Entre lo temporal y lo eterno

Un emprendedor que le dedica muchas horas a su negocio me contó hace unos días por qué había despedido a uno de sus trabajadores. La respuesta me dejó helado: «No valoraba lo que tiene realmente valor. Se quejaba de todo, manifestaba poco interés por las cosas, por la vida e, incluso, por su propio aspecto. Y eso afectaba seriamente a sus responsabilidades. Para él era más importante beber coca-cola que su propio trabajo. Al final, después de advertírselo retiradamente tuve que tomar esta decisión tan drástica».
¡Cuántas personas transitan por la vida sin dar valor a las cosas! ¡Cuanta gente como aquel hombre despedido no tienen sentido de lo trascendente, centrándose en lo insustancial y privándose de lo que realmente merece la pena.
A raíz de este comentario me cuestiono hoy si tengo presente qué valor le doy a las cosas, cuál es mi gran propósito para esta vida, si tengo conciencia de por qué estoy aquí. Si soy consciente de ese deber sagrado que Dios me ha asignado.
Y en el plano espiritual: ¿Cuántas veces pongo a Dios en un segundo plano? ¿Cuántas veces lo temporal prima sobre lo espiritual? ¿Cuántas veces hago caso omiso a la Palabra de Dios? ¿En qué medida lo trascendente de la vida tiene en mi vida la perspectiva correcta? ¿Cuantas excusas, disculpas y justificaciones pongo antes de sentarme a orar o a dar gracias! ¿Soy capaz de ver cuánta vida existe la Palabra de Dios para alimentar y ver crecer mi alma?
Eso me permite analizar también mis actos para encuadrarlos en los efectos que producen en mi vida y en la de los demás. Me ayuda a entender que no puedo quedarme en lo trivial cuando lo eterno espera.
Y lo importante, comprender que no puedo centrar mi vida en lo temporal porque es en lo eterno donde está el sentido trascendente de la vida.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, concédeme la gracia de darle a mi vida un sentido trascendente! ¡A conocer de verdad lo que vale la pena y tiene sentido! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a deslumbrar el mi propósito en esta vida y prepararme para la eternidad y no para la vida mundana! ¡Hazme consciente, Señor, que mi ciudadanía es la del Cielo y que el signo que me identifica es la cruz de Cristo! ¡Sé, Dios mío, que tienes reservado para mí una vida abundante concédeme por medio de tu Santo Espíritu, la perspectiva humana y espiritual para alcanzarla, que mi vida tenga siempre una perspectiva eterna, la perspectiva de Dios! ¡Señor, soy consciente de que vivir implica buscar, haz que en mi vida esta búsqueda me ayude a entender lo que es relativo o absoluto y aceptar mi pequeñez, mi indigencia y provisionali­dad! ¡Hazme, Señor, consciente que el obtener respuestas me sitúa en el horizonte de lo absoluto! ¡Señor, me corresponde vivir en una sociedad individualismo, ayúdame a salir siempre de mi propia tierra, trascender, dirigirme hacia el otro aunque en él no observe nada trascendente! ¡Dame una mirada contemplativa y no permitas que me complazca en la superficialidad! ¡Ayúdame a mirar cada día el mundo desde la perspectiva del Dios encarnado, que es Jesús, tu hijo, en el que todo lo puedo porque me fortalece!

Señor de la eternidad, cantamos hoy:

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