El discurso del no

“Me cuesta decir «no». No sé decir que «no». No puedo decir «no»”. ¡Cuántas veces escuchamos esta expresión o la hemos utilizado nosotros mismos! Estamos educados para el «sí».
En esta tesitura pensamos que diciendo que «sí» todo es más sencillo, más gratificante e, incluso, menos arriesgado. Nos gusta complacer al prójimo. En realidad, hay un deseo oculto de no defraudar, de no ser tachados de egoístas, de tener miedo a que el otro se disguste, tenemos miedo a enfrentarnos a situaciones desagradables, a decepcionar; surge a veces un sentimiento de inferioridad, a tener la sensación de creerse imprescindible pensando que sin nosotros los demás no podrán apañarse, a no ser reconocido por los demás; tratamos de evitar que nos critiquen; por un sentimiento de culpabilidad, por sentirnos en deuda con otras personas, por temor a que se nos aísle del grupo al que pertenecemos…
El «sí» forma parte del discurso de la corrección en la sociedad actual. Decimos que «sí» para agradar a toda costa a los demás. ¡Deseamos tanto pertenecer a la comunidad que el «sí» nos parece más tranquilizador, incluso si nos quedamos en la mera ilusión! ¡Pero es imposible estar en armonía con todos!
El miedo a decir «no» proviene del miedo a ver truncadas las relaciones personales pero, aunque pueda parecer contradictorio, saber decir «no» te hace ganarte el respeto de los demás.
Aprender a decir «no» no implica que tenga que negarme a todo. Supone administrar mi libertad para tomar la decisión que considero más adecuada, sin importarme lo que los demás piensen de mi y sin dejarme sucumbir por un sentimiento de culpabilidad. Significa que, aplicando el sentido común, mi voluntad, guiada por el corazón y la razón, me lleva a tener el valor de mostrarme ante el mundo como soy, con honestidad, valentía y autenticidad.
En mi vida diaria, ¿estoy tan seguro de mi mismo como para atreverme a decir «no»?

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¡Señor, a lo largo del día te digo muchas veces que «no»! ¡Tu sabes que es consecuencia de mi egoísmo, de mi soberbia, de mi autosuficiencia, de mi incapacidad para desprenderme de mis yoes y seguirte con autenticidad! ¡Quiero darte hoy mi «si»! ¡Quiero acercarme a Ti, querer vienes a mi corazón para darme vida y traerme la salvación! ¡No permitas, Señor, que cierre mi corazón a tu amor, no hagas caso a mis «noes» porque en ese momento lo único que hago es escoger lo sencillo, lo fácil, lo cómodo y lo que me desvía enteramente de Ti! ¡Endereza, Señor, de mi vida todo aquello que está torcido, acompáñame en la tarea cotidiana de cambiar mi interior para que mis «noes» se conviertan en «síes»! ¡Señor, lo que te pido es que tomes las riendas de mi existencia y me indiques el camino a seguir para que se cumpla tu voluntad y no la mía! ¡Ayúdame, Señor, a desterrar de mi vida el hábito de encerrarme en el conformismo y concédeme la gracia de superarme cada día! ¡Ven, Señor, y orienta mi camino aunque esto implique librar mil batallas en mi interior! ¡Todo lo puedo en Ti, Señor, a tu lado me siento vencedor porque tu me das la fuerza para superar los obstáculos que se presentan! ¡Señor, que mi vida sea siempre un «Si» a hacerse tu voluntad!

Hipócrita y alejado de la realidad

En una reciente cena profesional con veinte personas de diferentes nacionalidades y religiones me atreví a preguntarles a los comensales que definieran lo que para ellos es el cristianismo. Dos conceptos se repartieron la categoría ganadora e hirieron profundamente mi corazón: «una hipocresía» y «está alejado de la realidad».¿Carecían de razón al pensar así o les asistía la verdad?
En sus tiempos, el propio Jesucristo expresó una profunda desazón por el comportamiento del hombre y cuestionó: «¿Por qué me llamáis, Señor, y no hacéis lo que yo digo?».
La vida del cristiano es exigente. No puedo vivir como cristiano comportándome como un cristiano de herencia, expresando mi fe en Cristo pero no poniendo en práctica y creyendo en los elementos básicos de su doctrina porque en si mismo todo ello es una contradicción.
Ser cristiano es ser seguidor de Jesús. Seguir su persona, sus enseñanzas, sus mandatos, su Evangelio y vivir alejado de todo ello es una paradoja. Ser cristiano es ser discípulo de Jesús, es decir, su embajador en el mundo. Viéndonos tantas veces actuar no sorprende que la gente se cree una opinión tan limitada de la religión que representamos.
Nadie es perfecto, ni siquiera el que sigue genuinamente a Jesucristo. Las faltas y las caídas personales no desacreditan al cristiano. Es la fe sin obras lo que mata el cristianismo. Uno puede creer en Dios pero esa creencia se debe corresponder con obras, estar atento a Su voluntad, luchar por vivir y cumplir hasta las últimas consecuencias los mandamientos, especialmente el mandamiento del amor, sin importar el costo personal, las consecuencias y los obstáculos que aparezcan en el camino.
Pero hay algo que olvidamos con frecuencia. Un cristiano lo es cuando, con el corazón abierto en la oración, uno es capaz de reconocer sus imperfecciones y acepta su pecaminosidad. ¿Acaso no dijo Jesús que no son los sanos los que tienen necesidad de médico sino los enfermos y que no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores? En este sentido, ser cristiano implica mirar en lo más profundo del corazón y reconocer la propia imperfección para saber lo que uno es y no lo que quiere ser. El crecimiento interior es un proceso que exige una vida de perfección interior.
Como cristiano aunque trate de seguir las huellas de un Dios perfecto me equivoco con frecuencia, tengo flaquezas, imperfecciones, tomo decisiones equivocadas, cometo errores que provocan mucho dolor, juzgo implacablemente, caigo en la misma piedra, me dejo vencer por la tentación, pervierto los valores que me han enseñado, tejemanejeo con mis intereses personales… porque mi naturaleza es volátil. Como hay tantas roturas en el corazón rechazo el camino perfecto que propone Dios. Pero a Dios le gusta trabajar con gentes con roturas, dispuestas a reconocer sus problemas y que su corazón debe ser reparado. Un cristiano es como una vasija de barro que puede ser transformada por el poder sanador y reparador del Espíritu Santo.
«Una hipocresía» y «alejado de la realidad». En mi anhelo por ser buen cristiano no quiero aparentar solo tener fe porque mi vida de fe sin obras es como una higuera seca, muerta por ser incapaz de dar frutos, que aparenta lo que no es, que se engaña a sí misma y que engaña a los demás.

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¡Señor, no permitas que mi vida quede enmascarada por la mediocridad, que sea capaz de reconocer siempre mis imperfecciones y crecer conforme a la verdad! ¡Ayúdame a moldear mi carácter, a asumir mis debilidades, a cambiar lo que anida en mi corazón y dejarme transformar por tu Santo Espíritu! ¡Concédeme la gracia de ser testimonio de tu verdad, un auténtico embajador de Tu Reino! ¡Que cuando los demás me vean actuar piensen que soy un cristiano veraz! ¡Que nada me detenga, Señor, en esta tarea, que no me amedrente ni el qué dirán, ni el abandono de los demás ni los obstáculos que se vayan presentando en el camino! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me otorgue la fortaleza de afrontar la vida con plenitud, para mirar en lo más íntimo de corazón y tenga la valentía de cambiarlo por amor a ti y por mi propio bien! ¡Ayúdame a hacer siempre la voluntad de Dios! ¡Que esta vasija frágil que soy, Señor, esté siempre moldeada por tus manos amorosas y tiernas para que nadie pueda decir nunca que vivo en la hipocresía o alejado de la realidad!

¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados!

Me halaga la invitación de Cristo. Su «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» es motivo de sosiego y paz interior para mí. Y su «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso» una razón para la esperanza. Es emocionante sentir la acogida tierna del Señor. Estas palabras forman parte de uno de los fragmentos más consoladores, alentadores y esperanzadores del mensaje de Jesús y, sin lugar a dudas, de su testimonio vital.
Esta invitación dirigida a todos los que se encuentran «fatigados y agobiados» ¿a quién no le ha llegado en algún momento de la vida por muy perfecta y libre que uno así lo sienta? La fatiga es compañera habitual del ser humano en el peregrinaje de la vida y la opresión, en sus mil distintas formas —el consumismo, el trabajo, los problemas económicos, los condicionantes sociales, las dificultades en las relaciones, los problemas en la familia, la enfermedad, los ahogos…— nos impiden gozar en su plenitud de la libertad a la que hemos sido llamados. Por eso consuela cuando Jesús te formula esta invitación tan maravillosa que constata que Él mismo te aliviará, consolará y reanimará.
Esta invitación de Jesús es un camino para imitarle no tanto en su amor y entrega —pues nunca estaremos a la altura de corresponderle como Él lo ha hecho—, sino en aquello que constituye el fondo de su corazón: su sencillez y su humildad.
Cuando pones en la oración la realidad de tu vida, comprendes que Jesús quiere al hombre pequeño, sencillo y humilde y que Dios te regala, permanentemente, los secretos de su corazón. Esta es la escuela de la sabiduría de Dios pero ¿la frecuento realmente?

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¡Gracias, Señor, porque tu llevas libremente sobre tus espaldas todas mis cargas, mis pecados y mis miserias! ¡Gracias, Señor, por ese sí incondicional a la voluntad del Padre! ¡Que sea capaz de imitar tu ejemplo! ¡Gracias por tu amor incondicional, por tu ternura, por tu fidelidad, por tu generosidad, por tu misericordia y tu bondad que sana mis heridas! ¡Señor, hoy deseo poner a los pies de la cruz todas mis heridas y sufrimientos para que los acojas con amor! ¡Tu sabes la necesidad que tengo de ser sanado! ¡Permíteme, Señor, con la ayuda del Espíritu Santo abrir mi corazón a tu presencia y a tu amor que todo lo cura! ¡Señor, sabes que soy pequeño, pero que anhelo aceptar tu amor que da esperanza y vida! ¡Señor, confío plenamente en Ti aunque tantas veces no vea las señales que te pido; te entrego mis cargas; quiero descansar en Ti y recibir las bendiciones que tienes pensadas para mi! ¡Ayúdame, Señor, a que mi amor y mi fe por Ti sea cada día más grande! ¡Espíritu Santo, lléname con tu luz protectora, ilumíname con tu amor, sosténme con tu infinito poder y acompáñame con tu sabiduría!

Venid a mi:

¿Me puedo considerar un buen cristiano?

Cuando te planeas esta pregunta pueden surgir muchas dudas o sentir gran satisfacción. En general, la respuesta desde la perspectiva de la fe puede ser afirmativa a pesar de la gran cantidad de cosas que debo cambiar y mejorar en mi vida. En definitiva, ¿No pretendo aplicar el mensaje de Cristo a tu vida? ¿No intento vivir conforme a los valores cristianos?  ¿No asisto diariamente a la Eucaristía diaria? ¿No intento practicar la caridad, dar amor, no intento complacer al prójimo y servirlo? ¿No busco más que vivir honestamente? ¿No hago habitualmente oración?
Me fijo en la vida, árbol que da frutos dulces que pueden transformarse en excelente vino. Para elaborarlo existe un excelente enólogo. Dios. Él procura toda la atención a la vida que, para dar frutos sabrosos, exige mucha atención y mucho cuidado. La vida requiere ser podada con mimo, vigilar su crecimiento, combatir las malas hierbas, los insectos y las plagas y vendimiar en el momento oportuno. El mismo Cristo se identifica con la vid: «Yo soy la vid verdadera».
Jesús desarrolla el simbolismo: sugiere que nos percibamos a nosotros mismos como las ramas del árbol. La vid es un árbol injertado, al mismo tiempo una planta vivaz y un árbol frutal. Cumple un ciclo anual de producción de frutos y su propio ciclo de vida. Al comienzo un mero esqueje se convierte en una vid joven antes de alcanzar la madurez y la plena producción. Si el trasplante no se realiza correctamente, es muerte asegurada porque es esencial tener la certeza de que la savia, que proviene de la vid, realmente pase a la rama injertada y regule todas las ramas.
Para vivir como bueno cristiano es importante injertarme en el Señor, estar apegado a él, ser uno en él. Dejar que su vida pase a través mío, dejar que su Espíritu transforme todo mi ser. No puedo vivir acorde con el evangelio sin una relación personal con Jesucristo. “Permaneced en mí, como yo estoy en vosotros”. Permanecer en el amor de alguien es una expresión muy hermosa y muy fuerte. Incluso es el sueño de todos. Pero no se está refugiando en una pequeña felicidad tranquila. Acepta correr el riesgo, el mismo riesgo de amar y depender de la fidelidad del otro. El amor humano es muy frágil. Jesús, él y solo él, tiene la audacia de expresarlo con esta frase. De hecho, él es la figura del amor absoluto que es Dios mismo. Esto quiere decir que su amor es sólido como una roca. El amor de Cristo siempre nos precede.
La fe cristiana no se reduce a una religión, a un conjunto de doctrinas, a una moralidad o a una ideología que apoye nuestra acción. Al hablar así, oscurecemos, sin darnos cuenta, la dimensión propiamente mística de la fe. Jesús proclama su amor por todos y cada uno de sus discípulos. Él pide que mantengamos una conexión personal y vivamos con él. La fe es una experiencia personal, un encuentro con el Resucitado.
Como verdaderas ramas vivas daremos fruto: no amar con palabras y discursos, sino con hechos y en verdad. Nos amamos como él nos preguntó. Sin embargo, el fruto de la vid es la uva y un producto de la uva es el vino. ¿Cómo no pensar aquí la invitación de Jesús durante la Eucaristía a compartir su cuerpo y su sangre, su pan y su vino para fomentar nuestra relación personal con él?

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¡Señor, que no permitas que mi fe sea un fe vacía y estéril! ¡No permitas, Señor, que ame con obras y según la verdad y no con palabras y de boquilla! ¡Ayúdame a amar con hechos, amando como Tu amaste y nos enseñaste, en mi entrega cotidiana, en mi disponibilidad total al prójimo, en mis gestos de amor y caridad, según la verdad! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que mis obras estén conforme a tus enseñanzas! ¡Ayúdame a caminar por la vida con autenticidad para ser testigo de tu amor! ¡Señor, no soy más que una pequeña semilla en tus misericordiosas manos, te pido que me siembres en tu corazón que tanto ama para que una vez haya germinado pueda dar frutos en tu nombre! ¡No permitas que me conforme con mi vida espiritual ni con mi vivir humano, no dejes que me quede estancado, acomodado en el día a día según lo que me pida el corazón y mis necesidades! ¡Haz que brote en mi interior el deseo de crecer y dar frutos, de descubrir cuál es mi misión para ir marcando el sendero, dar sentido auténtico a mi vida y crecer cada día! ¡Que nada me separe de Ti, Señor; ayúdame a someterme a tu voluntad y poner en práctica todos los medios y recursos que pones a mi alcance dar frutos! ¡Señor, enciende mi corazón con el fuego de tu amor y que mi vida esté abierta siempre a la esperanza de una jornada bendecida por Ti! ¡Que aprenda a morir a mi mismo, a mis puntos de vista, a mis exigencias, a mis egoísmo, a mi orgullo, a mis gustos, a mis impaciencias y adaptarme siempre a Tu querer!

Libera nos, bella música de John Sheppard para ambientar la meditación de hoy:

¿Podemos vivir sin la Misa del domingo?

Por razones laborales me encuentro en una república islámica y en la ciudad no hay ninguna iglesia católica. De hecho, a miles de kilómetros a la redonda es imposible encontrar un sacerdote católico. Sin embargo, voy a asistir a misa a través de Internet para celebrar, como cada domingo, la resurrección de Jesús.
Días como hoy me permiten redescubrir el sentido del domingo, día del Señor, el día del juicio, el día de día de descanso familiar, el día de la alegría de Dios. ¡Para mí la Eucaristía de todos los días, pero en especial la del domingo, es la fuente y la cumbre de todas las actividades de la semana! ¡Cuántos hombres y mujeres en el mundo no tienen posibilidad de reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas!¡Cuántos miles de cristianos sin el Día del Señor no pueden vivir! Y en nuestra sociedades, ¿podemos vivir sin la Misa del domingo?
Me duele cuando tantos bautizados no participan de la Misa dominical que debería ser la cumbre de todo el domingo cristiano. Otros dioses toman el lugar de Jesús resucitado: ¡el deporte, la cultura, los viajes, los placeres! Nada hay contra ello, pero para un cristiano la cumbre de su domingo debe ser la misa dominical.
Hay una frase del libro de los Proverbios que tiene su impronta. Es cuando Dios dice: “Ven a comer mi pan y beber el vino que he preparado para ti”. Esta profecía se realizó en el momento de la Institución de la Eucaristía. El discurso del pan de vida Jesús ha indignado a muchos oponentes que no aceptaban que Él es el pan de vida, el Hijo del Padre, el Mesías. Les pareció escandaloso e intolerable en su tiempo que Jesús pudiera pedirles que comieran su carne y bebieran su sangre. Hoy, sabemos cómo uno puede comer su carne y beber su sangre en el sacramento de la Eucaristía. Creemos que Jesús es el único Hijo del Padre, la Verdad y la Vida. En el sacramento de la Eucaristía, estamos espiritualmente nutridos por el sacramento de Su Cuerpo y Sangre. Sabemos, por medio de la fe, que Él está verdaderamente presente y sustancialmente en el Santísimo Sacramento que nos permite vivir con Su Vida. Comprender el inefable misterio: Dios Padre desde la eternidad, desde la Creación y la Encarnación redentora quiere reunirse en la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, con todos sus hijos a los que tanto ama. Este Cuerpo de Cristo, sin embargo, aún no ha alcanzado su plenitud. Para alcanzarlo, la comunión eucarística es indispensable. Los Padres de la Iglesia dijeron: la Iglesia hace la Eucaristía, la Eucaristía hace la Iglesia.
En la lejanía de una iglesia a la que poder acudir, de mi familia con la que convivir, a miles de kilómetros de mi ciudad, quiero sin embargo santificar este domingo que, en el país en el que me encuentro, es día laborable. Vivir poniéndolo todo a la luz de Dios para comprender y cumplir Su Voluntad. Es verdad que la Voluntad de Dios perturba a aquellos que la rechazan. Pero no es posible reconstruir nuestro mundo sin anteponer a Dios. Por encima de las leyes que nuestros gobernantes tratan de imponernos, existe la ley natural de la cual Dios es el único fundamento. Oremos, suframos y ofrezcamos para que los corazones se abran a la verdadera sabiduría. Solo el apostolado del amor es irresistible. ¡Este apostolado se ejercita también alimentándose con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sabiduría encarnada y rezando a la Virgen María, Trono de Sabiduría! ¡Feliz domingo!

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¡Señor, gracias por tu amor y por tu bondad! ¡Hoy no puedo recibirte en la Comunión pero quiero aprovechar este tiempo para decirle lo mucho que te amo! ¡Quiero decirte que a tu lado, especialmente cuando te recibo en la Comunión, me siento muy bien! ¡Qué nada me separe nunca de ti, Señor! ¡Te entrego, Señor, mi corazón, mi alma, mi ser, mis proyectos, mis ilusiones, mis tristeza, mis esfuerzos, mi trabajo, mi familia, mis amigos, mis anhelos, mi futuro! ¡Quiero ser tu amigo, Señor, como tu eres mi amigo fiel! ¡Te pido perdón, Señor, porque tantas veces me alejo de Ti, porque me olvido de que existes porque prefiero hacer mi voluntad, porque impongo mi egoísmo y mis cosas, mi soberbia y mis intereses personales! ¡Pero tu me pides que te ame, que te reciba cada día en la Comunión! ¡Gracias, Señor, por acordarte cada día de mi! ¡Todo lo que tu quieras para mi, Señor, aunque no lo entienda lo acepto con amor! ¡Gracias, Señor, por morir por mi, por alimentarme con tu cuerpo y con tu sangre! ¡Toma mi corazón, es tuyo, Señor! ¡Une mi corazón a tu Sagrado Corazón y al Corazón Inmaculado de tu Madre! ¡Tu conoces mis debilidades y mis pasiones, tu sabes lo que anida en mi corazón, cámbialo! ¡Te pido también, Señor, por los que no te quieren, los que no conocen el valor de la Eucaristía, por los que no santifican el domingo, por los que están alejados de Ti! ¡Perdona, Señor, nuestras faltas y nuestros pecados, envía tu Espíritu para que renueve nuestros corazones y para que nuestros llanto se convierta en alegría con el fin de vivir alabando tu Santo Nombre!  

Hoy cantamos, Jesús amigo:

Al pie de la cruz con María

Tercer sábado de septiembre con María en el corazón. Hoy me siento cercano a Nuestra Señora de los Dolores y quiero permanecer al pie de la cruz junto a la Virgen. Estar así inmerso en el corazón de la Pasión sintiendo el gran amor que Jesucristo tiene por nosotros porque, para el cristiano, la cruz no es la exaltación del sufrimiento sino del amor infinito de Dios.
El cuerpo de Jesús está lacerado, sin aliento, desfigurado, es el mismo que María llevó en su seno durante nueve meses. Ella permanece allí experimentando un dolor extremo, fiel a Jesús. Esta es la belleza de esta escena crucial que conocemos por los Evangelios. Al pie de la cruz, la Madre de los Dolores se convierte en la Madre de este nuevo pueblo bautizado, de este nuevo nacimiento, el de la Iglesia.
Siguiendo el ejemplo de San Juan, y conforme a la voluntad de Jesús, me llevo a María a mi casa, es decir, a mi corazón. Me uno íntimamente a ella en la fe para sentir más cerca a Nuestro Señor. Existe una comunión del corazón y de la voluntad entre Madre e Hijo, y al estar unido a ella, siento también que me hallo injertado en el corazón amoroso de Cristo.
En este día, unido a María, contemplando el cuerpo rasgado y magullado de Cristo, quiero entender la perfección del cumplimiento de la voluntad de Dios. Perfeccionarme por el amor, aceptar la cruz, el sufrimiento, sentir el misterio infinito del amor de Dios por nosotros, derramar lágrimas de contrición que expresen pesar por mis pecados y gratitud y alegría por el amor que Dios me tiene.
Como la Virgen está unida a lo que vive su Hijo, ser también más consciente de lo que vive mi prójimo; sentir en mi corazón un sentido de fraternidad humana que me conduzca a la verdadera caridad hacia mis semejantes, quienquiera que sean. Ser compasivo, estar allí a los pies de su cruz, cerca del que sufre, estar con él, llevarlo en mi corazón, siguiendo el ejemplo de Cristo, que ha soportado el peso de nuestras vidas, y de María, que me enseña que no puedo anunciar el Evangelio de Cristo sin estar íntimamente unido a Él y abierto a las cosas de Dios que todo lo basa en el Amor con mayúsculas.

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¡Señor, te doy gracias, porque en tu gran misericordia, no nos has dejado huérfanos sino que nos has dado a María, Tu Madre, para que nunca estemos solos frente a las adversidades y las dificultades de la vida! ¡Señor, te pido la gracia de ser un buen hijo de tu Santa Madre, para aceptar Su ayuda en mi vida, para tratar de hacerla feliz y caminar con ella en el peregrinaje de cada día! ¡Gracias, María, por tu ejemplo, por tu amor, por tu fidelidad, por estar al pie de la cruz, por enseñarme a abandonarme en las manos del Padre! ¡Gracias, María, ya que en la Cruz en tu corazón, en tu espíritu y en tu inteligencia, viviste todo lo que Cristo vivió en esta Hora y te asociaste con todo tu ser en la cruz al misterio de la vida! ¡Gracias, María, porque este mismo misterio de vida se cumple en la vida de cada persona, en nuestras enfermedades, en nuestras tribulaciones y sufrimientos, en nuestras angustias y penalidades! ¡Gracias, por acogerlo todo en tu corazón, Madre buena! ¡María, Nuestra Señora de los Dolores, concédeme la gracia de tener tu fidelidad, tu amor, tu coraje y tu fuerza para que, después de contemplar tu ejemplo, me otorgues la misma actitud ante las dificultades!

Unidos a los dolores de María meditamos con este bello y profundo Stabat Mater:

Consciente del valor de la Cruz

Celebramos hoy la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, también conocida como Triunfo de la Santa Cruz, para celebrar la memoria de la recuperación del sagrado madero sobre el cual Cristo consumó la gran obra de la redención, restituida por el emperador Heraclio a Jerusalén, de donde había sido sacada por los persas unos años antes.
¡Qué hermosa esta fiesta de la Cruz, la Cruz que ahuyentó la oscuridad y trajo al mundo la luz! En un día como hoy uno se hace consciente del valor de la Cruz. Te permite valorar que posees un valioso tesoro, el más magnífico de todos los bienes; porque en ella, a través de ella y por ella se resume la esencia de nuestra salvación.
Sin cruz, Cristo no hubiese sido crucificado y la vida del hombre no sería igual, no podríamos beber de la fuente de la inmortalidad venidera, la sangre y el agua no hubieran purificado el mundo, el pecado no habría sido arrancado de la tierra, la libertad sería una quimera, hubiese sido imposible tomar el árbol de la vida y el paraíso no se hubiera abierto para el alma humana.
Sin la Cruz, la muerte no habría sido jamás derrotada y al infierno no le habrían despojado de sus armas.
La Cruz tiene un gran valor porque produce innumerables bienes fruto de los sufrimientos de Cristo y de su triunfo sobre la muerte. Es algo precioso, porque la Cruz no es solo el culmen del sufrimiento sino que es el gran trofeo de Dios. En ella Cristo murió voluntariamente; por ella el diablo fue herido y vencido, y la muerte también fue vencida con Él. La Cruz es el signo de la salvación del mundo entero.
La cruz es silencio, soledad, aceptación, renuncia, amor, pobreza, consuelo, fidelidad, acompañamiento, agitación. La Cruz es la gloria de Cristo. La Cruz es su exaltación. Ella vemos la copa deseada, la recapitulación de todas las torturas que Cristo soportó por nosotros. ¡Por eso amo la Cruz!

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¡Señor, en este día de la Exaltación de la Santa Cruz, te suplico con todo mi corazón y con toda mi alma que me concedas la gracia para exaltar tu Cruz Santa y me ayudes a llevar una vida nueva! ¡Ayúdame a mirar la Cruz en base a mi historia personal, mirarla desde la perspectiva de tu amor, para comprender todo lo que has hecho por mi, para comprender este misterio tan grande que es morir por mi, para acercarme a Ti para darte gloria y alabarte! ¡No permitas, Señor, que tenga miedo a cargar la cruz de cada día, a hacerlo siempre con sentido sobrenatural! ¡Ayúdame a comprender, Señor, que llevar la cruz con amor es signo de victoria! ¡Que cada vez que me persigne, Señor, sea consciente de que estoy marcando tu presencia en mi! ¡Que cada vez que contemple tu cruz sea ungido por tu presencia! ¡Que cada vez que contemple tu cruz mis ojos se centren en Ti, levantado en lo alto, exaltado por Dios, triunfante ante el dolor, el sufrimiento y la angustia, vencedor de la muerte y del pecado! ¡Concédeme la gracia de tomar la cruz y seguirte sean cuales sean las circunstancias de mi vida! ¡Que sea capaz de entender que tus brazos abiertos en la cruz son un signo de acogimiento y de amor, que esta apertura es para esparcir sobre mi los beneficios de la redención y de la santificación, don de Dios! ¡Te exalto, te bendigo y te glorifico, Señor, porque viéndote en la cruz no puedo más que dar gracias por tu testimonio de amor! ¡Gracias, Señor, por tanto amor, por tanta misericordia, por tanta generosidad! ¡Que tu cruz, Señor, me una más a Ti! ¡Que no me acostumbre a verte crucificado, Señor!

Hermoso canto de alabanza a la Cruz: O crux benedicta:

Arrepentirse de obrar mal

Encontramos personas en nuestro camino que afirman sin rubor: “No me arrepiento de nada”. ¿De nada? ¿Puede alguien no arrepentirse de nada? Hay muchos elementos de nuestra vida que necesitan ser corregidos y cuando se tiene conciencia del mal causado, si se ha perjudicado a alguien, la conciencia no debe ser tan laxa. Es la arrogancia del que se siente impecable.
Pienso lo mucho que me arrepiento de tantas cosas en las que he obrado mal. De cómo he tratado tantas veces a mi padre –que ahora no está entre nosotros- y he sentido necesidad de pedirle perdón; de la falta de respeto a mi madre o mis hermanos; de la falta de delicadeza con la que a veces hablo a mi mujer; de lo exigente que soy en ocasiones con mis hijos; o del trato que doy a mis amigos no dedicándoles el tiempo que necesitan o preocupándome más por sus necesidades; o de los muchos fallos que he cometido en mi vida; de las numerosas frivolidades que han jalonado determinados momentos de mi existencia; de la infinidad de estupideces que he llegado a hacer para ser respetado; de las veces que he aparcado mi vida de oración por estar cansado o porque había cosas más interesantes que hacer; de la arrogancia con la que actúo tantas veces; de las ocasiones que mis máscaras cubrían mi rostro; de, de, de…

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¡Hay, Señor, cuanta fragilidad y que enorme disonancia entre lo que debo ser y lo que soy! ¡Señor, ayúdame a mejorar cada día, tu me enseñas que el fundamento de todo crecimiento humano no radica en recapitular una y otra vez sino en ser capaz de reconocer con humildad mis errores y mis caídas, levantarme y comenzar de nuevo! ¡Señor, abre mis ojos para que sea consciente del mal que he causado a los demás, toca mi corazón para que con sinceridad me convierta de verdad a Ti! ¡Restaura Tu amor en mi, Señor, para que en mi vida resplandezca tu propia imagen!

Hoy Robert Schumman y su Arabesque op. 18:

 

El Santo nombre de María

Hoy es la fiesta del santo nombre de María, establecida por el Papa Inocencio XI, el año 1683, en memoria de una victoria memorable ganada por los cristianos sobre los turcos, con la protección visible de la Reina del Cielo bajo las murallas de Viena después de que el rey de Polonia exclamará después de la Misa: “Caminemos con confianza bajo la protección del Cielo y con la asistencia de la Santísima Virgen María”.
El nombre de María es un nombre glorioso, amable, pacificador, que te remite al amor de la Virgen. ¡Que el nombre de María con el de Jesús y el José esté incesantemente en mis labios y en mi corazón!
Llamar a alguien por su nombre significa ponerse en contacto con él. Entre el nombre y el que lo sostiene existe una relación estrecha y sustancial, una afirmación sobre la esencia de quien lo usa, algo de su propia naturaleza, a veces un programa de vida completo, o una misión. El nombre expresa todas las cualidades y aptitudes de la persona nombrada. Designa su misión, su valor personal. En la Biblia, por ejemplo, Jacob, después de su lucha nocturna contra Dios, recibe de Él un nuevo nombre: “Israel”. Jesús le da a Simón un nuevo nombre: Kephas, Pedro. Dios le da a Adán el poder de nombrar animales. Para dar un nombre a un animal o un ser humano, hay entender o intentar comprender la naturaleza de la persona, su papel en este mundo. Dios mismo le reveló su nombre a Moisés: ¡Yahvé! ¡La Ley prohibía la representación de Dios como una imagen o estatua, pero Moisés podía llamarlo por su nombre! Invocar su nombre, llamarlo por su nombre, es entrar en una relación de conocimiento y amor con él. En la religión musulmana, no existe esta relación de intimidad con Dios. Tenemos esta gracia porque Dios se nos reveló y nos permitió llamarlo por su nombre. María Magdalena reconocerá a Jesús resucitado, cuando lo llama por su nombre: “María”.
María es un nombre de salvación porque el de la Madre es el de llave que abre las puertas del cielo, es la estrella que ilumina nuestro camino, que da brillantez a todo el universo, que penetra en las sombras tantas veces profundas del corazón, que alecciona a las almas para fortalecer sus virtudes y derrotar sus defectos.
Cuando pronuncias el nombre de María los vientos de la tentación escampan; las tribulaciones del corazón aminoran, los vientos del orgullo se disuelven, la tristeza desaparece, la desesperación se torna esperanza. En los momentos de desesperación, de congoja, de duda, de angustia… cuando pronuncias el nombre de María todo parecer que se reconforta.
Me ocurre con frecuencia. Cuando acudo a María mi corazón se transforma. Te ayuda a no desviarte, a no desesperarte, a no caer. Te sientes protegido, tus temores aminoran, tus miedos se apaciguan.
Hoy le pido al Señor que me de una devoción más amorosa y más confiada a la Virgen María. María, la Madre, la que responde de inmediato a los hijos que la llaman por su nombre.
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¡Oh dulce Virgen María, bendícenos siempre, guíanos, enséñanos a amar a Jesús y a caminar por el camino de la santidad! ¡Dios te salve, María…! ¡María, Madre, qué hermoso es tu nombre! ¡Qué hermoso el nombre de la Madre de Dios! ¡El nombre de una Reina, de una doncella sencilla, puerta del cielo! ¡Hoy quiero darte gracias por todo lo que eres para mi, la unión de los hombres con Dios, que se hace en tu seno de Madre! ¡Te doy gracias, María, porque eres el centro de la unión de Dios con nosotros! ¡María, Madre, tu nombre me evoca generosidad, esperanza, fe humildad, fortaleza, confianza, amistad, fidelidad, sencillez, pureza, sostén de la Iglesia, apertura de corazón, misericordia, compañera, valentía, decisión, esclava del Señor, dulzura, maternidad abierta a toda la humanidad, estrella de la evangelización…! ¡Quiero parecerme a Ti, María, en todo! ¡Transforma mi corazón, hazlo nuevo, unido a Jesús! ¡Hoy pronuncia con alegría tu nombre, María, imploro tu ayuda y me cobijo bajo tu maternal protección! ¡María, te amo con todo mi corazón y amo también tu santo nombre! ¡Que no deje nunca de invocarlo para que no dejes de salir a mi encuentro, para que en los momentos de dificultad no dejes de consolarme con tu dulce presencia, para que intercedas ante Jesús y me llenes de gracias y bendiciones divinas, para que seas mi abogada cuando caigo, para que me endereces cuando me aparte del camino, para que ablandes mi corazón! ¡Que no deje nunca de nombrarte, María, para llenar mi corazón de fe, de amor, de confianza y de esperanza porque quiero que todo mi ser ser impregne de la gracia de Dios que se derrama a través tuyo! ¡María, guíame siempre por los caminos de la vida porque quiero llegar al cielo en tu compañía!

Ave Maria, gratia plena Sancta Maria gratia Ave Maria, mater Dei Maria, ora pro nobis:

La vida del discípulo, vida de amor

El Espíritu Santo manifestó a Pedro y a los apóstoles que la Iglesia fundada por Jesús no debería estar compuesta únicamente de judíos, sino de hombres y mujeres de todas las naciones. La Iglesia es católica, es decir, universal.
El Espíritu Santo nos insta a evangelizar a todos los hombres en todas las periferias del mundo, entendiendo por ellas incluso los entornos más cercanos. Hemos de salir y conocer a todos, no adoptar el espíritu del mundo y ser mundanos, no negar a Jesús y su Evangelio, sino ayudar a los incrédulos y a los no creyentes para que abran sus corazones a Dios y a Jesús, el único que revela el verdadero rostro de Dios.
¡No hay que avergonzarse de Jesús ni de la condición de cristiano! El Espíritu Santo actuará en los corazones de aquellos con quienes nos encontremos.
La vida del discípulo de Jesús debe ser una vida de amor. Jesús, al redimir al hombre pecador, purificó y sanó su amor. El amor no es el amor humano es el amor que se basa en la caridad, en el servicio, en la entrega, en el desprendimiento… ¡Por la gracia recibida de Jesús y por la acción del Espíritu Santo podemos ser capaces de amar y poder amar como Jesús ¡Se trata de encender el fuego del amor en el mundo!
Solo una cosa es importante: ¡amar! ¡Podemos amar porque el Amor de Dios ha sido infundido en nuestros corazones! ¡Por eso hay que pedirle al Espíritu Santo que encienda en el corazón este Fuego de amor que transformará este mundo! La paz no es solo la ausencia de guerras, no es el equilibrio logrado por el poder de los bloques armamentísticos. La paz verdadera, la paz de Dios solo puede encontrar su fundamento en el Amor. Solo el Amor puede provocar la civilización del Amor. ¿Es esta civilización factible? Sí, porque Dios lo quiere y porque el Espíritu Santo puede transformar los corazones de todos los hombres de buena voluntad. Pero el Espíritu Santo no quiere actuar solo. Él necesita la pobreza de nuestra vida, convertirnos en instrumentos sencillos, como necesitó a Pedro y a los apóstoles para la evangelización de los primeros gentiles. Si Pedro no hubiera obedecido al Espíritu Santo y no hubiera entrado en la casa de Cornelio no habrían recibido el Espíritu Santo y no habrían sido bautizados! Impulsado por el Espíritu Santo, llenos de Amor, nuestra misión es despertar a los durmientes bautizados y hacerlos celosos actores de la nueva evangelización. ¡Despertarlos es la gran tarea de los cristianos de hoy! ¿Empezamos?

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¡Padre Celestial, Amor con mayúsculas, que tanto amas a la humanidad por Ti creada, hazme testigo del amor! ¡Derrama, Padre, Tu Santo Espíritu sobre este pequeño instrumentos para que inspirado por el mensaje del Evangelio sea transmisor de amor al mundo, a mi familia, a mi círculo de amistades, a mi entorno laboral! ¡Que Tu Espíritu divino remueva en mi alma el deseo de renovar mi fe, llenarla de esperanza, y me permita profundizar en mi relación con tu Hijo, Jesucristo, para desde la vivencia de la Buena Nueva que Él nos trajo sea capaz de llevar amor a los demás! ¡Concédeme la gracia, Padre, de que el Espíritu Santo derrame sobre mi sus gracias para fortalecer mis debilidades y mis miserias y, desde la fe, ser testigo auténtico del Evangelio en lo cotidiano de mi vida con mi gestos, mis actitudes, mis palabras y mis sentimientos! ¡Hazme ver, Padre, por medio del Espíritu Santo, que mi misión es proclamar el Evangelio! ¡Padre ayúdame a comprender que sin evangelización no cabe la experiencia del Espíritu pero que puedo evangelizar si no arranca de mi corazón una nueva experiencia pascual! ¡Por eso, Padre, te pido que me ayudes a hacer presente el Evangelio en esta sociedad en la que vivo cada vez más alejada de Ti! ¡Padre, reconozco que la evangelización es un don gratuito del Espíritu, y para que sea efectiva ayúdame a profundizar más en mi oración, a impregnar mi trabajo de alabanza y adoración, a vivir una nueva experiencia de Jesús en mi vida! ¡Concédeme la gracia de no avergonzarme nunca de Jesús ni de mi condición de cristiano! ¡Y dame la sabiduría de actuar siempre conforme a tu voluntad!

Jesucristo Basta: