¡No a Halloween! ¡Yo celebro la vida, no la muerte!

Nuestras sociedades ponen todos los medios para comercializar cualquier aspecto de la vida: nuestras alegrías, nuestras tristezas, nuestros recuerdos, nuestros amores, nuestro trabajo, nuestras vacaciones… ¡Todo es aceptable durante los 365 días al año para ganar dinero! ¡El gran invento descristianizador es la celebración de Halloween, la celebración de las calabazas vacías y las brujas sonrientes! ¡Muchos cristianos lo celebran pero desconocen su significado real!
¡Son muchos los que no saben las intenciones maliciosas de suplantar las celebraciones cristianas del día de Todos los Santos y del Día de difuntos!
Al contemplar el éxito comercial de Halloween, ¡que no nos caigan las lágrimas, no nos lamentemos, al contrario dejémonos desafiar por el evento, démosle un nuevo significado! ¿Por qué no llenarlo de fe?
Es cierto que en ciertas épocas de la cristiandad, las imágenes cristianas y las estatuas han sido ricas en bailes macabros, visiones infernales, torturas u otros horrores. En ciertos momentos es así como hemos expresado la relación con la muerte, el juicio que se hará sobre nuestras acciones y, a veces, también el deseo de encerrar a la población en miedos esterilizadores.
Halloween —en realidad la celebración de todos los santos en las sociedades de raíz cristiana, no lo olvidemos— nos invita a los católicos a revivir nuestras propias celebraciones, a darle un significado profundo detrás de las viejas palabras y los ritos de nuestra fe.
Atrapada ahora en el calendario entre la fiesta de las calabazas con muecas y el día de los difuntos, la fiesta de los santos está destinada a ser la fiesta de la felicidad de todos los que nos reconocemos amigos de Jesús, sin miedos y sin máscaras.
Los cristianos tenemos muchos otros accesos a la felicidad a pesar de que la muerte misma es un elemento básico de la felicidad cristiana porque es el viaje a la patria celestial. ¿Acaso el evangelio de las bienaventuranzas no pone la fe en el centro de las contradicciones de la vida proclamando felices a los pobres, a los que lloran, al hambriento de justicia? ¿no es una manera de resaltar la vocación subversiva de la fe cristiana?
Esta la noche es la antesala de todos aquellos que están enamorados de la felicidad, de los que aman la felicidad ajena, de los que están listos para darse a sí mismos y cuyo corazón busca latir al ritmo del corazón de Jesús. Esta felicidad, no puede explicarse. En la vigilia de esta noche, la de Todos los Santos, podemos por medio de la oración contemplar los rostros de aquellos que cuentan con la visión de Dios, los que sienten la huella de la santidad de Dios, la multitud de santos de todos los tiempos que están de pie ante el Trono de Dios.
Halloween no es una fiesta inocente porque sus símbolos son símbolos de muerte y de terror. Se celebra el cumpleaños del diablo que millones de seguidores en todo el mundo conmemoran con misas negras, abusos terribles a menores, disfraces irreverentes, máscaras vampíricas, profanaciones eucarísticas… El ambiente que rodea este día es de miedo aunque el demonio sepa presentar lo negativo con la mejor de las apariencias.
Aunque no lo creamos celebrar Halloween implica trabar una amistad con el mundo de las tinieblas, de lo oscuro y de lo maligno. Celebrar Halloween no agrada a Dios. Mañana es el día para desagraviar al Sagrado Corazón de Jesús, orando si es posible en vigilias de oración. No se trata de no celebrar nada sino de celebrar el día de Todos los Santos, a los que estamos unidos por nuestro camino de fe. ¡Yo celebro la vida, no la muerte!

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¡Señor, ante ti me postro, tu que eres el Señor de la Vida, el que lo da todo, el que me llena de la gracia, el que Reina en cielos y tierra! ¡Tu gracia, Señor, llena mi alma y mi corazón, sana mi cuerpo enfermo y corazón pobre, el que ilumina los caminos de la vida! ¡Señor, con tu sacrificio en la Cruz lo renovaste todo y nos permitiste participar de una manera gloriosa en tu Vida divina! ¡Ante ti me postro, Señor, para pedirte perdón por todos aquellos que en estos días en que el mundo celebra la fiesta de Todos los Santos la pervierten con la celebración de Halloween celebrándolo como signos de muerte, de corrupción, de menosprecio a tu Santa Eucaristía, con la corrupción de la carne, instigados para dañar al mundo por el príncipe de la tinieblas! ¡Señor, tu venciste el pecado y la muerte con tu muerte en la Cruz, tu venciste a la muerte con Tu Resurrección, por eso te pido por todos aquellos que celebran la fiesta de Halloween a conciencia como una festividad siniestra! ¡Te pido por aquellos que no son conscientes de lo que celebran para que el Espíritu Santo los proteja y los bendiga! ¡Señor, te pido por los que en estos días festejan a los ángeles caídos, a los que se rebelaron contra Ti, a los que habitan en el fuego del infierno, a los que pervierten los corazones de los hombres! ¡Señor, ten piedad y misericordia de todos aquellos que te ofenden con celebraciones que menosprecian tu amor y tu bondad! ¡Te pido tengas piedad de aquellos que participan en eventos en los que se exalte el esoterismo, el ocultismo, la magia, la brujería o los ataques a la Iglesia e ilumínalos para que el bien venza sobre el mal! ¡Por los méritos de tu Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, te pido hoy con fe y esperanza por la conversión de los pecadores!

Como cada año presento este video de un exsatanista que explica los peligros de celebrar Halloween. Merece la pena visualizarlo:

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¿Adónde quiero llegar?

Mi trabajo me lleva a lugares recónditos, desérticos, selváticos, alejados de la civilización. Lugares en los que el hombre es como un lunar en la gran inmensidad del territorio. En Uzbekistan, junto a las orillas del mar Aral, ese gran lago que se está secando a consecuencia de la salinización, disfruté varias horas, durante el atardecer, de un anciano casi centenario. Un pastor pobre pero sabio. Nos encontrábamos en el campamento que habíamos organizado para llevar a cabo nuestro trabajo de análisis acuífero cuando el anciano llegó como de la nada, en silencio. Pidió quedarse con nosotros mientras sus escuálidas cabras pastaban la poca hierba que había alrededor.
Nuestro traductor uzbeko nos ponía en antecedentes. El hombre tenía interés en preguntar sobre nuestro mundo, sentado en aquel atardecer en que la luz que baña el mar Aral es envolvente y cautivadora. Y yo en indagar cómo había sido aquel lago, aquel paisaje hace tres o cuatro décadas, cuando las aguas verdosas lo inundaban todo y el territorio era como un vergel. Hoy en Internet se pueden visualizar las imágenes de la evolución del Aral y descompone el corazón. Respondió con un tono melancólico: «A lo largo de mi vida he caminado por sus orillas como hijo de la luz; pero he comprendido que este lago como la vida no durará eternamente. Solo Allah sabe cuando será el final».
Al día siguiente, al despertarme, recordé las palabras del anciano. El caminar como hijos de la luz es lo que da sentido a nuestra vida. A la vida del aquí y del ahora. A la vida que se prolonga hacia la otra vida, la que es eterna, porque la terrenal es efímera como la del lago Aral. El anciano mencionaba a Allah, al Mahoma de su religión, el que lo sabe todo. A mi la vida me ha llevado a un personaje tal vez más profundo, extraordinario, verdadero y cegador. Cristo. Él es el auténtico modelo de vida, el que verdaderamente te permite caminar como hijo de la luz. El que es el Camino de la vida, el que sobrepasa toda circunstancia, toda profundidad, toda realidad, el que cuando te lleva a su camino se hace Verdad. El que te lleva a la plenitud de la Vida. El que te revela la esencia del Evangelio del amor y de la vida. El que es modelo para la vida auténtica para el hombre, aunque el hombre esté tan alejado de la perfección como es mi caso. ¿Pero existe otro modelo? ¿Existe otra razón para vivir que no sea Él? La vida del hombre y de la naturaleza es efímera, la eternidad no. En aquel anciano puede ver que el nómada, el caminante del desierto de la vida, el nómada de la esperanza, es el que verdaderamente engendra la vida porque es el que tiene razones para vivir. Para Él «Solo Allah sabe cuando será su final», para mí «Solo Cristo sabe cuando será el final» con la característica de que Cristo te descubre el origen y la meta de la vida, porque Él es el Origen, el Camino y la meta final. Y es ahí donde deseo llegar yo.

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¡Ven Espíritu Santo a darme la luz para que ésta penetre en mi corazón, para que ilumine las sombras de egoísmo que tantas veces me invaden, para que transforme la aridez de mi vida, para que cure mis heridas, para que de calor a la frialdad que tantas veces me invade, para que me convierta en don de solidaridad y de generosidad, para que me abra los ojos a la vida, para que mis oídos se abran a la necesidad del prójimo, para ser capaz de discernir el camino que quieres para mi y, sobre todo, para que sea capaz de ser constructor de vida! ¡Ayudame a caminar por el mundo siguiendo las huellas de Cristo, para ser capaz de discernir cual es la meta a seguir! ¡Ayúdame a comprender la esencia del Evangelio! ¡A ser modelo de la verdad que es Cristo! ¡A ser luz y esperanza para los demás! ¡A aspirar a la eternidad que nos promete Jesús! 

Cantar a la vida

Como por razones laborales viajo frecuentemente tengo ocasión de devorar decenas de libros al año. Y hay algunos que te dejan huellas profundas e, incluso semanas después de haberlos leído, quedan impregnados en tu memoria. Dos he terminado recientemente, Y tú no regresaste, de Marceline Loridan-Ivens y A la sombra del árbol violeta, de Sahar Delijani. Han removido mi corazón, mis emociones y mis sentimientos más íntimos. El primero es el homenaje conmovedor de una niña a su padre, ella superviviente en Birkenau y él desaparecido en Auschwitz. El segundo, la historia de una joven en el Irán prerevolucionario.
Ambos son un canto a la vida. Son dos historias que he llevado a la oración por una razón concreta: porque a pesar de la dureza de la vida, la vida es también hermosa. Bella. La vida es un camino incesante a la trascendencia. Es un proyecto de Dios. Es un proyecto producto del amor divino. Es un proyecto que te coloca las alas para volar al infinito. Es un proyecto que te lleva a la conquista de ideales a veces corrompidos por los errores personales, por el pecado, por la inmundicia moral, por las caídas a las que estamos abonados. La vida es cada uno en su perspectiva personal pero es Dios quien te envuelve, te acoge y te salva. La vida es sombra pero sobre todo luz. La vida es un permanente desafío, es una llama viva. La vida es, en toda su esencia, Cristo.
Nadie tiene una vida fácil ni sencilla. Pero yo amo la vida. Y la amo porque me la ha dado Dios, me la salva Cristo y me la orienta el Espíritu Santo. Y todos ellos están dentro de mí, en lo íntimo de mi corazón.

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¡Señor, tu eres el camino, la verdad y la vida! ¡Tu mismo eres la razón para vivir con alegría pese a las dificultades, caídas y obstáculos que debo afrontar! ¡Por eso te amo, Señor, por la vida que me das y por tantas cosas que a tu alrededor me acercan a Ti a pesar de mis imperfecciones y mi pequeñez! ¡Tu, Señor, eres el guía de mi caminar diario! ¡Tu eres la verdad de todo por eso creo en ti! ¡Señor, en mis luchas cotidianas, en las dudas que tantas veces me embargan, en los golpes que me zarandean, tu verdad me llena de paz, serenidad y amor! ¡Señor, tu eres mi vida, ayer, hoy y siempre! ¡Tu, Señor, pese a las cargas que llevo encima tu eres la vida que lo llena toda, la vida que alimenta mi ser, la vida que fortalece mis esperanzas, la vida que inunda mi corazón de alegría y gozo, la vida que me permite levantarme cuando caigo y tengo la sensación de no poder volver a levantarme, la vida que sana mi corazón enfermo cuando desfallece por la aflicción! ¡Tu, Señor, eres mi vida, mi verdad, mi camino, mi esperanza! ¡Por eso amo la vida, Señor, porque es un canto que me une cada día a ti!

Los títulos de Jesús, ¿qué son para mí?

Un lector de esta página me escribe para preguntar los motivos por los cuales Jesús recibe títulos tan diferentes: Rabí, Mesías, Señor, Hijo del Hombre. Para preparar la respuesta me invita a la meditación.
Cuando hacemos referencia a los diferentes títulos de Jesús el más relevante es el de Hijo de Dios. Este título es la expresión de su auténtica identidad. El resto de títulos, que aparecen en los Evangelios y se atribuyen a los discípulos o a los diferentes personajes que aparecen en sus páginas, únicamente iluminan o aclaran este relevante aspecto de su persona.
El de Mesías tiene el mismo significado que Cristo, el de restaurar completamente la plenitud como Pueblo de Dios. Jesús abre un nuevo horizonte de esperanza. En el Evangelio de San Juan, en su encuentro con la samaritana, la mujer exclama: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo» Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».
El título de Señor se reserva habitualmente para Dios: El mismo Jesús dice: «Yo soy el siervo del Señor». Cuando se le otorgamos a Jesús para reconocerle como el mensajero de Dios. En los evangelios, el uso de este término en relación con Dios es casi constante, incluso en la boca de Jesús: «el Espíritu del Señor está sobre mí». Pero existen infinidad de pasajes en que las gentes se dirigen a Él con esta palabra: «Señor, hijo de Dios, ten piedad de nosotros»; o son los mismo discípulos los que así hablan en el Monte Tabor: «Señor, es bueno que estemos aquí» o en el impresionante episodio del lavatorio de los pies: «Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy».
Hijo del hombre surge del mismo Jesús para evocar su propia persona y su misión. Es el título que privilegia su condición y que más utiliza en los Evangelios, con la más relevante en mi opinión: «El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres», de Lucas, el evangelista de la misericordia. Con esta figura Jesús nos permite entender, a pesar de las pruebas y los obstáculos, la dimensión trascendente y gloriosa de su persona y su destino.
Las expresiones Rabí o Maestro se emplean en la medida en que Jesús se comporta o enseña con autoridad superando con creces a los otros maestros de su tiempo, desde su primera aparición en el templo a sus enseñanzas en las sinagogas.
Todos estos títulos me permiten recordar la plenitud de la persona de Cristo y de su divinidad. Rabí, Mesías, Señor, Hijo del Hombre…. No importa cuál empleemos, utilizarlos señalando a Jesús es desafiarnos pero la pregunta que me hace Jesús es: Y para ti, ¿quién soy yo?

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¡Señor, para mí lo eres todo, el todo! ¡Eres el Hijo de Dios, el unigénito del Padre, el primogénito de toda la Creación, pues Dios lo ha creado todo y tu estás a la cabeza de todas las cosas! ¡Señor, eres la piedra angular que sostiene tu Santa Iglesia, regalo tuyo, cuya estructura se sostiene por la fe en Ti! ¡Señor, eres la cabeza visible de esta Iglesia en la que Tu eres el único soberano, muerto en la cruz para nuestra salvación! ¡Señor, eres el Rey de Reyes, el Señor de Señores, porque lo dominas todo, tienes plena autoridad sobre todos, sobre tos que ostentan el poder y los que no lo tienen, y es únicamente a Ti a quien debemos pleitesía, honor y gloria! ¡Eres, Señor, el Juez absoluto, el único que nos puede dar la llave de la eternidad como Juez que nos juzgará a todos y distribuirías las recompensas eternas! ¡Eres Santo, como tu Padre Celestial es Santo, y nos ofreces la santidad para que algún día podamos presentarnos puros ante Dios en el cielo por ti prometido! ¡Señor, eres el Verbo encarnado, la segunda persona de la Trinidad, por quien todas las cosas han sido creadas, el Verbo de Dios que deja clara la divina de tu persona y el Verbo de Vida que nos llevas a la vida eterna y te haces Palabra viva en cada uno de nosotros pobres pecadores! ¡Eres, Señor, el Profeta que conoce el interior de nuestro corazón! ¡Eres, Señor, el Mesías, el elegido, el ungido por Dios para cumplir con su misión! ¡Señor, eres el príncipe de la paz que has traído la paz al mundo y has querido reconciliarnos con Dios por medio de tu muerte en la cruz! ¡Eres la Luz del mundo para permitirnos caminar en la luz! ¡Señor, eres el alfa y el omego, el principio y el fin de todo! ¡Eres el Dios verdadero, el Dios con nosotros! ¡Eres, Señor, el Maestro, el Salvador, el consumador de la fe cristiana, la fuente de donde beber, el pan de vida que no sostienes espiritualmente, que nos das vida eterna por medio de tu cuerpo santo, partido en cada Eucaristía para rememorar tu Pasión! ¡Eres, Señor, la Vid Verdadera que nos das la sabia para dar frutos! ¡Eres la Palabra viva, Señor, que nos enseña la Buena Nueva! ¡Eres, Señor, el Buen Pastor, que arriesga su vida por sus ovejas! ¡Eres el Libertador que nos libera de la esclavitud del pecado! ¡Eres, Señor, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, porque no tienes pecado! ¡Eres, la Misericordia infinita, el que con paciencia extrema nos perdonas y nos cuidas, el que se entrega por el hermano y está dispuesto a dar su vida por su salvación! ¡Eres, Señor, el Sumo Sacerdote, que muere en la cruz para la expiación de nuestros pecados! ¡Eres, Señor, la Resurrección y la Vida! ¡Eres, Señor, la Roca que nos sostiene, de la que fluye el agua viva de la vida eterna, la Roca sobre la que construir nuestra vida enraizada en la fe y la esperanza, la roca que nos sostiene en nuestras debilidades! ¡Eres, Señor, nuestro Salvador que nos sostiene en las dificultades y pruebas, y nos renuevas interiormente! ¡Sobre todo, Señor, eres el Camino, la Verdad y la Vida! ¡Todo para mi, Señor! ¡Por eso no me importan tus títulos me basta con tu amor, con tu ternura, con tu misericordia, con tu generosidad y tu misericordia!

Precioso Jesús, le cantamos al que lo es todo:

Con María, Nuestra Señora del Rosario

Último sábado de octubre, con María, Nuestra Señora del Rosario, en el corazón. Esta hermosa plegaria comienza con el misterio de gozo: la Anunciación del ángel Gabriel, enviado por Dios, a una joven llamada María. Aquel misterio silencioso que generó la Encarnación de Cristo manifiesta que es Dios quien da el primer paso. Es Él, Creador de todo, quien inesperadamente irrumpió con su elección en la vida de aquella joven sencilla de una aldea de Nazaret. Y, con aquel anuncia, su vida cambió para siempre.
Desde la Anunciación hasta la coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado, que conmemoramos en el último misterio de gloria, repetimos nuestro deseo ferviente de seguir la vida de Jesús de la mano de Nuestra Madre.
En este viaje constatamos que Jesús contempla de manera permanente a su Padre que está en el cielo para darle todo su ser. Eso nos permite seguirle dándole todo a través de María.
«Bendita tu entre las mujeres que has hallado gracia ante Dios». Y al igual que el ángel se asombra ante la belleza de quien irradia la gracia de Dios, María también se sorprende por tamaña responsabilidad. Ella siente ser parte de un misterio que le supera. Es el problema que la humanidad siente cada vez que Dios se acerca a alguien. Es el temor repleto de respeto que todo lo supera. Pero el «No tengas miedo, María, porque has encontrado el favor de Dios» resuena en los oídos atónitos de la Virgen. ¡Convertirse en la Madre de Jesucristo, el Hijo del Altísimo! «¿Cómo va a poder realizarse esta obra en mi?», pregunta confundida María como preguntamos tantas veces nosotros cuando el Señor nos pide algo que pensamos no vamos a poder realizar. Entonces Dios le revela su poder y su delicadeza por medio del ángel: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti».
María, como todos en la vida ante las propuestas de Dios, fue libre de aceptar o rechazar la misión propuesta porque el amor no fuerza a nadie, nunca lo pone ante el hecho consumado. Y la Virgen María, en nombre de todos, de la humanidad que espera al Salvador, dio su consentimiento: «Aquí está la sierva del Señor; hágase en mi según tu palabra». Y yo lo repito hoy cogido de la mano de María: «Aquí estoy yo, Señor con mi miseria y mi pequeñez; hágase en mi según tu palabra».

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¡Te saludo, María, en este sábado mariano, para honorarte como la Madre de Dios, como la Hija de Dios Padre, como la Esposa de Dios Espíritu Santo! ¡Te saludo, María, porque es quien Dios te escogió para ser la Madre de su Hijo! ¡Te saludo María porque nos enseñaste a decir siempre que sí a Dios, para no ser vacilantes ni temerosos a las propuestas que vienen de Él y a cumplir siempre su voluntad! ¡Te doy gracias, María, porque nos enseñaste a que lo mejor es seguir la elección de Dios! ¡Te doy gracias, María, porque tu respuesta al ángel es un sí para toda la vida, el sí que ayuda a no desfallecer, a confiar, a tener esperanza! ¡Te doy gracias, María, porque enseñar a amar, a servir, a perdonar, a darse a los demás, a vivir la humildad y la generosidad! ¡Gracias, María, por ser la custodia de Jesús en Nazaret, de ser la servidora de la humanidad, por ser la Madre de Cristo a los pies de la Cruz, la omnipresente en la Santa Cena y en el día de la Resurrección, atestiguas que eres la corredentora en la que siempre se puede confiar! ¡Te saludo, María, Madre, siempre confiando en ti, siempre esperando en Ti, siempre lleno de alegría gracias a ti! ¡Ayúdame en este día a crecer personal y espiritualmente, a ser mejor, a estar más disponible para Jesús y para los demás como lo estuviste tu! ¡Tu, María, Nuestra Señora del Rosario, que nos diste a Jesús, llévame de la mano hacia Él para que siempre viva en Él, con Él y para Él! ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

Oh, gloriosa Señora, le cantamos hoy a María:

La mirada del amor…

Hay momentos en la que vida en que te das cuenta de que te vas quedando atrás sin aportar nada nuevo, sin ofrecer nada relevante, perdido entre mil quehaceres sin sentido, pasando el tiempo con distracciones inútiles que nada aportan. También intentas huir de lo que duele, de lo que te hace sufrir, de lo que te incomoda. Hay momentos que estás en el desierto y en la soledad, en la nada, comprendes que tu vida no tiene sentido sin una entrega auténtica. Pero, ¿cuál es el problema?
El problema es que te sientes bueno, generoso, entregado pero, en realidad, no eres tan fantástico como crees. Y observas que no tienes nada que ofrecer al prójimo, que no te involucras ni preocupas por el que tienes al lado. Solo te importa lo tuyo, lo inmediato, lo que te afecta y te incomoda.
Cuando no eres capaz de ser, no puedes ofrecer generosidad. Si no estás capacitado para amar, es imposible que puedas dar amor. Si vives encerrado en tu «mundo mundial» creas un muro protector de hormigón a tu alrededor. Si no eres capaz de lanzar un mensaje de necesidad es imposible que te acerques al otro para ofrecerle ayuda.
En estas circunstancias no puedes aplicar a tu vida el primer mandamiento porque es imposible amar al que tienes cerca sin primero aprender a amarte a ti mismo. No puedes valorar al prójimo si antes no has descubierto tus propios valores. No puedes contemplar al otro con amor si siempre rehusas las miradas ajenas. No eres capaz de sonreír si eres incapaz de acoger la sonrisa de otro.
Y entonces comprendes que el amor a Dios y al prójimo son inseparables y que la figura de Jesús y todo su misterio conforman la unidad del amor de Dios y del otro. Que el amor no es un mandato sino un don, una realidad que Dios quiere que experimentemos para aprender a querer siempre y mirar al otro no sólo con nuestros ojos sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo, la mirada del amor.

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¡Señor, haz que mi mirada este fija en las personas que tengo cerca, para que pueda verlos a cada uno como los ves tu, con su dignidad, con sus errores, con sus valores, con sus cosas buenas! ¡Que no solo vea sus defectos ni sus apariencias sino el amor que sientes por ellos! ¡Permíteme, Señor, que en cada persona sea capaz de ver al prójimo tal y como lo ves tu, como un hijo al que amas profundamente! ¡Permíteme, Señor, escuchar al prójimo todas sus necesidades y sus lamentos, y hacerlo como lo haría tu con profundo amor, con ternura, con misericordia, con generosidad y con compasión para poder comprenderlos, amarlos y dar plenitud a sus necesidades! ¡Sobre todo, Señor, permíteme que comprenda a las personas que tengo cerca para servirles mejor, para amarlos más, para quererlos con el corazón abierto, para volver mi corazón hacia ellos, para no hacerles sufrir, para supeditar mi yo a sus necesidades, para ser paciente, misericordioso, generoso y amoroso! ¡Ayúdame a estar unido a ellos para estar unido a ti por siempre y para siempre!

Creer es tocar el corazón de Jesús

Lo constato en mi entorno más cercano, social y laboral. No es fácil creer en nuestro tiempo. No es que estemos sujetos a una persecución violenta como ocurre con tantos cristianos en el mundo. Pero nos enfrentamos a la indiferencia en sus diversas variantes, nos encontramos con una serie de obstáculos que se manifiestan en la vida, que nos desalientan o sofocar nuestras convicciones más profundas; tal vez no necesariamente nos alejamos de la fe pero sí de ciertas prácticas religiosas.
Pero si uno lo analiza bien la vida es una continua invitación a la perseverancia y a la confianza, inseparables de la esperanza que el hombre de hoy tanto necesita.
A mi me sirve constantemente el ejemplo la mujer que toca la túnica de Jesús. Su espera es confianza. A los ojos de Jesús nadie es anónimo. Es uno de los cimientos de la confianza. Con este paso, esta mujer, temerosa, enferma durante mucho tiempo, despeja obstáculos dentro y alrededor de sí misma. Ella se atreve. Y como da el paso del atrevimiento escucha de boca de Jesús: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz». ¿No es lo que deseamos cada uno de nosotros que Jesús nos conceda la paz interior, el ánimo del corazón, la salud corporal?
Creer es tocar el corazón de Jesús. Y la fe y la confianza tocan de pleno en su corazón.
La confianza, esa fe que persevera, siempre produce efectos milagrosos. La mayoría de las veces de manera invisible pero real. No hay que perder nunca la confianza a pesar de los obstáculos. Estos obstáculos que nos dificultan acercarnos a Jesús son la agitación, la dispersión, las múltiples tensiones externas e internas que sofocan la Palabra y su presencia, portadores de la vida y sanación interior. Los obstáculos del desaliento, alimentados por la crítica. El obstáculo más difícil es la desesperación que es el arma suprema del maligno pues el demonio desea eliminar de nuestra vida la energía vital más fuerte, ¡la del Dios que habita en nuestro ser!
“¡Levántate!”, dice Jesús y extiende su mano para hacernos superar los obstáculos, para sostenernos porque nadie puede por si mismo. No tenemos solo en nosotros la fuente de la vida, de la sanación interior, del secreto de la alegría. Solo podemos recibirlo todo de la mano de Dios.
Hay una frase hermosísima de Charles de Foucauld cuando recordaba aquel período de su vida mundana, que dice algo así: «Cuando mi vida comenzó a ser una muerte, Dios mío, ¡cómo me apoyaste y qué poco la sentí!».
Hoy quiero tomar esta mano, puesta sobre mi, que Dios extiende por medio de Jesús, y hacer caso a su mensaje ante las dificultades: “Levántate… y anda!

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¡Señor, tengo la suerte de conocerte, de sentirte a mi lado, de conocer tus caminos, de intentar seguir tu voluntad, de seguir tus enseñanzas! ¡Señor, aunque el peso de las dificultades y los problemas me abruman, tengo la suerte de que por Ti mi vida tiene un sentido, una razón de ser, porque es tu mano la que me sostiene, es tu amor y tu misericordia los que me impulsan, el soplo del Espíritu el que me da la fortaleza! ¡Gracias, Señor, porque mi corazón siente tu cercanía! ¡Gracias, Señor, porque me invitas a levantarme y andar sin miedo, sin rendirme, sin perder la esperanza! ¡Te doy gracias, Señor, porque estás conmigo para lo que venga, sin perder la confianza en Ti! ¡Te alabo, Señor, porque entre tantos obstáculos me prodigas tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque siento tu amor, me dices que ame a los demás y me prodigo en tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque aunque tantas veces te olvido tu no me abandonas nunca! ¡Te alabo, Señor, porque en Ti todo es amor y misericordia y todo lo que haces en mi vida es una manifestación de tu amor! ¡Señor, tengo la suerte de amarte y de conocerte por eso te alabo porque no quiero desviarme del camino que me lleva hacia a Ti y desde Ti a los demás!

Con la Alegría de los afligidos

Celebramos hoy la festividad del día de la Madre de Dios, Alegría de los afligidos. La primera imagen que me viene a la mente es cuando María partió hacia una ciudad de las montañas de Judá para visitar a su prima santa Isabel. Y las palabras de la anciana a María: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?». ¡Que emotividad comprender la profundidad de estas palabras que brotan del corazón!
Y es que la Virgen, la Madre, la esclava del Señor, la humilde entre las humildes, la sencilla doncella de Nazaret, es alegría de los afligidos, la que acude en pos del necesitado. De los que su vida está marcada por la brutalidad de la humillación, de los abusos de los poderosos, de la enfermedad. De los que viven con una discapacidad física o mental. De los que conocen una adicción. De los que no encuentran su lugar en el mundo. De los padres que asumen las dificultades de sus hijos. De los matrimonios que viven el desgaste de los años de convivencia. De los que viven con la angustia de perder sus empleos, de los que no tienen techo donde cobijarse, de los que no tienen familia. De los que su corazón está lleno de heridas causadas por la vida. De los que están rotos de desamor, de comprensión, por las injusticias cometidos con ellos… ¡Hay tantos afligidos en el mundo!
Pero ahí está María, consoladora de los afligidos, ¡alegría de los afligidos! Que conduce a los que sufren al Padre amoroso por medio de su Hijo.
¡María, alegría de los afligidos! Y así la siento porque por medio de Ella comprendes que Cristo invita a todos a seguirle en una presencia rica en misericordia. Es por su gracia que todos somos salvos. Es en los que sufren que Cristo se identifica. Es a través de los rostros sufrientes y de los corazones rotos que Cristo se revela a si mismo.
Y entonces recuerdas las palabras de Jesús desde el madero santo: «¡Aquí tienes a tu Madre… Aquí tienes a tu hijo!». Y por medio de María observas como la misericordia del Padre, la compasión del Hijo y la fuerza del Espíritu Santo hacen que las cosas tengan sentido y ayudan al ser humano a descubrir su grandeza y dignidad. Y María te revela a ese Dios que está tan cerca, un Dios que agarra el peso de nuestra humanidad, un Dios que calma, que da paz y sosiego en el sufrimiento. Entonces, comprendes mejor lo que significa estar en peregrinación. Es salir de uno mismo e ir al otro. Es decidir vivir un encuentro con el que el Señor nos da y pone en nuestro camino de la humanidad. A partir de este encuentro, de la constatación de que la vida comporta la cruz, un exceso de vida se manifiesta en cada uno, algo se mueve en el interior. Pero ahí está María, alegría y consoladora de los afligidos, que ilumina nuestra fe para que los interrogantes ante el sufrimiento no se queden en una respuesta vacía. El dolor y el sufrimiento exprimen el corazón constantemente. Pero ahí está María Santísima, la Madre la Consoladora de los afligidos, cuyo anhelo no es más que endulzar cada amargura y alivia cada dolores si le abres el corazón y le permites la cura.
María toma cada una de nuestras aflicciones y las hace suyas; toma cada uno de nuestros dolores y se los apropia. En sus manos y con una sola mirada, llena de amor, de ternura, de dulzura y de piedad la Madre serena cualquier corazón diezmado por le sufrimiento y suaviza las adversidades más profundas que nos invaden.

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¡María, Madre buena, cercana con los que sufren, alegría de los que padecen, consuelo de los sufren, danos mucha fe para soportar las dificultades! ¡Quiero compartir tu alegría para superar las pruebas de la vida! ¡Te pido que me mires y eres a los que acudimos a Ti con confianza para que alivies nuestros pesares, hagas menos pesadas nuestras cargas, des mucha serenidad a nuestros corazones afligidos, llenes de paz nuestro interior, te apiades de nosotros en cada momento que aflore la amargura! ¡Acompáñanos, María, en el caminar por esta vida y llévanos con confianza hacia el cielo! ¡Ayúdame cada día a afrontar como lo hiciste Tu las dificultades del día a día y a vivir confiado, alegre y esperanzado cogido de tu mano!

Hermosa la vi, le cantamos hoy a María:

El coraje vital

¡Qué necesario es el coraje en la vida! ¡Qué necesaria es esta virtud que engloba las fortalezas que te llevan a lograr tus objetivos vitales más allá de las dificultades que se te presentan! ¡Que importante es el coraje para manifestar los propios valores, principios y sentimientos! ¡Qué necesario es el coraje para adoptar esas decisiones complejas y difíciles que superan las incertidumbres y los miedos!
Pero para tener coraje hay que conocerse interiormente. ¿Me conozco realmente? ¿Por qué a veces me cuesta tomar decisiones cruciales? ¿Por qué me resulta complejo asumir mis acciones o las consecuencias de mis actos? ¿Me planteo con frecuencia si soy honesto conmigo mismo y con los que me rodean? ¿Por qué lo soy? ¿Soy verdaderamente auténtico para actuar como pienso y pensar como siento? ¿Soy lo suficientemente valiente para defender sin fisuras, sin miedo al qué dirán o a las consecuencias que ello comporta, mis valores y mis ideas? ¿tengo el coraje de no dejarme llevar por las modas y por las opiniones de los demás?
Y en el plano espiritual, ¿tengo el coraje para profundizar en lo interior y abandonarme de lo exterior para alcanzar la eternidad? ¿tengo el coraje suficiente para cumplir con la voluntad de Dios, de obedecer sus mandamientos y su palabra y dejar de lado mi propia voluntad? ¿tengo el coraje de abandonar mis malos hábitos y arrepentirme verdaderamente de mis pecados, de asumir mis errores y admitir mis faltas? ¿tengo el coraje de hacerme pequeño para hacer más grandes a los demás? ¿tengo el coraje, cuando no la valentía, de perdonar aunque me cueste? ¿tengo el coraje de desprenderme de mi yo, de mi soberbia, de vivir en la humildad, de contrariar las malas inclinaciones de mi corazón que me alejan de Dios? ¿tengo el coraje de poner por encima de todo a Cristo y defender su Verdad? ¿tengo el coraje que de la fe? ¿y el coraje de apartar mi autosuficiencia para hacerlo todo por amor a Dios? ¿tengo el coraje para sacrificar mi vida y darla por los demás? ¿tengo el coraje de servir sin esperar nada a cambio, de entregarme sin esperar aplausos, de negarme a mi mismo poniendo al otro por delante de mi? ¿tengo el coraje de defender la justicia, la verdad, de desistir de la mentira y del mal? ¿tengo el coraje de decir que algo está mal cuando se aleja de las enseñanzas del Evangelio? ¿tengo el coraje de sembrar amor, generosidad, bondad, alegría, felicidad… a pesar de tanto rechazo a la autenticidad?
En definitiva, ¿tengo coraje para darlo todo por el Señor? Y si no lo tengo, ¿que le falta a mi vida y a mi corazón para tener la fuerza de voluntad que me haga cada día mejor?

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¡Señor, aquí me tienes en mi pequeñez y en mi debilidad, te pido que me concedas la gracia de afrontar todas las decisiones de mi vida con coraje y lucidez, con fe y con esperanza, para que se cumpla tu voluntad en mi! ¡Te pido, Señor, valor para afrontar con decisión cualquier inconveniente que se me presente, para vencer todas las dificultades que me traiga la vida, para evitar que el ánimo se me caiga y pierda la esperanza! ¡Te pido, Señor, una fe firme para vivir en la confianza y para tener el valor de avanzar sin detenerme, sin preocuparme del qué dirán, sin miedo a defender lo que soy y con la valentía de defender tu Verdad! ¡Te pido, Señor, el coraje para servir al prójimo sin esperar nada a cambio, de comprometerme por los demás con alegría, para ser servidor en tu nombre! ¡Te pido, Señor, el valor para reconocerme interiormente y desde lo íntimo de mi ser salir al mundo para dar lo mejor que tengo, para entregarme enteramente a Ti y a los demás, para actuar como lo harías Tu! ¡Te pido, Señor, tu bondad, tu caridad, tu misericordia, tu generosidad para que todos mis actos estén impregnados tu manera de hacer! ¡Señor, necesito de tu luz, de tu fuerza, de tu actitud, de tu alegría y tu ánimo para seguir avanzando por el camino de la vida! ¡Anhelo, Señor, ser feliz en tu amor! ¡En tí confío, Señor, y en tus manos me pongo para ser uno en ti!

Hoy la canción no es propiamente religiosa pero si una reflexión sobre el coraje de la vida. Es El coraje de vivir de Antonio Flores:

La amenaza de la soberbia

A medida que van pasando los años y el poso de la vida se va asentando en tu corazón comprendes muchas cosas. Si, además, tienes fe y esperanza, no te importa quién esté de tu lado o contra ti porque tomas consciente de que lo importante es que Dios ocupe todos tus pensamientos y tus acciones, algo que uno olvida con frecuencia. Si eres capaz de hacer las cosas bien y de mantener tu conciencia en orden, sabes que estás cumpliendo con la voluntad de Dios y que Él, ante las situaciones inciertas, te defenderá…
El tiempo también te enseña a callar; y desde el silencio aprendes a sufrir a sabiendas de que con ello también recibes la ayuda de Dios. Uno no puede dudar nunca que el Padre sabe cuando, cómo y de que manera puede librarte de lo que te hace sufrir y te provoca dolor. El abandono en Dios es una liberación, te ayuda a crecer humana y espiritualmente y te libera de toda humillación.
Otra enseñanza es que cuando tienes un corazón soberbio, o al menos la soberbia trata de envolverte, la mayor humildad es que el prójimo sepa de tus errores, de tus faltas y de tus debilidades y que, encima, te las reprochen. Eso te permite reconocer con profunda humildad tus propias faltas, lo que no resulta sencillo.
Las páginas del Evangelio son una exaltación constante a los humildes de corazón; la protección de Dios va dirigida a los sencillos de corazón, a los hombres de corazón humilde. Es a los que más ama, a los que más consuela, sobre los que más vierte su misericordia. Incluso, se podría decir, Dios se reclina ante el humilde para ofrecerle su gloria.
Y cuando tienes todo esto presente —¡pero no en la teoría, sino en la práctica!— entiendes que no avanzas en la vida y que nos has hecho ningún progreso, si crees que eres más que el que tienes al lado, que eres superior a tu semejante, que tienes más capacidades que tu prójimo.
La vida es una invitación constante a no ser nada para serlo todo a los ojos de Dios y de los demás. Y eso solo pasa por el camino de la humildad, senda tan difícil de transitar que exige mucho desprendimiento del yo. ¡Cuanto tengo, entonces, que descargar!

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Mi oración de hoy es la plegaria de la humildad, del cardenal Merry del Val, que cada mañana rezo para pedirle al Señor humildad:

Jesús manso y humilde de Corazón, -Óyeme.
(Después de cada frase decir: Líbrame Jesús)
Del deseo de ser lisonjeado,
Del deseo de ser alabado,
Del deseo de ser honrado,
Del deseo de ser aplaudido,
Del deseo de ser preferido a otros,
Del deseo de ser consultado,
Del deseo de ser aceptado,
Del temor de ser humillado,
Del temor de ser despreciado,
Del temor de ser reprendido,
Del temor de ser calumniado,
Del temor de ser olvidado,
Del temor de ser puesto en ridículo,
Del temor de ser injuriado,
Del temor de ser juzgado con malicia

(Después de cada frase decir: Jesús dame la gracia de desearlo)
Que otros sean más amados que yo,
Que otros sean más estimados que yo,
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse,
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso,
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,
Que otros sean preferidos a mí en todo,
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda,

Oración
Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo.
Amén.

Canto a la humildad: