Silencio y complicidad con Dios

¡Qué hermoso es hablar sobre las cosas bonitas que nos ocurren! ¡Pero más bonito tal vez es saber apreciar esas cosas mirándolas desde el silencio!
Ayer viví con mis dos hijos pequeños una experiencia muy hermosa. Fuimos de excursión toda la familia a un cala rodeada de bosques y caminos de ronda. Los dos pequeños y yo dimos un paseo por uno de los caminos que se asoman sobre acantilados rocosos mientras el resto tomaba el sol en la playa. Una hora y media de caminata entre bosques de pinos mediterráneos y caminos estrechos de tierra y de piedra. El pequeño, cogido de la mano de su hermana, una joven universitaria con una gran profundidad humana y espiritual, no paraba de hablar. Yo iba detrás escuchando su conversación. Era una metralleta de preguntas —«¿Por qué esto, por qué lo otro…?»—que su hermana respondía como podía porque en la vida no todas la preguntas son fáciles de responder cuando quien las formula lo hace desde la óptica de la inocencia.
El sendero por el que transitábamos se fue haciendo más dificultoso y nuestro paso iba aminorando a medida que las cuestas se hacían más pronunciadas. Sin embargo, una mirada hacia el horizonte deleitándose con el mar y el paisaje te permitía relajar el cansancio y disfrutar de la belleza del entorno y de la creación. De vez en cuando les decía a los niños: «mirad que bonito como las olas se rompen en las rocas», «fijaos en esto o en lo otro…». Mientras la mayor hacía caso el pequeño seguía a lo suyo con su monólogo interminable de preguntas. Llegamos al final del sendero y la música del parloteo no cesaba.
En el momento de regresar, con el peso del esfuerzo en nuestras piernas, las preguntas cesaron. Y durante un largo rato el silencio acompañó la caminata. Llevábamos un rato andando y mi hija se agachó de repente y tomó con delicadeza con sus manos un tritón de la familia de los lagartos. Y se lo dio a su hermano. El niño, alegre con aquel regalo, dijo: «¡Oye, tu siempre descubres cosas interesantísimas! Ella le respondió de inmediato: «¿Sabes por qué? Porque cuando voy por los sitios todo lo que me rodea lo observo en silencio».
Seguimos caminando. Aquel tritón aleccionó un nuevo cuestionario y mil preguntas recurrentes. Yo seguía caminando detrás de ellos, observándolos y recapacitando la respuesta de mi hija. Comprender que en el silencio de la vida es posible descubrir las cosas y mientras que en medio del ruido uno no se detiene en lo esencial, en lo bello, en lo delicado, en el pequeño detalle.
Cuando nos quedamos solos le dije a mi hija que su frase había sido muy aleccionadora para mí. «Papa, es en el silencio donde más complicidad tienes con Dios y más oportunidad tienes para disfrutar del entorno».
¡Es increíble que unas olas rompiéndose en las rocas, un camino de ronda, unas nubes blanquecinas deslizándose en el horizonte, un tritón cogido de debajo de una piedra, el sol irradiando sobre el mar en calma… demuestren la belleza y el poder de Dios! Con qué lentitud y quietud hace el Señor cosas majestuosas como un espectáculo de luz, o cualquiera de sus magníficas y bellas obras de arte que constituye el entorno en el que vivimos. Y es verdad. Toda la tierra está repleta de la gloria de Dios. Cada día la creación exclama: ¡Que glorioso es el Señor! ¡Que grande es Dios creador de todo! ¡Gloria al proveedor de todo! ¡Dios es amor! ¡Dios mío, estás aquí en el silencio de la vida y que cerrazón la nuestra para no reconocerte!

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¡Gracias, Señor, porque la creación nos habla siempre de Ti! ¡Gracias porque cada día puedo sentir la verdad de todo, que Tu existes y nos das la vida, la belleza de las cosas, el silencio para apreciarte, la grandeza de tu amor! ¡Gracias porque puedo saborear incluso tu presencia mientras disfruto con el primer té de la mañana! ¡Gracias porque incluso puedo escuchar tu susurro en el canto de un pájaro! ¡Gracias, Señor, porque la creación misma está llena de tu gloria y de tu amor! ¡Gracias, Padre, te alabo, te bendigo, te doy gracias porque eres el Amor mismo, el creador, la belleza detrás de toda belleza! ¡Alabado seas por siempre, Padre! ¡Gracias, Padre, porque la vida misma y todo lo que le rodea anuncia de manera hermosa la gran obra que sale de tus santas y amorosas manos! ¡Qué hermoso, Señor, pensar que en el silencio de la vida puedo apreciar la grandeza de tu creación y Tu, que eres el gran artista, permaneces humildemente en un segundo plano! ¡Concédeme, Señor, la gracia de detenerme a admirar en silencio y en oración la gran obra de tus manos! ¡Alabado seas, Señor, por todo lo que nos ofreces! ¡Gracias por la armonía de la vida y la belleza de tu creación! ¡Y gracias, Señor, también por los hijos que has puesto en mi vida para que los custodie y les hable de tu amor, son el mejor regalo de tu creación!

Dios de la creación, cantamos hoy:

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