Sentado junto al trono de la sabiduría

Cuarto y último sábado de agosto con María, Trono de la Sabiduría, en el corazón. El miércoles pasado celebramos la coronación de María. Durante estos días he pensado como al coronar a María Jesús colocó sobre aquella corona el don de la sabiduría, de la que tan necesitados estamos todos para actuar en la vida.
Vivimos rodeados de misterio no únicamente desde el orden sobrenatural pues todo es revelación divina sino desde el orden natural del que tampoco sabemos demasiado.
Me imagino la fiesta celestial. Y como al recibir aquella sabiduría divina la Santísima Virgen se adentró en los secretos de Dios. ¡Como, desde ese momento, comprendió con total claridad el plan divino de la creación, el sentido auténtico del Amor, las claves de la Redención, el valor supremo de la misericordia del Padre, el por qué de todas y cada una de las circunstancias que le tocó vivir en la tierra!
Me imagino la humildad de María al ser coronada reina de cielos y tierra. Me imagino que su respuesta a aquella coronación sería dar alabanza a Dios en agradecimiento a tanta sabiduría. Alabanza, también, por cómo ha creado Dios las cosas, por cómo las ha hecho, por la armonía que ha puesto en todo el orden, por el amor con que todo lo ha pensado que tantas veces escapa al entendimiento limitado de los hombres.
Alabanza, también, por recibir ese don inmenso de la sabiduría para ayudar a que nuestras almas se acerquen más al Creador, para ayudarnos a crecer en santidad, en bondad y en generosidad; para vencer los ataques, siempre sibilinos o directos, del demonio; para sobreponernos a nuestras debilidades y caídas, para vencer nuestros desalientos, tristezas o vacilaciones; para guiar nuestras rectas intenciones y encauzar nuestros deseos de perfección.
María, sede la sabiduría, es la guía de la fe del cristiano. Ella es la luz que ilumina el camino. Lo fue desde el momento en que Jesús, a los pies de la cruz, dijo a Juan —o lo que es lo mismo, a mi mismo y a ti, querido lector—: «Aquí tienes a tu Madre». Madre de la Iglesia naciente, la Iglesia Católica que María guió desde ese momento y que se hizo universal cuando el Espíritu Santo llenó de llamaradas de fuego el Cenáculo. La sabiduría de María alentó a los discípulos a abandonar su apocamiento, a vencer el miedo, a disipar dudas. Imagino aquellos días de recogimiento. Debieron ser como un retiro espiritual en el que María explicó a los apóstoles como era Jesús, cómo vivió la Anunciación, como fue el nacimiento en Belén, y la visita de los Reyes, y la huida a Egipto, y las jornadas en la carpintería de Nazaret, y la vida de oración de Jesús en la sinagoga, y el primer milagro en Caná.
María es la gran maestra de oración, de la relación con Dios, de ejemplo de amor. Maestra de virtudes, maestra de vencer los miedos y las dificultades, maestra para corregir nuestras debilidades. Maestra para guiar nuestro camino hacia la perfección. Maestra para derrotar nuestro egoísmo y nuestras rebeldías. Maestra para someter nuestros pecados.
María, trono de la sabiduría, porque se llenó de la ciencia suprema del misterio de Cristo. El Señor ha querido coronarla con esta virtud para que los hombres podamos acudir a Ella con suma humildad y pedir su sabio consejo, sin ocultarle nada. Para que, a través de Ella, podamos llegar al perdón de Dios y recibir la gracia del arrepentimiento sincero. Para que otorgue luz a la oscuridad de nuestra vida. Sabiduría para que uno se conozca mejor y, desde la interioridad, conocer también mejor a Dios y desde este conocimiento íntimo y personal surja del corazón la alegría del agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho y hace por cada uno.

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¡Gracias, María, por tu sabiduría! ¡Quiero entregarme más a Ti y amarte más para conocer, amar y darme más también a Jesús! ¡Infunde en mí, María, el hábito de la Sabiduría para entender las cosas naturales y sobrenaturales, para contemplar a Dios en todas las cosas de la naturaleza, para descansar siempre en Dios, para admirar, bendecir y amar a Dios! ¡Ayúdame, Señora, a imitarte en todo, a tener el corazón dispuesto a la gratitud, al amor, a la contemplación, a la admiración! ¡Ayúdame, Señora, a corresponder siempre como hiciste Tu a la obra de gracia que opera en mi! ¡Te pido, Espíritu Santo, el don de la sabiduría para conocer mejor a Dios y sus misterios, para atraer la voluntad con la fuerza del amor, no para satisfacer mi inteligencia! ¡Te quiero dar gracias, Padre, porque desde que tu Hijo se hizo hombre en el seno de María, Ella se convirtió en Sede de la Sabiduría de Dios, porque en Ella está asentada Tu Sabiduría eterna, porque por Ella nos enseña la ciencia de Cristo que sobrepasa a todo conocimiento humano! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Padre, para como María, ver con ojos y con corazón de hijo tuyo, para observar, meditar y profundizar con mayor profundidad en el misterio de Cristo! ¡Para amar como ama Ella, para servir como sirve Ella, para entregarse a los demás como lo hace Ella, para vivir la humildad como Ella, para llenarme de sabiduría como lo está Ella! ¡Gracias por hacer de María el trono de la Sabiduría!  

Rezamos hoy por el Santo Padre y por todos los que participan en Dublín los días 25 y 26 de agosto,  en el Encuentro Mundial de las Familias, para sea un momento de gracia y de escucha de la voz de las familias cristianas de todo el mundo.

Mater ora Filium (Madre, pide a tu Hijo), bellísima obra del compositor inglés Arnold Bax:

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