¿Quieres sanarte?

En julio me encontré con un antiguo compañero de la universidad al que hacía años que no veía. Iba sentado en una silla de ruedas pues había quedado paralítico a consecuencia de un accidente de moto. En un principio los médicos le habían dado ciertas esperanzas de que algún día podría andar pero, debido a una serie de complicaciones, la parálisis no tuvo solución. Me dijo: «Tenía el convencimiento de que no andaría y en el fondo de mi alma, desde el accidente, preferí no hacer demasiados esfuerzos para seguir postrado si la lucha no iba dar resultados».
He pensado en este hombre varias veces desde aquel encuentro. Me ha venido a la mente la pregunta que Jesús le formula a aquel paralítico que llevaba postrado junto a la piscina treinta y ocho años a la espera del milagro que le permitiera caminar de nuevo. El «¿quieres sanarte?» de Cristo a simple vista podría ser una pregunta de mal gusto pero el Señor sabía que aquel hombre desesperado anhelaba recobrar la salud.
Jesús lee lo que se guarda en lo más recóndito del corazón del hombre. Sabe a la perfección de que, como mi antiguo compañero de estudios, hay quien prefiere no esforzarse y seguir postrado porque su lucha no dará el resultado esperado. Hay quien prefiere no intentar levantarse en parte porque a todos nos desagrada que nos diagnostiquen lo negativo que llevamos dentro. Preferimos negarlo, apartarlo u ocultarlo antes que tratar de frenarlo. Es como permanecer postrados en la silla de la mediocridad. Lo que buscamos es ir aliviando los síntomas que rodean la enfermedad pero evitando poner los medios porque cuando uno asume el mal en su vida ya hay quien se ocupa de que el mal se enquiste en nuestro interior.
Si eso sucede en lo cotidiano de la vida, ¿qué no ocurrirá con la vida de fe? Lo que sucede habitualmente es que uno evita buscar salidas, se conforma con lo que hay. Buscamos ser felices pero concentramos esa felicidad en un auto compadecimiento, en que el prójimo se preocupe de nosotros o se compadezca de nuestra situación.
Las heridas del corazón, los rencores malsanos, los enfrentamientos, los odios vengativos, los remordimientos repletos de inquina… todo supura por dentro impregnándose en nuestro interior. Y, mientras, nosotros también nos sujetamos a ellos paralizándonos como sucedía con aquel paralítico de la piscina de Siloé.
El dolor no puede paralizar al hombre; en algún momento uno tiene que enfrentarse a él lo que explica la pregunta de Jesús del «¿quieres sanarte?» que es previa al milagro que va a cambiar la vida de cualquier hombre. Pero Jesús solo actuar cuando observa la cooperación del ser humano.
La respuesta de aquel compañero de universidad me permite comprender que ante los problemas, ante las dificultades, ante la dudas de fe, ante el cansancio vital, ante las penas y sufrimientos, ante la incomprensión de los que nos rodean, ante tantas situaciones que producen dolor tengo siempre que preguntarme sincera y profundamente: ¿quiero sanarme de verdad confiando en el Señor?, y si quiero, ¿por qué no soy capaz de vislumbrar honradamente las causas auténticas de lo que me sucede?

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¡Señor, al igual que Tu hiciste caminar a aquel paralítico de la piscina, te pido me liberes del espíritu de parálisis que en tantas ocasiones me impide moverme dejándome postrado y que me lleva a perder la ilusión, la alegría y la esperanza! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me ayude a poner los medios necesarios para salir de esas parálisis que tantas veces me ahogan! ¡Señor, tu me invitas a caminar y a no permanecer postrado, no permitas que permanezca mirando mis propias debilidades! ¡Toma mi fragilidad y dame la fortaleza para levantarme siempre, con esperanza! ¡Que tu Santo Espíritu, Señor, acompañe siempre la debilidad de mi ser frágil! ¡Tu sabes, Señor, que soy pura debilidad y que, incluso, hay momentos que tus caricias y tu ternura me duelen! ¡Pongo mi vida en tus manos, Señor, y me abandono en Ti porque a tu lado todo es más fácil! ¡Quiero sanarme, Señor, y a tu lado crecer para ser mejor cada día!

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