nos permite expresar nuestro amor al Señor.
La tercera dimensión es la de la caridad y del servicio. Los bienes que nos ha dado Dios no son solo para nuestra comodidad personal, nos son dados para que podamos beneficiar a otros y especialmente a los más pobres … ¡son ellos los que nos darán la bienvenida al Reino de Dios en la noche de nuestras vidas!
Al aprender a vivir todo esto, sin importar nuestra edad, descubriremos el amor de Dios. Descubriremos la profundidad, la grandeza de la única verdad que es que Dios nos ama en cada momento de nuestras vidas y este amor es nuestra salvación. ¡Sería una pena perdérselo!
¡Amar a Dios, orar con el corazón, ejercer la caridad y el servicio: hermosa misión para que como cristiano sea capaz de llevar al mundo la riqueza de la Verdad!

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¡Señor, hágase en mí siempre tu voluntad! ¡Hágase, Señor, en mi según los planes que tienes pensado para mi! ¡Hágase, Señor, según tu quieras, como tu quieras y de la manera que tu quieras! ¡Hágase, Señor, en mi según tu criterios, de la manera que tu consideres! ¡Hágase, Señor, siempre tu voluntad en mi vida y no permitas que le ponga cortapisas ante tanto amor que sientes por mi! ¡Hágase, Señor, tu voluntad aunque me cueste aceptarlo, aunque me oponga, aunque no estén entre mis planes! ¡Hágase, Señor, tu voluntad siempre porque es lo mejor para mi! ¡Cada vez que rece el Padrenuestro, Señor, al pronunciar el Hágase tu voluntad ayúdame a mirarte a Ti con amor! ¡Permite que tu oración se convierta en la mía propia! ¡Ayúdame a compartir el diálogo que tu tienes con el Padre en algo también mío! ¡Te pido, Señor, por lo único que puede traerme la verdadera felicidad: la voluntad de Dios sea ésta difícil de entender o fácil de aceptar! ¡Ayúdame, Señor, a entender que la verdadera felicidad solo proviene de la sabiduría infinita de nuestro Creador! ¡Hágase siempre, Señor, tu voluntad!

Una Padrenuestro cantado de una manera especial:

Rodeado de la gracia

Se olvida porque no se le otorga la debida importancia que estamos rodeados de gracia. La gracia, inmerecida por otra parte, es que cada día Dios nos espera. Acepta nuestra forma de ser. Nos abraza con su amor. Nos perdona con su misericordia. Nos recibe con su bondad. Nos acompaña con su presencia. Nos llena de su infinito amor.
Además, no solo está Dios. Nos ha dado a Cristo que es, también, pura gracia. Las enseñanzas de Jesús son gracia como la cruz redentora es gracia desbordante. La presencia del Espíritu Santo en nuestra vida —de la que somos templos por el Bautismo—es asimismo gracia que te otorga sus siete dones, te sostiene en tus debilidades y te ayuda a vencer en tus decaimientos e inseguridades.
La fe ciega es gracia. La esperanza es gracia. La confianza es gracia. Las convicciones cristianas son gracia…
Hay gracia en nuestra vida con independencia de como haya sido ésta y como hayan sido nuestros comportamientos porque el amor de Dios por cada ser humano es inquebrantable.
Comprender que estamos rodeados de gracia y ¡qué necesitamos esta gracia! que viene de Dios de manera gratuita ayuda —¡y cuánto ayuda!— a renovar el corazón pues en la debilidad la gracia te fortalece.
La gracia es la ayuda divina y la fortaleza que recibimos por medio de la expiación de Jesucristo. Por medio de la gracia somos salvos del pecado y de la muerte. Además, la gracia es un poder que nos fortalece día a día y nos ayuda a perseverar hasta el fin. Se requiere esfuerzo de nuestra parte para recibir la plenitud de la gracia del Señor.
Con la gracia, que nos hace hijos adoptivos de Dios, participamos gratuita de la vida sobrenatural de Dios pero podemos perderla o aumentarla en función de su receptividad o su rechazo.
La gracia es tan porque sin ella es imposible alcanzar la vida eterna. Tiene una fuerza transformadora para hacernos semejantes a Jesús.
Hoy quiero abrir especialmente mi corazón a Dios, renovar mis fuerzas y pedirle al Señor que esta gracia impregne todo mi ser, todo mi corazón y toda mi alma y ser consciente de tanta gratuidad y tanto amor.

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¡Señor, en ti soy, me muevo y existo por eso te pido me llenes de tu gracia y me ayudes a abrir el corazón para ser receptivo a tanto amor! ¡Concédeme el gran don de sostener la gracia santificante con mis buenas obras que recibí de Ti en el Bautismo, que me convierte en hijo tuyo y en heredero del reino celestial! ¡Que mi vida está impregnada de tu bondad y por medio del Espíritu Santo esté muy unido a la Pasión y Resurrección de tu Hijo! ¡Haz, Señor, que tu gracia ilumine mi inteligencia y mueva mi voluntad para que todas mis acciones estén impregnadas de tu presencia! ¡Que la gracia que me envías, Señor, me haga permanecer siempre a tu lado, a vivir en amistad contigo no defraudando la confianza que tienes en mi con el pecado! ¡Concédeme la gracia de vivir y actuar según tu voluntad! ¡Espíritu Santo rocíame con tus gracias para tener una unión más íntima con el Padre y con Jesús! ¡Concédeme tus siete dones, Espíritu Santo, para adquirir el gusto por la cosas de Dios, para profundizar las verdades de la fe, para actuar con rectitud, para hacer siempre el bien, para un mayor relación íntima con Dios y para rechazar las tentaciones y el pecado!

La gloria de Dios:

¿Qué me enseña hoy Santa María Magdalena?

Hoy celebramos la fiesta de Santa María Magdalena, figura muy rica humana y espiritualmente, gran modelo de fe. ¿Qué me enseña hoy la figura de Santa María Magdalena? A purificar mi relación con Dios. A descentrar todos mis afectos, mis anhelos de poseer a Jesús, a dejar que Dios mismo me ame primero. Me enseña a entrar en una vida de fe. A implementar en mi corazón lo que recibí el día de mi bautismo: el consentimiento del misterio de la muerte de Jesús para entrar en el misterio de su nueva vida.
María Magdalena entró en una nueva dinámica de vida y en una nueva relación con los demás convirtiéndose en la «apóstol de los apóstoles», ya que es ella la que se encarga de anunciar a los discípulos de Jesús la buena nueva de la resurrección del Señor. Ella se convirtió en misionera del amor de Cristo y lo que fue inicialmente causa de su tristeza se transformó en fuente de vida.
Pero también me enseña el gran misterio de la Misericordia que revela su vida, su conversión y el seguimiento convencido y firme de Jesús. Me impresiona su «sí» a Cristo acompañándole después de su conversión por los caminos de Galilea, su actitud de amor y de oración al ungirle los pies aquellos días previos a su dolorosa Pasión, su fidelidad a los pies de la cruz en el Calvario junto a la Virgen, su entereza en el momento de la sepultura del Señor y el gran privilegio de ser la primera en testimoniar la verdad de la Resurrección.
María Magdalena me enseña la importancia de la fidelidad a Cristo basada en el amor. Me conmueve ese «sí» convencido después de descubrir la ternura, la compasión y la acogida amorosa de Cristo. Su determinación para cambiar de vida, su conversión firme, su agradecimiento por el poder salvador de Jesús, su manera fiel de acoger la Palabra de Jesús, su determinación para no dejarse llevar por el qué dirán.
Pero hay algo muy hermoso en la Magdalena, es esa humildad para acoger en su corazón la gracia del perdón que procede del amor y la misericordia de Jesús y que cada uno puede experimentar en el sacramento de la Reconciliación.
En esta jornada festiva que nos regala la Iglesia me inclino ante el Señor como hizo la Magdalena y aunque consciente de que no soy digno de que entre en mi casa le entrego mi corazón para que acoja mis caídas y mis pecados, me tome de la mano y enderece mi camino hacia la santidad.

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¡Santa María Magdalena, amada por Cristo por tu fe y tu valiente conversión, que caminaste por caminos equivocados durante tanto tiempo, enséñame a ser decidido en la transformación de mi corazón! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento, la manera de acoger dócilmente la Palabra de Jesús, a escuchar la llamada a la conversión y los caminos que llevan a la santidad! ¡Enséñame, María Magdelana, a abrir el corazón y a reconocer mis faltas, mis pecados y mis culpas para ser capaz de recibir la misericordia de Dios! ¡Enséñame a caminar siempre por la senda de la verdad y el bien para liberarme de las ataduras del pecado! ¡Ayúdame a ser testigo como lo fuiste Tu de la misericordia de Cristo! ¡Ayúdame a mostrarle siempre a Jesús mi amor, mi cariño, mi gratitud y mi confianza! ¡Ayúdame a amar a Cristo! ¡Ayúdame a amar a María a la que tan unida estuviste! ¡Ayúdame a amar la Cruz que tan presente estuvo en tu vida! ¡Ayúdame a ser testigo de la Resurrección de Jesús y poder proclamar al mundo que «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»

Hermoso motete a seis voces dedicado a María Magdalena: