Respuestas en los Padres de la Iglesia

He concluido un emocionante libro de Benedicto XVI, el queridísimo Papa Emérito, sobre Los Padres de la Iglesia. En esta obra, el Papa explica cómo se elaboraron las grandes verdades de la fe. Encontramos respuestas a las preguntas que nos atormentan y a las que los mismos Padres se han enfrentado. ¡Su descubrimiento es motivo de sanación! Me he dado cuenta de lo mucho que sus escritos abordan las cuestiones vitales en un lenguaje concreto, incluidas las huellas de lo que constituye el punto de partida, el impacto de la Resurrección de Cristo. La vida patrística y la tradición sagrada de la Iglesia te permite un retorno a las fuentes que se revela como un medio para reapropiarse de las grandes expresiones de la fe cristiana.
Parece a priori imposible estudiar teología sin referirse a los Padres, que transcribieron gradualmente el contenido de la fe en Jesucristo, imbuidos y conducidos por el Espíritu Santo. La fe y las respuestas de estos santos pastores, tan cercanos a los apóstoles, la mayoría de ellos obispos de la Iglesia de los primeros siglos, y sus enseñanzas, nos presentan la correcta interpretación de las Sagradas Escrituras pero, sobre todo, son de un gran actualidad, y es muy aconsejable dar un paseo por los jardines de los Padres de la Iglesia para tener la satisfacción de reafirmarte en la fe y compartirla con los demás. Casi todos fueron testigos vivos del nacimiento de la Iglesia, le dieron su forma, la edificaron y su pensamiento moldeó el devenir del cristianismo ayudando a discernir a los primeros seguidores frente a cuestiones esenciales.
Los Padres de la Iglesia, por su predicación y sus escritos, influyeron en el desarrollo de la doctrina cristiana o en la formación del comportamiento cristiano, porque unieron en ellos las características constantes de la santidad de la vida, sabiduría y antigüedad. Sin mencionar que la cultura europea ha sido profundamente marcada por el cristianismo, y cuando queremos entender el mundo contemporáneo, es esencial aprender sobre lo que nuestra doctrina ha aportado.
Siento un profundo orgullo integrar esta Iglesia católica formada por tantos hombres y mujeres que han crecido en una fe firme y con unas enseñanzas profundas. Te ayuda a crecer conociendo y profundizando su doctrina que une lo teológico con lo pastoral, lo social con lo cultural y lo espiritual con lo catequético. El mensaje de la Iglesia, ayer y hoy, es de una actualidad indiscutible y la vida y la misión de los de ayer es un estímulo para los que vivimos hoy.

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¡Te doy gracias, Señor, por la fe y la esperanza en esta Iglesia santa instituida por Ti que, formada por hombres pecadores, ha avanzado a lo largo de los siglos con el testimonio santo y la fe firme de tantos hombres y mujeres testimonio de tu verdad! ¡Te doy gracias por los pastores que condujeron a los primeros cristianos por la senda de la fe y de la vida, moldeando tu Iglesia, vivificando tu Palabra y tus enseñanzas y dando la vida tantas veces por seguir tu mensaje! ¡Te doy gracias, Señor, porque te irradiaban a Ti e invitaban a los gentes de su tiempo y los que vivimos hoy a seguirte! ¡Que sea capaz de aprender de ellos a vivir mi fe con autenticidad! ¡Te doy gracias por su santidad, por su fe, por sus enseñanzas y sus testimonios! ¡Que sea capaz de vivir buscando mi santidad en la vida ordinaria siguiendo su ejemplo! ¡Te doy gracias, Señor, por las enseñanzas de su vida de oración, de su espiritualidad y de su amor por la liturgia, ayúdame a abrir siempre mi corazón en la oración para conocerte mejor! ¡Te doy gracias, Señor, por su valentía en confrontar las herejías y los ataques contra la Iglesia, que sea motivo para que yo no me calle ante los desprecios y persecuciones que sufre tu Iglesia en este tiempo! ¡Te doy gracias, Señor, porque estos santos Padres fueron testimonio de concordia, de amor, de paz, de humildad, de generosidad, alejados de juicios y calumnias, ayúdame a mi a vivir siendo siempre coherente con mis palabras, mis gestos y mis obras! ¡Y al igual que los Padre fueron testigos de la Tradición concédeme la gracia de amar la riqueza cultural del cristianismo, mi celo apostólico y a esforzarme cada día a crecer en mi formación doctrinal y en mi vida espiritual!

 

Tres mensajeros De Dios

Hoy veneramos la memoria de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. El primero libró un intenso combate con los ángeles infieles comandados por Lucifer tras rebelarse contra Dios. El segundo, ángel de la Encarnación, tuvo el gozo de anunciar a María la alegría de que concebiría y daría un Hijo al que pondría por nombre Jesús. Mientras que el tercero es el mensajero del amor de Dios.
Los tres son mensajeros de Dios. Los tres llevan a Dios a los hombres. Los tres testimonian el camino de fidelidad, entrega, pasión y celo hacia Dios. Los tres son elementos fundamentales para sanar el corazón del hombre. Los tres se convierten en los mejores valedores de los intereses de Dios en el mundo.
En un día como el de hoy los príncipes de la corte celestial me enseñan a saber servir antes que ser servido. A no cerrar nunca las puertas de mi corazón a nadie. A ser siempre fiel mensajero de la Palabra del Señor en mi entorno familiar, social y profesional.

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¡Santos arcángeles ayudadme a buscar a Dios con contrición, amor y pasión! ¡Desligadme de mis pecados y de toda atadura a lo material para llegar a Dios! ¡Protegedme contra mi soberbia y mi egoísmo, mi tibieza y mi cobardía, mi desconfianza y mi autosuficiencia, mi búsqueda de la comodidad y mi deseo de ser apreciado! ¡Introducid en mi corazón la humildad auténtica, la fidelidad inquebrantable a la voluntad divina y hacedme fuerte al sufrimiento y al dolor! ¡Ayudame a caminar en el camino del amor y permitirme que venza siempre los obstáculos de mi vida afianzado siempre en el amor a Dios! ¡Hacedme vigilantes a la llamada del Señor para que me encuentre siempre preparado en la hora de mi dormición final!

El canto gregoriano nos ha dejado una bellísima Ave María que os invito a escuchar en este día en el que nos acordamos de los que se llaman Miguel, Gabriel y Rafael:

Llorar con los que lloran

A un amigo le duele la actitud rebelde de su hija mediana y sufre por ello. A otro la enfermedad de su esposa, un cáncer de piel y sufre por ello. A otra la falta de trabajo de su esposo, y sufre por ello. A otro, el accidente de tráfico de una amiga que está en coma, con su marido invidente y dos niños pequeños, y sufre por ello… A otra, la infidelidad de su marido, y sufre por ello. A otro los problemas económicos de su empresa, y sufre por ello… En todos los casos, visibles o invisibles, de sus almas brotan lágrimas de dolor.
El dolor es un fenómeno general y su espectro cubre lamentablemente todas las edades y las clases sociales. Ningún ser humano transita por esta vida sin ver asomar el dolor: la enfermedad devora el organismo corporal mientras que al mismo tiempo aflige las almas de quienes le rodean; la pobreza y el desempleo provocan perplejidad y desesperación; el odio y la discordia no siembran dulzura en la vida; la calumnia y la injusticia difaman la consideración y perjudican a los inocentes. La vida es como la guitarra que tiene seis cuerdas, tres de ellas agudas como la alegría y tres graves como la tristeza.
El dolor más terrible que el alma puede soportar es, con toda probabilidad, la pérdida de un ser querido. Entonces, existe la necesidad de que los demás se acerquen a nosotros para simpatizar, mostrar su afecto y aliviar nuestro dolor. Además, los seres humanos siempre han expresado sus condolencias de manera filantrópica y fraterna. A veces, algunas personas no saben cómo consolar a los demás. Hacen preguntas suaves que vuelven a abrir las heridas en lugar de aliviarlas.
Creo que fue san Agustín quien dijo que las lágrimas son la sangre del alma. Por eso, en lugar de decir “no llores”, es mejor “llorar con los que lloran”, como recomendaba san Pablo en la Carta a los romanos.
Cuando veo a mis amigos o conocidos sufrir se me encoge el corazón. No basta con rezar por ellos, siento la necesidad de compartir su tristeza y sus lágrimas. Sufrir con el sufrimiento y llorar con el llanto. Las lágrimas de los demás pueden ser lo más sagrado que podemos ofrecer en el altar del amor. La historia del mundo no se detuvo en la cruz del Gólgota; en la tumba vacía es la Resurrección y la vida lo que verdaderamente brota.

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¡Señor, en todos los casos de sufrimiento toma nuestra mano y nuestro corazón, asume nuestro dolor, y danos la fuerza para soportarlo siempre! ¡Apiádate, Señor, del que sufre y guíalo siempre de la tormenta del sufrimiento para conducirlo a una vida de serenidad y de paz interior! ¡Señor, te pido por mi y por los que me rodean para confiar siempre en ti que nunca nos abandonas, porque tu eres el Señor de las sorpresas, que nos amas, que obras maravillas, que nunca nos olvidas, que eres el Señor de los desafíos y de las victorias, el Señor de la esperanza y de los sueños cumplidos, el Señor de los triunfos, el Señor que enjuga las lágrimas del desvalido! ¡Envía tu Espíritu sobre nosotros, Señor, para tener el valor y la lucidez de saber afrontar con serenidad todas las dificultades y sufrimientos, dolores y tristezas! ¡No permitas, Señor, que nuestro ánimo decaiga nunca y que el temor y el miedo nos confunda! ¡Concédenos la gracia de explorar en lo profundo de nosotros mismos para comprender que la Cruz es innato a nuestro caminar de hijos de Dios y que con tu ayuda podemos vencer todos las dificultades y comprender todas las desdichas! ¡Aunque en las situaciones de dolor no es posible verte, sé que estás presente porque tu bondad es infinita, tu amor eterno y no eres indiferente al sufrir del hombre y anhelas en cada momento que el amor triunfe sobre el mal! ¡Señor, en ti confío!

El Dios que yo siento

Yo siento a Dios como un Dios cálido, como unos brazos de Padre, el Dios Padre de los hombres; al Dios providente que cuida de sus hijos; al Dios que ama tanto a la humanidad que entrega a su propio Hijo para salvarla; al Dios que nos espera con los brazos abiertos, para perdonarnos o premiamos; al Dios que quiere repartir con nosotros rebanadas infinitas del pan de la felicidad. El Dios-Hijo que muere por salvarnos, el Dios-Espíritu Santo que nos consuela y nos llena de amor. Este es el Dios del Evangelio. El Dios que es amor perfecto. El Dios que es bondad pura. El Dios Creador que ha creado la humanidad por puro amor para que seamos sus hijos y formemos su familia con el fin de compartir su naturaleza.
Si Dios es amor, ha creado el amor, nos ha creado para amarlo y ha extendido su amor sobre cada ser humano, ¿cuál es mi reto, entonces? Aceptar con agradecimiento este gran amor para experimentarlo cada día en mi propia vida y llevarlo al mundo para gozo de la humanidad. ¡Manos a la obra!

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¡Padre bueno, eres todopoderoso y digno de adoración, eres justo, tierno y misericordioso, eres justo y santo, y de acuerdo con la grandeza de tu santidad quiero hoy y siempre bendecirte, alabarte, adorarte, cantarte, glorificarte, bendecirte, darte gracias, ofrecerte la pequeñez de mi vida, mi corazón contrito, mi corazón humilde! ¡Te alabo, Padre, porque tu eres realmente Dios! ¡Te doy gracias, Padre, por tu amor, porque eres Señor de cielos y tierra, eres Padre de Jesús, nuestro Señor, señuelo de nuestra esperanza! ¡Te doy gracias, Padre, porque tu Hijo Jesucristo es la imagen de tu bondad, de tu ternura y de tu misericordia! ¡Te doy gracias, porque solo tu eres Santo, porque eres el Dios verdadero, el que nos da la vida, la luz, la santificación, la sabiduría interior! ¡Santo, Santo, Señor Dios del universo, gloria a Ti por los siglos de los siglos! ¡Que aprenda de Ti a hacerlo todo por amor sin egoísmos, sin avaricia, sin arrogancia y sin orgullo! ¡Ayúdame, con la fuerza de tu Espíritu, a guardar tus mandamientos y amarte a Ti, a Jesús y al prójimo, que es semejanza tuya, con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas!

Dios es amor, Eres todo lo que yo quiero, por tu amor volví a nacer. Tengo todo si a ti te tengo, era ciego y ahora puedo ver:

Verde esperanza

Me gusta contemplar a los sacerdotes como visten de verde durante la celebración litúrgica en este tiempo ordinario, las treinta y cuatro semanas en las que la Iglesia no  celebra ninguno de los misterios de Cristo sino el misterio semanal del día del Señor. El verde es el color litúrgico de esta época, ¡tiempo de la Iglesia! Es el tiempo de la misión, el tiempo confiado por Cristo a su Iglesia, para difundir en el tiempo y el espacio, la Buena Nueva de la Salvación. Es un tiempo que nos confronta con lo cotidiano de la vida cristiana.
Nuestra existencia no se puede consumir con constantes momentos de intensidad. Cristo y la Iglesia nos invitan a vivir en la perseverancia y la humildad del día a día la fe, la esperanza y la caridad. El verde que es símbolo de esperanza nos permite vivir la experiencia de la presencia diaria de Dios y de su amor en nuestra vida de una manera menos agitada y más equilibrada.
Vivir la aventura espiritual de la vida con una unión mística de paz y amor con Dios en la humildad de cada día, con una perspectiva diferente.
En el tiempo en el que no olvidas las preocupaciones y la necesidad de cumplir con tus necesidades materiales, que te permite coger fuerzas y reforzar la vida de fe, mantener el ritmo espiritual y la relación filial con Dios.
El verde deja plena constancia de la juventud de la Iglesia y el resurgir de una vida nueva. Simboliza el fruto bueno que Dios espera de cada uno de sus Hijos y la virtud de la esperanza, de la alegría, de la vivacidad, frondosidad y la lozanía del alma.
Observo el verde de lo sacerdotes en la celebración litúrgica y me reafirmo de que la Iglesia es esperanza. Que Cristo es esperanza. Que la Cruz es esperanza. Que el amor es esperanza. Que el abandono en la voluntad divina es esperanza. Que la fe es esperanza. Que la fe da a nuestra esperanza sustancia. Que la oración con el corazón abierto es esperanza. Que la esperanza mantiene viva mi confianza. Que seguir fiel y dócilmente las mociones del Espíritu Santo es esperanza. Que ser capaz de perseverar, creer, esperar y amar es esperanza. Que allí donde mi razonamiento humano se enfrenta a un muro de dificultades mi fe provoca un agujero que permite penetrar la luz de la esperanza. Que allí donde el razonamiento humano dice: «¡Es imposible!» la fe y la esperanza exclaman: «¡Es posible!».
¡Cuando crees, puedes ver y experimentar la gloria de Dios! ¡Y eso también es esperanza!

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¡Gracias, Señor, porque llenas de verde esperanza los colores de la Iglesia! ¡Gracias, Señor, porque la esperanza cristiana no es mero optimismo, sino tu presencia vida! ¡gracias, porque la esperanza es confiar en Ti! ¡Permíteme ser fiel a tus designios y responder a la profunda esperanza que surge de seguir tus enseñanzas! ¡Ayúdame a caminar siempre con esperanza con tu inestimable ayuda de Cristo, con la fuerza de tu Santo Espíritu, que me empuja a caminar animado por la esperanza que no defrauda! ¡Concédeme la gracia de ser fuerte en la fe y en la esperanza y manifestarlas en las estructuras del mundo por medio de mi conversión continua! ¡Hazme ver, Señor, por medio de la fe cuál es el sentido de mi vida! ¡Que en medio de las adversidades de esta vida, encuentre siempre fortaleza en la esperanza, con el convencimiento de que los padecimientos del presente no son nada en comparación con la gloria que nos has prometido! ¡Gracias, Señor, porque tu mismo eres la esperanza! ¡Tu Palabra es esperanza! ¡La Cruz es esperanza! ¡Los dones del Espíritu Santo son esperanza! ¡Mi fe me llena de esperanza! ¡La espera en Ti es esperanza! ¡La espera ferviente y apasionada de tus promesa es esperanza! ¡El misterio de tu amor y tu misericordia son esperanza! ¡Mi oración por el que puedo conocerte mejor a Ti y conocerme a mi mismo es esperanza! ¡Tus promesas son esperanza! ¡La figura de tu Madre y su fíat confiado a los planes de Dios es esperanza! ¡Señor, te pido la virtud de la esperanza para vivirla en mi propia vida, porque deseo ser alguien feliz y alegre, entregado a mis luchas y mis dolores, abrazado a mis sufrimientos, lleno el corazón de tus promesas y tu amor! 

Entre la culpabilidad y la libertad

Hay personas que nunca se sienten culpables, que viven serenamente e, incluso, transitan por la vida sin ningún problema. Son personas simplemente amorales y hacen todo lo que puede impresionar a los demás sin siquiera pensar en ello. Nada les impide vivir y continuar haciendo lo que quieren cuando lo desean.
Hay quienes se sienten culpables pero se las arreglan para obtener algún beneficio que alimente su orgullo, su egoísmo y su vanidad.
Hay quienes son conscientes de su pecado y sus faltas pero las ocultan para no ser juzgados.
Finalmente, hay quienes se culpabilizan, reconocen sus errores, los confiesan, pero le ruegan a Dios que los perdone y les da la fuerza para no volver a caer porque saben que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios en un sincero arrepentimiento.
Hay quien se siente más cómodos en la culpa porque no les coarta su libertad, mientras que otros ponen toda su confianza en la infinita misericordia de un Dios de perdón, amor y bondad. ¿Dónde me ubico yo?

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¡Señor, Tu conoces la pobreza de mi corazón, quebradizo y frágil como una vasija de barro! ¡Señor, tu sabes que soy como la arcilla agrietada y solo espero que tus manos misericordiosas la moldee de nuevo! ¡Te pido, Señor, que sanes mi corazón y lo llenes de amor y de misericordia! ¡Señor, tu me llamas a la santidad y yo busco caminos que me apartan de ella! ¡Tu me invitas, Señor, a la gloria eterna y yo me desvío continuamente del camino! ¡Concédeme la gracia, Señor, de seguir tus enseñanzas y tu camino! ¡No permitas que mi autosuficiencia, mi egoísmo y mi soberbia me alejen de Ti, que no pierda nunca la confianza! ¡Tu, Señor, eres bueno y generoso y me perdonas siempre cuando abro mi pequeños corazón! ¡Ayúdame a permanecer siempre a tu lado, a callar en tu presencia para escuchar tus susurros! ¡Tu, Señor, conoces la intimidad de mi corazón, no permitas que te oculte nada! ¡Y una vez me hayas tocado con tus manos que me convierta en arcilla fresca, alguien moldeado por tu misericordia, por tu amor, por tu perdón y por tu ternura! ¡Tu haces siempre maravillas, Señor, y corriges al que comete errores! ¡Dame, Señor, un corazón misericordioso que perdonar al que me ofenda, que consuele al que sufre, que comprenda los defectos del prójimo que son menores que los míos! ¡Dame, Señor, un corazón misericordioso que se preocupe del que sufre y del que espera mi caridad! ¡Dame, Señor, un corazón misericordioso para que mi pobre corazón se parezca a tu Corazón siempre rico en misericordia!

La vida es demasiado corta para ser tomada en serio

Fue el escritor inglés G.K. Chesterton, maestro de la ironía y de la paradoja, el autor de esta frase clarividente que acabo de leer en uno de sus libros: «La vida es demasiado importante para ser tomada en serio».
Chesterton no solo se puede considerar un pensador, un intelectual católico, un polemista temido y un campeón de la inteligencia cristiana. Fue un converso del protestantismo al catolicismo. Su influencia literaria y política es innegable. Tuvo la valentía de oponerse con firmeza a Winston Churchill para que paralizara una ley de esterilización de los discapacitados mentales. Fue la naturaleza —don innegable de Dios— quien le otorgó los talentos para desarrollar su fina literatura pero también su esfuerzo y su empeño —los talentos al servicio del bien común— los que permitieron que Chesterton se erigiera entre los principales autores católicos del siglo pasado. Es, sin duda, lo que a menudo se echa en falta en la inteligencia cristiana de los que en este siglo somos cristianos. En Chesterton la raíz de todo era la búsqueda de la verdad.
Vivimos en sociedades nihilistas y materialistas que niegan la existencia de cualquier verdad y son muchos los que intentan desde la moral destruir por la fuerza la esencia cristiana, desdeñando al hombre y a la vida; haciéndolo así desprecian al mismo Dios. En el ser del cristiano debe imperar siempre el compromiso por la verdad que es lo que fundamenta y vigoriza su derecho a la libertad. Cristo nos invita permanentemente a vivir en ella porque como cristianos nuestro deber es buscar siempre la verdad porque sino para un hombre no existe una verdad es incapaz de distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. En el momento en que descuidamos la verdad dejamos que el relativismo ocupe su lugar.
No callar. Este es el simple llamado para negar lo que la sociedad nos quiere imponer. La vida es demasiado corta para ser tomada en serio, y en este sentido hay que tratar de dejar la impronta de la verdad, sin imponer sino para servir y para evangelizar. Todos estamos invitados a ser amantes de la Verdad, gentes comprometidas que contemplemos, comprendamos y actuemos para que la Verdad, que es Cristo, sea aceptada en nuestro mundo para ser creída, desde el creer para ser amada, desde el amor para ser vivida y desde la vivencia para ser compartida con el prójimo. Difícil tarea pero llena de retos… ¡como la vida misma!

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¡Señor, abre mi corazón, mi mente y mis ojos para que pueda vislumbrar siempre la verdad! ¡Que nada me aparte del camino de la verdad que Tu nos has revelado! ¡Ayúdame a resistirme a aceptar las mentiras que nos trae el mundo, a no dejarme llevar por la tentación de creer en los principios que nos imponen que cercenan la libertad! ¡Concédeme la gracia de ser valiente y decidido en la defensa de la verdad! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para que la verdad se haga presente en mi, para que la verdad vivida y aceptada como estilo de vida, se abra en toda su riqueza en mi vida para transmitirla a los demás! ¡Concédeme la gracia de ser testimonio de verdad y de ética, ayúdame a trasmitirla y no imponerla, incluso aunque esto suponga oprobio, rechazo y cruz! ¡Que la búsqueda de la verdad, Señor, en mi vida sea siempre mi anhelo, un auténtico ejercicio de mi libertad personal, para vencer el relativismo que me rodea, para cambiar mi corazón, para no hacerme alguien frío o vacilante, distante del prójimo y encerrado en mi mismo! ¡Ayúdame a ofrecer mi voz confiada para cimentar en el mundo el amor y la verdad! ¡Espíritu Santo que eres el espíritu de verdad, ayúdame a aspirar siempre a la verdad y a la libertad!

Crucificado sin cruz

Celebra hoy la Iglesia la festividad de un santo al que tengo especial cariño. La figura del Padre Pío de Pietrelcina, capuchino italiano, generoso sacerdote y testimonio de santificación del dolor, nos acompaña en este día. Su vida estuvo marcada desde la infancia y juventud por una intensa piedad que le llevó a ingresar en los Capuchinos, con una vida llena de contradicciones en su propia congregación al estar marcada con dones espirituales extraordinarios como sus visiones de Jesús, sus estigmas o su clarividencia espiritual entre otras cuestiones relevantes.
En san Pío observo que los grandes dones de Cristo en un alma no suceden si no existe una participación activa en la Cruz. Lo que toma un ritmo singular y extraordinario en ciertas almas privilegiadas no deja de ser la norma también para los que tenemos almas ordinarias. Hace unos días celebramos la exaltación gloriosa de la Cruz lo que que te permita recordar que el camino hacia el cielo pasa irremediablemente por la tránsito por la cruz.
En ocasiones esta circunstancia se hace difícil de asimilar, pero como cristiano debo comprender que, de acuerdo con mi vocación, la Cruz tiene que quedar impresa en mi vida aunque este discurso no sea precisamente hoy muy atractivo porque lo que nos seduce no es el sufrimiento de la cruz sino el gozo de poseer, de disfrutar, de gozar de los bienes materiales y las seducciones que la vida ofrece. ¿Por que cuesta tanto aceptar con alegría y amor las contrariedades, las dificultades, las pruebas de nuestras vidas, como camino que nos conduce hacia el Señor?
El secreto del Padre Pío radica en su intensa vida de oración y en su unión espiritual con Cristo, pero especialmente por ese gran amor que sentía por la Eucaristía, a la que daba un papel central. Para él, el alimento eucarístico era el elemento crucial que vence la fe muerta, la impiedad triunfante, que te preserva del mal imperante y te fortalece en el caminar cotidiano. La Eucaristía encarnó durante su vida la actualización de la Pasión del Señor en el sacrificio de la Misa.
Esta es la enseñanza que san Pío me muestra hoy. Mi santidad personal pasa también por ofrecerme a Dios como alma para salvar almas, convirtiendo también mi misión en la misión corredentora con Cristo, siendo un crucificado sin cruz por medio de mi testimonio personal, de mi espiritualidad, de mi magisterio personal como esposo, padre, amigo, compañero de trabajo. La mística de la cruz no es solo para los santos es, sobre todo, el camino al que estamos llamados todos los laicos. Alter christus, otros cristos, que muestren al mundo la verdad del Cristo que ama a la humanidad, que se dio en la cruz y que se manifiesta diariamente en el sacrificio de la Misa, exaltación de su gran amor por el ser humano.

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¡Señor, me pongo hoy ante tu presencia y recordando la figura de san Pío de Pietrelcina, abro mi corazón a tu misericordia divina! ¡Te pido me concedas el mismo amor que san Pío tenía por ti, por la Eucaristía, sacrificio de tu amor por nosotros; por la confesión en la que tu purificas nuestra vida; por el Santo Rosario, camino de vida con María, tu Madre; por la oración personal, en el encuentro cotidiano contigo! ¡Te pido me concedas la gracia de aceptar las cruces cotidianas, los sufrimientos que surjan en mi vida pero que, por medio tuyo, imprimen a mi vida grandes riquezas y dones! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amarte profundamente, de hacerlo con un corazón humilde, sencillo y puro! ¡Que no me importe, Señor, humillarme ante Ti a los pies de la Cruz reconocimiento que sin Ti no soy nada! ¡Ayúdame a caminar cada día humilde y sencillamente hacia la santidad personal de la que tan alejada estoy! ¡Concédeme la gracia de amarte hasta el extremo, de gozar con tu presencia cotidiana en la Eucaristía! ¡Dame una fe profunda y una confianza ciega para gozar de tu presencia en mi vida! ¡Señor, concédeme la gracia de amarte siempre, de vivir unido a Ti para que me llenes de tu amor, de tu misericordia, de tu bondad y de tu ternura, para que acojas todas mis aflicciones y mis debilidades, mis sufrimientos y mis miserias, para que me lleves por el camino de la rectitud y la santidad y me conduzcas a la vida eterna! ¡Y que siguiendo el ejemplo del Padre Pío no me importe ser varón de dolores, que no a partir del sufrimiento no me aleje de la mística de la cruz, que no deje de mirar y modelar mi vida en Ti que escogiste la cruz como bandera, que no me aleje de la senda del calvario si es tu voluntad! ¡Que ame tu cruz y mis cruces porque Tu nos has enseñado que por este camino es más corto el camino hacia la salvación! ¡Que sea, Señor, testimonio tuyo, discípulo de tu verdad y de tu amor!

En la cruz, cantamos hoy:

Ternura para amar, consolar, comprender, perdonar, orar…

Tercer fin de semana de septiembre con María en nuestro corazón. Tomo de mi biblioteca un libro de iconos rusos para disfrutar un rato en el salón de casa. En una de las páginas surge esta imagen cercana e íntima del siglo XII que representa a la Virgen de la Ternura. Es la representación de una Madre amorosa sosteniendo a su Hijo en brazos, mirándole con ternura, acariciándole con ternura… Ninguna emoción humana es capaz de competir con la vivencia de la ternura de una madre que ha llevado al niño en su seno participando de sus gozos y sus dolores y demostrando cómo padece con él y por él.
La ternura es la columna central que sostiene la vida. Y, sin ternura, la vida no vale gran cosa. La virtud de la ternura es propia de aquellas personas que aman con un corazón sencillo, generoso y humilde.
Dios, creador de la vida, es en si mismo ternura y María que participa de ese rostro de Dios, se convierte en la máxima expresión de la ternura, la ternura bondadosa, generosa, serena y llena de bondad. La ternura de María, Madre de Dios, es un ternura auténtica. Es necesaria mucha ternura para la alegría y en esta sociedad en la que vivimos ¡la alegría es tan necesaria! Como es necesaria también mucha ternura para amar, para comprender, para escuchar, para consolar, para alabar, para perdonar, para orar.
En María, Virgen de la Ternura, Dios se hace Buena Nueva para el ser humano como acontecimiento de pura benevolencia y de absoluta gratuidad. María es la mujer creyente que acoge en lo más profundo de su corazón la Palabra de Dios; es la mujer creyente que asume con libertad y alborozo el plan de Dios en su vida; es la mujer hermosa de Nazaret que asume la maternidad de Dios, que le permitirá descansar en el regazo de su ternura; es la mujer valiente que mirará con ternura el cuerpo yaciente del Hijo descendido de la Cruz.
La ternura de María es nuestro ejemplo a seguir. La Virgen manifiesta en todas sus acciones la ternura de Dios hacia los que sufren, hacia los necesitados, hacia los que esperan el consuelo. Por eso hoy, he de mirar mi corazón, pedirle a María que ese corazón endurecido, egoístay soberbio sea más tierno y entregado; que se llene de Dios para darlo no sólo a quien amo de corazón sino también a quien me necesita y me cuesta aceptar, con quien suelo pasar de largo; la ternura es sólo una de las caras del amor. Como cristiano estoy llamado a la ternura no sólo en virtud de una instancia del corazón o de un impulso emotivo sino en virtud de la palabra de Dios y de mi vida en Cristo. Si la ternura me pertenece como cristiano ¡cómo no la voy a ejercitar si tengo en María el mejor ejemplo a imitar!

 

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¡María, en este último sábado del mes de agosto quiero contemplarte con un amor especial! ¡Santa María de la ternura de Dios, ruega por nosotros para que me ponga siempre en manos de tu Hijo y cumpla siempre Su voluntad! ¡Ayúdame a ser más tierno, más comprensivo, más generoso y más amable con los demás! ¡Quiero ver en Ti la luz del alba que ilumina mi camino! ¡Quiero aprender de Ti tu amor por Jesús y por mis hermanos! ¡Quiero creer en Tu Hijo como creíste Tu, como guardaste Tu Su Palabra! ¡Quiero imitar tu estilo de vida, tus formas, tus gestos, tu mirada! ¡Tu ternura! ¡Tu, María, que eres la Virgen hermosa, que tienes un corazón sincero y transparente, bueno y predispuesto al acogimiento, humilde y sencillo, lleno de amor y de paz! ¡Conviértete en mi ejemplo! ¡Gracias, Madre, porque puedo acudir a Ti cada día! ¡Aquí estoy, María, en camino, en busca de un camino de fe, de un proyecto de vida coherente, con la idea de sembrar semillas de amor y de alegría, de esperanza y de confianza! ¡Ayúdame, Madre, a encontrar siempre el rostro de Tu Hijo! ¡Gloria a Ti, María, templo donde mora Dios, dame acceso a tu intimidad para hacer más mío el misterio de la misericordia de Dios! ¡Gloria a Ti, Madre, por tu hermosura y por todo lo que me ofreces cada día! ¡Gloria a Ti, María, Madre del Señor y Madre mía!

Salve Regina, de Cristóbal Morales:

¿Quieres sanarte?

En julio me encontré con un antiguo compañero de la universidad al que hacía años que no veía. Iba sentado en una silla de ruedas pues había quedado paralítico a consecuencia de un accidente de moto. En un principio los médicos le habían dado ciertas esperanzas de que algún día podría andar pero, debido a una serie de complicaciones, la parálisis no tuvo solución. Me dijo: «Tenía el convencimiento de que no andaría y en el fondo de mi alma, desde el accidente, preferí no hacer demasiados esfuerzos para seguir postrado si la lucha no iba dar resultados».
He pensado en este hombre varias veces desde aquel encuentro. Me ha venido a la mente la pregunta que Jesús le formula a aquel paralítico que llevaba postrado junto a la piscina treinta y ocho años a la espera del milagro que le permitiera caminar de nuevo. El «¿quieres sanarte?» de Cristo a simple vista podría ser una pregunta de mal gusto pero el Señor sabía que aquel hombre desesperado anhelaba recobrar la salud.
Jesús lee lo que se guarda en lo más recóndito del corazón del hombre. Sabe a la perfección de que, como mi antiguo compañero de estudios, hay quien prefiere no esforzarse y seguir postrado porque su lucha no dará el resultado esperado. Hay quien prefiere no intentar levantarse en parte porque a todos nos desagrada que nos diagnostiquen lo negativo que llevamos dentro. Preferimos negarlo, apartarlo u ocultarlo antes que tratar de frenarlo. Es como permanecer postrados en la silla de la mediocridad. Lo que buscamos es ir aliviando los síntomas que rodean la enfermedad pero evitando poner los medios porque cuando uno asume el mal en su vida ya hay quien se ocupa de que el mal se enquiste en nuestro interior.
Si eso sucede en lo cotidiano de la vida, ¿qué no ocurrirá con la vida de fe? Lo que sucede habitualmente es que uno evita buscar salidas, se conforma con lo que hay. Buscamos ser felices pero concentramos esa felicidad en un auto compadecimiento, en que el prójimo se preocupe de nosotros o se compadezca de nuestra situación.
Las heridas del corazón, los rencores malsanos, los enfrentamientos, los odios vengativos, los remordimientos repletos de inquina… todo supura por dentro impregnándose en nuestro interior. Y, mientras, nosotros también nos sujetamos a ellos paralizándonos como sucedía con aquel paralítico de la piscina de Siloé.
El dolor no puede paralizar al hombre; en algún momento uno tiene que enfrentarse a él lo que explica la pregunta de Jesús del «¿quieres sanarte?» que es previa al milagro que va a cambiar la vida de cualquier hombre. Pero Jesús solo actuar cuando observa la cooperación del ser humano.
La respuesta de aquel compañero de universidad me permite comprender que ante los problemas, ante las dificultades, ante la dudas de fe, ante el cansancio vital, ante las penas y sufrimientos, ante la incomprensión de los que nos rodean, ante tantas situaciones que producen dolor tengo siempre que preguntarme sincera y profundamente: ¿quiero sanarme de verdad confiando en el Señor?, y si quiero, ¿por qué no soy capaz de vislumbrar honradamente las causas auténticas de lo que me sucede?

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¡Señor, al igual que Tu hiciste caminar a aquel paralítico de la piscina, te pido me liberes del espíritu de parálisis que en tantas ocasiones me impide moverme dejándome postrado y que me lleva a perder la ilusión, la alegría y la esperanza! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me ayude a poner los medios necesarios para salir de esas parálisis que tantas veces me ahogan! ¡Señor, tu me invitas a caminar y a no permanecer postrado, no permitas que permanezca mirando mis propias debilidades! ¡Toma mi fragilidad y dame la fortaleza para levantarme siempre, con esperanza! ¡Que tu Santo Espíritu, Señor, acompañe siempre la debilidad de mi ser frágil! ¡Tu sabes, Señor, que soy pura debilidad y que, incluso, hay momentos que tus caricias y tu ternura me duelen! ¡Pongo mi vida en tus manos, Señor, y me abandono en Ti porque a tu lado todo es más fácil! ¡Quiero sanarme, Señor, y a tu lado crecer para ser mejor cada día!