Un faro, un puerto y un capitán

Me invitaron junto a mi familia unos amigos el domingo pasado a disfrutar de un día de navegación en su barco de vela. Fue una jornada agradable para apaciguar los calores del verano pues, en España, aprieta la canícula. Junto a los acantilados de la costa, con un mar transparente y claro, entre baño y baño, llegamos hasta un faro que dominaba el lugar desde lo alto de un acantilado. Durante la travesía tuve ocasión de dar gracias a Dios por este mar, que además de ser hermoso de contemplar, es para muchos, fuente de vida: a algunos les ofrece el trabajo cotidiano, para otros representa un lugar de descanso y vacaciones. Dar gracias a Dios por la belleza de la creación es seguir la invitación de San Pablo a los Efesios cuando recuerda que es necesario siempre y por cualquier motivo, dar gracias a Dios, nuestro Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.
El apóstol, pensaba, nos invita a mantener el rumbo, a sostener el timón. Y no siempre resulta sencillo. ¿Con qué frecuencia nos dejamos llevar por las corrientes de la vida que nos llevan a la deriva con el grave riesgo de estrellarnos contra las rocas agrestes de los acantilados o embarrancar en un banco de arena? ¿Cuantas veces es difícil mantener el timón de nuestra vida porque no balanceamos en la tormenta deseando encontrar refugio en la seguridad de un puerto aunque la fuerza de las olas dan la impresión que nuestra vida zozobra?
En la vida es necesario tener un faro que guíe nuestra ruta, que nos indique el camino a seguir para atracar en puerto seguro, un lugar donde descansar, recuperar fuerzas y mantener el barco. Pero es también tranquilizador contar con un capitán que sepa cómo alentar y apoyar a su tripulación y dirigir la travesía.
Este puerto, este faro y este capitán están muy estrechamente unidos a la Santísima Trinidad. ¡El capitán es el Espíritu Santo! Para obtener la presencia de Dios en nuestras vidas, el Espíritu Santo es quien nos indica del puerto al que nos dirigimos pero también los caminos que encontraremos en la travesía. Es a Él quien nos pemite toma el timón de nuestras vidas en silencio y oración. En la tormenta, la oscuridad o la niebla ¡que conveniente resulta escuchar sus buenos consejos!
¡El faro es el mismo Jesús! Él es la luz que guía nuestro viaje con su Palabra. Sus enseñanzas son un faro seguro para mantenerse en curso. Luz poderosa que cruza la noche de nuestras vidas para proporcionarnos una dirección confiable para avanzar hacia el puerto.
Y el puerto es el Padre, origen de todo, hacia el que avanzamos y del que partimos. En Él encontramos el acomodo donde descansar y tomar fuerzas. Es a Él a quien seremos felices de ver en la tarde de nuestro viaje en esta tierra. Es Él, por su Hijo Jesús, quien nos ofrece todos estos sacramentos que nos permiten sostener el mar de nuestras vidas. ¡y avanzar sin perdernos en medio de mares desenfrenados y vientos devoradores!
Con un trío así se puede uno embarcar con confianza.

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¡Mi corazón busca el sentido de la vida y necesita de alguien que lo guíe! ¡Ven, Espíritu Santo, y guíame en el camino a seguir! ¡Mi corazón te busca a Ti, Señor, y tiene sed, hambre y ansias de Ti, conviértete en la luz que ilumina mi caminar! ¡Quiero seguirte porque Tu dices que el que te sigue no andará en tinieblas sino que recibirá la luz de la vida! ¡Padre, mi corazón busca en Ti a Alguien que llene su existencia, conviértete en el puerto de mi seguridad personal! ¡En las travesías de la vida me he perdido por no dejarme conducir por tu Espíritu, Padre, por no seguir la luz de Jesús y no ir en busca del puerto seguro! ¡Mi pecado, mi autosuficiencia, mí orgullo, mi egoísmo y mis desórdenes me desvían de la ruta a seguir! ¡Dame, Padre, un corazón humilde dócil a la guía del Espíritu Santo y sensible para ver la luz que surge de Jesús! ¡Dios de mi vida: anhelo tu vida, quiero tu vida; llena mi vida; concédeme la gracia de recibir los dones del Espíritu y la luz de Cristo para que iluminen todos mis caminos y no desviarme la travesía que me lleva hacia Ti!

Jesús se mi faro:

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