Manos vacías

Al comenzar la oración percibo que, de manera inconsciente, he abierto las manos y las tengo apoyadas sobre mis rodillas. Y, de inmediato, murmuro: «Mira mis manos, Señor, las tengo vacías con pocas cosas que ofrecer». Y, entonces, pregunto: «¿Cómo puedo llenarlas para presentártelas repletas?». La respuesta es sencilla, por medio de mi esfuerzo personal, con mi servicio, con mi entrega, para gloria de Dios y bien de los que me rodean. Es, en definitiva, la multiplicación de los talentos.
El esfuerzo cotidiano tiene como principio fundamental dar gloria a Dios, vivir cada día conforme a su voluntad y tratar de obtener lo mejor para los que conviven con nosotros. En la teoría, resulta sencillo. Otra cosa es vivirlo en lo práctico de la vida.
Como cristiano debo intentar transformar el mundo. Es en la santidad cotidiana, con el esfuerzo del día a día, como puedo hacer un mundo mejor. En mi condición de laico, en mi vocación de cristiano, he de lograr el reino de Dios gestionando de la mejor manera posible los asuntos temporales y ordenándolos según los planes y la voluntad de Dios.
Mi vida la santifico no renunciando al mundo sino entregándome cada día en cuerpo y alma a mi vocación: a mi vida conyugal, a mi paternidad a mi trabajo, a mi profesión, a mi trabajo pastoral, a mi servicio comunitario, a mi relación con los amigos… obteniendo el mayor rendimiento a un tiempo, un espacio, un lugar que Dios coloca en mis manos convirtiéndolo en instrumento de dignificación cristiana y humana.
Miro mis manos vacías, esas manos que un día se presentarán ante Dios. Son manos que alaban, que se agrietan por los esfuerzos cotidianos, que acogen y que sirven, que tienen que esconderse a veces por los pecados cometidos… pero son las manos que Dios me ha dado para que los talentos recibidos fructifiquen. No están vacías porque estas manos, en cierta medida, a pesar de mi pequeñez, se abren para acoger el espíritu de Dios.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Padre, hazme ver, valorar, agradecer y trabajar siempre cuáles los talentos que me has regalado! ¡Señor, hazme ver lo que me pides cada día para dar más frutos al servicio del Reino! ¡Ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a utilizar bien mis talentos! ¡Hazme ver, Señor, que si tu no estás conmigo ninguno de mis talentos brillará! ¡Hazme comprender que el desarrollo de los talentos implica iniciativa, descubrir cuáles son las cualidades que me has dado y saber ponerlas en juego! ¡Ayúdame a producir siempre buenos frutos fiado en Tu palabra y en tu compañía! ¡Que no olvide nunca, Padre, que eres Tu quien añade el incremento! ¡Que comprenda siempre, Señor, si mis manos dan fruto no es únicamente por mi esfuerzo sino por tu benevolencia! ¡Gracias, Padre, por los talentos recibidos; envía tu Santo Espíritu para que me otorgue el don de la sabiduría para vislumbrar aquellos galenos ocultos y los que crecen en mi cuando estoy cerca tuyo y de mi prójimo! ¡Te doy gracias, Padre, por todos aquellos que has puesto a mi lado y por todas aquellas situaciones que me permiten descubrir y desarrollar nuevos talentos! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que todas mis capacidades sepa ponerlas con amor y generosidad al servicio del prójimo y del necesitado para hacer un mundo más amable y ser parte de una iglesia más evangélica!

Con manos vacías, cantamos hoy:

Anuncios

Examinado de pobreza espiritual

Los católicos sabemos que las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Establecen las condiciones para entrar en el Reino de los Cielos. La primera de ellas es crucial para un auténtico cristiano: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». Impacta leerlo, vivirlo y experimentarlo.
Si está en primer lugar es porque para Dios es el punto de partida de la vida de cualquier hijo suyo. Sin pobreza de espíritu uno está, en cierta manera, alejado de la fe. La pobreza de espíritu nada tiene que ver con lo material… está relacionada con el corazón porque es una actitud espiritual.
Me examino hoy sobre esta cuestión que tanto agrada a Dios: ¿Me dejo cuestionar por Él? ¿Me permito volcar todo según su voluntad, sus necesidades, sus principios, sus planes… con el convencimiento de que nada me es propio y que Él me puede exigir cualquier cosa? ¿Soy capaz de salir de mi mismo para caminar según los designios de Dios? ¿Creo verdaderamente en Su Palabra hasta el punto de dejar de lado mis comodidades, mis costumbres, mis hábitos, mis faltas pasadas para ponerme en camino? ¿Soy plenamente consciente de que dependo única y exclusivamente de Dios? ¿Me doy cuenta de cuáles son mis limitaciones humanas o vivo en el orgullo de creerme fuerte y autosuficiente? ¿Me siento pobre ante Dios por mis faltas, por mis deficiencias morales, por la tibieza de mi fe, por mi amor tantas veces escaso y exiguo, por mis culpas, por mi miseria…? ¿Hasta qué punto le reconozco a Dios mi debilidad y mi pequeñez? ¿Confío realmente en Él, lo anhelo todo de Él, lo espero todo de Él, soy capaz de ponerlo todo en sus manos? ¿Estoy absolutamente disponible a hacer su voluntad? ¿Cuántas veces considero que por mi mismo me basto en esta autosuficiencia que me da mi formación, mis capacidades, mis conocimientos? ¿Me siento venturoso con mi vida espiritual y mis prácticas religiosas? ¿Cierro mi corazón a la codicia? ¿Soy capaz de dibujar en mi vida el rostro de Cristo y su caridad? ¿Soy capaz de asociar la gloria de su Pasión y de su Resurrección a mi vida? ¿Reconozco mi condición pecaminosa y me acerco humillado a Dios en la confesión?
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». ¡Impacta meditarlo para ser consciente de que me queda un largo camino para alcanzar el reino de Dios!

 

orar con el corazon abierto.jpg

¡Abre, Padre bueno, mis ojos y dame el entendimiento de que me encuentro en bancarrota espiritual porque estoy tantas veces alejado de Ti! ¡Envía tu Santo Espíritu a mi corazón para que me haga más consciente de mi necesidad de vivir la humildad y la sencillez y lo mucho que dependo de ti! ¡Desprende, Señor, todo orgullo que pueda haber en mi corazón, desátame de cualquier signo de avidez material, de riqueza o de poder! ¡Hazme solícito, Padre, al mensaje de tus Bienaventuranzas que nos legó Jesús para alcanzar el reino celestial! ¡Hazme, comprender, Señor, que sin pobreza de espíritu tendré una pobre vida espiritual! ¡Dame, Señor, un corazón pobre capaz de amar, servir, perdonar, ser misericordioso, para ser fuente de paz, alegría y de vida! ¡Dame un corazón pobre y sencillo que sea libre para recibir todo gratuitamente y darlo todo gratuitamente! ¡Aplaca, Señor, toda soberbia que haya en mi corazón, todo ego que se inserte en mi ser! ¡Hazme desprendido de todo lo que no es importante para poder presentarme pobre ante Ti que lo eres todo y lo puedes todo! ¡Ayúdame a caminar siempre en tu verdad! ¡Ayúdame a ser consciente de cuáles son mis limitaciones! ¡Ayúdame a comprender que dependo enteramente de tu amor grande y de tu misericordia infinita! ¡Hazme, Señor, agradecido por todos los dones y gracias que recibo de Ti! ¡No te pido nada más, Señor, que me ayudes a caminar con alegría por las sendas de la pobreza espiritual para convertirme en un auténtico cristiano, en un buen esposo, en un buen padre de familia, en un buen amigo, en un buen profesional, alguien que ame de verdad, que no soy propietario de las virtudes que tu me das, que me apoye siempre en el don de la fe que tu me regalas! ¡Ayúdame a desprenderme y descargarme de mi viejo espíritu para recibir con amor las cosas nuevas que tu me traes!

Pobre de espíritu, le cantamos al Señor, conscientes de tanta necesidad que tenemos de Él:

Impregnar la vida de amabilidad

Con excesiva frecuencia la falta de respeto, la grosería, el desprecio, la prepotencia verbal y la agresividad parecen el hilo conductor de muchas conversaciones, envenenando el ambiente familiar, social o profesional. La afabilidad debería estar más impregnada en la vida comunitaria.
Amabilidad y amistad van íntimamente unidas. Cuando más amable eres con los demás más amigo de Cristo eres también. Es la máxima del mandamiento del amor: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Ser alguien amable implica compartir el espíritu de Jesús. La amabilidad te convierte en hijo de Dios porque el amor procede de Dios y todo el que ama nace de Dios. Amando al prójimo pones en valor en tu vida el amor de Dios.
Las acciones amables te ayudan a desprenderte de las cadenas del egoísmo porque crean hábitos desinteresados, te vuelven generoso en el sacrificio, te despojan del interés por obtener recompensa, te acercan a la humildad, te vuelven más tierno y sensible, te instruyen en la auténtica sabiduría, te sometes a la voluntad de Dios y a la del prójimo y lo inundas todo de ternura, docilidad, misericordia y frutos abundantes. La persona amable controla su temperamento y sus acciones, acompasa sus respuestas cuando es calumniado o atacado, ejerce la virtud de la paciencia y el espíritu dulce, no pierde el control, no responde con dureza, no arremete con sus palabras ni con juicios ni malas interpretaciones. En la amabilidad el corazón del hombre se transforma en luz y guía. Cuando alguien es auténticamente amable no falta a la caridad ni se resiste al amor caritativo y compasivo porque éste eleva al ser humano más allá de las dificultades y los problemas y de sus necesidades vitales y le otorga una visión más amplia y general de las circunstancias de la vida.
Cuanto más impregnamos de amabilidad la vida más próximos nos encontramos a la sabiduría del Amor eterno porque el amor es uno de los pensamientos que Dios enraíza en el corazón humano.
Dios llama a todos los cristianos a la amabilidad que nace de los sentimientos cordiales que atesora el hombre por el mero hecho de ser imagen de Dios. Ahora, viene la cuestión importante: ¿Reflejan mis actos cotidianos en mi entorno familiar, social, en mi comunidad parroquial o allí donde vaya la virtud de la amabilidad?

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, hazme lo más parecido a Ti para que todos mis actos estén impregnados de amor, amabilidad, paciencia, ternura, cordialidad y mansedumbre! ¡Ayúdame a ser considerado con y amable con los demás como Tu lo eres conmigo siempre! ¡Concédeme la gracia, Señor, de aplacar mi orgullo y restaurar todas aquellas relaciones que estén rotas o quebradas! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu para ser paciente y tranquilo para responder a todas las circunstancias difíciles que me rodeen, cuando reciba críticas, cuando se me malinterprete, cuando se me juzgue o cuando discrepe! ¡Aunque esté cansado, malhumorado por las preocupaciones, cuando el estrés me inunde ayúdame, Señor, a renunciar a la indiferencia del egoísmo y hazme afectuoso y amable! ¡Ayúdame a ser siempre amable, Señor, para llegar al corazón de los que me rodean! ¡Envía sobre mi tu Santo Espíritu para que se fortalezca en mi la virtud de la amabilidad como signo del amor que te tengo! ¡Abre mi mente, Señor, para que mis pensamientos, mis palabras y mis actos estén siempre impregnados de afabilidad y amabilidad! ¡No permitas que la crítica se instale en mis labios y en mi corazón, no dejes que juzgue de manera apresurada y ayúdame a crecer con mansedumbre y serenidad! ¡Ayúdame a ver siempre a los demás como hermanos y permíteme tener actitudes que manifiesten el mandamiento del amor al prójimo! ¡Que los pequeños gestos cotidianos de mi vida ayuden a alegrar la vida de los demás! ¡Que tu Espíritu, Señor, obre en mi corazón para ser instrumento de bendición para aquellos que lo necesitan!

Miradas de amor

Tercer sábado de agosto con María, la mujer de la mirada pura y sencilla, en el corazón. Hoy le pido a María que me preste su mirada para ser capaz de mirar las dificultades de la vida con ojos de serenidad, para observar los conflictos con paciencia, para mirar a los que tengo cerca con ojos de amor, para no desviar la mirada por los problemas de los demás, para visualizar la vida con mirada de eternidad.
Los problemas y dificultades acompañaron también a María a lo largo de la vida. Su humanidad no le hacía ajena a las tribulaciones de la vida. Su camino de vida no fue sencillo. Nada de lo que le sucedió —y la mayoría de gran trascendencia— no le fue en absoluto intranscendente. No permaneció callada ni en silencio sino que lo puso todo en oración, en manos del Padre, sabedora que todo era voluntad de Dios incluso en ocasiones con un poso de interrogación. Con su mirada de amor, supo María descubrir la sonrisa de Dios que se complace cuando uno acepta sus planes de amor y de misericordia, aunque en ocasiones sean motivo de contradicción interior.
Mi propósito en este día es mirarlo todo con una mirada de asombro y de adoración, mirar el mundo con los ojos de María. Una mirada que no se aparte nunca de Jesús. Le pido a María una mirada nueva para reconocer que todo pasa por Cristo, su Hijo, que está siempre acompañándome en mi historia personal.

IMG_7015.JPG

¡María, dame unos ojos nuevos para mirar el mundo con una mirada de amor, de compasión, de misericordia y de perdón! ¡Muéstrame, María, a no pasar de largo por las dificultades que se me presentan en la vida y que cada conflicto y problema sea un reto para mí llevado de tu mano y de la de Jesús! ¡Enséñame, María, a comprender que cada dificultad de la vida me ayuda a llevar con entereza la cruz! ¡Hazme, María, humilde como lo fuiste Tu para aceptar la voluntad de Dios en mi vida! ¡Ayúdame a conservarlo todo en el corazón para desde dentro mirar el mundo con ojos de amor! ¡Ayúdame siempre a recurrir a la gracia para que sea capaz de profesar mi fe y anunciar con alegría y esperanza las maravillas del amor de Dios en mi vida! ¡Ayúdame a no apartar nunca mi mirada de Jesús! ¡Concédeme la gracia de mirar el mundo como lo hiciste Tu percibiendo las necesidades de los demás, interrogándome sobre las cuestiones esenciales de la vida, sabiendo acoger el dolor ajeno, con una mirada radiante por la resurrección de Jesús, con una mirada llena de gozo por la efusión que el Espíritu Santo derrama sobre mi! ¡Ayúdame a mirar siempre a tu Hijo con amor, a saber verlo en el sagrario o en la cruz con mirada de agradecimiento constante! ¡Dame ojos nuevos, María, para reconocer que Cristo vive siempre en mi! ¡Gracias, Dios mío, porque me has dado a María como Madre, ejemplo de humildad, de entrega, de compasión, de generosidad, cuyo Sí comportó el regalo más grande que he recibido: a Jesús! ¡Gracias, Dios mío, porque mirando a la Virgen puedo descubrir la gran belleza de tu infinito amor!

Jean Mouton, compositor francés, director de música de la colegiata de san Andrés de Grenoble, compuso este bello motete Ave Maria virgo serena que dedicamos a María:

¿Qué valor tiene Cristo para mí?

A esta pregunta le podría añadir otras. ¿Lo considero el camino, la verdad y la vida? ¿Es para mí el auténtico mediador hacía Dios? ¿Lo considero el dador de la vida divina? ¿Creo que me justifica y me hace hijo de Dios? ¿Lo amo de verdad?
Para mi, Jesús son muchas cosas al mismo tiempo. Es el Hombre Dios nacido en Belén del seno virginal de María, engendrado por el Espíritu Santo, que vivió una vida oculta durante treinta años, que predicó la Buena Nueva hasta su Pasión y muerte en cruz y que, con su Resurrección, reina desde el cielo. Cristo es el centro de mi espiritualidad cristiana, mi guía, mi luz, mi referencia. El espejo en quien mirarme, la referencia para seguirle. Ser en Cristo y en Cristo.
Jesús también es para mí el Cristo eucarístico, El que se hace presente cada día en la Santa Misa, el que despierta en mi un profundo amor, adoración y reverencia durante la celebración de la Eucaristía, al que puedo dar gracias en la comunión por esa intimidad profunda y cercana que siento al tenerlo en mi corazón cada día. Es el Cristo eucarístico que se aviene, con humildad, a entrar en mi pobre y soberbio corazón porque quiere habitar en mi y ser un solo Cuerpo conmigo. El que me une a la comunidad con mis hermanos en esa fraternidad de amor que es la Santa Misa, fraternidad que comenzó aquel día en que el Espíritu Santo vino a mí el día de mi bautizo.
Jesús es, asimismo, el ser al que estoy unido místicamente porque toda mi vida quiere ser una unión viva y profunda con Él. Quiero ser las ramas del frondoso árbol de la vida en la que Cristo riega mi corazón con la gracia, es el alimento que lo sustenta y que tiene en María el pálpito alegre del corazón. Cristo es el compañero de viaje, el amigo, el hermano, la esperanza cotidiana, el que me vincula a mi prójimo para caminar juntos hacia la patria prometida.
Pero, sobre todo, Cristo es mi mayor tesoro, mi posesión más preciada. Es el centro del todo, el que me permite exclamar con alegría: No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.

 

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, te amo, te adoro y te glorifico! ¡Que te ame siempre, Señor, y que nada me aparte de Ti! ¡Te amo, Señor, y que con amor se acreciente en mi interior el amor por tu Palabra y tu Buena Nueva! ¡Te amo, Señor, y que mi vida sea un constante canto de alabanza y de acción de gracias por todo lo que has hecho y haces en mi vida! ¡Te amo, Señor, por hacerte presente cada día en la Eucaristía, por invitarme a sentarme en tu mesa aunque no sea digno de que entres en mi casa y por hacerte presente en mi por medio de la comunión diaria! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente cada día en mi vida en este encuentro cotidiano en el que me ayudas a crecer como persona! ¡Te amo, Señor, por tu gran misericordia que me perdona mis caídas y me ayuda a que me duelan mis faltas! ¡Te amo, Señor, por tu humildad y tu servicio que es una escuela de amor para mi y me ayuda a entender cuál es el valor del servicio! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente en mis labores cotidianas y en mi trabajo y me ayudas a intentar santificarlo cada día! ¡Te amo, Señor, porque reinas en tu Santa Iglesia Católica a la que tanto quiero y que a pesar de la imperfección de los que la formamos es perfecta porque está creada por Ti! ¡Te amo, Señor, por tu sacrificio en la Cruz y por tu Resurrección que me redime del pecado y me abre las puertas de la Vida Eterna! 

Cristo, pan de vida nueva:

¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús?

Con la lectura de las páginas del Evangelio se hace difícil olvidar que Jesús siempre es el primero en hacer lo que predica. No solo indica el camino, lo toma prestado.
Jesús, desde el primer día de su vida pública, se pone en camino hacia Jerusalén, donde beberá una copa amarga y recibirá el bautismo en la muerte. Solo Él salva para siempre al mundo por su Pasión y por su muerte; a cambio, nos pide a sus discípulos —todos somos sus alumnos en el camino de la vida— que lo sigamos por la senda del servicio y la vida que Él ofrece para Dios y para los hombres.
Jesús ofrece su vida como un sacrificio por la salvación de todos. Con esto comprendes que como discípulo suyo si deseas obtener un lugar en la luz cerca de Dios tienes que caminar junto a tu Maestro y Señor.
Este es el lugar del discípulo: entrar en un proceso de aprendizaje permanente para vivir la misma vida que Él vivió. La vida de Cristo no es más que la perfecta expresión de la voluntad de Dios.
Y me pregunto: ¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús? Por que quiero sentirme cerca de Él, por que quiero compartir su historia de amor, porque no me atemoriza arriesgarme a vivir lo que Él vivió, porque me gusta el reto de ser enviado a predicar y testimoniar con mi vida, mis gestos y mis palabras que soy su seguidor, porque me agrada compartir mi camino con otros discípulos suyos, porque deseo permanecer en Él, hacer de Él mi hogar de modo que todo lo mío habite en Cristo, incluso lo más profundo de mi interior Quiero ser su discípulo porque anhelo que Su Palabra sea parte de mi ser, que permanezca siempre en mí, que se convierta en el alimento que da sentido a mi vida cristiana, porque deseo recibirlo cada día en la Eucaristía, porque quiero ver el mundo desde la mirada de Jesús, porque quiero dar fruto, ser luz y sal, semilla que germina. Quiero ser su discípulo porque quiero practicar la justicia, ser transmisor de paz y de concordia, porque quiero ser misericordioso y compasivo con los demás, porque anhelo caminar con humildad ante Dios, mi Padre Creador, porque quiero imponer en el mundo la fuerza del amor, porque quiero derrocar la soberbia que impera en el mundo y en mi corazón y dar cabida a la humildad, porque quiero servir y no ser servido, porque quiero proponer a mi entorno la verdad del Evangelio sin imponer sino como mi ejemplo de vida, a veces tan poco edificante pero que trata de mejorar con la fuerza del Espíritu Santo. Y sobre todo, porque quiero un mundo libre, alegre, feliz, abierto, solidario, servicial, acogedor, esperanzado, misericordioso y en paz. ¡Y este es el mundo que me ofrece Jesús!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, quiero ser tu discípulo fiel! ¡Quiero llevar el Amor de Dios a todos los rincones del mundo! ¡Quiero tomar mi cruz y seguirte! ¡Quiero, Señor, permanecer fiel a tus enseñanzas! ¡Quiero aprender de tu Palabra, ponerla en práctica, estudiarla, amarla y compartirla! ¡Quiero, Señor, amar como amabas tu! ¡Quiero amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y, sobre todo, a quienes me quieren mal! ¡Quiero, Señor, dar fruto! ¡Quiero arrepentirme por todo lo que he hecho mal porque quiero dar testimonio de la verdad! ¡Quiero que mi vida esté guiada por el Espíritu Santo! ¡Deseo, Señor, ganar almas para Ti! ¡Quiero, Señor, otorgarte a Ti el primer lugar de mi vida! ¡Deseo, Señor, que Tu te conviertas en mi primera prioridad, que ocupes todo el espacio de mi corazón para luego poder darme a los demás! ¡Quiero, Señor, honrarte como el Señor de mi vida! ¡Quiero, Señor, morir al pecado! ¡Deseo, Señor, morir al mundo y a sus corrupciones! ¡Deseo, Señor, morir a las pasiones y los deseos mundanos! ¡Deseo, Señor, despejar de mi corazón aquello que me aleja de Ti! ¡Señir, vivir comprometido contigo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de manera humilde, apartar el orgullo y la soberbia de mi corazón! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Te amo, Señor, más que a mi propia vida!

El modelo del «Sí»

Día de gran felicidad en el que celebramos la Asunción de la Santísima Virgen María. María, que fue preservada del pecado desde el momento de su concepción, no experimentó la corrupción de la muerte en la noche de su vida. Con cuerpo y alma ascendió María al encuentro del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la gloria del Cielo.
Con la gracia especial que Dios le dio, la vida de la Virgen María fue un completo y total «Sí» al Señor. María le entregó todo a Dios con su respuesta al ángel Gabriel en el día de la Anunciación con su «Hágase en mí según tu palabra».
El «Sí» de María es un «Sí» repleto de fe. Ella tiene fe en el cumplimiento de la promesa de Dios porque está atenta a «las cosas de arriba». El «Sí» de María es, a su vez, un «Sí» lleno de esperanza y de amor. No es un «Sí» arrogante sino una adhesión incondicional a la Palabra de Dios. Esa Palabra que nunca dejó de meditar y de guardar en su corazón. Y este «Sí» de María le permitirá dar a luz a luz Palabra, a la Palabra de Dios, al mismo Jesús.
El «Sí» de María es un regalo total de sí misma a Dios. Es el modelo del «Sí» que los hombres nos damos en el matrimonio, que ofrecemos a Dios cuando seguimos su voluntad, que damos a Dios cuando santificamos nuestro trabajo, cuando servimos a los demás, que enriquecemos a la humanidad con el regalo de la vida que brota de esta unión. Es el modelo del «Sí» que pronunciamos cuando consagramos nuestra vida a Dios con los votos de la obediencia, el servicio, la generosidad, la caridad, la misericordia. Cuando lo hacemos todos por la Gloria de Dios. Es el modelo del «Sí» que cada sacerdote pronuncia el día de su ordenación para que la gracia de Dios continúe descendiendo en nuestro mundo a través de los sacramentos, especialmente el de la misericordia de Dios y la Eucaristía.
El «Sí» de María nos lleva al don total de nosotros mismos a Dios. El «Sí» de María, y todo el Evangelio que proviene de él, viene a decirnos nuevamente que la fidelidad a este don del yo es la realización de la promesa de Dios. Él es el «Sí» de la esperanza, de la confianza, de la alegría.
Y, ¿como afecta a mi vida la Asunción de María? De manera hermosa imitando el «Sí» de María comprendo que Dios quiere hacer un espacio en mi corazón. Que Dios desea habitar en el interior de mi corazón, ocupar la morada de mi interior. Y, como en María, esta presencia de Dios se realiza en la fe; en la fe abro de par en par las puertas de nuestro ser para invitar a Dios entrar en mi y se convierta en la fuerza que me da la vida, la esperanza y el auténtico camino de mi ser. Abrir el corazón como hizo María y exclamar cada día: «Hágase en mí según tu Palabra».
En este día de la Asunción puedo estar más unido a María, que es guía y camino de la esperanza del pueblo de Dios y acudir a Ella para que me ayude a decir «Sí» al Señor, a amar más la Palabra y a caminar por las sendas de la felicidad que Dios abre ante mi con la llamado a la santidad en lo cotidiano de la vida.

15864660973_062f86bb6f.jpg

¡María, quiero aprender de tu «Sí»! ¡De tu mano no quiero alejarme nunca de Dios, sino al contrario, hacer que Dios esté cada día más presente en mi vida! ¡Como ocurrió contigo quiero tener en mi corazón todo el esplendor de la dignidad divina! ¡Como ocurrió contigo quiero que Dios sea grande en mi vida! ¡Te pido, María, que me ayudes a amar la Palabra de Dios, hacerla vida en mi vida, a pensar en clave divina, a trabajar por la sociedad pensando en Dios como hiciste tu desde tu «Sí» al Padre! ¡En este día que fuiste elevada en cuerpo y alma a la gloria eterna quiero unirme más a Ti, María, para estar más cerca de Dios y en Dios! ¡Para que en la cercanía que tienes con el Padre pueda sentir yo también la cercanía de Dios en mi vida! ¡Tu conoces mi corazón, Madre, tu escuchas mis oraciones, tu atiendes mis súplicas, ayúdame a vivir conforme a la Palabra! ¡Quiero hacer de tu «Sí» mi «Sí» al Padre, quiero participar de tu bondad, de tu sencillez, de tu amor, de tu generosidad! ¡Y a ti, Padre, quiero darte gracias por el don de María que me guía en el camino de la vida, que me enseña a orar, a amar, a servir, a perdonar, a trabajar por los demás!

Un hermoso canto a María para el día de la Asunción:

Ser del mundo pero sin ser del mundo

Hoy, vigilia de la Asunción de María, se celebra a la festividad de un gran santo mariano, San Maximiliano Kolbe, sacerdote de la orden de los frailes menores conventuales, que murió mártir un día como hoy de 1941 en el campo de concentración nazi de Auschwitz al ofrecer su vida a cambio de la de Franciszek Gajowniczek, padre de familia condenado a muerte.
San Maximiliano había fundado en 1917 la Milicia de la Inmaculada, a la que se consagró para luchar con todos los medios por la construcción del Reino de Dios en todo el mundo.
Siento un gran afecto por este santo contemporáneo. Maximiliano Kolbe nos presenta tres buenas maneras de luchar contra el totalitarismo que con letal fuerza se esparce sobre nuestra sociedades: la fortaleza de la oración y, de manera especial, la oración mariana; la intransigencia ante cualquier sistema de dictadura —sobre todo la moral que con tanta virulencia lo destruye todo— y, finalmente, el regalo de uno mismo hasta las últimas consecuencias.
¿Qué elementos de la vida de san Maximiliano me pueden ayudar a vivir en los tiempos que vivimos? Luchar denodadamente contra la oscuridad y la tentación de la desesperación por un don gozoso de darse uno mismo, renovar cada mañana el compromiso con el Señor en la oración, evitar el riesgo de convertirse en un fariseos en un mundo que necesita testimonios cristianos auténticos, saber darse a otros con nuestra propia vida, con nuestro tiempo, con nuestra palabra, con nuestra sonrisa, con nuestra compañía, con nuestra ayuda, con nuestras facultades…
Pero también no dejarse invadir por las ideologías de moda imperantes que, de manera perniciosa, fomentadas desde los diferentes medios de comunicación, se inoculan en nuestro interior y tratan de destrozar nuestras creencias y valores y nos ofrecen vivir como el resto del mundo. Maximiliano Kolbe te enseñan a ser del mundo pero real, auténtico y decidido y no de cartón piedra como desean los promotores del pensamiento único!. Ser con orgullo y honra, simplemente católicos en el mundo sin dejarse vencer por las modas del mundo.
Y, finalmente, fortalecer cada día la confianza en la Virgen María. Escribió san Maximiliano: «Inmaculada, Reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores y Madre amorosa a la que Dios ha querido confiar a toda la Orden de la Merced, aquí en los pies; yo pobre pecador, te ruego, aceptes todo mi ser como tu bien y tu propiedad, que se haga en mí según tu voluntad en mi alma y en mi cuerpo, en mi vida, en mi muerte y en mi eternidad». Pues con tantas limitaciones personales, que así sea también en mi vida.

orar con el corazon abierto.jpg

Y que mejor oración hoy que la Consagración a la Inmaculada compuesta por este santo polaco:

Oh Inmaculada, reina del cielo y de la tierra,
refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosa,
a quien Dios confió la economía de la misericordia.
Yo… pecador indigno, me postro ante ti,
suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y
posesión tuya.
A ti, Oh Madre, ofrezco todas las dificultades
de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad.
Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser,
sin ninguna reserva, para cumplir lo que de ti ha sido dicho:
“Ella te aplastará la cabeza” (Gen 3:15), y también:
“Tú has derrotado todas las herejías en el mundo”.
Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas
me convierta en instrumento útil para introducir
y aumentar tu gloria en tantas almas tibias e indiferentes,
y de este modo, aumento en cuanto sea posible el bienaventurado
Reino del Sagrado Corazón de Jesús.
Donde tú entras oh Inmaculada, obtienes la gracia
de la conversión y la santificación, ya que toda gracia
que fluye del Corazón de Jesús para nosotros,
nos llega a través de tus manos”.
Ayúdame a alabarte, oh Virgen Santa
y dame fuerza contra tus enemigos.

¿Cómo se puede endurecer mi corazón?

¿Sería necesario producir tantas leyes si los hombres fuésemos honestos, respetuosos, fieles a nuestros compromisos, defensores del bien común y la justicia, si todos viviésemos animados por la verdadera caridad?
La ley regula y arbitra los actos que el hombre ya no puede decidir por amor fundamentalmente porque el hombre tiene un corazón que tiende a endurecerse. La ley escrita reemplaza la ley del corazón que Dios, desde el principio, inscribió en las profundidades del hombre.
Los hombres y las mujeres estamos llamados ante todo a vivir la comunión en el amor. La respuesta de Jesús a cualquier pregunta es acerca de la relación del hombre con el mandamiento del amor. El problema no es la ley, es el endurecimiento del corazón del hombre.
Los creyentes solemos endurecer el corazón inocentemente; todo aquello que carece de valor espiritual centra nuestro interés. Cuando nuestra perspectiva se desvía de Dios inmediatamente las preocupación mundanas ocupan nuestro tiempo. Las distracciones pueden consumirnos tanto que, incluso, acabamos dejando de lado aquellos aspectos que son relevantes para el Señor: la oración, la Eucaristía, el perdón, el servicio, la caridad…
Cuando mi vida espiritual se marchita mi corazón deja de palpitar sin la presencia de Dios, engaña mis prioridades y me aparta de Él. Cuando mi mente centra su atención en lo irrelevante de la vida mi corazón se aleja de Dios y se deja influenciar por los engaños que conlleva el pecado. Mi corazón crea una coraza exterior que impide al Espíritu Santo actuar hasta desatender mi vida espiritual.
¿Cómo se puede endurecer mi corazón? Centrándome en mi yo, desatendiendo mis obligaciones familiares, a mis hijos, a mi cónyuge, mi relación con Dios, no amando la verdad y poniendo excusas, sosteniéndome en la mentira, amando más al mundo que Dios, aferrándome a las adicciones de cualquier tipo, acogiendo en mi vida el orgullo y la soberbia, juzgando sin compasión, brindando al diablo la posibilidad de inocular la tibia en el corazón, haciendo crecer la amargura en mi interior, mostrándome frío e indiferente ante el sufrimiento de los demás, comportándome desafiante o rebelde, siendo alguien incapaz de perdonar…
Cuando endurezco mi corazón me endurezco también en mi relación con Dios, que es quien permite lo que me sucede en la vida. Y, así, le digo que se aleje de mi pues prefiero alimentar mis sentimientos negativos y aferrarme al pecado. Meditando todo esto: ¿Me compensa decirle que no a Dios?

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, concédeme la gracia de abrir mi corazón y hacerlo sensible a la vida, a las relaciones con los demás, al encuentro contigo! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para que sepa negarme a mi mismo y vivir la virtud del amor! ¡Imprime, Señor, en mi corazón y en mi mente tus Palabras de amor, de caridad, de servicio, de humildad, de generosidad… y enséñame a caminar en tu presencia, ayúdame a orar más para conocerte de manera más íntima y personal! ¡Ayúdame, Señor, a ser sensible y dócil a la gracia! ¡Necesito un corazón como el tuyo, sensible al sufrimiento ajeno! ¡Pon tu corazón mi corazón, Señor, para ser auténtico en mi vida cristiana! ¡Ayúdame, Señor, a comprender la grandeza de tu bondad y las grandes cosas que haces conmigo! ¡Ayúdame a ser siempre sensible y dócil a la gracia!

Grabar en el corazón los mandamientos de Dios

Esta mañana antes de comenzar mi oración he leído pausadamente los mandamientos, los principios que Dios nos ha dado y nos enseñan cómo vivir mejor en el presente y cómo agradarle por la eternidad. La palabra mandamiento carece en la actualidad de mala prensa porque es sinónimo de restricción de las libertades individuales y como sumisión del ser humano al libre albedrío. De esto se acusa habitualmente a la religión: de confiscar la libertad del individuo por la implementación de unas reglas morales y unos intereses espirituales de un hipotético más allá.
Pero la Biblia, al transmitir los mandamientos de Dios, dejó grabado el verdadero propósito de Dios: permitir que el hombre viva feliz junto a Él y sus hermanos. Moisés enfatiza que poniendo en práctica los mandamientos el hombre puede vivir y llenar su corazón de inteligencia y sabiduría.
La palabra que proviene de Dios es un verdadero regalo, una palabra auténtica, revelación pura, promesa y camino de salvación; también es una guía para comportarse adecuadamente en la vida diaria.
Dios nos los regaló para revelar su camino de vida, el camino del amor. Y estos Diez Mandamientos nos enseñan a practicar el amor en cada uno de los aspectos de nuestra vida.
Me pregunto: ¿En qué medida me aplico de verdad el amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo? ¿Soy consciente de que los Diez Mandamientos amplifican el verdadero significado de estos dos valores y que los cuatro primeros mandamientos dejan constancia de cómo Dios quiere que lo amemos y los seis restantes me muestran cómo amar a los demás? ¿Soy consciente de que obedecer los Diez Mandamientos es un requisito esencial para obtener la vida eterna?
Mi propósito de hoy es sentir en mi corazón los mandamientos de Dios, no verlos como unas leyes escritas meramente en una tabla de piedra sino verlos grabados en lo más profundo de mi alma y de mi corazón para recordarlos con asiduidad y obedecerlos siempre.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor dame la claridad, la humildad, la fortaleza y la perseverancia para crecer en mi vida espiritual y seguir tus diez santos preceptos con el fin acercarme más a Ti! ¡Señor, te doy gracias porque eres puro amor y todo lo que existe lo amas con un amor infinito! ¡Te doy gracias porque el primer requisito de tu amor es la libertad que me otorgas para seguir tu voluntad! ¡Señor, por medio de tus Diez Mandamientos quiero amarte más a Ti y a los demás! ¡Por medio del cumplimiento de tus preceptos quiero ser más feliz! ¡Concédeme la gracia por medio de tu Santo Espíritu a expresar mi amor a los demás porque quiero ser feliz! ¡Concédeme la gracia de salvar mi cuerpo y mi ama con el cumplimiento de tus mandamientos viviéndolos con mucho amor! ¡Señor, quiero decirte que amo profundamente tus mandamientos y deseo que me los grabes a fuego en mi corazón para vivirlos con alegría, generosidad y humildad, para amarte, servirte y glorificarte!