Manos vacías

Al comenzar la oración percibo que, de manera inconsciente, he abierto las manos y las tengo apoyadas sobre mis rodillas. Y, de inmediato, murmuro: «Mira mis manos, Señor, las tengo vacías con pocas cosas que ofrecer». Y, entonces, pregunto: «¿Cómo puedo llenarlas para presentártelas repletas?». La respuesta es sencilla, por medio de mi esfuerzo personal, con mi servicio, con mi entrega, para gloria de Dios y bien de los que me rodean. Es, en definitiva, la multiplicación de los talentos.
El esfuerzo cotidiano tiene como principio fundamental dar gloria a Dios, vivir cada día conforme a su voluntad y tratar de obtener lo mejor para los que conviven con nosotros. En la teoría, resulta sencillo. Otra cosa es vivirlo en lo práctico de la vida.
Como cristiano debo intentar transformar el mundo. Es en la santidad cotidiana, con el esfuerzo del día a día, como puedo hacer un mundo mejor. En mi condición de laico, en mi vocación de cristiano, he de lograr el reino de Dios gestionando de la mejor manera posible los asuntos temporales y ordenándolos según los planes y la voluntad de Dios.
Mi vida la santifico no renunciando al mundo sino entregándome cada día en cuerpo y alma a mi vocación: a mi vida conyugal, a mi paternidad a mi trabajo, a mi profesión, a mi trabajo pastoral, a mi servicio comunitario, a mi relación con los amigos… obteniendo el mayor rendimiento a un tiempo, un espacio, un lugar que Dios coloca en mis manos convirtiéndolo en instrumento de dignificación cristiana y humana.
Miro mis manos vacías, esas manos que un día se presentarán ante Dios. Son manos que alaban, que se agrietan por los esfuerzos cotidianos, que acogen y que sirven, que tienen que esconderse a veces por los pecados cometidos… pero son las manos que Dios me ha dado para que los talentos recibidos fructifiquen. No están vacías porque estas manos, en cierta medida, a pesar de mi pequeñez, se abren para acoger el espíritu de Dios.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Padre, hazme ver, valorar, agradecer y trabajar siempre cuáles los talentos que me has regalado! ¡Señor, hazme ver lo que me pides cada día para dar más frutos al servicio del Reino! ¡Ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a utilizar bien mis talentos! ¡Hazme ver, Señor, que si tu no estás conmigo ninguno de mis talentos brillará! ¡Hazme comprender que el desarrollo de los talentos implica iniciativa, descubrir cuáles son las cualidades que me has dado y saber ponerlas en juego! ¡Ayúdame a producir siempre buenos frutos fiado en Tu palabra y en tu compañía! ¡Que no olvide nunca, Padre, que eres Tu quien añade el incremento! ¡Que comprenda siempre, Señor, si mis manos dan fruto no es únicamente por mi esfuerzo sino por tu benevolencia! ¡Gracias, Padre, por los talentos recibidos; envía tu Santo Espíritu para que me otorgue el don de la sabiduría para vislumbrar aquellos galenos ocultos y los que crecen en mi cuando estoy cerca tuyo y de mi prójimo! ¡Te doy gracias, Padre, por todos aquellos que has puesto a mi lado y por todas aquellas situaciones que me permiten descubrir y desarrollar nuevos talentos! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que todas mis capacidades sepa ponerlas con amor y generosidad al servicio del prójimo y del necesitado para hacer un mundo más amable y ser parte de una iglesia más evangélica!

Con manos vacías, cantamos hoy:

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