¡Hay tan poco sol en mi vida!

Hoy se celebra una de las grandes fiestas del calendario litúrgico: la festividad de la Transfiguración del Señor, ese momento en que sus ropas se volvieron tan blancas como la luz.
Recuerdo hace unas semanas viajando en el Ave con destino a Zaragoza. Era primera hora de la mañana. El sol salía por el horizonte. En los dos asientos de al lado viajaban dos jóvenes. Una de ellas le pidió a su compañera de viaje que bajara la persiana de la ventanilla porque el sol le molestaba. Con un gesto de sorpresa, le respondió: «¡Lo siento! Si no te importa preferiría dejarla subida, ¡hay tan poco sol en mi vida!». En la vida necesitamos luz, los rayos luminosos que vienen de Dios.
En esta fiesta contemplamos a Cristo, deslumbrantemente blanco en lo alto de la montaña, transfigurado, reflejando a Dios y mostrando su realidad.
En un día como hoy siento que también yo puedo transfigurarme. Como persona bautizada, digno de ser cristiano, puedo mostrar cada día que Dios vive en mi, en mis gestos de modestia, en mi bondad, en mi dignidad, en mis pequeños sacrificios, en mi capacidad de amar, de servir, de perdonar, en mi trabajo santificado… En mi ser contemplativo, en mi vivir en medio del ruido de la vida sabiendo encontrar esos momentos de silencio en los que entrar en diálogo con el Señor. Es el corazón el que me hace cristiano, hijo de Dios. Lo esencial es que mi corazón esté con Dios, que mi compromiso surja de mi interior.
Cristo nos dejó dos signos: el primero es el de la transfiguración, en un rápido destello mostró quién era realmente; por unos momentos estuvo revestido de la luz del sol y, más tarde, realizó el signo que conmocionó a los apóstoles, el del sirviente que lava los pies de sus discípulos. Por un lado la vestidura blanca del yugo transfigurado, resucitado y esclavo; por otro, el misterio de Dios hecho hombre, y el misterio de salvación ofrecido en aniquilación.
Hoy, en este día, donde quiera que uno se encuentre, uno es un auténtico privilegiado, porque puede ascender un poco más en el secreto de Dios, bañarse de nuevo en la brillante luz del Monte Tabor.
Este pórtico de la Transfiguración me recuerda que debo salir salir de mis tinieblas interiores, abandonar la seguridad del valle de la autocomplacencia y falsa seguridad en mi mismo, y emprender sin miedo alguno el camino que lleva hasta lo alto donde me espera la refulgente luz de Cristo. Y una vez en lo alto sentiré la calidez de Dios, su cercanía, su ternura, su gloria, su consuelo, su paz. Exclamaré, atento a su voz y ensimismado por su belleza, lo bien que me encuentro allí pero Cristo me muestra también que no debo olvidar que debo dirigir también mis pasos hacia la cruz que se presentará en mi vida de improviso en forma de problemas, de luchas, de dificultades, de amarguras, de enfermedad… pero Jesús quiere que comparta con Él todo mi ser, ser capaz de entregarme enteramente a Él para resucitar cada día con Él.
La Transfiguración es una gran ocasión para disfrutar de mi unión con Jesús, de mi compartir con Él todo lo que me quiere ofrecer y tener muy clara cuál es mi identidad que tan unida está a la plenitud con Dios.

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¡Señor, te alabo, te bendigo, te glorifico, te doy gracias! ¡Señor, te pido envíes tu Espíritu para que sepa leer los mensajes que me envías cada día y a la luz de Tu Palabra, ayudarme a descubrir la presencia de Dios en todos los acontecimientos dolorosos y alegres de mi vida! ¡Señor, hazme comprender que la cruz es fuente de esperanza, de amor, de vida y de resurrección! ¡Crea en mí, Señor, el silencio en mi corazón para ser capaz de escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas que caminan a mi lado! ¡Señor, que tu palabra me oriente siempre para que también yo, como ocurrió con los discípulos de Emaús, pueda experimentar en mi vida la fuerza de tu resurrección y testimoniar a mi alrededor que Tú presencia es una presencia viva! ¡Quiero subir contigo al Monte, Señor, unido fraternalmente a mis hermanos para orar en tu nombre! ¡Tú nos has hecho hijos del Padre y hermanos con un mismo amor y una misma entrega, con la seguridad de tu presencia transformadora! ¡Hazte presente, Señor, en mi vida Tú que eres mi paz, mi luz y el motivo de nuestra esperanza! ¡Ante tu rostro transfigurado, Señor, que anuncia la resurrección de vida, deseo renovar mi abandono en las manos de Dios y hacerlo junto a ti, en ti y exclamar “Padre, me pongo en tus manos. Haz de mi lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Todo lo acepto con tal que tu voluntad se haga en mi, en mis hermanos y en toda la humanidad”!

Os presento la Cantata BWV 22 ‘Jesus nahm zu sich die Zwölfe’ compuesta por J. S. Bach para el día de la Transfiguración del Señor:

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Un comentario en “¡Hay tan poco sol en mi vida!

  1. Señor en estos días nos encontramos fuera de nuestro estado, nuestras hijas y mi esposo.
    Ayer salimos a ver el cielo y logramos ver muchísimas estrellas y el cielo totalmente iluminado en ese momento nos dimos cuenta que tu nos iluminas que tu creación es maravillosa que en nuestras obscuridades tú estas siempre con esa luz que puedes transformar todo, que cada día nos das muchas esperanzas para seguir adelante, que tú lo puedes todo y que sin ti no podría seguir adelante que tú me levantas y que me ayudas en mis fallas y que tú siempre estas obrando.
    Señor en esta noche ayúdame siempre para poder hacer las cosas cada día mejor. Señor gracias por que nos das la oportunidad de saber que tu creación es infinita.

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