Torpeza en los juicios ajenos

Soy torpe en muchas cosas. Mi torpeza me hace abrazar, por ejemplo, la ineptitud en las manualidades. Pero a veces, mi torpeza, va más allá porque me impide ver el trasfondo humano de las personas.
Un amigo me presentó hace unos días a un individuo con un aspecto muy desaliñado, repleto de tatuajes en brazos y piernas hasta el punto que, si quisiera, no le cabría un motivo más en su cuerpo. Ese día llevaba encima una camiseta negra envejecida con una calavera estampada y un lema que invitaba a salir corriendo.
Tomamos el aperitivo los tres juntos. Fueron dos horas de sorpresa en sorpresa. Una persona educada, amable, con unos valores firmes, alguien solidario que dedica bastante de su tiempo libre a ayudar al prójimo, respetuoso con las ideas ajenas, amigo de su amigos, solidario… Cuando se marchó, su amigo ahondó en sus bondades personales. Mi torpeza me había llevado a prejuzgar a alguien que, de no haberle conocido, si me lo hubiese encontrado por la calle, había cambiado de acera porque por su aspecto externo no invitaba a la confianza.
Dios me había dado de nuevo —como tantas veces sucede— una auténtica lección de humildad personal. Me dejó patente que Él mira el interior del ser humano, que lo exterior no tiene porque definir a la persona. Y, aunque esta apreciación es de manual, fue de nuevo una lección a mi soberbia personal porque con tristeza —lo debo reconocer— mi naturaleza me lleva en algunas ocasiones a prejuzgar sin conocer, a pensar de alguien sin ahondar en su interior, a crear una imagen únicamente con los cuatro bosquejos que diseña mi opinión.
Juzgamos por lo físico porque las apariencias nos influyen. Al dejar a mi amigo recordé una de las muchas situaciones impactantes que se recogen en el Evangelio. Es aquella en la que Cristo se detiene ante el mostrador de los impuestos, fija su mirada sobre Mateo y, exclama, con ternura: «Sígueme». Algo profundo debió tener aquella mirada para que penetrara en el corazón de aquel cobrador de impuestos para que se levantara, lo dejara todo y siguiera al Señor.
El evangelista no narra lo que sintió Mateo pero no es difícil de imaginar que la mirada de Cristo le conmovió y le hizo sentirse diferente. A pesar de su profesión, mal vista en su época, la mirada de Jesús no fue una mirada de reproche, ni de condena, ni de censura ni reprobación. En el momento en el que no te sientes condenado no tienes necesidad de defenderte ni justificarte. Con probabilidad Mateo sintió que aquella mirada rezumaba amor y estaba repleta de cariño. Por tanto, al «Sígueme» de Cristo siguió el «Sí» de Mateo. Cristo había mirado su corazón y no las apariencias.
Esta escena me enseña que cuando miras con ojos de amor tienes más facilidad para llegar al corazón del otro.

 

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Señor, de esas cosas de la vida que tanto amo, despréndeme si es tu voluntad! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre con una actitud de humildad para poder escuchar tu voz y poderla transmitir a los demás! ¡Espíritu Santo, ayúdame a encontrarme cada día con Cristo y conocerlo mejor para que, transformada mi vida, sea capaz de vivir con una actitud de humildad permanente! ¡Necesito ser humilde, Señor, para permanecer cerca de Ti, haciendo vida tu Evangelio! ¡Señor, ayúdame comprender que Tú eres la única fuente de santidad y que sin Ti no soy nada, y nada alcanzaré al margen de tu voluntad!

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