¿Pueden ser mis manos como las de Jesús?

Me imagino cómo debían ser las manos de Cristo. Y al pensar en ellas veo las manos vigorosas de un trabajador esforzado, diligente. Son las manos agrietadas y callosas de un hombre que dedicó la mitad de su vida a su trabajo de carpintero en el taller de su padre en Nazaret. No son como esas manos débiles y flácidas que aparecen en tantos retratos litúrgicos sino endurecidas por el trabajo manual, por el uso de la lija, la gubia, la garlopa o el martillo.
¿Qué rebelan estas manos de Cristo que en el último momento colgarían traspasadas por clavos en la cruz? Nos muestran a un Dios trabajador, laborioso y esforzado.
Estas manos fuertes y endurecidas por el esfuerzo del trabajo cotidiano son una invitación a colaborar con Él en ese taller universal que es la sociedad en la que uno vive. Ese mundo donde el carpintero de Nazaret, desde la divinidad de su persona, se afana a cada día y cada noche, para ir reparando con delicadeza, paciencia y mucho amor todo lo que el hombre por Él creado se afana en destruir.
Estas manos fuertes y endurecidas por el esfuerzo del trabajo cotidiano son una llamada a mantener siempre la confianza en Él, pues estas manos te permiten sujetarte a ellas. Te permite caminar llevados de Su mano por los senderos que Él marca, siguiendo adelante con fe y sin sentirse jamás solos. Las manos poderosas de Jesús son, en parte, el gran secreto que fortalece la vida del cristiano.
Estas manos fuertes y endurecidas tienen, por otro lado, otra característica que las hace especiales. Son manos delicadas, tiernas, misericordiosas, sanadoras… Son manos que el Amor ha suavizado para mostrar el camino al perdido, para corregir al que se equivoca, para sostener al triste, para aconsejar al que lo necesita, para perdonar al que se equivoca, para orar a Dios por las necesidades del mundo y de los hombres. Son manos que rozando simplemente al ser humano sana su corazón enfermo, dolorido y sufriendo sin lastimarlo más de lo que está! Son manos que bendicen, consuelan, asisten, levantan y sostienen. Son manos que partieron el pan para dejarnos para la posteridad su presencia en la Eucaristía.
¿Soy consciente de que mis manos también pueden ser como las de Jesús, manos que acarician, aman, perdonan, dan ánimo… y que se pueden ofrecer a los demás como prueba fehaciente de que están unidas espiritual e íntimamente a las del Resucitado?

Orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, contemplo hoy tus manos de carpintero y contemplo las mías endurecidas no por el trabajo sino por el egoísmo y la soberbia! ¡Que mis manos sirvan, Señor, como las tuyas para amar, para transmitir paz, consuelo y misericordia! ¡Que mis manos, Señor, sirvan para entregarme enteramente a los demás! ¡Que las utilice para hacer el bien, para realizar mis labores con esfuerzo y sacrificio, para elevarlas al cielo y orar al Padre con humildad y sencillez, para posarlas en el hombro del que lo necesita, para servir al prójimo, para compartir, para levantar al caído, para construir un mundo donde reine la justicia, para anunciar al mundo tu Buena Nueva del Evangelio, para unir a todos los que me rodean, para darte a conocer al mundo! ¡Señor, pongo mi alma en tus manos, llena mi vida de alegría, pues yo soy tu siervo y quiero servirte, amarte y obedecerte! ¡No me sueltes nunca de la mano, Señor, porque tus manos son grandes, tiernas y delicadas, son manos que llevaron la cruz por mis pecados por eso quiero yo también abrazar mis sufrimientos, abrazar todo lo que soy y todo lo que tengo! ¡Te pido, Señor, que agrandes mis manos porque anhelo parecerme a ti en todo! 

Manos de Cristo, cantamos hoy:

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