¿Qué obstáculos me impiden dejarme guiar por el Espíritu Santo y seguir a Jesús?

Tercer sábado de julio con María, el fruto más hermoso del Espíritu Santo, en nuestro corazón. En María se unen todos los frutos del Espíritu de Dios: «Amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio». En la Virgen es posible contemplar cómo se desarrolla cada uno de estas frutos y, sin temor, puedes acercarnos a Ella para rogarle que te acerque a Jesús, su Hijo.
María es una mujer libre porque en Ella el amor y el servicio al prójimo ocupan el primer lugar de su vida. María nos mira a cada uno de nosotros, a cada hombre y a cada mujer, con benevolencia de Madre. Con independencia de cual sea nuestra vida, María, con paciencia y dulzura, nos invita a acercarnos a su Hijo para recibir su misericordia y ser receptores de su infinito amor. María está siempre al servicio de los hombres: la vemos en la Visitación donde, sin preocuparse de su embarazo, se pone al servicio de su prima Isabel. La contemplamos en la años de vida oculta en Nazaret al servicio humilde y callado de José y de Jesús atesorándolo todo en el corazón; la observamos generosa y preocupada en las bodas de Caná; la vemos también en el Cenáculo, en un segundo plano, durante la Institución de la Eucaristía; la sentimos aceptando ser la Madre de los hombres a los pies de la cruz…
En el seguimiento de Jesucristo, María nos invita a entrar en este camino de libertad, en el camino del servicio del amor al prójimo… Y a mí, ¿qué me impide entrar en este camino de libertad al servicio de los demás por medio del amor?
María camina siempre bajo la guía del Espíritu Santo, se deja guiar por Él escuchando la Palabra de Dios, meditándola y sosteniéndola en su corazón… Caminar con María, bajo la guía del Espíritu Santo, es dar la bienvenida a la paciencia avanzando al ritmo de la gracia: a veces apresurándose con el discernimiento, ¡a veces esperando pacientemente! Caminar con María bajo la guía del Espíritu Santo es ingresar en el camino de una fidelidad constantemente renovada siguiendo a Cristo. Y en mí vida, ¿qué obstáculos me impiden dejarme guiar por el Espíritu Santo y seguir a Jesús?
En María habita el Espíritu Santo. A lo largo de su vida, a través de su fidelidad al Señor, manteniendo todas las cosas en su corazón, María se deja conducir por el Espíritu: de Nazaret a Belén, de Belén a Egipto, de Egipto a Nazaret, de Nazaret al Calvario y del Calvario a la alegría de la Resurrección… A través de todos los acontecimientos de su vida, María no busca satisfacer sus propios deseos sino cumplir la voluntad de Dios. Así es como la alegría nace en Ella y la lleva al mundo. Y vuelvo a cuestionarme, ¿qué obstáculos me impiden dejarme guiar por el Espíritu Santo para hacer y actuar como Ella?
¡Hoy quiero avanzar en la presencia de María! Con ella, pedirle a Jesús que renueve el don de su Espíritu en mi para que sea capaz de llevar los frutos del amor, la alegría, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de mi mismo a mi propia vida. Le pido que me libre de las tentaciones del pecado y me otorgue la libertad de los hijos de Dios.
¡Que María me ayude a redescubrir que es el Espíritu el que me hace vivir y esa es la maravilla que el Señor hace por mí!

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¡María, Tu viviste unida a la gracia del Espíritu, te dejaste iluminar por Él y te llenaste de sus gracias; permíteme seguir tu ejemplo para vivir en santidad! ¡María, intercedo ante Ti para que me ayudes a abrir el corazón y ser dócil a los dones del Espíritu! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Sabiduría! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Entendimiento! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Consejo! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de fortaleza! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Ciencia! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Piedad! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don del Santo Temor de Dios! ¡Ayúdame, María, a abrir siempre mi corazón a los frutos del del Espíritu de Dios e impregnarlo todo de amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y misericordia! ¡Concédeme la gracia de la humildad para ser capaz de servir como Tu a los demás con mucho amor! ¡María, ayúdame a acrecentar más mi fe, no permitas que la maldad se acerque a mi corazón, intercede por mi y por toda la humanidad ante Dios y con la más firme convicción hazme un buen hijo de Dios!

Sicut lilium inter spinas (Como lirio entre espinas),  una hermosa antífona a cuatro voces de Antoine Brumel con textos del Cantar de los Cantares para honrar a María:

¿Cómo es posible testimoniar discrepando con los que son como él?

Me he encontrado con un grupo de cristianos de Suiza, Pakistán, Egipto y Hungría. Durante una comida hemos compartido experiencias interesantes de la realidad de sus países, con sus diferentes circunstancias y sus dificultades. Pero una palabra ha resonado durante todo el ágape: la unidad.
He recordado que la unidad estuvo presente en los últimos momentos de la vida de Jesús. Unas horas antes de enfrentarse a su dolorosa Pasión, ¡Jesús oró intensa y profundamente por cada uno de nosotros! No rezó solo por quienes lo rodearon en la Última Cena, ni por los amigos que no le abandonaron. Oró por todos los que creen en la Palabra, por el testimonio de los Apóstoles, por nuestra unidad, para que seamos uno. De hecho, ¿cómo es posible dar testimonio si uno se mantiene discordante con los que son como él? ¿Cómo dar testimonio si uno no es capaz de crear comunidad? ¿Cómo dar testimonio si no somos capaces de aplicar las enseñanza de Cristo recibida de los Apóstoles?
Enfrentados a los desafíos de nuestro tiempo, esta oración de Jesús por la unidad es una cuestión de gran relevancia en el mundo de hoy. Los lazos de unidad entre las personas y promueven de manera efectiva la armonía de la familia humana. Con nuestras diferencias, que son a la vez fuente de riqueza, la unidad en torno a Cristo debe ser nuestra principal preocupación para que podamos testificar auténticamente nuestra fe. Construir la unidad es escuchar a Cristo mismo, entrar en su oración, desear estar unido a Él y a los demás de la misma manera que el Hijo se une al Padre. Esta unidad debe ser, como para Cristo, el objeto de nuestra oración.
Vivir la unidad no es incompatible con tener ideas propias, preferencias, hacer juicios… siempre que sean coherentes con la esencia del Evangelio.
El desafío de la oración de Jesús es, por lo tanto, que estemos unidos para dar testimonio y que el mundo crea en Él. Este testimonio es tanto una expresión explícita de fe como también la voluntad de entregarse a los demás a través de la disponibilidad para involucrarse con paciencia y respeto en sus preguntas y dudas, en el camino de la investigación la verdad y el significado de la existencia humana.
Siento que he de poner todo de mi parte para corresponder mejor con la oración de Cristo. Agradecerle por haber orado por nosotros durante su vida en esta tierra. Y buscar, en un esfuerzo siempre renovado, que nuestra comunidad, nuestra parroquia, crezca cada vez más en la unidad deseada por Cristo y que sea un testimonio vivo del amor de Cristo por cada hombre y mujer que conocemos.
La unidad plena de los cristianos, a la que debemos aspirar, necesita por otro lado que nos dejemos transformar por Cristo, requiere una conversión interior personal y comunitaria; hace necesario fortalecer nuestra fe en Dios, en el Dios de Jesucristo; hace necesario entrar en la nueva vida en Cristo; exige abrirse al prójimo y, sobre todo, sentir interiormente la urgencia de testimoniar al Dios vivo, que se dio a conocer en Cristo, a los hombres y mujeres de todos los tiempos.

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¡Señor, todos tenemos motivos para vivir unidos a Ti! ¡La fe en Ti, Señor, es una y la misma para todos! ¡La gracia sobrenatural, Señor, es también la misma para todos porque es la vida misma que nos ha transmitido el Padre! ¡No permitas, Señor, que los cristianos vivamos separados y divididos! ¡Envía tu Espíritu sobre nosotros para que seamos conscientes de que todos tenemos motivos sobrenaturales para vivir unidos a Ti! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, a nuestros corazones para superar lo que nos separa y vivir lo que nos une! ¡Concédenos a todos la gracia de renovar nuestra fe! ¡Permite, Señor, que todos los cristianos con independencia de su confesión seamos siempre fieles al Evangelio! ¡Haznos testimonios de fe! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo conceda a todas las Iglesias cristianas superar lo que las divide y fortalecer lo que las une! ¡Haz, Señor, que las relaciones de amor, cordialidad y respeto entre todos los cristianos sea una manera para fomentar la libertad, la justicia y la paz en el mundo! ¡Guíanos, Señor, siempre por tu camino y ayúdanos a perseverar en la fe!

Voy a escoger, unidos por un mundo que queremos construir con la esperanza de Cristo:

Gratitud

Una persona agradecida es alguien sereno y apacible. Aquellos que son agradecidos no lo son por naturaleza sino que han ido moldeando en su interior este habito. Son gente que saben dar gracias con independencia de las circunstancias en las que se encuentren. Observan para reconocer en lo que viven la presencia silenciosa de Dios, aunque no sean conscientes de ello. Y saben escoger siempre la mejor opción que es la que les lleva a tener una vida interior serena. Me pregunto hoy: ¿En qué medida soy agradecido? ¿Soy capaz de observar para agradecer? ¿Acierto al escoger? ¿Están mis gestos llenos de gratitud?
Pienso en la multitud de escenas que aparecen en los textos de las Escrituras y que hacen referencia al poder de la gratitud. ¿Qué elemento fundamental tenía la oración de Daniel antes de ser devorado por los leones, o el grito de Jonás en el vientre de la ballena, o la recomendación de san Pablo en la carta a los Filipenses por señalar sólo algunos ejemplos? La acción de gracias. Acción de gracias que lleva consigo un elemento crucial. La paz. La serenidad interior. Esa paz que proviene de Dios y que sobrepasa todo entendimiento.
Todo sentimiento de gratitud tiene, a su vez, una enorme capacidad de sanación y de purificación porque gratitud ofrece la gratitud ofrece tanto al que da como al que recibe grandes dosis de afectividad y cordialidad.
La gratitud que se manifiesta a Dios en la oración por lo que vivimos, tenemos y experimentamos genera una paz que sosiega el corazón, una paz que evita que el alma se debilite y se irrite por lo que uno no posee. De ahí que la gratitud acerca al corazón del hombre esa paz que permite sobreponerse a todo tipo de sufrimiento y dolor que proviene de la adversidad, de la contrariedad, de los tropiezos y del fracaso.
La gratitud que se expresa en lo cotidiano de la vida implicar agradecer por todo lo que se posee, lo que se ha tenido y lo que se poseerá en el futuro.
Y de nuevo surgen las preguntas: ¿En qué medida soy agradecido? ¿Soy capaz de observar para agradecer? ¿Acierto al escoger? ¿Están mis gestos llenos de gratitud?

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¡Padre de Bondad, ante tu amorosa presencia, quiero darte gracias, quien disponer mi corazón, mi mente y todo mi ser para alabarte, para bendecirte y para glorificarte, para darte gracias! ¡Quiero, Padre, contemplar tu hermosura, tu santidad y tu bondad, quiero darte gracias por siempre, quiero que mis sentimientos hacia Ti sean siempre de gratitud porque tu me acompañas siempre en todos los momentos de mi vida! ¡Gracias, Padre, por aquellas personas que has puesto en mi camino que me han ayudado y me ayudan en momentos importantes de mi vida! ¡Ayúdame, Padre, a ser siempre agradecido! ¡Gracias, por amor, tu fidelidad y tu misericordia que no merezco tantas veces! ¡Gracias, Padre, porque cada día puedo sentir tu cercanía; donde a veces no brilla el sol en mi corazón tu eres la luz, cuando no he sido fiel a tu Palabra, ahí  estás tu para enderezar mi camino! ¡Señor, deseo experimentar tu mirada, sentir la presencia de tu Espíritu en mi corazón, unirme a ti en un solo corazón! ¡Y como en el salmo, Señor, darte gracias, de todo corazón, te cantaré en presencia de los ángeles, me postraré ante tu santo Templo,  y daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre! ¡Gracias, Señor, porque Tu amor es eterno, Señor! ¡No abandones nunca, Señor, la obra de tus manos!

Cantamos dando gracias a Dios:

Como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día

Como cada mañana después de la oración aprovecho para salir a correr y hacer un poco de deporte. Al salir al exterior la luz del día me ha recordado esa frase tan hermosa del Libro de los Proverbios: «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día».
Cuando conoces a Jesús y tratas de tener una relación personal con Él sientes que recibes la salvación, así la luz de Dios ilumina tus pasos para transitar impregnados de su manera de vivir y con su paz.
El principio sustancial del caminar en Cristo se asemeja mucho al amanecer, que da comienzo a una vida nueva, que acrecienta su luz en la medida que uno madura en la fe, en la esperanza, en la confianza y, sobre todo, en la comunión con Dios. De ahí, que la actitud que uno debe tener es la de hacer el bien y evitar el mal, de esperar la prosperidad, el avanzar, el mejorar, el dar atención a los demás en todas los aspectos de la vida.
Cuando centras tu atención en lo que va a suceder, cuando tratas de practicar la justicia divina, ser obediente y llevar a cabo buenas acciones, eres más consciente de que la mano de Dios siempre te acompaña. Hay una verdad incuestionable: cuando pides con el corazón abierto siempre recibes, cuando buscas siempre hallas y cuando llama siempre se te abre porque las promesas de Dios no son en vano sino que son luz de vida que Él ofrece en abundancia. «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día». Esta frase me recuerda que mi actitud debe ser enfocada a esperar lo mejor de Diosa no dudar de sus milagros, a los cambios transformadores que habrá en mi vida y que, en todo, allí estará el Señor en cada momento de mi existencia. Y eso no solo es un gran alivio sino un motivo de gran esperanza.

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¡Señor, mi vida es un permanente caminar a veces desviado del auténtico camino por mis caídas y mis faltas! ¡Dame la sabiduría, Señor, para ir por el camino de la vida plena y recorrerlo sin desviarme de él y sin tropiezas que dañen mi corazón y te dañen a ti! ¡Instrúyeme, Señor, por el camino del bien por medio de tu Santo Espíritu, encamíname por las sendas de la rectitud cada instante de mi vida! ¡Hazme cumplir tus mandamientos que son el camino que lleva a la vida! ¡Ayúdame a saber siempre donde pongo los pies para evitar las caídas! ¡Señor, soy consciente de que la senda de los justos es como la luz del día y no quiero entrar en tinieblas! ¡Señor, tu eres la luz del mundo y yo quiero acercarme siempre a esta luz que da vida para no caer en las tinieblas! ¡Señor, tu me otorgas la libertad para elegir el camino, ayúdame a ser siempre responsable de mis actos y no me dejes nunca solo porque necesito de tu luz para caminar! ¡Señor, no solo eres la luz, eres también el camino; eres mi modelo y en todo te quiero imitar! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para vivir como tu, para andar por el camino recto y para dirigir mis pasos hacia la plenitud de la vida!

Gloria, aleluya, cantamos hoy:

 

El Señor quiere utilizarnos para cosas grandes

Muchas de las cosas hacemos en la vida Dios las ha previsto para utilizarnos con un fin concreto —que, incluso, puede ser extraordinario— o poco habitual. A veces para conseguirlo basta con obedecerle y seguir con sencillez de corazón la perspectiva que Él tiene de la vida y de las circunstancias.
Hay momentos en que, por lo que nos toca vivir, no tenemos un visión clara de lo que Dios pretende y hará con nosotros pero cada uno, según su responsabilidad, sustentado en la fe y asentado en la confianza, puede ir construyendo aquello que Dios siembra en el corazón.
Las dudas son lógicas porque la incerteza ante el resultado nos agobia, el no saber como saldrán las cosas nos preocupa. Sin embargo, cuando uno es obediente a la voluntad de Dios y deja que la fe se derrame en su interior, el Señor bendice nuestra vida.
Cualquier objetivo, meta, deseo, sueño, esperanza o visión que Dios siembra en el corazón está para ser abonado aunque a los ojos de la razón parezca algo ilógico o uno no se sienta preparado para llevarlo a cabo. Cabe, incluso, que se rían de uno, que los comentarios que se escuchen nos desanimen o que pongan en tela de juicio las propias creencias porque hoy creer es de «débiles y timoratos».
Me gusta pensar que el Señor quiere utilizarnos para hacer cosas grandes y que para ello es necesario caminar por la senda de la fe. Siento que Dios moldea cada paso que damos porque como exquisito alfarero que es moldea cada día su obra para nuestra glorificación y bendición.

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¡Señor, olvido con frecuencia que me has dado la vida para caminar hacia el cielo prometido! ¡Olvido también, Señor, que tu has pensado para mi una vida santa y que tienes preparado para mí y mi familia unos planes que debo cumplir! ¡Hazme consciente de que por el bautismo soy hijo tuyo y que debo fortalecer mi fe y mi confianza para hacer siempre tu voluntad! ¡Concédeme el don de la obediencia para no desviarme de la sendas del bien y envía tu Santo Espíritu sobre mí para que llene mi corazón de bondad, fortaleza, sabiduría y fe, para tomar las decisiones correctas! ¡Quiero sentir tu ternura, Señor, sentir como tus manos moldean mi vida y haz que tu Santo Espíritu me de la fortaleza para no desanimarme ante los problemas y dificultades y no dejarme arrastrar por las acechanzas del demonio! ¡Señor, ayúdame a ser testimonio de verdad, que no me importe el que dirán, que no tenga miedo a testimoniar mi fe, que sea consciente de que me has dado un visión y que mi camino es la santidad! ¡Utilízame, Señor, para bendecir a los que me encuentre por el camino y que el Espíritu Santo ilumine cada una de mis palabras, gestos, sentimientos y acciones para que unidos en Jesús y por Jesús quienes estén a mi lado sientan tu presencia!

Viajamos hoy al siglo XVIII para escuchar el Miserere en sol menor a seis voces de Niccolo Jommelli:

Subir con María al Monte Carmelo

Gran fiesta la de hoy para la Iglesia y para la familia carmelitana. La devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo, que tenemos la alegría de celebrar, está muy vinculada al gran profeta Elías y su poderosa intercesión, ¡casi nueve siglos antes de que naciera Jesús de las entrañas de María!
Debido a los pecados del rey Acab y de su pueblo, Dios había castigado a Israel con una gran sequía. La Providencia había decidido que la lluvia le sería dada a la tierra por medio de la oración de Elías. Durante los largos meses de severa sequía Elías perseveró en la oración. Fue durante su oración, en el Monte Carmelo, el jardín de Israel, cuando tuvo aquella visión que está relacionada con varias tradiciones confirmadas por Ana Catarina Emmerich. En ella, Elía tuvo conocimiento del nacimiento de la Virgen que debía dar a luz al Salvador. Después de esta visión profética, los discípulos de Elías no dejaron de orar, en el Monte Carmelo, para que se produjera el nacimiento de aquella Virgen por la cual Dios daría al mundo una torrente de gracias a través del Verbo Encarnado y del Espíritu Santo.
En la tradición de las Escrituras, la montaña es un buen lugar para encontrarse con Dios. Es en la montaña, en el suave murmullo de un silencio silencioso, donde Elías se encontró con el Dios viviente. Su contemplación de Dios en el silencio y la oración le concedió la fuerza para cumplir la misión para la que fue enviado. Esta es también la vocación del Carmelo y la del hombre de hoy: contemplación y acción entrelazadas entre sí.
Hoy es el día ideal para pedirle a Nuestra Señora del Monte Carmelo la perseverancia en la oración y que, al igual que ocurrió con el profeta Elías, nos permita subir a la montaña de la vida y enseñarnos a vivir en el silencio interior pues es difícil encontrarse con Dios con el ruido que emerge a nuestro alrededor.
Nuestra Señora del Monte Carmelo ha ayudado a muchos a vivir siempre en la presencia de Dios y considerar su grandeza. Elías, en el Monte Carmelo, reveló la santidad y el poder de Dios: Dios solo es Dios, los ídolos no son nada y no pueden hacer nada. Una de las más grandes hijas espirituales de Elías, Santa Teresa de Ávila, dejó una frase para la posteridad: «¡Solo Dios basta!»
¡Que de Nuestra Señora del Monte Carmelo obtenga hoy esta convicción y me ayude a cumplir el primer deber de la vida: entregar mi vida a Dios y darle la adoración que se merece!

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¡Señor, que naciste de las entrañas de María, que la verdadera montaña que escale seas Tu! ¡Que el encuentro contigo en la Eucaristía y en el silencio de la oración sea el verdadero propósito de mi vida cristiana! ¡Que el entrar en la contemplación de tu figura, el enfrentar tu realidad a la mía, me permita abrir el corazón para hacer de mi vida un testimonio de oración y de apostolado! ¡María, Madre de Jesús y Madre mía, quién mejor que tu para guiarme en el camino hacia Tu Hijo! ¡Quién mejor que Tu, Señora, para abrirme cada día las sendas que me permiten acceder al Corazón Inmaculado de Cristo! ¡Ayúdame, como hiciste Tu, a vivir acogiendo siempre en mi corazón la Palabra de Dios, meditándolo todo en mi corazón, vivir siempre en la presencia del Padre y confiando en sus promesas! ¡Concédeme la gracia de ser humilde, puro, sencillo y obediente para ser capaz de dar tu mismo «Sí» a Dios! ¡Ayúdame, María, a responder siempre a la llamada de Dios y vivir bajo tu manto protector porque mi anhelo es avanzar por la vida con la plena seguridad de estar acogido por el trono de tu gracia! ¡Con confianza, Madre, me entrego a tu amor maternal! ¡Y que la gracia de esta fiesta renueve en mi interior el anhelo de vivir las perfecciones de tu propia vida y que sepa imitarte en tu amor a Dios y al prójimo! ¡Con tu ayuda, Señora, tómame de la mano y alcánzame la gracia de subir a la verdadera Montaña que es Cristo para lograr la santidad a la que Dios me llama! ¡Y, finalmente, Virgen del Carmen, Stella Maris, estrella de los mares, pongo tus manos la vida a la gente de mar; protege a marineros, pescadores y todo tipo de navegantes de los peligros más habituales del mar!

Ave Maris Stella, bello canto compuesto por san Bernardo de Claraval:

El camino hacia el prójimo

He abierto la Biblia en busca de una palabra que me inspire en la oración. Ha salido esta frase de la primera carta de san Juan: «Hijos míos, no amemos solo de palabra, sino con obras y de verdad».
Tener en cuenta al prójimo y tratar de ayudarle, especialmente cuando esta tarea implica un sacrificio personal, no es sencillo. Lo habitual es que nos venza la pereza, la comodidad, que se instale en nosotros el egoísmo. La mayoría somos egoístas por naturaleza, buscamos nuestra propio acomodo. La primera reacción suele centrarse en nosotros mismos no vaya a ser que nos veamos perjudicados o aquello que nos pidan exija un esfuerzo que nos va a costar realizar.
Sin embargo, si cuando invocas al Espíritu Santo que te ayude, que ese esfuerzo sea por Cristo, tu corazón se habitúa a adquirir hábitos nuevos y la reacción instantánea cambia porque la presencia del Amor en el corazón contribuye a que el hombre sea más amoroso, servicial, generoso y amable.
El mismo Cristo es consciente de que el amor que necesitamos para vivir de acuerdo con sus enseñanzas no nace de una manera espontánea aunque esto no sea, en ningún caso, un pretexto. El mero hecho de no poder o no querer no implica que Jesús no lo espere de nosotros, fundamentalmente porque Él por nuestra intermediación puede hacerlo por nosotros si lo pedimos con el corazón abierto. A Cristo le satisface capacitar al hombre para que entregue su amor de manera desinteresada.
En el hombre gobierna habitualmente la búsqueda de la autosatisfacción, el individualismo, el instinto de preservación, el buscar el propio bien. Existe una tendencia natural al propio bienestar antes que alcanzar la de su prójimo.Por eso el que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo desaparece de su vida y un ser nuevo se hace presente en él. Él nos permite romper con aquello que nos bloquea, con esas actitudes naturales que nos bloquean, reconduce nuestros pensamientos y transforma nuestro corazón para vivir inclinados a cumplir con Su voluntad que, tiene como principio fundamental, el amar al prójimo como a uno mismo.

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¡Señor, que nos has enseñado a amar con el ejemplo de tu vida, concédeme la gracia de interiorizar en mi corazón el mandamiento del amor! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para poder vivirlo cada día como tu nos has enseñado! ¡Deseo amarte, Dios mío, porque eres lo más importante que hay en mi vida y desde el amor que siento por Ti amar a mi prójimo! ¡Señor, concédeme la gracia de que mis ojos estén repletos de misericordia para no juzgar a nadie, para ver en los demás la bondad que hay en su interior, para no juzgar a nadie por sus apariencias externas, para descubrir la belleza interior de las personas y resaltarla frente al resto de personas!  ¡Hazme, Señor, siempre dócil a las necesidades ajenas y no dejes que me recluya en mi mismo para no permanecer indiferente ante sus sufrimientos! ¡Concédeme la gracia de amar y ser caritativo, abierto a las buenas acciones y que por medio de tu Santo Espíritu no me canse de hacer el bien! ¡No permitas que me asiente en mi egoísmo y dame la capacidad de servir aunque me cueste! ¡Llena mi corazón, Señor de misericordia y hazlo siempre sensible a los sufrimientos ajenos para que nunca nadie sienta que le rechazo!  ¡Tu eres el camino hacia el prójimo, guíame por él!

Amar y servir, cantamos hoy:

Apreciar la gracia de Dios

Segundo sábado de julio con María en el corazón. Me gusta rezar con el Avemaría, me une íntimamente al corazón de la Virgen. «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Me imagino en la humilde casa de Nazaret donde vive María. Contemplo la escena de la Anunciación, cuando el ángel san Gabriel se persona ante aquella mujer sencilla e, inclinándose ante Ella, exclama gozoso y honrado —¡qué gran honor para él anunciar la maternidad del hijo de Dios—: «¡Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres».
Me pongo en el lugar del arcángel y puedo imaginar el sentimiento que tuvo por la abundancia de gracias con que vio a la Virgen María adornada en aquel sublime momento. Al contemplar la grandeza de la gracia santificante, de esa unión íntima con Dios, de esa perfección que llenaba cada una de sus virtudes, de esa pureza de alma, de esa cantidad de gracias y dones recibidos del Espíritu derramados abundantemente en su corazón no podía el arcángel más que exclamar toda la grandeza de María.
En este día, bajo el amparo de María, deseo que mi corazón sea capaz de apreciar la gracia de Dios. Dios quiso agraciar a María con el don de la maternidad y el tesoro más preciado que le otorga es la gracia. Cuando el ángel se presenta ante Ella como embajador celestial la alaba precisamente por gozar de la gracia de Dios.
Como cristiano todo mi valor recae en la gracia que recibí —recibimos todos— con el bautismo. ¿Cómo preservo en mi día a día este tesoro tan valioso? ¿Con qué cosas sacrifico este preciado regalo de Dios? Deseo hoy ofrecer mi vida a María para que, con su intercesión, mis propósitos, acciones, pensamientos, palabras y obras estén impregnados siempre de la gracia, consagrarme por entero ala gracia e intentar aumentarla en mi oración, en mi via de sacramental y en mis buenas acciones. Sé que de su mano, por ser la llena de gracia, me resultará un camino más fácil.

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¡Dios te salve María, llena eres de gracia! ¡Acudo en este día a Ti, María, para que lleves mis oraciones a Dios e intercedas ante Él para vuelva su mirada siempre a ante mi, que su misericordia me inunde y perdone mis miserias, mis penas y mi pecado y me conceda la gracia de caminar en santidad! ¡Intercede, María, ante tu Hijo Jesucristo, para que me ayude con la ayuda del Espíritu Santos a alejarme del mal y abrazar siempre la gracia! ¡Orienta, María, llena de gracia, mi corazón y mi alma hacia la gracia, y ayúdame a vivir como viviste tu con una vida pura y santa! ¡Enciende, María, el fuego del amor de Dios en mi corazón, dame mucha fe y esperanza, y que mi vida se beneficio de la gracia divina y que allí donde vaya glorifique y honre a Dios con todas y cada una de mis actitudes!

El Ave María con Andrea Boccelli:

¡Tienes que ser más realista!

Una de las acusaciones que debemos afrontar habitualmente los cristianos es nuestra falta de realismo. Se nos acusa habitualmente de cobijarnos en la esperanza que lo vierte todo en el futuro. ¿Cuántas veces en los últimos tiempos he escuchado de boca de personas alejadas de la Iglesia que debo ser «más realista»? ¡Que Ese en el que creo es un personaje histórico que la Iglesia ha amoldado según sus intereses! ¡Que dejándome llevar por la esperanza espero en un futuro de dudosa existencia!
Me inquieta cuando cada vez más gente duda porque para mí la esperanza es base fundamental de mi fe. No es una ilusión ni una quimera. Yo tengo esperanza —al igual que me sostengo en la fe— porque para mí la vida es algo muy serio. La vivo en su totalidad con la certeza de que el futuro que me espera no es una promesa vacía sino una realidad viva. No es como la vida humana que es finita, la vida eterna es algo definitivo.
La esperanza cristiana es el andamiaje que sostiene la vida. Como la fe es el pilar básico del edificio de la vida. Por eso, según como espere, así será mi vida.
La esperanza cristiana es un signo revelador de mi verdad como cristiano. Es la que endereza mi vida, la que me ayuda a luchar por una sociedad más justa, comprometida, solidaria y fraternal, al estilo de Cristo.
La esperanza cristiana no me permite tener una actitud pasiva ante la vida porque lleva consigo el compromiso y el dolor ante tantas injusticias.
La esperanza cristiana me hace creer que existe el Reino eterno, la patria celestial, el destino final del alma humana. Por eso lucho por cambiar las estructuras de esta sociedad porque nadie puede ser ajeno a un futuro tan hermoso.

 

orar con el corazon abierto

¡Padre eterno, que cerca estás de nosotros y a cuanta gente le cuesta sentir tu presencia o, simplemente, abrir el corazón para sentir tu ternura! ¡Te doy gracias por los signos de tu presencia a mi alrededor, son un sostén grande a mi fe y mi esperanza! ¡Gracias, Señor, porque la iluminación de tu Santo Espíritu me permite mirar con esperanza el presente y el futuro de mi vida, estar atento a tus buenas nuevas, a dejarme sorprender por tu ternura! ¡Gracias, Padre mío, por esta siempre tan cerca! ¡Señor, nos angustiamos por todo, vamos dando tumbos por la vida y vivimos sin esperanza, echando a perder nuestra vida y la de los que nos rodean con nuestras quejas y nuestros lamentos! ¡Ayúdame, Señor, siempre a permanecer despierto! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nadar a contracorriente!

El auxilio de me viene del Señor, nos unimos al canto de la Hermana Glenda:

¡Que no me canse de buscar tu rostro, Señor!

Separada de la Semana Santa a la que tan unida ésta, la Iglesia nos regala hoy la festividad de Santa Verónica, la piadosa mujer a la que Cristo le concedió el gran regalo de dejar impregnado su rostro sagrado en un lienzo blanco plegado. Lo hizo Jesús para recordarnos que su imagen siempre debe estar grabada en nuestros corazones. Quienquiera que seamos o donde vivamos Jesús debe vivir en nuestros corazones. Podemos diferir los unos de los otros, discrepar, tener diferencias… pero en esto debemos estar de acuerdo todos si nos consideramos sus hijos. Llevar con nosotros el velo de Santa Verónica para que, de acuerdo con nuestra fe, tratemos de vivir la perfección divina.
Me imagino hoy la escena. En el bullicio que asiste a la ascensión de Jesús al Calvario, allí aparece ella. Es una mujer sin rostro, sin una historia conocida pero decidida, valiente, impetuosa y caritativa. Una mujer dispuesta a escuchar el susurro del Espíritu y seguir sus inspiraciones.El amor de esta mujer servicial produce una emoción profunda. Su amor por el prójimo, en este caso por Cristo, le permite desafiar a los guardias romanos, sobrepasar el cortejo del Sanedrín, vencer a la multitud enardecida y manipulada y acercarse serena y delicadamente al Señor para con un gesto de compasión y fe limpiar con su mano temblorosa el rostro ensangrentado de Cristo, calmar el dolor de sus heridas, suavizar las lágrimas del dolor y contemplar por unos segundos la cara desfigurada detrás de la cual está escondido el mismo rostro de Dios.
En este día, siguiendo el gesto compasivo de la Verónica le digo al Señor con el corazón abierto: ¡Que no me canse de buscar tu rostro, Señor! ¡Que no me canse de hacerlo en las caras desfiguradas de tantos por las aflicciones de la vida porque son muchos los que vienen a mi encuentro y con demasiada frecuencia miro hacia el otro lado!

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¡Señor que como la Verónica sea tu rostro lo que busco! ¡Que sea capaz de buscar tu mirada en la mirada del otro, del que busca consuelo, una palabra de alivia, un abrazo consolador, un mirada compasiva, un perdón que alivia…! ¡Concédeme la gracia de ser como la Verónica, la mujer sin rostro, que alivia con amor tu rostro, Señor, en representación de tantas personas que sufren y tiñen de dolor su vida! ¡Ayúdame a encontrar tu rostro en los hermanos que andan por el camino del sufrimiento y la humillación! ¡Concédeme la gracia de saber limpiar las lágrimas y la sangre de los más desfavorecidos! ¡Haz que sea capaz de ver detrás de cada rostro, incluso de aquellos con los que pueda no tener buena relación, tu rostro impregnado de belleza infinita! ¡Pero ayúdame también, Señor, a ser humilde, servicial, generoso y caritativo como la Verónica!  ¡Ella, Señor, te dio lo mejor de sí, su lienzo preciado, y sin embargo con frecuencia en mi relación contigo yo deseo más recibir que dar! ¡Ya sabes, Señor, que son muchas las ocasiones que se me presentan  para darte algo, dándome a los demás, y he dejado pasar esta oportunidad! ¡No me lo permitas de nuevo, Señor, más al contrario ayúdame a darte todo lo que tengo y lo que soy! ¡Enciende en mi alma, Señor, la llama de la caridad y hazme comprender que cuando el velo de la caridad toque el rostros del hombre tu quedará grabado en él por la eternidad!

En esta festividad de Santa Verónica escuchamos este hermoso canto dedicado a ella: