Elevar la copa de la soberbia

La soberbia con la que tantas veces actuamos nos lleva a vivir tratando de imponer nuestros propios criterios, nuestros planes y nuestras ideas, no vaya a ser que la de los otros sean mejores que los nuestros. Nos molesta si, quienes nos rodean, no aceptan nuestra forma de ver las cosas; nos fastidia que no tomen en cuenta nuestra opinión; nos desagrada cuando las cosas no salen como tenemos previsto; en definitiva, todo se reduce a que tenemos una necesidad de reafirmarnos ante los demás. Es una manera de evitar desprenderse de esas máscaras que nos recubren y que ocultan lo que, en realidad, no somos. No nos damos cuenta que vivir de la apariencia nos ridiculiza.
Por otro lado, según el ambiente somos capaces de cambiar de opinión, de aceptar por oportunismo una opinión interesada, de no ser verdaderamente nosotros mismos, no vaya a ser que nos aparquen de determinado círculo social o se formen una opinión diferente a la que queremos dar. Todo se reduce a las apariencias.
Sin autenticidad es imposible ser fieles a nuestros valores más íntimos. Ni el fingimiento ni la medianía hacen felices a los hombres. Quien es auténtico, asume la responsabilidad por lo que es y se reconoce libre de ser lo que es.
Un cristiano tiene en Cristo el ejemplo más claro de cómo vivió el Señor la mayor entrega al Padre. Se limitó a cumplir y aceptar Su voluntad. Humilló su propio criterio y doblegó su voluntad hasta el punto que aceptó el oprobio de la muerte en la Cruz.
Cuando uno sube a lo más alto del podio para alimentar su propia voluntad, elevando la copa de la soberbia, la alegría efímera del momento se convierte en infelicidad, y la insatisfacción y la desdicha se apoderan de su alma.

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¡Señor que no me deje iluminar jamás por los halagos de los demás! ¡Ayúdame a ser humilde en mis actos no tratando de imponer mi voluntad, ni mis ideas, ni mi parecer! ¡No me dejes obnubilar por los aplausos que reciben mis propuestas, mis ideas o mis palabras! ¡Hazme comprender, Señor, que la vanidad es el camino directo hacia la soledad y el alejamiento de Ti! ¡Ayúdame, Señor, a vencer la soberbia que es el más grave pecado contra ti, contra el prójimo y contra mí mismo! ¡Ayúdame a desprenderme de la soberbia que corroe mi corazón y me cierra los ojos a mi realidad íntima y de los demás, que me enfrenta a ti, Señor, me hace prescindir de ti! ¡Dame Espíritu Santo el don de temor de Dios que me libre del orgullo, vanidad, ambición y presunción!

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado

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Un comentario en “Elevar la copa de la soberbia

  1. La soberbia significa creer que uno es mejor que el otro. Algunos piensan que la soberbia es el primero de los siete pecados capitales. Otros dicen, como Santo Tomás de Aquino, que es “el apetito desordenado de la propia excelencia de uno mismo”, pero que “no es pecado mortal”.

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