¿Pueden ser mis manos como las de Jesús?

Me imagino cómo debían ser las manos de Cristo. Y al pensar en ellas veo las manos vigorosas de un trabajador esforzado, diligente. Son las manos agrietadas y callosas de un hombre que dedicó la mitad de su vida a su trabajo de carpintero en el taller de su padre en Nazaret. No son como esas manos débiles y flácidas que aparecen en tantos retratos litúrgicos sino endurecidas por el trabajo manual, por el uso de la lija, la gubia, la garlopa o el martillo.
¿Qué rebelan estas manos de Cristo que en el último momento colgarían traspasadas por clavos en la cruz? Nos muestran a un Dios trabajador, laborioso y esforzado.
Estas manos fuertes y endurecidas por el esfuerzo del trabajo cotidiano son una invitación a colaborar con Él en ese taller universal que es la sociedad en la que uno vive. Ese mundo donde el carpintero de Nazaret, desde la divinidad de su persona, se afana a cada día y cada noche, para ir reparando con delicadeza, paciencia y mucho amor todo lo que el hombre por Él creado se afana en destruir.
Estas manos fuertes y endurecidas por el esfuerzo del trabajo cotidiano son una llamada a mantener siempre la confianza en Él, pues estas manos te permiten sujetarte a ellas. Te permite caminar llevados de Su mano por los senderos que Él marca, siguiendo adelante con fe y sin sentirse jamás solos. Las manos poderosas de Jesús son, en parte, el gran secreto que fortalece la vida del cristiano.
Estas manos fuertes y endurecidas tienen, por otro lado, otra característica que las hace especiales. Son manos delicadas, tiernas, misericordiosas, sanadoras… Son manos que el Amor ha suavizado para mostrar el camino al perdido, para corregir al que se equivoca, para sostener al triste, para aconsejar al que lo necesita, para perdonar al que se equivoca, para orar a Dios por las necesidades del mundo y de los hombres. Son manos que rozando simplemente al ser humano sana su corazón enfermo, dolorido y sufriendo sin lastimarlo más de lo que está! Son manos que bendicen, consuelan, asisten, levantan y sostienen. Son manos que partieron el pan para dejarnos para la posteridad su presencia en la Eucaristía.
¿Soy consciente de que mis manos también pueden ser como las de Jesús, manos que acarician, aman, perdonan, dan ánimo… y que se pueden ofrecer a los demás como prueba fehaciente de que están unidas espiritual e íntimamente a las del Resucitado?

Orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, contemplo hoy tus manos de carpintero y contemplo las mías endurecidas no por el trabajo sino por el egoísmo y la soberbia! ¡Que mis manos sirvan, Señor, como las tuyas para amar, para transmitir paz, consuelo y misericordia! ¡Que mis manos, Señor, sirvan para entregarme enteramente a los demás! ¡Que las utilice para hacer el bien, para realizar mis labores con esfuerzo y sacrificio, para elevarlas al cielo y orar al Padre con humildad y sencillez, para posarlas en el hombro del que lo necesita, para servir al prójimo, para compartir, para levantar al caído, para construir un mundo donde reine la justicia, para anunciar al mundo tu Buena Nueva del Evangelio, para unir a todos los que me rodean, para darte a conocer al mundo! ¡Señor, pongo mi alma en tus manos, llena mi vida de alegría, pues yo soy tu siervo y quiero servirte, amarte y obedecerte! ¡No me sueltes nunca de la mano, Señor, porque tus manos son grandes, tiernas y delicadas, son manos que llevaron la cruz por mis pecados por eso quiero yo también abrazar mis sufrimientos, abrazar todo lo que soy y todo lo que tengo! ¡Te pido, Señor, que agrandes mis manos porque anhelo parecerme a ti en todo! 

Manos de Cristo, cantamos hoy:

Anuncios

Orar por los sacerdotes

Siento un profundo dolor el leer en los medios de comunicación las graves aflicciones por causas sexuales que muchos sacerdotes han provocado a tantos fieles en la Iglesia de algunos países. Siento profundamente en el alma la experiencia dolorosa de estos niños abusados que es un mal terrible para la humanidad. Me uno al Santo Padre como católico en mi oración y pido también perdón por estas conductas execrables que merecen toda condena humana y penal.
Dicho esto no pierdo la fe en la Iglesia ni en los sacerdotes. Hoy más que nunca necesito y siento la necesidad de rezar por ellos. Los fieles, inspirados por nuestro amor a la Iglesia fundada por Cristo, tenemos que orar por su santificación, especialmente por los más cercanos, por el párroco de nuestra parroquia, por el sacerdote que nos bautizó, que nos confiesa regularmente, que nos ofrece cada día la Comunión.
Orar e interceder por ellos para que nuestra oración y nuestro afecto suponga un estímulo en su vocación, en su entrega, en sus sacrificios, en su levantarse cuando caen en sus debilidades y en sus penitencias.
Orar porque en la oración podemos pedir de manera encarecida a Cristo que los sacerdotes se unan estrechamente a su Corazón Misericordioso y Sacerdotal.
Orar para que estén estrechamente unidos a María y José, para que sientan en su corazón la fortaleza de la Sagrada Familia, para que sean auténticos hermanos del Cristo sacerdote.
Orar para que sean santos y virtuosos, ejemplares y diligentes, célibes, fieles a la doctrina de la Iglesia, obedientes a sus superiores, siempre en comunión con el Santo Padre y los obispos de sus diócesis, alejados de intereses políticos y materiales y más preocupados por el alma de sus fieles y por sus necesidades espirituales, humanas y sociales.
Orar para que amen su vocación, para que sientan la gracia del Espíritu, para que sean auténticos representantes de Cristo en la tierra, especialmente durante la Santa Misa en el momento de la Consagración, cuando el Cristo al que tanto amamos convierte el pan y el vino en su cuerpo y su sangre por nuestra redención.
Orar por los sacerdotes perseguidos por causa de su fidelidad a Cristo, oprimidos por la fe o que se encuentran presos para que el Espíritu Santo les de fortaleza en estos momentos de sufrimiento personal.
Orar por los sacerdotes enfermos, los agonizantes, los deprimidos, los angustiados por cualquier causa, por los desilusionados por los escasos resultados de su labor apostólica…
Orar por los sacerdotes para que el Espíritu Santo los ilumine en la transmisión de la Palabra, para saciar la sed de los sedientos de Dios, para convertir a los duros de corazón, para reconfortar a los necesitados o los que sufren, para salvar las almas descarriadas, para dar a conocer la alegría del Cristo resucitado, para llevar el amor y la misericordia de Dios a la sociedad actual, para perdonar con misericordia.
Orar para que surjan nuevas vocaciones sacerdotales y que los seminaristas crezcan con la ilusión de convertirse en otros Cristos, llenos del amor de Dios, iluminados por Cristo y fortalecidos por la gracia del Espíritu para caminar en santidad.
Orar para que María esté muy presente en su corazón, sea para ellos modelo de fe y de esperanza y la acojan en su seno como referente de humildad, de servicio y de amor.

27d5d9022334611c1d1417f2ae333880.jpg

Como oración quisiera ofrecer la Oración por la santificación de los sacerdotes del Santo cura de Ars patrono de los sacerdotes católicos, especialmente de los que tienen cura de almas (párrocos):
Omnipotente y eterno Dios, mira el rostro de tu Divino Hijo y por amor a Él, ten piedad de tus sacerdotes.  Recuerda que no son sino débiles y frágiles criaturas, mantén vivo en ellos el fuego de tu amor y guárdalos para que el enemigo no prevalezca contra ellos y en ningún momento se hagan indignos de su santa vocación.
Te ruego por tus sacerdotes fieles y fervorosos, por los que trabajan cerca o en lejanas misiones y por los que te han abandonado.
¡Oh Jesús! te ruego  por tus sacerdotes jóvenes  y ancianos, por los que están  enfermos o agonizantes y por las almas de los que estén en el purgatorio.
¡Oh Jesús! te ruego por el sacerdote que me bautizó, por los sacerdotes que perdonan mis pecados, por aquellos a cuyas misas he asistido y asisto, por los que me instruyeron y aconsejaron, por todos para los que tengo algún motivo de gratitud.
¡Oh Jesús! guárdalos a todos en tu Corazón, concédeles abundantes bendiciones en el tiempo y en la eternidad Amen.
Sagrado Corazón de Jesús, bendice a tus sacerdotes.
Sagrado Corazón de Jesús, santifica a tus sacerdotes.
Sagrado Corazón de Jesús, reina por tus sacerdotes.
María, madre de los sacerdotes, ruega por ellos.
Dadnos Señor vocaciones sacerdotales y religiosas.

Cristiano… ¿auténtico?

Cristiano es la persona que se siente profundamente enamorada de Cristo. ¿Es realmente así en mi vida? Una de las insignias de mi ser cristiano es la manera como me relaciono con Dios que… ¿coincide habitualmente con la manera como lo hago con los que me rodean? ¿Coincide mi mirada a los hombres con la mirada que tengo hacia Dios?
El cristiano reza porque quiere amar al Amor y, con el espíritu del Amor, a los demás. Cuando alguien ama a otro busca encontrarse con él, conversar de todo y, en ocasiones, también disfrutar de esos momentos de silencio que impregna tantas veces la vida de contenido. Quien se ama se mira, se sonríe, busca los momentos de intimidad para compartir las experiencias de la vida.
¿Qué quiere el Señor de mi? Que mi oración, mi mundo interior y mi corazón vayan en consonancia con mi vida exterior, con mi manera de actuar, con mis palabras, con mis gestos y con mi espiritualidad. Quiere que mi manera de orar esté siempre en consonancia con la manera de amar al prójimo. Que no olvide que Dios se encuentra en el corazón del otro y es, en este lugar tan íntimo, donde debo hacer mi ofrenda de amor, de paz y de encuentro.
A la luz de la fe, en la oración puedo descubrir a Cristo en el otro. Cristo ama al prójimo con el mismo amor con el que yo debería amar: un amor generoso, fiel, entregado, eterno, paciente, fuerte, con capacidad de perdonar, servicial, humilde, capaz de llegar hasta la medida más grande del amor que es entregar la vida por el prójimo.
¡Qué reto es amar a la manera de Cristo! ¡Y que reto es ser auténtico cristiano!

mujer-sombra-cruz-599x275.jpg

¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de vivir en cristiano! ¡De ser auténtico seguidor de Cristo! ¡De vivir una vida auténtica! ¡Que mi autenticidad, mi ser cristiano, sea un vivir pleno en palabras, pensamientos y obras! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que la verdad de mi propio ser sea encontrarme con Dios cada día! ¡Concédeme la gracia de vivir como Cristo, en Cristo y con Cristo! ¡Ayúdame a ser auténtico apóstol del Señor, a ser servidor de los demás, a amar a Dios y cumplir siempre su voluntad, amar al prójimo como a mi mismo! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a no desfallecer en mi lucha cotidiana, a no caer en la tentación, a no dejarme llevar por las acechanzas del demonio que tantas veces me aleja del fiel cumpliendo a la voluntad divina! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Sabiduría, de ser perseverante en la fe, en tener una conciencia clara de lo que el Señor quiere de mi! ¡Señor, quiero llevarte en mi corazón en mi día a día, quiero ver la vida desde tus propios ojos, quiero que todos mis actos cotidianos estén santificados por Ti! ¡Quiero ser tu instrumento, Señor, ejemplo de amor, en mi vida familiar, laboral, social, en la parroquia, allí donde haga acto de presencia! ¡Ayúdame a ser un instrumento tuyo según mis pequeñas capacidades y mis posibilidades limitadas! ¡Ayúdame, Señor, a ver las cosas a través del amor!

Ir a contracorriente

La vocación cristiana es vocación al apostolado. La excusas no sirven. Los cristianos tenemos el deber de enseñar, con la ayuda de la gracia, lo que implica seguir a Jesús. Y eso supone que muchas veces tendremos que ir a contracorriente, como les ha ocurrido a tantos hombres y mujeres cristianos a lo largo de los siglos aún a costa del riesgo de caer en el rechazo social, en quedar reducidos al silencio o al ridículo por aquellos que no entienden que no nos dejemos arrastrar por las costumbres individualistas y permisivas de este mundo actual que todo lo devora y que, claramente, contradice la ley moral natural y la doctrina cristiana. El ser cristiano te coloca en una tesitura irrenunciable: el ir a contracorriente. El ser cristiano no te permite vivir, pensar y actuar como el mundo. El ser cristiano te invita a provocar con la doctrina de Cristo, a no acomodarse en las comodidades que la sociedad ofrece porque la ignorancia es el gran enemigo de Dios en el mundo.
¿Cómo ir contracorriente? Con el ejemplo personal, haciendo comprender a la gente con la que te encuentras que vas más a contracorriente que ellos porque al que sigues es a Cristo, signo de contradicción. En la honestidad en el trabajo, santificando las tareas cotidianas; alejándose de la mediocridad social, buscando la excelencia personal, en la santidad en el matrimonio, buscando la unidad entre lo material y lo espiritual, disfrutando sanamente de las cosas buenas de la vida reflejo de la Creación de un Dios que ama lo bello; viviendo una sexualidad responsable y no instintiva donde la pureza es un don que se contrapone al hedonismo; perdonando donde otros odian, respetando a tus progenitores y al prójimo; amando las cosas que otros descartan, viviendo un cristianismo comprometido abierto a la vida y no con una actitud limitativa; afrontando la muerte serenamente; viviendo con alegría cristiana que se contrapone al pesimismo deshumanizado del mundo; exigiendo en la calle la libertad real en la que no imperen las restricciones a la vida y a la verdad; amando a la gente por lo que son y no lo que tienen, sirviendo al prójimo por amor a Dios y a los hombres; amando el dolor porque es parte del camino de la vida; llevando las cruces cotidianas con entereza… Ir a contracorriente es ser libre con el cuerpo y el alma integrados en el proyecto de Dios. Es, pese a las dificultades y renuncias que ello implica, vivir según la verdad, lo bello, lo bueno, lo extraordinario.
Ir a contracorriente es sorprender al mundo. Es dar a conocer una religión que es novedosa cada día porque Jesús es el Cristo de la sorpresas. El cristianismo es algo vivo que hace de cada uno un ser extraordinario, libre, feliz, alegre, convencido, confiado porque unido a Cristo con la fuerza del Espíritu uno se acaba convirtiendo en testigo del Dios vivo.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Espíritu Santo, ayúdame a vivir a contracorriente para proclamar la verdad fundamental del hombre, su libertad y su dignidad sobrenatural que Cristo ha proclamado! ¡Espíritu de Dios, concédeme la gracia de ser testimonio de la doctrina de Jesús no sólo de palabra sino con el ejemplo! ¡Concédeme la gracia de ser luz! ¡Concédeme la gracia, Espíritu del Dios vivo, de fortalecer mi fe, de vivir la adhesión total a Jesús, de crecer interiormente, de ser contemplativo y activo en el mundo, de crear en los que me rodean un nuevo estilo de vida, un espíritu nuevo, una mentalidad nueva, un ánimo nuevo, una afectividad nueva! ¡Concédeme la gracia de vivir la cultura del amor, del perdón, del servicio, de la humildad, de la entrega, de la generosidad, de la misericordia! ¡Concédeme la gracia de no sucumbir al relativismo feroz que nos rodean, al individualismo que nos destruye interiormente! ¡Concédeme la gracia, Espíritu Santo, de ser siempre fiel a Cristo y a su Evangelio, a caminar en libertad, a vivir una vida madura humana y espiritualmente! ¡Concédeme la gracia de no renunciar a Cristo, a no tener miedo a manifestar lo que soy y cómo vivo! ¡Concédeme la fortaleza y la sabiduría para luchar contra la cultura permisiva del mundo que trata de destruir al hombre! ¡Ayúdame a ser como Jesús, tierno pero exigente, amoroso pero firme, e ir siempre a contracorriente porque como Él quiero cambiar el mundo!

O salutaris hostia de Giocahino Rossino, para saludar al Señor que va siempre a contracorriente:

Ejemplaridad para los hijos

La Iglesia celebra hoy la memoria litúrgica de santa Mónica, madre de san Agustín, a la que se le considera el modelo y la patrona de las madres cristianas. Su vida humilde y modesta, rebosante de oración, me recuerda el papel esencial que los padres debemos ejercer en la educación cristiana de nuestros hijos. De la oración por ellos, especialmente en esta sociedad en la que vivimos tan impregnada por la dictadura del relativismo, del hedonismo y del individualismo.
Casada con un joven pagano de una familia noble, brutal, violento y libertino, vivió santa Mónica una terrible experiencia a su lado pero gracias a ser una mujer de oración, a su vida espiritual y a su constancia, obtuvo primero la conversión de su esposo y más tarde de Agustín, su hijo.
El santo se impregnó del nombre de Cristo con el ejemplo y la oración materna y fue educado por ella en la religión cristiana, cuyos principios quedaron impresos en su alma hasta en los tiempos de mayor desviación espiritual y moral. En estos años no dejó santa Mónica de orar por él y por su conversión hasta que tuvo el consuelo de verle regresar a la fe. Dios escuchó las plegarias de esta madre que más que madre fue la fuente de su cristianismo.
Es difícil hablar de Mónica sin hablar de su hijo. Pero, sin embargo, la vida de esta santa es un desafío para todos los que somos padres y madres de familia. Si pensamos que algo es bueno para nuestros hijos, ¿por qué no acudir a Dios y ofrecerlo en la oración? ¿Por qué dejarlo decidir solo? ¿Por qué no enseñarles a elegir? Cuando uno observa a un hijo con problemas, con adicciones, con malas amistades, con influencias negativas, con comportamientos poco ejemplares puede verse confuso; lo mismo ocurre cuando lo observa alejarse de la Iglesia o cómo toma el camino desviado por las influencias negativas del entorno. Santa Mónica te muestra que nuestros hijos no nos pertenecen, son un posesión de Dios, y que tantas veces Dios permite esta desviación de su vida como parte del viaje para regresar a Él. Y, también te enseña, que nunca hay que perder la esperanza ni la paciencia si la vida de un hijo se pone en manos de Dios. Que los padres no podemos dejar de ser perseverantes en nuestra misión manteniendo firme la confianza en Dios y aferrándonos con perseverancia a la oración además de intentar darles la mejor formación, los valores más sólidos, nuestras enseñanzas, nuestra oración de fidelidad a Dios, nuestro ejemplo personal, moral y espiritual y alimentar su fe. Siguiendo el modelo de santa Mónica tengo claro que es mi vida y mi oración la que acercará o alejará a mis hijos de la verdad y de Dios.

Orar con el corazon abierto.jpg

¡Me dirijo a Ti, Santa Mónica, que fuiste modelo de fe y modelo para las madres y los padres de familia para que me ayudes a comprender el sagrado papel que tengo como padre en la educación de mis hijos, don de Dios para llevarlos al cielo! ¡Que tu ejemplo me sirva para ser perseverante en la oración con el fin de llevar la alegría a mi hogar, la paz en el seno familiar, la armonía en la familia, la fe que nos lleve a la vida eterna y la oración para que vivamos unidos con Cristo en el centro de nuestra vida! ¡Te pido que intercedas por todas las madres del mundo cuyos hijos han tomado el camino equivocado, han abandonado la fe o han extraviados sus principios y sus valores y viven volcados en el abandono de si! ¡Señor, a Ti te encomiendo a mis hijos para que hagas de ellos testimonios de tu amor, para que no decaiga su fe y para que crezcan siendo ejemplo de fidelidad a Ti!

 Examinando la pureza de mi corazón

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿Que es tener un corazón limpio como rezan las Bienaventuranzas? ¿Poseo esta cualidad? Un corazón limpio es aquel en el que la honestidad que uno expresa desea vivir en la gracia de Dios. Es aquel corazón que no trata de ofenderlo y que en todo guarda una conducta recta sin dobleces ni intenciones torticeras.
¿Tengo yo un corazón limpio? ¿Soy capaz de discernir en todo lo que hago, pienso y siento lo bueno de lo malo? ¿Tengo siempre la voluntad de hacer lo que digo, creer en lo que hago? ¿Están todos los actos de mi vida y de mi mente limpios, dignos de ser templo del Espíritu Santo?
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Para poder ver en algún momento a Dios, ¿reviso cada día mis prioridades y trato de buscar la rectitud para allanar el camino de mi alma hacia la vida eterna? ¿Entiendo que este ver es, en realidad, conocer a Dios, entrar en contacto íntimo con Él, tener una comunión de vida con el Padre, participar en su vida, comulgar en el ser de Dios?
¿Soy consciente de que la vida verdadera está estrechamente unida al hecho de ver a Dios, que tener un corazón puro es una gran bendición que te permite ver las cosas más allá de la realidad, ver el mundo con los ojos de Dios, ver más lejos de las apariencias de la vida, no vivir en lo superficial sino en lo profundo de la existencia?
¿Comprendo que un corazón puro y limpio es un corazón sin dobleces ni hipocresías, veraz, auténtico, transparente? ¿Es así mi corazón? ¿Vivo en una adecuación perfecta entre mi interioridad y lo que ésta manifiesta, entre lo que mi interioridad exterioriza y comunica al exterior, entre el ser y el hacer?
¿Me doy cuenta que esta bienaventuranza va precedida de la que hace referencia a los misericordiosos porque quien ofrece misericordia si no lo hace con un corazón limpio no lo hace por amor a Dios? ¿Son así mis actos hacia los demás? ¡Actúo buscando el interés, el acomodo, el reconocimiento de los demás, para aquietar mi yo, para satisfacer mi soberbia, para mi propia gloria o los hago por amor y para mayor gloria de Dios?
¿Es mi corazón tan limpio que evito en todo momento el egoísmo, la codicia, la soberbia, el juicio ajeno, la envidia, los deseos desenfrenados, el falso testimonio, las malas intenciones? ¿Cumplo siempre con la palabra dada, amo a todos por igual incluso a mis enemigos, vivo pensando exclusivamente lo material, me aferro a hacer el bien, respeto y obedezco las leyes terrenales y, sobre todo, la ley de Dios?
La pureza de toda acción humana descansa en la rectitud de intención que surge de lo más íntimo, profundo y secreto de uno mismo. La pregunta final que me planteo hoy: ¿Está mi corazón en sintonía con el deseo de Dios?

limpio-corazon.jpg

¡Señor, ayúdame a interiorizar y vivir el «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, sobre mi para tener un corazón que solo te busque a Ti y te tome como mi última meta! ¡Que mi corazón solo tenga el propósito de llevar a cabo tu voluntad para darte gloria! ¡Ayúdame a no ensuciarme con el pecado! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a no buscar otras cosas que no sea la plena realización del bien, a purificar mi corazón, a mostrarme el camino hacia la verdad, a que mi corazón sea puro hacia Dios y Su voluntad! ¡Ayúdame a conocer siempre la voluntad de Dios, a escuchar su voz, a interpretar su palabra, a clarificar sus misterios en mi vida! ¡Ayúdame a actuar siempre con recta intención! ¡Ayúdame a caminar en santidad! ¡Ayúdame a vivir siempre con pureza y limpieza de corazón para ser templo tuyo! ¡Ayúdame a encontrar a Dios por medio de la sencillez del corazón! ¡Ayúdame a no falsificar mi bondad sino hacer el bien por amor a Dios y para complacerle solo a Él! ¡Ayúdame a vivir la Palabra de Cristo para liberarme de los apegos mundanos, para eliminar de mi corazón todo sentimiento o pasión que ofusque el bien y me quite la libertad! ¡Y, sobre todo, ayúdame a comprender la acción de Dios en mi vida, aprender a escuchar su voz en mi corazón, ser capaz de captar su presencia allí donde Él está: en los necesitados, en los que sufren, en Su Palabra, en la Eucaristía, en su Palabra, en mi familia, en mi centro de trabajo, en la comunión fraterna, en la Iglesia…!

Hoy la música es del grupo católico Hakuna:

Sentado junto al trono de la sabiduría

Cuarto y último sábado de agosto con María, Trono de la Sabiduría, en el corazón. El miércoles pasado celebramos la coronación de María. Durante estos días he pensado como al coronar a María Jesús colocó sobre aquella corona el don de la sabiduría, de la que tan necesitados estamos todos para actuar en la vida.
Vivimos rodeados de misterio no únicamente desde el orden sobrenatural pues todo es revelación divina sino desde el orden natural del que tampoco sabemos demasiado.
Me imagino la fiesta celestial. Y como al recibir aquella sabiduría divina la Santísima Virgen se adentró en los secretos de Dios. ¡Como, desde ese momento, comprendió con total claridad el plan divino de la creación, el sentido auténtico del Amor, las claves de la Redención, el valor supremo de la misericordia del Padre, el por qué de todas y cada una de las circunstancias que le tocó vivir en la tierra!
Me imagino la humildad de María al ser coronada reina de cielos y tierra. Me imagino que su respuesta a aquella coronación sería dar alabanza a Dios en agradecimiento a tanta sabiduría. Alabanza, también, por cómo ha creado Dios las cosas, por cómo las ha hecho, por la armonía que ha puesto en todo el orden, por el amor con que todo lo ha pensado que tantas veces escapa al entendimiento limitado de los hombres.
Alabanza, también, por recibir ese don inmenso de la sabiduría para ayudar a que nuestras almas se acerquen más al Creador, para ayudarnos a crecer en santidad, en bondad y en generosidad; para vencer los ataques, siempre sibilinos o directos, del demonio; para sobreponernos a nuestras debilidades y caídas, para vencer nuestros desalientos, tristezas o vacilaciones; para guiar nuestras rectas intenciones y encauzar nuestros deseos de perfección.
María, sede la sabiduría, es la guía de la fe del cristiano. Ella es la luz que ilumina el camino. Lo fue desde el momento en que Jesús, a los pies de la cruz, dijo a Juan —o lo que es lo mismo, a mi mismo y a ti, querido lector—: «Aquí tienes a tu Madre». Madre de la Iglesia naciente, la Iglesia Católica que María guió desde ese momento y que se hizo universal cuando el Espíritu Santo llenó de llamaradas de fuego el Cenáculo. La sabiduría de María alentó a los discípulos a abandonar su apocamiento, a vencer el miedo, a disipar dudas. Imagino aquellos días de recogimiento. Debieron ser como un retiro espiritual en el que María explicó a los apóstoles como era Jesús, cómo vivió la Anunciación, como fue el nacimiento en Belén, y la visita de los Reyes, y la huida a Egipto, y las jornadas en la carpintería de Nazaret, y la vida de oración de Jesús en la sinagoga, y el primer milagro en Caná.
María es la gran maestra de oración, de la relación con Dios, de ejemplo de amor. Maestra de virtudes, maestra de vencer los miedos y las dificultades, maestra para corregir nuestras debilidades. Maestra para guiar nuestro camino hacia la perfección. Maestra para derrotar nuestro egoísmo y nuestras rebeldías. Maestra para someter nuestros pecados.
María, trono de la sabiduría, porque se llenó de la ciencia suprema del misterio de Cristo. El Señor ha querido coronarla con esta virtud para que los hombres podamos acudir a Ella con suma humildad y pedir su sabio consejo, sin ocultarle nada. Para que, a través de Ella, podamos llegar al perdón de Dios y recibir la gracia del arrepentimiento sincero. Para que otorgue luz a la oscuridad de nuestra vida. Sabiduría para que uno se conozca mejor y, desde la interioridad, conocer también mejor a Dios y desde este conocimiento íntimo y personal surja del corazón la alegría del agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho y hace por cada uno.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Gracias, María, por tu sabiduría! ¡Quiero entregarme más a Ti y amarte más para conocer, amar y darme más también a Jesús! ¡Infunde en mí, María, el hábito de la Sabiduría para entender las cosas naturales y sobrenaturales, para contemplar a Dios en todas las cosas de la naturaleza, para descansar siempre en Dios, para admirar, bendecir y amar a Dios! ¡Ayúdame, Señora, a imitarte en todo, a tener el corazón dispuesto a la gratitud, al amor, a la contemplación, a la admiración! ¡Ayúdame, Señora, a corresponder siempre como hiciste Tu a la obra de gracia que opera en mi! ¡Te pido, Espíritu Santo, el don de la sabiduría para conocer mejor a Dios y sus misterios, para atraer la voluntad con la fuerza del amor, no para satisfacer mi inteligencia! ¡Te quiero dar gracias, Padre, porque desde que tu Hijo se hizo hombre en el seno de María, Ella se convirtió en Sede de la Sabiduría de Dios, porque en Ella está asentada Tu Sabiduría eterna, porque por Ella nos enseña la ciencia de Cristo que sobrepasa a todo conocimiento humano! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Padre, para como María, ver con ojos y con corazón de hijo tuyo, para observar, meditar y profundizar con mayor profundidad en el misterio de Cristo! ¡Para amar como ama Ella, para servir como sirve Ella, para entregarse a los demás como lo hace Ella, para vivir la humildad como Ella, para llenarme de sabiduría como lo está Ella! ¡Gracias por hacer de María el trono de la Sabiduría!  

Rezamos hoy por el Santo Padre y por todos los que participan en Dublín los días 25 y 26 de agosto,  en el Encuentro Mundial de las Familias, para sea un momento de gracia y de escucha de la voz de las familias cristianas de todo el mundo.

Mater ora Filium (Madre, pide a tu Hijo), bellísima obra del compositor inglés Arnold Bax:

En lo secreto

En lo secreto —en la interioridad— de mi corazón es donde se observa toda la verdad que atesoro. En lo secreto de mi vida, en lo secreto de mis sentimientos o de mis pensamientos, en lo secreto de mis intenciones o de mis emociones, en lo secreto de mi espacio personal… en la profundidad de lo secreto, Dios todo lo ve. Observa lo bueno y lo negativo, la importancia de lo que hago, pienso y actúo. Por eso, mi intimidad con Él —y, por ende, con los demás— debe estar impregnada de verdad.
La gran mayoría de las recompensas que recibo en la vida son consecuencia directa de la relación de amistad, fidelidad, lealtad y confianza que, en lo secreto, manifiesto a Dios. Cuando busco en lo secreto a Dios siempre encuentro recompensa. Cuando trato de cubrir mi vida con máscaras de apariencia, cuando intento simular lo que no soy ante los demás rompo los cimientos de la autenticidad de mi relación con Dios. Cualquier cosa que haga en lo secreto, sea bueno o malo, tiene siempre una consecuencia.
El sentido de mi vida y mi honor debe ser agradar al Padre y complacerle, dirigir mis buenas obras directamente y en primer lugar a Dios. Ver a Dios detrás de mis acciones.
Dios únicamente entiende la voz de la autenticidad y la verdad. Mi secreto debe consistir en presentarle a Dios la verdad de mi propio corazón, libre de cualquier interferencia que pueda empañar mi verdad porque Dios ve con claridad en lo secreto lo que tantas veces yo no soy capaz o no quiero ver por mi mismo, la autentica verdad que llevo escondida en el corazón.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, haz de mi una obra de amor hacia Ti! ¡Señor, Tu conoces a la perfección mi mente y mi corazón, otórgame la capacidad de hacer siempre el bien! ¡No permitas jamás, Señor, que la vanidad nuble mis acciones y me lleve a actuar solo para lograr el reconocimiento de los demás! ¡Ayúdame, Señor, a buscar únicamente tu amor y a imitarte en todo, especialmente en la humildad, la generosidad, la misericordia y el servicio a los demás! ¡Concédeme, Señor, la gracia de vivir para ti, con el fin de que todos los momentos y las circunstancias de mi día, de mi trabajo, de mis relaciones, de mis quehaceres familiares y sociales los viva por amor a ti! ¡Que pueda presentarme siempre ante Ti y ante los demás con toda la verdad! ¡Que pueda presentarte toda la autenticidad de mi corazón!

En lo secreto:

Encontrar la felicidad en Dios

La felicidad es una gracia inmensa. Para ser feliz son imprescindibles dos principios: saber qué es la felicidad y saber alcanzarla. Todos queremos ser felices. Todos necesitamos que nuestro corazón exulte de alegría. Un corazón alegre tiene paz, serenidad interior, esperanza… pero, en muchas ocasiones, la medimos mal porque no la alcanzamos por no saber qué es lo que más nos conviene. ¡Hay mundanidad que me aleja de la alegría!
Pienso en Dios. Lo inmensamente feliz que es. ¿Es feliz porque es el Rey del Universo? ¿por que conoce todo lo bueno? ¿por que tiene en sus manos la capacidad de lograrlo todo? Por todo esto y por algo más: porque Él es el Amor y todo lo ha creado por amor. Y nos ha dado a su Hijo por amor, el desprendimiento más grande en la historia de la humanidad.
Antes de crearlo todo, Dios ya era feliz. No creó la naturaleza, ni a los animales ni a los hombres para que le hiciésemos feliz si no para que pudiéramos ser partícipes de su felicidad.
Por eso la felicidad sólo la puedo encontrar en Dios. Y en Jesús. Dios me ha creado a su imagen y semejanza. Me ha creado para ser feliz. Me ha creado para compartir su alegría, su sabiduría y su felicidad. Si sólo Jesús me ofrece la felicidad, ¿para qué pierdo el tiempo buscándola fuera de Él!

 Si Dios es feliz, yo también

¡Quiero ser feliz, Señor! ¡Pero quiero ser feliz a tu manera pero no como entendemos los hombres la felicidad! ¡Quiero ser feliz basándome en el amor, en el amor sin límites, en la entrega, en el desprendimiento de mi yo, en el servicio generoso, en la caridad bien entendida, en la paciencia de dadivosa! ¡Señor, quiero participar de tu felicidad encontrándome cada día contigo y desde ti con los demás! ¡Señor, me has creado para compartir tu alegría! ¡Envía tu Espíritu para que me haga llegar el don de la alegría y transmitirla al mundo! ¡No permitas, Espíritu Santo, distracciones innecesarias en mi vida que me alejan de la libertad y la felicidad de auténticas! ¡Señor, ayúdame a que encuentre felicidad en dar felicidad a los que me rodean, que abra mis manos para dar siempre, que abra mis labios para compartir tu verdad, y que abra mi corazón para amar profundamente! ¡Señor, sé que me amas y que deseas que yo sea feliz; acompáñame Señor siempre porque eres el autor de mi felicidad y la razón de mi existir!

Descansar en ti, cantamos hoy al Señor:

¡Dios te salve, Reina!

Fiesta por todo lo alto la que celebramos hoy a los pocos días de la Asunción de María al Cielo en cuerpo y alma: la memoria del Reinado de la Santísima Virgen María, Señora de todo lo creado. ¡Qué honor celebrar esta fiesta de quien es, por obra y gracia del Espíritu Santo, la madre de Dios hecho hombre! ¡Qué alegría pensar que por la realeza de Cristo, María es Reina de Cielos y tierra! ¡Que alegría saber que la grandeza de su reinado es elección de Dios! ¡Que bonito pensar que María es Reina por la íntima y estrecha relación que tiene con Cristo, Rey de Reyes, Señor del Universo! ¡Que hermoso es recordar que Ella es Reina, una reina singular que formó a Cristo, que lo acompañó en su camino vital, que estuvo junto a Él hasta el postrer momento de su existencia! ¡Que grandeza la de María, la Reina que acepta su reinado, presentándose ante el Espíritu Santo como la esclava del Señor! ¡Qué gozo saber que María es también reina por ser corredentora del género humano por expresa voluntad de Dios! ¡Que serenidad ofrece para el hombre saber que Ella participa en la obra salvadora de Cristo! ¡Qué ejemplo tan grande recordar cómo el Sí de María no se circunscribió a la Anunciación sino que fue firme hasta la muerte de Cristo en la cruz! ¡Qué tranquilidad saber que María está a nuestro lado siempre hasta el último momento de nuestra salvación! ¡Me imagino la celebración en el cielo el día que Jesús le impuso a María la corona de su reinado!
Mi corazón rebosa hoy de alegría. Se une más estrechamente a María gozándose del reinado de esta Madre buena y humilde que distribuye a manos llenas la gracia y la misericordia de Cristo. Y aunque acudo a Ella cada jornada hoy me dirijo especialmente exclamando con júbilo y alborozo: «Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra…»

orar con el corazon abierto.jpg

¡Dios te salve, María, por tu dignidad de Reina! ¡Dios te salve, María, porque has sido ensalzada por el Señor como Reina universal para asemejarte más plenamente a Él! ¡Dios te salve, María, porque desde tu reinado me enseñas a ser como lo fuiste tú un auténtico discípula de Cristo! ¡Dios te salve, María, porque me muestras que el sentido de tu reinado no es ser servido sino a servir!  ¡Dios te salve, María, que nos enseñas a vivir en humildad, generosidad y paciencia! ¡Dios te salve, María, por tu bondad y porque todas las gracias que recibido me llegan por medio de tu mediación maternal! ¡Dios te salve, María, que acoges con amor maternal todos mis problemas y adversidades, las dificultades de mi vida, la alegrías de mi corazón, das luz a la oscuridad que tantas veces me invade, alivias mis penas, das fuerza a mis plegarias, alientas mis anhelos de conocer mejor a Jesús, fortaleces mi fe, me ayudas a separarme del pecado, me inundas de tu misericordia que es la misericordia de Dios! ¡Dios te salve, María, porque eres bendita entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¡Dios te salve, María, porque puedo acudir cada día a ti en la oración para pedirte tu protección maternal, para pedir por los míos, para darte gracias por los dones recibidos, para guiar mi vida, para acordarte de los que te necesitan, para que intercedas ante Cristo, para que me ayudes a caminar seguro a tu lado por los caminos de la vida! ¡Dios te salve, María, porque eres el camino que lleva a Jesús que es junto al Padre y al Espíritu Santo el que tiene el destino del universo! ¡Dios te salve, María, porque eres reina de los Ángeles, de los Patriarcas, de los Profetas, de los Apóstoles, de los Mártires, de los sacerdotes, de los Confesores, de las Vírgenes, de todos los Santos, del Santísimo Rosario, de la familias, de los que no creen, de la paz! ¡Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia, porque a tu lado mi corazón exulta de gozo, de alegría, de esperanza, de confianza y de amor! ¡Gracias, María, por tu maternidad! ¡Gracias, Padre, por darnos a María que reina de todo lo creado! ¡Espíritu Santo ayúdame a vivir como María siempre dispuesta a servir al proyecto de amor instituido por Dios!

Hoy le dedicamos a María esta bella Salve Regina: